¿Pueden sobrevivir nuestras ciudades?, Josep Lluís Sert (CIAM)

La semana pasada, al reseñar el libro La arquitectura de la ciudad, de Aldo Rossi, recordamos brevemente los dos movimientos modernos que surgieron con la idea de mejorar la ciudad, es decir, como solución a los muchos problemas que presentaban por entonces: hacinamiento, alta densidad, carencia de higiene y de viviendas dignas… Uno de ellos, recordemos, era el movimiento de la Ciudad Jardín, ideada por Ebenezer Howard y desarrollada, sobre todo, por sus discípulos, Unwin entre ellos. El otro era el movimiento surgido alrededor de los Congresos Internacionales de Arquitectura Moderna, los famosos CIAM, llevados a cabo a partir de los años 30, aproximadamente, y que suelen estar representados por La carta de Atenas, escrita por Le Corbusier, que explicita las conclusiones a las que llegó el CIAM del año 1933 celebrado en un viaje de ida y vuelta de Marsella a Atenas en el barco Patris II.

Sin embargo, La carta de Atenas no se publicó en 1933, sino 11 años después, en 1942; y su autor fue Le Corbusier (junto a Jean de Villeneuve) emblema de todo el movimiento racionalista. Pese a que La carta recoge, en esencia, todo lo que se dijo y concluyó en el Patris II, el verdadero documento que refleja las deliberaciones de dicho congreso (el 4º CIAM), así como del siguiente, el 5º, celebrado en París en 1937, es el texto que presentamos a continuación, redactado por Josep Lluís Sert a petición del resto de miembros del CIAM.

¿Pueden sobrevivir nuestras ciudades? Un ABC de los problemas urbanos. Análisis y soluciones (1944; leemos la versión catalana del Departamento de Política Territorial y Obras Públicas de la Generalitat de Cataluña, 1983), sin embargo, no difiere en mucho del anterior. Habría que situarse en el lugar de los arquitectos, urbanistas e intelectuales que se reunieron, auspiciados por los mecenas, en ese barco, rodeados de pintores, artistas y similares. Sin duda no les faltaban ni soberbia ni paternalismo, convencidos de que iban a mejorar las condiciones de vida de tantos pobres; pero también es cierto que las ciudades, por entonces, sufrían carencias más que evidentes.

En ese origen, en ese flujo dual de, por un lado, ser conscientes de que eran ellos quienes podían arreglar el problema y, por el otro, no haberlo sufrido, surgen todos los males. Porque se plantearon las ciudades como algo racional, como un ente que había sido mal proyectado y planeado desde el principio, y propusieron cambiarlo por uno mejor. Pero no se trataba de una máquina de un hospital, que puede substituirse por otra mejor en cuanto ésta se desarrolla, sino de lugares con su historia, su inercia y sus habitantes. El gran error del racionalismo fue no tener en cuenta que las personas, especialmente las personas pobres, forman lazos entre ellas, redes, se aúnan para suplir carencias; también las personas de clase alta, claro, pero éstos siempre lo tienen más fácil para escoger en qué lugar vivir, mientras que en los barrios pobres viven, por definición, todas aquellas personas que no pueden vivir en ningún otro lugar: es decir, los pobres.

Tuvo que venir Jane Jacobs a recordarles esto: que en los barrios de los pobres se vivía mejor que en ciudades nuevas, surgidas de la nada, cuya población no tenía lazos sociales y donde además todas las funciones quedaban separadas.

Este resultado surgía de la voluntad científica con que abordaron el hecho. Empapados en el paradigma funcionalista, separaron la ciudad en sus cuatro funciones básicas; y trazaron mapas de cada una de esas funciones y los superponían, y se decían unos a otros: ¿veis?, la ciudad se divide en funciones. Luego, cada supuesto era lógica y seguía a los anteriores. Las infraviviendas donde se hacinaban los proletarios eran pequeñas, oscuras y estaban hacinados; pues proponían edificios altos para obtener sol, separados unos de otros, para que no se proyectasen sombra entre ellos y hubiese suficiente aire, y rodeados de espacios verdes que serían, también, ideales para el ocio. Todos los razonamientos presentes en este libro son similares: hay un problema, lo abordamos de modo único, sin tener en cuenta que se trata de parte de algo mayor, y proponemos una solución individual.

La consecuencia: ciudades erróneas, como Brasilia. Mamotretos de hormigón separados por kilómetros y vendidos al vehículo, el único medio que permitía enlazarlos. Espacios infrautilizados: oficinas llenas sólo de 9 a 5, espacios de ocio ocupados sólo de 5 hasta la noche.

La ciudad real, según los CIAM. Nótese la actividad bullente a sus pies.

El segundo tufillo que desprende este libro: su irrealidad. Las ciudades tienen que ser como nosotros decidamos. ¿Y los políticos, los poderes económicos, las autoridades variadas, incluso los ciudadanos, deben someterse a ese dictado? ¿Cómo se implementan esos planes grandilocuentes, quién decide si son óptimos, quién hace un estudio de sus posibles consecuencias? En el apartado dedicado al trabajo se concluye (y sin duda tendrían razón) que los puesto de trabajo están mal distribuidos, y se propone una nueva distribución (racional, lógica). Pero, ¿acaso el mercado se va a doblegar a la voluntad de los arquitectos?, ¿qué motivos se les aducen a los empresarios, al capital, para llevar a cabo todos esos cambios?

Y, tras todo el manifiesto, subyace algo que Jacobs fue la primera en destacar: que se trata de intelectuales que odian la ciudad.

Es cierto que las ciudades, en su forma actual, constituyen un error indudable. Ya no tienen funciones como unidades sino como conjunto. Son agrupaciones de pequeñas ciudades. Los urbanistas de los últimos años han estudiado las grandes ciudades divididas en unas pocas unidades semiaisladas que uniéndose completan las ciudades. Algunos han llegado a la conclusión de que la unidad urbana de 50.000 habitantes es en conjunto la más deseable, ya que se ha calculado que esta población es la más pequeña que podría soportar económicamente las diversas funciones inherentes a la estructura cívica moderna. (p. 206)

Y no nos engañemos: 50 mil habitantes no es una ciudad, sino un pueblo grande. Con 50 mil habitantes te vas a encontrar conocidos por la calle en cualquier parte, el sistema urbano no es lo bastante grande para volverse confuso, no hay medios de transporte masivos, no se da la nerviosidad, la efervescencia, la actitud blasé, el baile de disfraces o el ballet de las aceras, no se obtienen no lugares… en definitiva, no se trata de una ciudad. Ojo: 50 mil habitantes es un lugar perfecto para vivir. Es más tranquilo, los precios son más asequibles, no se da todo lo anterior y, probablemente, haya cerca una ciudad grande, una capital. Y habrá personas que quieran vivir en ellas, claro; igual que las habrá que quieran vivir en una ciudad confusa, caótica, apabullante, anónima pero que ofrezca, también, las mil maravillas que ofrecen las grandes ciudades. Jacobs lo entendió con claridad, porque amaba las ciudades y su trajín; parece que los racionalistas, con su voluntad perenne de destruir la ciudad desde sus cimientos, no llegaron a comprenderlo.