La España de las piscinas, Jorge Dioni López

La ciudad surgida de la Revolución Industrial era un mamotreto enorme donde se hacinaban los proletarios junto a las fábricas. Surgida sin orden ni concierto, un poco a merced de las necesidades del progreso y el capital de la época, pronto se vio lo inviable e insalubre de tal forma de vivir. El movimiento higienista nació, aproximadamente, a finales del siglo XIX en Inglaterra (también en Alemania). Muchos eran los observadores que habían denunciado el horror del hacinamiento y las condiciones de vida de los proletarios, Engels entre ellos.

Como respuesta surgieron bastantes opciones, pero tal vez las que mayor fortuna encontaron fueron dos: la ciudad jardín de Ebenezer Howard y la ciudad radiante de Le Corbusier. Más que conceptos en sí mismos, eran agrupaciones de ideas, una cosmovisión de lo que debía ser la ciudad. Howard propuso una ciudad con población limitada (32.000) que, además, sería la propietaria del suelo de forma conjunta. Las fábricas tendrían que pagar alquiler para poder establecerse en la ciudad jardín y la cantidad de espacio permitiría cosechar el suelo, con lo que, en realidad, Howard estaba proponiendo una especie de organización socialista bien estructurada. En cuanto la población superase esos 32.000 habitantes, se crearía una nueva ciudad jardín y se conectaría con las anteriores mediante ferrocarril.

La ciudad radiante de Le Corbusier es algo posterior. Si la ciudad jardín de Howard se publicó en 1898 (la segunda edición, con otro título y mayor fortuna, es de unos años después, 1902), el Plan Voisin de Le Corbusier, donde ya se hacía bastante evidente su ideología (y que, afortunadamente, no llegó a materializarse, u hoy el centro de París sería una serie de torres de hormigón separadas por parques abandonados), es de 1925. Los preceptos de la ciudad radiante son, grosso modo, los de La carta de Atenas, el manifiesto redactado en 1933 (y publicado en 1942) por los arquitectos y urbanistas del CIAM a bordo del Patris II y que consisten en plantear una ciudad de forma racional: separarla en sus funciones básicas, que son, a saber: habitar, trabajar, ocio… y la cuarta, infame función, la que permite unir las tres anteriores: el transporte.

La ciudad radiante de Le Corbusier (o del racionalismo modernista, como prefieran) no tenía un mal punto de partida: edificios altos para obtener sol y aire fresco; vegetación entre ellos; el ocio, separado de las viviendas; el trabajo, para que las fábricas no perturbasen la tranquilidad de las dos funciones anteriores, también alejado; y carreteras por doquier para que, vehículo mediante, se pudiese transitar entre unas y otras funciones.

Pero ni el sueño de Howard ni el de Le Corbusier se cumplieron, salvo pequeñas excepciones. La ciudad jardín se convirtió (Unwin mediante) en un pueblecito romántico, de casas rodeadas de vegetación, para artistas y bohemios, al que ninguna empresa quería mudarse. La ciudad radiante de Le Corbusier, sin capacidad para derruir los centros urbanos y las ciudades ya existentes, se transformó en bloques de viviendas amontonadas a las afueras de la ciudad y convertidas en barrios residenciales o en ciudades satélite o dormitorio.

Estados Unidos tuvo claro su modelo muy pronto: se crearon una serie de entidades (Federal Housing Administration, sobre todo) y se establecieron préstamos para permitir que las clases medias (y blancas) abandonasen el centro de la ciudad y se trasladasen a su arcadia ideal: suburbia. Erigidas a imagen de Levittown, el primer suburbio de casas construidas según métodos de producción en fábrica, los WASP se mudaron a las afueras, a casas rodeadas de jardín y valla blanca y repletas de electrodomésticos también construidos en serie. Se lo llamó la white flight, la huida blanca. Las ciudades quedaron como lugar al que ir a trabajar (los hombres, con su vehículo) o lugar de residencia de negros y pobres (lo que daría lugar a barrios y centros semiabandonados que luego serían gentrificados a mediados de los 70 y hasta la actualidad).

Numerosos estudios se centraron entonces en las consecuencias que esa nueva forma de vida tenía para los ciudadanos. Se trata de una forma de socialización leve: la cantidad de vecinos se reduce, cada familia dispone de su terreno en propiedad, los barrios se vuelven homogéneos, se tiende hacia una falsa comunidad más que a una sociedad, no existen centros ni sociabilidad fuerte más allá del centro comercial, es necesario el vehículo para cualquier cosa…

La evolución de los suburbs en Estados Unidos ha sido, con el tiempo, la gated community: el suburbio vallado y protegido por seguridad privada. Hace poco Carmen Bellet nos hablaba, en Visiones de privatopía, del auge de esta elección residencial y de sus consecuencias para la ciudad, que se resumen en que, puesto que los habitantes de suburbia no se sienten parte de la ciudad (no disponen de escuelas públicas ni hospitales públicos cerca, no existe sensación de pueblo o comunidad, ya pagan por su propia seguridad y hasta aplicación de la ley…), puesto que no se sienten parte de la ciudad, decíamos, tampoco se sienten en la obligación de devolver nada, ya sean impuestos (que ellos ya pagan en su suburbio o en su gated community), ya sea civismo. Cuando visitan la ciudad no la sienten como suya, con lo que eso implica en carencias hacia los vecinos o hacia el propio mantenimiento de la urbe; como si fuesen turistas, vaya.

Si el método escogido para trasladar a las clases medias en Estados Unidos fue, aunque muy diluido en sus postulados, el estilo de ciudad jardín, en Europa se escogió la ciudad radiante. Pero también diluida: y de las zonas verdes, la luz y el espacio no quedó nada, sólo enormes bloques de hormigón que acogían a todos aquellos ciudadanos (más clase media – baja que media) que no podían vivir en la ciudad. Son los enormes complejos que se levantaron en los años 60 y 70 y que rodean la mayor parte de las ciudades europeas. En Francia se las llama banlieue, en España nos referimos a ellas como ciudad satélite o ciudad dormitorio. Lugares donde uno va a dormir, pero no donde socializa. Lugares, si acaso, desde los que uno se desplaza hacia la ciudad más cercana por la mañana y a los que no vuelve hasta la noche.

Pero a finales de los años 90, aproximadamente, algo fue cambiando. Como nos explicaba Raquel Rolnik en el maravilloso La guerra de los lugares o como resumía Manuel Gabarre en Tocar fondo. La mano invisible tras la subida del alquiler, el capital desbocado del tardocapitalismo ya no tenía bastante con los productos de consumo y empezó su asalto contra las necesidades básicas del ser humano: educación, sanidad, vivienda. El primer embate fue contra la vivienda, por lo que surgió un nuevo urbanismo neoliberal donde el objetivo no era construir viviendas, sino obtener beneficios; de forma descarada. Sumado a ciertos cambios en la concepción del Estado y los ayuntamientos, que pasaron de ser los garantes de los derechos públicos a corporaciones gestoras de dinero y, por lo tanto, ávidos de obtener mayor capital, el nuevo modelo de residencia para una gran parte de los españoles se convirtió en suburbia, es decir: urbanizaciones o entornos residenciales apartados, conectados con las grandes ciudades mediante autopistas, y donde cada familia tenía su propio hogar con jardín y piscina. Entornos donde, como en suburbia o las gated communities de Estados Unidos, el coche es necesario para todo, la sociabilidad es baja y se promueven, de forma implícita, valores como el individualismo y la competición.

Y aquí es donde se sitúa el punto de partida de La España de las piscinas. Cómo el urbanismo neoliberal ha conquistado España y transformado su mapa político, del periodista y escritor Jorge Dioni López. Dioni no habla de suburbia; habla de los Programas de Actuación Urbanística de España, los PAUs, los modelos que daban lugar a estas urbanizaciones tan características hoy en día, y por lo tanto a sus residentes los denomina pauers. La tesis de Dioni es que estos ciudadanos, debido a las circunstancias en las que habitan, se acaban impregnando de una ideología individualista y competitiva y que, debido a ello, y a sus objetivos y necesidades, su voto se vuelve conservador. De hecho ese es el punto de partida al que se remite a lo largo del libro: el voto, conservador, de la mayoría de los habitantes de este tipo de enclaves.

El modelo PAU, la ciudad dispersa, crea un estilo de vida individualista y competitivo, ya que favorece las soluciones particulares, el aislamiento y el repliegue. Se trata de la plasmación física de un modelo económico basado en la desigualdad, que se consolida y perpetúa a través de la desconexión entre las diversas clases sociales. Se produce una insularización con flujos de desplazamiento privado entre las burbujas. (p. 20)

Este no es un texto académico, es de las primeras cosas que dice Dioni, y es cierto: no hay notas a pie de página, no se especifica el origen de las frases citadas y no hay una verdadera base teórica, más allá de las observaciones personales del autor, algunos datos que avalan sus tesis y muchos ejemplos escogidos ex professo para reforzarlas. Pero el problema de fondo de este libro va más allá de eso. Se repiten constantemente ciertas ideas que nunca están demostradas, sólo intuidas por la observación; se apuntan ciertas consecuencias de esas ideas que tampoco se estudian. La propia estructura del texto no ayuda: tres partes completamente autónomas en las que, incluso, se repite información ya dada anteriormente.

Pero aún hay más. Dioni es profesor de escritura y, a menudo, empieza capítulos con los consejos que da a sus alumnos sobre cómo escribir y luego los aplica; algo que no le aporta nada al ensayo y que pronto se vuelve cansino. Las referencias están un poco por estar: a geógrafos, a sociólogos, a filósofos, a cantantes. En ocasiones parece más la charla de un vecino majete con el que tomar algo un fin de semana en el centro social de la urbanización que un ensayo con unos objetivos claros. Se trata, en definitiva, de un reportaje periodístico; mejor dicho, de tres de ellos, escritos con una serie de datos conexos y sin la intención de abrumar al lector, sólo sugerirle muchas cosas.

Y un apunte con el que acabar. Dice el autor en algún punto que todo texto implica una ideología. Comenta al final del libro, donde explica sus lecturas y de dónde obtuvo información para el ensayo, que parte de esa información surge de Ciudad de cuarzo, de Mike Davis, pero que sólo conoce el trabajo «indirectamente». Y añade que es muy difícil de encontrar y que se vende de segunda mano por 90 euros. Y es aquí donde se filtra la ideología del texto: porque Dioni ha comentado ya que vive en Madrid; que es, de hecho, un pauer, y de ahí el germen de todo el ensayo. Una búsqueda rápida nos dice que hay 8 ejemplares a disposición del público en las bibliotecas de Madrid. Otra búsqueda rápida en internet nos da bastantes opciones para descargar el texto íntegro (sin entrar en valoraciones legales ni éticas). Pero suponemos que ninguna de estas dos opciones eran viables para Dioni, y por ello la lectura «indirecta» del libro de Davis.

El ejemplo anterior es una tontería, por supuesto, pero también una muestra de las carencias que aquejan al ensayo. Más que centrarse en el voto conservador de los pauers, hubiese sido interesante analizar cuántos de los miembros de esa generación (los que ahora tienen entre 30 y 50 años; o, como comenta Dioni, los que «fueron a EGB») han optado por mudarse a una zona residencial y cuántos se han quedado en la ciudad. Porque, de fondo en todo el texto, subyace la observación de que, sin obviar el hecho de que las zonas residenciales tienen efectos concretos sobre la ideología, lo cual es evidente y hemos reseñado numerosas lecturas en el texto que apuntan en ese sentido; sin obviar eso, decíamos, tal vez las personas que tomaron la decisión de mudarse a los PAUs ya eran personas con esa ideología. ¿Cuántos se quedaron en la ciudad, cuántos viven compartiendo piso, cuántos se han mudado a pueblos o ciudades medias cercanas a la gran ciudad, antes que a PAUs? Ésa hubiese sido una cuestión mucho más interesante y fructífera.

El urbanismo configura nuestro modo de pensar, algo que ya concluyó Lefebvre en La producción del espacio: somos tanto la consecuencia como la causa del espacio. Pero, aunque compleja, de fondo siempre hay una elección. Se pueden tomar diversas posiciones al respecto, más allá de las elecciones: denunciar este hecho, poner de manifiesto las trampas con las que se intenta dirigir a una gran parte de la población hacia uno u otro camino, incluso negarse a transitarlo. Pero, una vez dado el paso, no es lícito liberarse de toda responsabilidad y achacarlo a fuerzas mayores.