Capital financiero, propiedad inmobiliaria y cultura; David Harvey y Neil Smith

El tutor de la tesis de Neil Smith fue nada menos que David Harvey. Ambos son viejos conocidos (y muy admirados) en el blog, por lo que, en cuanto descubrimos la existencia de este Capital financiero, propiedad inmobiliaria y cultura, nos lanzamos a por él, pensando que se trataría de un artículo a cuatro manos. Nada más lejos de la realidad: se trata de un breve libro que recoge dos artículos independientes que ya hemos reseñado en el blog.

El primero de ellos: «El arte de la renta: la globalización y la mercantilización de la cultura«, de Harvey (aparecido en Espacios del capital y reseñado allí) nos presenta la renta de monopolio, el poder que consigue un productor o propietario al ser el único con potestad sobre un bien y, por lo tanto, quien puede establecer su precio. Y uno de los productos actuales que más rentas generan es ni más ni menos que la cultura. Harvey usa el ejemplo del vino francés: en vez de competir con otros productores de vino (como California, Australia o, sin ir muy lejos, España), Francia se otorgó un derecho sobre «la cultura del vino» monopolizando términos asociados con ella, como château, champagne, etc., con el objetivo de mantener la propiedad (y las rentas) de la cultura del vino. Pero esta cultura es universal (como poco, mediterránea, y probablemente universal, sí) y pertenece a todos; al apropiársela, Francia se arroga un derecho sobre algo colectivo.

Lo mismo sucede en las ciudades; y el ejemplo que usaba Harvey era el de Barcelona, una ciudad que ha usado parte de su capital cultural para proyectarse como una ciudad en el espacio de los flujos turísticos y obtener réditos de ello; réditos que van a manos privadas mientras que sus consecuencias van a manos públicas, como son el uso de las infraestructuras o de las calles por parte de los turistas, los problemas de convivencia, la debacle del mundo laboral en un sector orientado claramente a los servicios…

El segundo artículo, más breve, se titula «El redimensionamiento de las ciudades: la globalización y el urbanismo neoliberal«, de Neil Smith, y lo leímos en El mercado contra la ciudad. Tras observar cuatro hechos concretos acaecidos en Nueva York, Smith avanza cómo la producción social ha sobrepasado y casi eliminado a la reproducción social. Es decir: a grandes rasgos, uno trabaja y tiene hijos. Trabajar es la producción social: el hecho de que prácticamente todo ser humano forma parte de un tejido productivo destinado a generar bienes de consumo. Tener hijos (o sobrinos, o hijos de amigos, o lo que sea) es la reproducción social: cuando la propia fuerza de trabajo se encarga de educar y dirigir a las nuevas generaciones para que sigan siendo fuerza de trabajo productiva sin que las élites tengan que ocuparse de ello.

Hasta los años setenta, aproximadamente, en las ciudades ambos aspectos convivían. El urbanismo neoliberal, la acumulación flexible (o espacio de los flujos) y el hecho de que las ciudades se hayan convertido en nodos de productividad dentro de las redes de competencia globales ha hecho que la balanza se decante masivamente por la producción. Y ahora las ciudades son entornos altamente competitivos destinados a una élite extractiva que los usa, bien como inversión (como explicaba Raquel Rolnik) o bien como extracción de rentas, ya sea aumentando el precio de los alquileres y las viviendas o como lugares turísticos más rentables.

La introducción de este Capital financiero, propiedad inmobiliaria y cultura viene de la mano de Jordi Borja, también otro viejo conocido del blog. Sus primeras lecturas no nos acabaron de cuajar y descubrimos luego que había sido parte del entramado teórico que sostenía el «modelo Barcelona» en los 80 y 90, la reforma de la ciudad con la excusa de los Juegos Olímpicos y todos los cambios que luego han ido asociados. Sorprende que Borja se refiera a autores como Harvey y Smith con la etiqueta de «radicales» (frente a los «más liberales en sentido norteamericano» como Sassen o Sorkin), puesto que simplemente son críticos con el capitalismo, algo completamente lógico, a la vista de los desmanes de los últimos cincuenta años, por situar una fecha.

El motivo de la introducción es cuestionar el modelo Barcelona; Borja vincula los dos artículos (Harvey habla en concreto de Barcelona; Smith, no) a una posible perspectiva sobre la ciudad, y aprovecha para defender su modelo. Puesto que en el blog ya hemos leído visiones críticas sobre este modelo (Manuel Delgado; Aricó, Mansilla y Stanchieri) no nos detendremos mucho en ello. Sin embargo, y pese a enumerar una larga lista de efectos beneficiosos, Borja cambia un poco la visión que había mantenido hasta entonces y reconoce «efectos perversos» en el modelo: el aumento del precio del suelo y de las viviendas (ojo: es una introducción de 2005, lo bueno estaba por venir), se vendieron fragmentos del suelo a propiedad privada, el «discutible proyecto» de Diagonal Mar (el expolio de parte del litoral, la expulsión de sus habitantes y la venta a compañías privadas internacionales), la realización de enclaves y parques temáticos, «la destrucción del patrimonio arquitectónico (especialmente la herencia de la ciudad industrial)» y el Fórum, del que no llega a decir que sea un fracaso sino que es el punto donde tanto los «defensores» (el propio Borja, Montaner) como los «hipercríticos» (el ya mentado Delgado y dos libros con varios autores: Barcelona, marca registrada. Un modelo para desarmar y La otra cara del Fórum de las Culturas) coinciden en destacar como paradigma del modelo.

El espacio público: ciudad y ciudadanía, Jordi Borja y Zaida Muxí

En 2019 se creó un nuevo espacio verde en la ciudad de Barcelona: el parque de les Glòries.

Situado en una zona de gran paso de vehículos, donde confluyen líneas de metro y tranvía, junto a la famosa Torre Agbar y el Museo del Diseño, junto al centro comercial del mismo nombre, su presencia ayuda a oxigenar una zona densa y rica en transeúntes, bicicletas, paseantes y personas atareadas.

Y, sin embargo, lo que podría ser una maravilla… acaba siendo el enésimo ejemplo de por qué Barcelona es una ciudad para fotografiar y en la que soñar, pero no en la que vivir.

El parque se divide en diversas zonas. Una enorme claro lleno de hierba, redondo, sin árboles ni sombra, preside el espacio. Se accede a él por cinco puentes que atraviesan un pequeño… ¿riachuelo?, ¿estanque circular?, ¿foso del castillo?, de unos dos metros de ancho. Alrededor del claro hay un camino de arena por el que uno puede pasear y en el que abundan bancos individuales y tumbonas, también individuales, todos ellos clavados al suelo. Hay pista de baloncesto, zona para que los perros jueguen y se alivien y, en fin, todo lo que uno pueda desear.

Salvo la posibilidad de hacer lo que a uno le venga en gana.

Si quiere usted sentarse a charlar, los bancos, cada uno en una orientación distinta, se lo pondrán difícil; amén de que sean ustedes más personas que el número de bancos disponibles, pues sentarse en ese suelo polvoriento no invita. Si quiere usted hacer un picnic o tumbarse a la sombra, ¡mal!, pues el claro interior exige que se tumbe usted al sol y disfrute de la mirada de todos los paseantes. Si quiere usted jugar a pelota en el claro, ¡vigile!, pues el foso húmedo aguarda a niños incautos que no tengan la suficiente precisión al chutar. Y, por supuesto, las zonas de vegetación están debidamente amuralladas, pues en ellas crecen unos tipos de plantas que requieren de unas condiciones especiales y sólo las fuerzas de jardinería pueden acceder allí. Es decir: que son para contemplar y fotografiar, no para hundirse en ellas y disfrutar de la sombra o la humedad.

Dicho de otro modo: puede usted hacer lo que quiera… siempre que sus planes coincidan, exactamente, con lo que las autoridades han dispuesto que sea este parque. Y, si lo hace con una sonrisa y lo publica en sus redes sociales, ¡mejor!, pues ése es el objetivo del parque: transmitir felicidad. Que no crearla.

Algo similar nos sucede con la lectura de El espacio público: ciudad y ciudadanía, de Jordi Borja y Zaida Muxí. En todo momento se habla del espacio público, de lo que aporta, de cómo debe ser, de cómo las autoridades deben tener en cuenta a las minorías, a las mujeres, ¡pobres mujeres!, a los ancianos, a los niños, a los inmigrantes y a todo posible ente dispar. Se reclama el derecho a la visibilidad, se reclama que se hagan hermosas las zonas periféricas de las ciudades, que se instalen monumentos por doquier.

En ninguna de sus páginas, sin embargo, se ofrece la posibilidad de que la gente haga lo que le venga en real gana en las calles. Durante toda la lectura no deja de venir a la mente la distinción que hacía Manuel Delgado al decir que eso del espacio público no es más que una invención de urbanistas y que ninguna madre le ha dicho jamás a su hijo que se vaya a jugar al espacio público, sino: «anda, vete a la calle». Estamos hablando de calles. Del espacio que uno transita para ir a trabajar, estudiar, comer, pasear o comprar drogas. Hasta irse de putas, si uno está por ello. Independientemente de que lo defendamos o lo defenestremos en el blog, por ahora hay putas y por ahora hay puteros.

Las calles no son una entelequia ideal que debe estar medida, organizada, reglada y automatizada. Son lugares de conflicto, tránsito, experimentación y aprendizaje. Y le van a hablar mal, oiga. Y oirá usted música que no desea oír, conversaciones en las que no desea participar y trapicheos de los que preferiría no saber nada. Cualquier pretensión de que son las autoridades quienes deben velar por el espacio público o imponerlo es errónea porque supone que los ciudadanos son niños que no saben lo que quieren.

Ah, eso sí: éstos pueden opinar, siempre que sientan la necesidad de hacerlo, aclara el libro. Ojo: pero deben ser suplicantes ante las autoridades, que ya se preocuparán de velar por su bienestar.

Sorprende que se glose tanto el modelo Barcelona cuando ya se ha hablado (en el blog reseñamos a Manuel Delgado pero hay tantas otras voces) de que, en realidad, lo que le ha sucedido a la ciudad condal es que se ha puesto guapa para que la visiten… a costa de empeorar la calidad de vida de sus ciudadanos. Las tan mentadas Ramblas, el paseo de las flores, es un canal de turistas que todo habitante de la ciudad rehuye, como lo son las cercanías de la Sagrada Familia o el Maremágnum.

Hay voces críticas en este libro, eso sí. La primera parte es una reflexión teórica de Jordi Borja donde, como es habitual, mezcla la descripción de la ciudad con lo que él cree que debería ser su espacio público. «El espacio público es el espacio de la representación, donde la sociedad se visibiliza», empieza. «Barcelona es el modelo en el cual se apoyan precisamente The Economist y muchos otros expertos, publicistas, responsables políticos, etc., para atribuir el renacimiento de la ciudad a la política de espacios públicos», dice a las pocas páginas.

Del mismo modo que Harvey denunciaba cómo la ciudad de Baltimore aparecía en todos los ránkings de bienestar y ciudades a visitar y, sin embargo, su calidad de vida no dejaba de disminuir y sus habitantes sufrían proceso de expulsión tras proceso de expulsión, Borja loa Barcelona sin tener en cuenta los efectos de su embellecimiento sobre la población. Sí es cierto que el libro es del año 2001, cuando Barcelona se consideraba en la cúspide y las voces críticas eran menos abrumadoras que hoy en día, en que la percepción de que todo fue la creación de un simulacro es más que evidente.

Aún así, al César lo que es del César: Borja denuncia todos los efectos nocivos que el espacio público puede sufrir en nuestros días: privatización, simulacro, mercantilización, segregación, zonificación, efectos del automóvil, por decir los principales.

La segunda parte detalla ejemplos de remodelaciones y construcciones urbanas y, aquí sí, hallamos algunas voces críticas, aunque pocas. La de Zaida Muxí, sobre todo, denunciando los nuevos espacios que parecen públicos pero no lo son, como el Maremágnum, lo que enlazaría con la remodelación de los frentes portuarios en lugares de ocio y consumo, como Baltimore y tantos otros (que en su momento García Vázquez bautizó como «rousificación», por el nombre del principal promotor de Baltimore en remodelar el Inner Harbour); y también Muxí denuncia Diagonal Mar y cómo es vergonzoso que una ciudad mediterránea, caracterizadas por la diseminación de sus ciudadanos por todo espacio limítrofe y poroso, permita que sus calles se privaticen (los parques que rodean los rascacielos de esa zona tienen vallas y se cierran por la noche para uso exclusivo de los habitantes adinerados de la zona; la idea original del plan urbanístico era que esos parques estuviesen siempre cerrados y accesibles sólo a los residentes). También la denuncia de Carme Ribes y Joan Subirats sobre la destrucción del Barrio Chino para convertirlo en El Raval, donde por un lado reconocen los aciertos del proceso pero por el otro no dudan en denunciar los sinsentidos, la privatización, los desmanes de la autoridad al destruir sin necesidad zonas enteras o la incertidumbre de unos espacios abiertos en un barrio que, veinte años después, ha seguido gentrificándose.

La ciudad bien temperada, Jonathan F. Rose

Las ciudades son extraordinariamente complejas. La muestra la tenemos en la cantidad diversa de disciplinas que la abordan: desde la antropología y la sociología hasta la economía, la arquitectura, el urbanismo o el diseño. Los estudios urbanos, por ejemplo, requieren una gran cantidad de aprendizajes y se puede llegar a ellos desde multitud de caminos distintos.

Cuando se trabaja sobre la ciudad es esencial mantener dos conceptos a la vez en la mente: lo que existe y lo que uno pretende construir, o hacia dónde pretende guiar lo que ya hay. Jane Jacobs escribió el libro sobre urbanismo mejor valorado de la historia, Muerte y vida de las grandes ciudades, basándose en algo muy sencillo: salir a la calle y observar lo que sucedía. Los primeros capítulos del libro son un ataque frontal a Robert Moses (y Lewis Mumford), el máximo exponente del urbanismo racionalista en Nueva York y muy dado a derribar barrios enteros para construir autopistas. Las tesis de Moses y los suyos en los 60 era que los barrios eran malos y había que ceder espacio al vehículo y a la funcionalización; Jacobs, a base de estadísticas y puro sentido común, les mostró que la vida en los barrios era mucho más rica y segura, además de las redes sociales que existían entre los habitantes de la ciudad.

Cualquier excusa es buena para poner una foto de Jane Jacobs.

Criticamos en su momento La ciudad conquistada, de Jordi Borja, porque no hacía una distinción clara entre lo que era descripción de la ciudad y lo que era su deseo para ella. «Y la ciudad más segura no es la formada por compartimentos o guetos, por tribus que se desconocen y por ello se temen o se odian; la ciudad más segura es aquella que cuando llaman a la puerta sabes que es un vecino amigable, que cuando sientes la soledad o el miedo esperas que a tu llamada se enciendan luces y se abran ventanas, y alguien acuda. La convivencia cordial y tolerante crea un ambiente mucho más seguro que la policía patrullando a todas horas.» (p. 352). ¿Por qué la ciudad no puede estar llena de guetos?

Cada cual tiene su visión distinta; eso es válido. Pero ayuda cuando los argumentos que la sostienen son universales y no personales. Tanto Manuel Delgado (El animal público, Sociedades movedizas) como Richard Sennett (El declive del hombre público) dejan claro que defienden un espacio público heterogéneo, confuso, fruto de la mezcla, porque es la única forma en que los ciudadanos pueden educarse ante la diferencia y lo que es la base de la antropología: el otro, la alteridad. Las comunidades son abominables: lo dijo Sennett claramente y lo ha repetido (Construir y habitar), porque la forma más fácil de crear lazos estrechos es buscando enemigos comunes.

En otros casos, la ideología tras la ciudad que uno defiende ni siquiera queda implícita pero empapa toda la visión: El triunfo de las ciudades, de Edward Glaeser, decía, sin decir, que las ciudades son buenas cuando dan dinero. Son buenas cuando consiguen aumentar su PIB, son buenas cuando atraen a personas con alto nivel adquisitivo y las mantienen, son buenas cuando sus habitantes disponen de dinero. «En Londres hay muchos banqueros porque es un buen sitio para ser banquero. En ciudades como Río hay muchos pobres porque son sitios relativamente buenos para ser pobre. Al fin y al cabo, se puede disfrutar de la playa de Ipanema incluso sin dinero.» (p. 103) La ciudad, entendida como cúspide del capitalismo; pero sin tener en cuenta todas las tribulaciones que el capitalismo conlleva, como la inflación del alquiler por la entrada de los grandes fondos de inversión en el mercado inmobiliario o la turistificación de la ciudad mediante, entre muchos otros, Airbnb.

Si citamos El triunfo de las ciudades es porque La ciudad bien temperada, del urbanista y agente inmobiliario Jonathan F. P. Rose, se le parece bastante. La tesis de Rose, que establece un símil con el equilibrio musical que buscaba Bach en su obra El clave bien temperado, es que hay cinco cualidades necesarias para que una ciudad funcione bien: coherencia, circularidad, resiliencia, comunidad y compasión. ¿Cuál es el problema? Que ninguna de estas virtudes se nos explicita claramente: son sólo indicaciones morales de cómo se deberían gestionar las ciudades.

No hay una tesis clara en el libro de Rose. Hay muchos datos, muchos epígrafes, muchos temas mezclados y muy pocas ideas de fondo. O, mejor dicho, hay tantas que nunca se sabe hacia qué lugar apuntan. Se hace un resumen correcto de la historia urbana escogiendo ciudades puntuales y explicando qué aportaron; pero no cómo las ciudades que vinieron después adoptaron esas características y las hicieron propias. Se habla de que la creación de comunidad es buena; ¿pero de qué tipo, cómo se consigue en una ciudad caracterizada por la heterogeneidad y las sacudidas capitalistas? Se dice que la smart city puede ayudar y se habla de Songdo, pero no se entra en detalle sobre la propiedad del software o la intrusividad para los ciudadanos.

Imaginemos una ciudad con las viviendas sociales de Singapur, la educación pública de Finlandia, la retícula inteligente de Austin, la cultura de la bicicleta de Copenhage, la producción de alimentos de Hanói, el sistema de alimentos regionales de Florencia… (p. 41)

El párrafo anterior sigue y sigue, enumerando todas las buenas cualidades de muchas ciudades. Imaginemos una ciudad con todas esas características: no sería ninguna de ellas.

Recientemente han añadido a Netflix un programa sobre la humorista americana Fran Lebowitz que se titula, precisamente, «Pretend it’s a city»: Supongamos que es una ciudad. Habla sobre Nueva York, la niña de los ojos de la humorista, la ciudad en la que lleva cinco décadas y a la que critica en cada una de sus intervenciones. No deja títere con cabeza; y, sin embargo, también queda muy claro que no va a abandonar su ciudad. Nueva York es ruidosa, horrible, llena de gente maleducada y agresiva; pero es su ciudad y está orgullosa de vivir en ella.

El metro de Barcelona es tristemente famoso por la gran cantidad de carteristas que hay en él, sobre todo en las zonas céntricas. Pero eso no es sólo una característica de la ciudad, sino del sistema legal español, que no tiene una medida verdaderamente eficiente para luchar contra ese tipo de crimen. En el metro de Berlín, los revisores van vestidos con ropa de calle: al acceder al vagón, cuando se cierran las puertas, muestran su identificación y solicitan a los viajeros sus billetes. Si fuesen uniformados, quienes viajan sin billete los verían y se limitarían a escapar. Y esto es, también, un reflejo de la sociedad alemana.

Ginebra y Vancouver son ciudades seguras y siempre ocupan posiciones altas en los índices de mejores lugares donde vivir. Son, también, profundamente aburridas, sin nada interesante por hacer ni nada que contemplar por la calle. Eso es lo que hace interesante a Nueva York: pese a las muchas quejas que Lebowitz tenga, todas ellas forman lo que vale la pena mirar, lo que interesa a los demás: la vida urbana.

Las ciudades son redes complejas donde coinciden una gran masa de población heterogénea, los flujos del capital, los flujos migratorios, las redes de cultura, finanzas, crimen, narcotráfico y todas cuanto se imaginen. Considerarlas como una serie de piezas independientes, como un LEGO que puede ser ensamblado a voluntad sin tener en cuenta el resto de elementos, parece una forma errónea de abordarla.

La ciudad conquistada, de Jordi Borja

La ciudad conquistada (Jordi Borja, 2003) es mitad descripción de la ciudad y mitad explicación de cómo debería ser la ciudad, según el autor. Borja es geógrafo y urbanista, militante del PSUC y político durante bastantes años de su vida, y se nota.

Por ello denunciamos la agorafobia urbana, enfermedad reaparecida en nuestras ciudades europeas y aún más presente en las americanas. El ideal urbano no puede ser el balneario suizo y sus relojes de cuco, los «barrios cerrados» de las periferias latinoamericanas de clase bien, los espacios lacónicos de los suburbios cuyas catedrales sean los centros comerciales y los puestos de gasolina.

Se ejerce la ciudadanía en el espacio público, en la calle y entre la gente, siendo uno y encontrándose con los otros, acompañado por los otros, a veces enfrentándose a otros. El derecho a sentirse seguro y protegido es elemento integrante de la ciudadanía, pero también lo es la libertad para vivir la aventura urbana. Y la ciudad más segura no es la formada por compartimentos o guetos, por tribus que se desconocen y por ello se temen o se odian; la ciudad más segura es aquella que cuando llaman a la puerta sabes que es un vecino amigable, que cuando sientes la soledad o el miedo esperas que a tu llamada se enciendan luces y se abran ventanas, y alguien acuda. La convivencia cordial y tolerante crea un ambiente mucho más seguro que la policía patrullando a todas horas. (p. 352).

Hemos hecho algo de trampa: la cita proviene del Epílogo ciudadano, situado al final del libro y donde Borja explica, sin ambages, el tipo de ciudad que desea. Explica también que el hilo conductor del libro, que a menudo parece fragmentario y disperso, con capítulos casi independientes, es «el amor a la ciudad», y ése se nota en cada una de sus frases.

ciudad conquistada

«Negamos la consideración del espacio público como un suelo con un uso especializado, no se sabe si verde o gris, si es para circular o para estar (…). Es la ciudad en su conjunto la que merece la consideración de espacio público. La responsabilidad principal del urbanismo es producir espacio público, espacio funcional polivalente que relacione todo con todo, que ordene las relaciones entre los elementos construidos y las múltiples formas de movilidad y de permanencia de las personas. Espacio público cualificado culturalmente para proporcionar continuidades y referencias, hitos urbanos y entornos protectores, cuya fuerza significante trascienda sus funciones aparentes.» (p. 29).

Y, sin embargo, en un siglo XXI que está protagonizando la urbanización de la población mundial, «la ciudad parece tender a disolverse». «La ciudad «emergente» es «difusa», de bajas densidades y altas segregaciones, territorialmente despilfarradora, poco sostenible, y social y culturalmente dominada por tendencias perversas de guetización y dualización o exclusión. El territorio no se organiza en redes sustentadas por centralidades urbanas potentes e integradoras, sino que se fragmenta por funciones especializadas y por jerarquías sociales. Los centros urbanos, las gasolineras y sus anexos incluso, convertidos en nuevos monumentos del consumo; el desarrollo urbano disperso, los nuevos guetos o barrios cerrados, el dominio del libre mercado sobre unos poderes locales divididos y débiles…» (p. 30).

El segundo capítulo, que ya entra en materia, distingue tres tipos de ciudades que coexisten: la oficial (la que marcan los límites políticos), la real (la que los ciudadanos viven, ajenos a las fronteras) y la ideal (la que los ciudadanos imaginan en sus mentes cuando evocan la ciudad). Y, en ella, conviven tres tipos de habitantes: los que residen, los que trabajan o estudian o hacen uso cotidiano o regular de ella, y los que la visitan puntualmente, ya sean turistas, por trabajo, por accidente. Y, también geográficamente, coexisten tres ciudades: el territorio administrativo (la realidad oficial), la ciudad real o metropolitana (la realidad funcional) y la región urbana (ciudad de ciudades, territorio discontinuo con zonas de alta densidad y otras dispersas).

Pero otra forma de clasificar la ciudad es en sus tres dimensiones temporales superpuestas:

  • la ciudad «clásica», renacentista o barroca, es la ciudad tradicional, la de los mercados y los monumentos, la que da identidad a la ciudad;
  • la ciudad resultante de la Revolución Industrial, de los centros históricos renovados y expandidos (Haussmann, Cerdá), de la zonificación y la electricidad y los ferrocarriles. Ésta es la ciudad que la mayoría de los habitantes viven y transitan.
  • la ciudad moderna, la que se forja hoy en día: conurbación, ciudad global, nuevas tecnologías, límites difusos.

Borja enlaza esta última ciudad con la «ciudad global» de Saskia Sassen, de cuya definición no es muy defensor. Sassen consideró que existían tres ciudades globales en su libro del mismo nombre: Nueva York, Tokyo y Londres. Borja destaca que la definición no se corresponde exactamente a la realidad de las ciudades, donde «se mezclan elementos globalizados con otros localizados» (p. 44). Hay diversos elementos nuevos en las sociedades urbanas actuales:

  • nuevas formas de comunicación y consumo que refuerzan la autonomía individual: desde el coche hasta los smartphone, la comida basura, Globo y Deliveroo, gasolineras siempre abiertas… todo ello permite que el individuo vaya a su propio ritmo y lo libera del grupo familiar, laboral, social, de clase… pero acentúa las diferencias sociales, territoriales e individuales;
  • diversidad de las familias urbanas, cada vez más alejadas del modelo padre, madre e hijos;

La ciudad actual es, al tiempo, ciudad densa y ciudad difusa. La ciudad clásica coexiste con zonas diversas, parques empresariales, zonas logísticas, conjuntos residenciales, grandes centros comerciales.

ciudad difusa
Ciudad difusa; suburbia

Cada capítulo termina con unos Boxes escritos por el propio Borja o por colaboradores. Uno de ellos, escrito por Zaida Muxí, habla sobre el caso de Diagonal Mar y la privatización del espacio público. En la zona de Diagonal Mar se habilitó un espacio para grandes rascacielos que no forman parte de la ciudad: están rodeados de parques abiertos, pero en cuanto llega la noche se cierran y se convierten en espacio privado, por lo que no son espacios que generen ciudad; no son espacio público.

De esta manera se pretende hacer ciudades «adormecidas» habitadas por clónicos, vivir en una fantasía escenografiada de Disney -recuerden la película El show de Truman– donde todo está previsto, establecido y todos se conocen y son iguales. Pero un espacio de iguales no hace ciudad. Es una propuesta que niega la esencia misma de la ciudad, que se encuentra en la heterogeneidad: la ciudad es el lugar del encuentro casual y azaroso, del conocimiento del otro con la posibilidad del conflicto y la convivencia. Es además una concepción urbana ajena a la historia y espíritu de la ciudad mediterránea y europea, que fundamentalmente ha aportado a la tradición urbanística una manera de usar y disfrutar colectivamente el espacio urbano. Ya en la Italia de finales del siglo XVIII, visitada por Goethe y retratada en su libro Viaje a Italia, el derecho al uso público de todos los espacios abiertos de la ciudad era defendido por los ciudadanos, que ocupaban pórticos, galerías, entradas, patios, claustros e interiores de iglesias. Las ciudades mediterráneas se han configurado a través de la sabia combinación de espacios domésticos y edificios públicos, calles y plazas que dan acceso a espacios de transición gradual de lo público a lo privado, lugares ambiguos donde se tolera la presencia de extraños. (p. 105).

El sexto capítulo es el que nos ha parecido más interesante: Espacio público y espacio político:

En la ciudad no se teme a la naturaleza, sino a los otros. La posibilidad de vivir, o el temor a la llegada súbita de la muerte, el sentimiento de seguridad o la angustia engendrada por la precariedad que nos rodea son hechos sociales, colectivos, urbanos. Se teme la agresión personal o el robo, los accidentes o las catástrofes (incluso las de origen natural, que son excepcionales, se agravan considerablemente por razones sociales: tomen como ejemplo los recientes terremotos). La soledad, el anonimato, generan frustraciones y miedos, pero también la pérdida de la intimidad, la multiplicación de los controles sociales. Las grandes concentraciones humanas pueden llegar a dar miedo, pero también lo dan las ciudades vacías en los fines de semana o durante las vacaciones. La excesiva homogeneidad es insípida, pero la diferencia inquieta. La gran ciudad multiplica las libertades, puede que sólo para una minoría, pero crea riesgos para todos.

Siempre se han practicado dos discursos sobre la ciudad. El cielo y el infierno. El aire que nos hace libres y el peligro que nos acecha. En todas las épocas encontraremos titulares de periódicos o declaraciones de intelectuales que exaltan la ciudad como lugar de innovación o de progreso o que la satanizan como medio natural del miedo y del vicio. (p. 203).

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