La sociedad red (IV): la cultura de la virtualidad real

Seguimos con la reseña de La sociedad red, el primer volumen de la trilogía de Manuel Castells La era de la información. La primera entrada la dedicamos a los cambios en la tecnología que permitieron la llegada del informacionalismo; la segunda, a las formas de la nueva economía; la tercera, a los cambios en las empresas y el empleo hacia los que apunta el nuevo paradigma social; y esta cuarta entrada está dedicada a la llegada de internet a nuestras vidas como medio de comunicación. El problema con este tema, sin embargo, es que el libro es una publicación del año 2000 (el original se publicó en 1996 y esta segunda edición actualizada en el 2000), por lo que la situación ha cambiado enormemente: por entonces, por ejemplo, Amazon estaba creciendo, Google acababa de empezar, Apple no era la megacorporación que es hoy en día, Facebook daba sus primeros pasos y ni siquiera habían surgido las redes sociales o los smartphones. Por lo tanto, de este capítulo nos centraremos en la forma como Castells analiza el surgimiento y la llegada de la televisión y, en general, la irrupción de los medios de comunicación de masas en nuestras vidas.

La difusión de la televisión en las tres décadas que siguieron a la Segunda Guerra Mundial (en momentos diferentes y con una intensidad variable según los países) creó una nueva galaxia de comunicación, si se me permite utilizar la terminología mcluhaniana. No es que el resto de los medios de comunicación desaparecieran, sino que fueron reestructurados y reorganizados en un sistema cuyo núcleo lo componían válvulas y cuyo atractivo rostro era una pantalla de televisión. (p. 402)

Por qué la televisión se convirtió en el medio de comunicación mayoritario aún es un debate abierto. La facilidad de su consumo ayudó, sin duda (aunque, más que atribuirlo a la pereza del ser humano o a la «búsqueda del camino más fácil», Castells lo atribuye a «las condiciones de la vida hogareña tras largas jornadas de trabajo agotador»), aunque también muchos otros factores: el más importante de ellos, que verla/consumirla no es una actividad exclusiva, a diferencia de, por ejemplo, leer un libro o el periódico; y que se adapta mejor al estilo conversacional, más fácil de captar.

Pronto surgieron mensajes alertando de cómo la sociedad se estaba convirtiendo en «espectador pasivo» de los mensajes que la televisión transmitía. Nada más lejos de la realidad. El ser humano no es un ente inútil, boquiabierto a la espera de que le disparen comandos, sino un ente autónomo inmerso en un cultura determinada que va a dotar a los mensajes que recibe de un significado determinado.

«No obstante, destacar la autonomía de la mente humana y de los sistemas culturales individuales para rellenar el significado real de los mensajes recibidos no implica que los medios de comunicación sean instituciones neutrales ni que sus efectos sean insignificantes.» Los medios de comunicación audiovisuales son la base de la cultura y «crean el marco para todos los procesos que se pretenden comunicar a la sociedad en general, de la política a los negocios, incluidos los deportes y el arte». Es decir: el mensaje que transmite la televisión no es qué pensar de un determinado tema, sino sobre qué temas pensar. Por ejemplo: si se ha demostrado que, de los miles de anuncios que una persona recibe a diario, apenas atiende a un porcentaje mínimo, y no siempre de forma favorable, ¿por qué las empresas siguen gastando cantidades abrumadoras en publicidad? Parte de la respuesta es el imbricado mundo de los negocios y los intereses, claro; pero otra parte es que el precio por no estar en los medios es mucho más alto que el de estar y no llegar a calar. O, como dice Castells: el impacto social de la televisión «funciona en el modo binario: ser o no ser».

El precio que pagan los mensajes por estar en el medio es la difusión en un texto multisemántico, donde se mezclan información, entretenimiento, propaganda, etc. Ello lleva a que veamos imágenes de una guerra real y estemos totalmente inmunizados debido a la gran cantidad de imágenes del mismo tipo que hemos consumido; o, como lo mentamos a propósito de las fotografías del Kowloon de Hong Kong en Ciudad hojaldre: olvidamos que, tras la belleza de esas imágenes, existen personas en una situación de pobreza y condiciones extremas.

Pero la televisión pronto pasó de ser un medio de comunicación de masas masivo a convertirse en una larga lista de emisores distintos, fragmentando la audiencia y, de hecho, diversificando los mensajes en función de las audiencias que elegían cada medio, «mejorando la relación individual entre emisor y receptor». Si McLuhan había dicho que «el medio es el mensaje», hoy en día «el mensaje del medio (que aún opera como tal) está moldeando diferentes medios para diferentes mensajes».

Ojo, no perdamos de vista en ningún momento que, pese a la enorme fragmentación y la gran cantidad de canales existentes, la industria ha sufrido una serie de fusiones y concentraciones que suponen que la gran mayoría de mensajes vienen de unos pocos emisores. «Aunque los medios de comunicación están interconectados a escala global y los programas y mensajes circulan en la red global, no estamos viviendo en una aldea global, sino en chalecitos individuales, producidos a escala global y distribuidos localmente».

Y entonces llegó internet. Castells destaca los orígenes en parte contraculturales de sus creadores, como ya comentamos en la primera entrada; y la posibilidad de formar un lugar de interconexiones horizontales, incluso la fortaleza de los lazos débiles que se estrechan en la red. Permite y posibilita una gran serie de conexiones y hasta amistades basadas en intereses comunes, donde el precio es que tienen una «alta tasa de mortalidad» (un comentario mal escrito puede suponer la desaparición inmediata de cualquier contacto) pero también unos lazos mucho más fuertes de lo que pueda parecer a priori, generando comunidades y hasta encuentros en el mundo real que pueden forjar amistades. «La comercialización del ciberespacio estará más próxima a la experiencia histórica de las calles comerciales que brotaron de una cultura urbana llena de vitalidad que a los centros comerciales que se extendieron en la opacidad de los barios periféricos anónimos», pronostica Castells.

Una profecía fatídica, parece. Veinte años después podemos comprobar que hemos perdido el anonimato en la red. Ya no somos quienes queramos ser, sino nuestra persona real, o al menos un émulo de lo que suponemos que somos en la vida real. Entramos con nuestro nombre en Facebook, en LinkedIn, creamos una única cuenta en Instagram, consumimos vídeos de youtubers e incluso la gran cultura de lectura y multimedia que pregonaba internet se ha convertido en buscar tutoriales de nuestros influencers preferidos. Twitch, patreon y tantos otros se basan en saber comunicar lo que uno crea, más que en la propia creación en sí. Y no hablemos del comercio, dominado por unas megacorporaciones (viene a la mente Amazon, sin mucho esfuerzo) que además imponen unas condiciones draconianas a sus trabajadores, y buscadores patrocinados donde toda la información a la que accedemos está predeterminada según el Big Data y nuestros intereses para que Google siga ganando dinero.

No, parece que el sueño de Castells no tiene visos de cumplirse. Pero dejemos el pesimismo y volvamos a las palabras del sociólogo.

Las culturas están hechas de procesos de comunicación. y todas las formas de comunicación, como nos enseñaron Roland Barthes y Jean Baudrillard hace muchos años, se basan en la producción y el consumo de signos. Así pues, no hay separación entre “realidad” y representación simbólica. (p. 448)

Lo específico de este nuevo sistema de comunicación no es su introducción de la «realidad virtual», sino «la construcción de la virtualidad real». La realidad siempre ha sido virtual, «porque siempre se percibe a través de símbolos que formulan la práctica con algún significado que se escapa de su estricta definición semántica». Por ello el lenguaje no es formal o lógico como las matemáticas y por ello toda interacción con otras personas es tan rica y compleja. «Es en el carácter polisémico de nuestros discursos donde se manifiesta la complejidad de los mensajes de la mente humana, e incluso su naturaleza contradictoria.»

Las críticas que surgieron en cuanto a que internet no representa la «realidad» suponen la existencia de una realidad «no codificada» que nunca existió. El cambio que supone es la creación de un nuevo espacio donde las imágenes se mezclan independientemente de su sustrato. Las imágenes reales se mezclan en el mismo medio que aquellas virtuales hasta convertirse de forma igual en la experiencia. Castells pone un ejemplo de los miles que habría: en las elecciones presidenciales de 1992 de Estdos Unidos, el vicepresidente Dan Quayle, defensor de los valores tradicionales, tuvo un debate con el personaje de Murphy Brown interpretado por la actriz Candice Bergen. Murphy Brown representaba una nueva clase de mujer: «la profesional soltera que trabaja y tiene sus propios criterios sobre la vida». Cuando el personaje decidió tener un hijo sin casarse, el político la criticó y el personaje respondió, en el siguiente capítulo, quejándose de la necesidad de los políticos de meterse en la vida privada de las personas, aumentando la audiencia de su programa y contribuyendo a la derrota electoral de Bush (y Quayle), un hecho que se dio en la realidad. Cuando Quayle volvió a presentarse a las elecciones en 1999, lo primero que hizo es asegurar que él seguía allí pero Murphy Brown ya no. Perdió igualmente, pero eso no es lo relevante, sino el hecho de que un personaje virtual se había inmiscuido en la política real.

Algo así nos parece habitual hoy en día, donde en cualquier festival podemos ver a influencers o youtubers armados de sus cámaras y hablando a un público invisible para nosotros o, en otro nivel mucho más terrorífico, las fake news o las hordas de bots que se encaran de modificar las percepciones de la opinión pública en las distintas redes sociales.

Por ello es tan crucial para los diferentes tipos de efectos sociales que se desarrolle una red de comunicación multinodal horizontal, del tipo de Internet, y no un sistema multimedia de expedición centralizada, como la configuración del vídeo a solicitud. El establecimiento de barreras para entrar en este sistema de comunicación y la creación de contraseñas para la circulación y difusión de mensajes por el sistema son batallas culturales cruciales para la nueva sociedad, cuyo resultado predetermina el destino de los conflictos interpuestos simbólicamente que se librarán en este nuevo entorno histórico. Quiénes son los interactuantes y quiénes los interactuados en el nuevo sistema, para utilizar la términología cuyo significado sugerí anteriormente, formula en buena medida el sistema de dominación y los procesos de liberación en la sociedad informacional. (p. 451)

Como comentábamos, parece una oportunidad perdida; otra, si añadimos la ausencia de mecanismos para frenar la dualidad creciente que genera el informacionalismo y del que hablamos en la entrada anterior, sobre economía y empleo. Pero el tema nos permite entrar de lleno en el que será el concepto más relevante de la obra: el espacio de los flujos.

Por otra parte, el nuevo sistema de comunicación transforma radicalmente el espacio y el tiempo, las dimensiones fundamentales de la vida humana. Las localidades se desprenden de su significado cultural, histórico y geográfico, y se reintegran en redes funcionales o en collages de imágenes, provocando un espacio de flujos que sustituye al espacio de lugares. El tiempo se borra en el nuevo sistema de comunicación, cuando pasado, presente y futuro pueden reprogramarse para interactuar mutuamente en el mismo mensaje. El espacio de los flujos y el tiempo atemporal son los cimientos materiales de una nueva cultura, que transciende e incluye la diversidad de los sistemas de representación transmitidos por la historia: la cultura de la virtualidad real, donde el hacer creer acaba creando el hacer. (p. 452)

La sociedad red (II): los cambios en la economía

Como ya dijimos en la presentación de este primer volumen de La era de la información titulado La sociedad red, el sociólogo Manuel Castells procede tema a tema para estudiar el paso de una sociedad industrial a una sociedad informacional, cambio de paradigma generado por el surgimiento durante los años 70 a 90 del siglo pasado de una serie de tecnologías (de la información y la comunicación) que permitieron la reestructuración de la configuración del sistema social. La primera entrada estudiaba el surgimiento de estas nuevas tecnologías y por qué su aparición supuso tal cambio en el paradigma; en esta segunda entrada, Castells estudia los efectos de estas tecnologías sobre la economía mundial.

En el último cuarto del siglo XX surgió una nueva economía a escala mundial. La denomino informacional, global y conectada en redes para identificar sus rasgos fundamentales y distintivos, y para destacar que están entrelazados. Es informacional porque la productividad y competitividad de las unidades o agentes de esta economía (ya sean empresas, regiones o naciones) dependen fundamentalmente de su capacidad para generar, procesar y aplicar con eficacia la información basada en el conocimiento. Es global porque la producción, el consumo y la circulación, así como sus componentes (capital, mano de obra, materias primas, gestión, información, tecnología, mercados), están organizados a escala global, bien de forma directa, bien mediante una red de vínculos entre los agentes económicos. Está conectada en red porque, en las nuevas condiciones históricas, la productividad se genera y la competencia se desarrolla en una red global de interacción entre redes empresariales. (p. 111)

La información no es un producto en sí: es la forma en que permite gestionar el resto de los productos. La importancia que tiene sobre un sistema económico es la forma como permite gestionar (y aumentar) la productividad.

La llegada de las TIC creó una economía verdaderamente global: hasta entonces había sido «mundial» en el sentido de que todas las economías del mundo funcionaban del mismo modo, basada en la acumulación de capital; pasó a ser global porque empezó a funcionar en tiempo real como una sola unidad. Eso supuso una nueva ola de competencia entre los agentes económicos, «desempeñada por las empresas pero condicionada por el Estado» que convirtió a algunos sectores de algunas regiones en muy productivos pero también provocó una destrucción creativa en grandes segmentos de la economía. «En otras palabras, la economía industrial tuvo que hacerse informacional y global o derrumbarse. Un ejemplo que viene al caso es la espectacular descomposición de la sociedad hiperindustrial, la Unión Soviética, debido a su incapacidad estructural para pasar al paradigma informacional y seguir su crecimiento en un aislamiento relativo de la economía internacional.» (p. 135)

A medida que este proceso se iba ampliando, se creaba un mercado global cuyo rendimiento es el que determinaba el destino de las economías en su conjunto. Es decir, y como veremos más adelante, el precio de no formar parte de la globalización era mucho más alto que el de formar parte de ella.

La siguiente pregunta que se hace Castells: si la economía se ha vuelto global… ¿se ha vuelto también global el trabajo? La respuesta es compleja. Existe un trabajo que la sociedad informacional demanda y que es altamente cualificado: altos ejecutivos, analistas financieros, consultores, científicos, ingenieros, programadores… y que, por lo tanto, «no sigue las reglas habituales en lo que se refiere a normas de inmigración, salarios o condiciones de trabajo». Sucede lo mismo con otras profesiones como diseñadores, actores, estrellas del deporte, gurús espirituales, criminales: si son capaces de generar suficiente valor añadido, «son capaces de comprar en todo el mundo… y de ser comprados. Estas élites son pocas personas, pero muy significativas, por lo que Castells concluye que «el mercado para el trabajo más valorado sin duda se está revalorizando.»

Para el resto, sin embargo, la situación es ambivalente. Las tasas de natalidad de Norteamérica y Europa, por ejemplo, suponen que los flujos migratorios hacia ellas seguirán aumentando, por lo que existen oportunidades para cambiar significativamente de forma de vida; sin embargo, y en general, «aunque el capital es global, y las redes de producción del núcleo están cada vez más globalizadas, la inmensa mayoría del trabajo es local» (p. 168)

Explica más adelante Castells que, a pesar de la percepción habitual de que las economías informacionales son postindustriales, lo que han hecho es deslocalizar la industria, que no ha bajado en cómputo global, sino que se ha situado en otras regiones. Por ello, la red globalizada lo que demanda sobremanera es una clase dirigente para gestionar estas redes; pero la mayor parte del trabajo sigue siendo poco cualificada para hacer funcionar los productos que dichas redes mueven. Un apunte interesante sería estudiar la relación entre esta clase de gestores o personas muy famosas que Castells dice que «no alcanza las decenas de millones» con el concepto de clase creativa de Richard Florida que exploramos, por ejemplo, hablando de la obra de Martha Rosler Clase cultural, que son un número bastante mayor y cuya existencia está teniendo grandes efectos sobre la forma en que se diseñan y construyen las ciudades actuales.

La economía global no es una economía planetaria, aunque tenga un alcance planetario: no alcanza a todos los territorios, ni todos los procesos, ni incluye el trabajo de todas las personas, aunque sí afecta, directa o indirectamente, a los medios de vida de toda la humanidad. Existen unas redes planetarias de «creación de valor y apropiación de riqueza» que se vinculan a los sectores y territorios valiosos y que descartan todo aquello que «carece de valor según lo que se valora en las redes», y que por lo tanto queda desconectado de ellas.

En los últimos años del siglo xx ha surgido una economía global, en el sentido preciso definido en este capítulo 109. Resultó de la reestructuración de las empresas y los mercados financieros tras la crisis de los años setenta. Se expandió utilizando las nuevas tecnologías de la información y la comunicación. Fue posible, y en gran medida inducida, por políticas gubernamentales deliberadas. La economía global no fue creada por los mercados, sino por la interacción entre los mercados y gobiernos e instituciones financieras internacionales que actuaron en representación de los mercados… o de su idea de lo que deberían ser los mercados. (p. 172)

Ni la tecnología, por disruptiva que fuese, ni la economía privada podían haber desarrollado por sí solas la economía global. Los agentes decisivos fueron los gobiernos (en particular el G7) y sus instituciones internacionales auxiliares, el FMI, el Banco Mundial y la Organización Mundial del Comercio, y tres políticas interrelacionadas:

  • la desregulación de la actividad económica interna;
  • la privatización de las compañías controladas por el sector público;
  • la liberalización del comercio y la inversión internacional.

Políticas que se iniciaron en Estados Unidos en los 70, pasaron al Reino Unido en los 80 y allí a la Unión Europea, hasta convertirse en un estándar común del sistema económico internacional en los noventa. Castells destaca que es trabajo de los historiadores abordar cómo sucedió todo este proceso, pero lo explica brevemente y, dado su interés, lo seguimos en unos cuantos detalles.

El punto de inflexión fue la llegada al poder de Reagan y Thatcher, ambos partidarios del libre mercado. En el continente europeo, el fracaso económico de Mitterrand dio fuerzas a la visión contraria, la política llevada a cabo por Helmut Kohl y Felipe González de construir una Europa «en torno a los principios de una economía de mercado atemperada con la compasión y una economía social de mercado». No fue una imposición de la derecha: «a finales de siglo, 13 de los 15 países de la UE estaban gobernados por socialdemócratas que (…) apoyaban esta estrategia pragmática».

El hombre clave en conseguir que la globalización se volviese planetaria, señala Castells, fue Bill Clinton, que se rodeó de una élite del mundo financiero («Robert Rubin, antiguo presidente de Goldman & Sachs y hombre de Wall Street»). Apoyados en las tres instituciones antes citadas (FMI, BM, OMC), la elección era clara: subirse a la globalización o ver cortado el flujo de crédito. «Sólo después de que las economías se liberalizaban acudía a ellas el capital global.» La primera ronda de la globalización de los años 80 había dejado las economías de los países latinoamericanos y africanos muy maltrechas «al imponer políticas de austeridad para el pago de la deuda»; Rusia y sus antiguos satélites trataban de pasar a una economía de mercado, lo que supuso un colapso económico inicial. A eso se le sumó la crisis asiática de 1997-98; ante tal panorma, el BM y el FMI acudían al rescate… si los gobiernos aceptaban las recetas del FMI para la salud económica. «Ésta era la lógica: si un país decidía permanecer fuera del sistema (por ejemplo, el Perú de Alan García en los años ochenta) era castigado con el ostracismo financiero y se derrumbaba, verificando así la profecía autocumpliente del FMI.» (p. 178)

Para economías orientadas al exterior, como los casos de China y la India, era esencial acceder al mercado internacional. Pero para ello, debían adherirse a las reglas ya impuestas en dicho comercio, que pasaban por «desmantelar gradualmente la protección de las industrias no competitivas por su tardío acceso a la competencia internacional». En una espiral, como ya la ha bautizado Castells, de profecía autocumplida, cuantos más países se sumaban al club, más difícil era para los otros seguir su propio camino.

¿Por qué entran los gobiernos en este espectacular avance hacia la globalización, socavando de ese modo su propio poder soberano? Si rechazamos las interpretaciones dogmáticas que reducirían a los gobiernos a su papel de “comité ejecutivo de la burguesía”, el asunto es bastante complejo. Requiere diferenciar cuatro niveles de explicación: los intereses estratégicos percibidos de un determinado Estado-nación, el contexto ideológico, los intereses políticos del liderazgo y los intereses personales de quienes ocupan los cargos. (p. 179)

Los intereses de Estados Unidos estaban claros: «una economía global abierta e integrada es una ventaja para las empresas estadounidenses y para las empresas radicadas en Estados Unidos, y por tanto para la economía estadounidense». En Europa, que adoptó la globalización en forma del Tratado de Maastricht, se percibió que era el único modo de competir en un mundo «cada vez más dominado por la tecnología estadounidense, la manufacturación asiática y los flujos financieros globales». Japón lo adoptó con reticencias, pero, tras una crisis económica profunda, no le quedó otro remedio que aceptar aperturas progresivas. China e India, como ya hemos comentado, necesitadas del comercio exterior, tuvieron que aceptar la desaparición progresiva de sus aranceles a las inversiones extranjeras. Los países emergentes fueron más o menos forzados, como hemos comentado, por la espiral del FMI y el BM; y las antiguas naciones soviéticas vieron aceptar la globalización como una ruptura definitiva con el pasado comunista.

El marco ideológico en el que sucedió todo esto fue el del colapso del estatismo y la «crisis de legitimidad sufrida por el estado del bienestar y el control gubernamental durante los años 80». Por doquier surgían ideólogos neoliberales («neoconservadores) a los que se unieron conversos «de pasado marxista, como filósofos franceses o hasta brillantes novelistas hispanoamericanos», hasta configurar lo que Ignacio Ramonet denominó el pensamiento único.

El interés político de los líderes está relacionado con el hecho de que muchos de ellos fueron escogidos en momentos en que la economía de su país estaba en retroceso, por lo que ligaron su éxito político al éxito financiero. La paradoja es que muchos de estos líderes provenían en su mayoría de la izquierda; pero Castells no habla de oportunismo, «sino más bien de realismo ante los nuevos desarrollos económicos y tecnológicos y de lo que se consideraba el camino más rápido para sacar a las economías de su estancamiento relativo» (p. 182).

Castells sostiene que «no es que el mundo financiero controle a los gobiernos; de hecho, ocurre lo contrario». Para gestionar las nuevas formas de la economía, los políticos necesitan un personal que incorpore dicho conocimiento; y este personal, que proviene de las finanzas, necesita rodearse de un equipo similar, que provenga del mismo entorno. Puesto que son los que acceden a las redes de las finanzas, su poder se vuelve desproporcionado y «establecen una relación simbiótica con los líderes políticos que llegan al poder gracias a su atractivo entre los votantes».

Esta explicación mezcla el tercer y el cuarto niveles: el interés político de los líderes y su interés personal. El interés personal se explica por una creciente fortuna personal obtenida a través de dos canales: «las recompensas financieras y los nombramientos lucrativos una vez dejan el cargo como resultado de la red de contactos establecida o como gratificación de las decisiones que hayan ayudado a hacer negocios», lo que se conoce como las puertas giratorias; o un segundo canal que es directamente la corrupción.

Por tanto, la economía global se constituyó políticamente. (…) Se requiere una perspectiva de política económica para entender el triunfo de los mercados sobre los gobiernos: los propios gobiernos buscaron semejante victoria en un histórico deseo de auto aniquilación. Lo hicieron para preservar o potenciar los intereses de sus estados en el contexto de la emergencia de una nueva economía y en el nuevo entorno ideológico que resultó del colapso del estatismo, la crisis del Estado de bienestar y las contradicciones del Estado desarrollista. Al actuar resueltamente a favor de la globalización (algunas veces esperando que tuviera un rostro humano), los líderes políticos también perseguían sus propios intereses políticos y, muchas veces, sus intereses personales, con diversos grados de decencia. Sin embargo, el hecho de que la economía global fuera inducida políticamente desde el principio no significa que pueda deshacerse políticamente en sus aspectos principales. (p. 184)

La economía global es una red de segmentos interconectados; una vez constituida, cualquier nodo que se desconecte pasa a ser ignorado por la red, sufriendo además un coste abrumador. «Así, dentro del sistema de valores del productivismo/consumismo, no existe una alternativa individual por países, empresas o personas», salvo un colapso catastrófico o la «autoexclusión de personas con valores completamente diferentes. Una vez constituida, la economía global es un rasgo fundamental de la nueva economía.»

Y esta nueva economía, desarrollada en Estados Unidos con muchos de los rasgos culturales de este país (espíritu emprendedor, individualismo, flexibilidad, multietnicidad, sumados a la desregulación y la liberalización de las actividades económicas), orbita alrededor de las finanzas y las nuevas tecnologías, sobre todo internet. Aquí Castells destaca cuatro niveles, que citamos; pero, dado que los datos son de hace 20 años, el panorama ha cambiado bastante:

  • primer nivel: las empresas de telecomunicaciones que proporcionan físicamente el acceso a la red;
  • segundo nivel: empresas de software;
  • tercer nivel: empresas que viven y proporcionan servicios en la red (Castells cita Yahoo! o e-bay, pero probablemente el ejemplo hoy serían Google o Facebook);
  • cuarto nivel: empresas que llevan a cabo transacciones basadas en la red, como Amazon.

La sociedad red, de Manuel Castells

La era de la información, del sociólogo Manuel Castells, es una trilogía formada por los libros La sociedad red (1996), El poder de la identidad (1997) y Fin de Milenio (1998), concebidos como un único y extenso estudio, aunque revisadas luego en el año 2000 para actualizarla e incluir parte de la gran cantidad de seminarios y comentarios que la obra suscitó. No es para menos: en ella, Castells proclama la llegada de un nuevo paradigma social y económico: la llegada de la era de la información, un cambio tan relevante para la sociedad como lo fue la llegada de la sociedad industrial.

Castells, del que hablamos en el apartado de la sociología urbana marxista de los años 60 a propósito de la obra de Francisco Javier Ullán de la Rosa, nació en España pero se fue pronto a vivir a Francia. Allí tuvo como profesor, entre otros, a Lefebvre (del que seguimos con la lectura de La producción del espacio, primera entrada, segunda entrada) y vivió el Mayo del 68, aunque no participó en él. En cuanto se convirtió en sociólogo urbano criticó la sobreexistencia de la ideología en la disciplina (La cuestión urbana es un estudio que trata de dejar claro que en las ciudades no se dan elementos sistémicos esencialmente distintos a los que se pueden dar en otros entornos, por lo que hubo que desarrollar una nueva teoría para explicar su importancia; según Castells, si la ciudad es importante es, sobre todo, por el consumo que se lleva a cabo en ella por parte de la clase trabajadora y por la relación que establece la fuerza de trabajo con los valores productivos; es decir, la ciudad entendida como un «nodo»).

A partir del estudio del consumo y dejando algo apartado el marxismo, Castells llegó a la economía y el papel de las nuevas tecnologías. Introdujo el concepto de espacio de los flujos en 1989 (del que hablaremos en este libro) y durante la década de los 90 se dedicó a escribir esta monumental trilogía, que le llevó 12 años. Sin más, pasamos a ella.

Permítannos acabar la presentación diciendo que la lectura de Castells es una delicia. Es un estudioso analítico, empírico, extraordinariamente bien estructurado, que presenta claramente los temas y procede hacia ellos con un gran despliegue de datos.

Este libro estudia el surgimiento de una nueva estructura social, manifestada bajo distintas formas, según la diversidad de culturas e instituciones de todo el planeta. Esta nueva estructura social está asociada con la aparición de un nuevo modo de desarrollo, el informacionalismo, definido históricamente por la reestructuración del modo capitalista de producción hacia finales del siglo XX. (p. 44)

Las sociedades, sigue Castells en el prólogo, están organizadas en torno a procesos humanos estructurados por relaciones de producción, experiencia y poder:

  • producción: la acción de la humanidad sobre la materia (naturaleza) en su propio beneficio para convertirla en un producto, el consumo de parte de este producto y la acumulación del excedente para la inversión;
  • experiencia: «la acción de los sujetos humanos sobre sí mismos, determinada por la interacción de sus identidades biológicas y culturales y en relación con su entorno social y natural. Se construye en torno a la búsqueda infinita de la satisfacción de las necesidades y los deseos humanos;
  • poder: la relación entre los sujetos humanos sobre esta base de producción y experiencia y la imposición de unos sujetos sobre otros mediante la violencia o la amenaza de dicha violencia; «las instituciones de la sociedad se han erigido para reforzar las relaciones de poder existentes en cada periodo histórico, incluidos los controles, límites y contratos sociales logrados en las luchas por el poder».

Las redes tejidas entre estos tres conceptos dan lugar a los tres volúmenes de la trilogía: economía, sociedad y cultura, aunque, por supuesto, no se trata de conceptos autónomos y están profundamente imbricados.

En el modo de producción industrial, la principal fuente de productividad es la introducción de nuevas fuentes de energía y la capacidad de descentralizar su uso durante la producción y los procesos de circulación. En el nuevo modo de desarrollo informacional, la fuente de la productividad estriba en la tecnología de la generación del conocimiento, el procesamiento de la información y la comunicación de símbolos.(p. 47)

El modelo keynesiano que originó una gran prosperidad económica tras la Segunda Guerra Mundial alcanzó su cenit a comienzos de los 70 y «su crisis se manifestó en forma de una inflación galopante». Dicha crisis provocó que los gobiernos y las empresas reestructurasen el sistema poniendo énfasis en «la desregulación, la privatización y el desmantelamiento del contrato social entre el capital y la mano de obra», lo que se conocía como el Estado del bienestar. Establecieron una serie de reformas que Castells resume en cuatro metas principales:

  • profundizar en la obtención de beneficios;
  • intensificar la productividad del trabajo y el capital;
  • globalizar la producción, circulación y los mercados;
  • conseguir que los estados se convirtiesen en aliados en esta búsqueda del beneficio, «a menudo en detrimento de la protección social y el interés público».

Estas metas sólo eran posibles porque se había desarrollado unas nuevas tecnologías que permitían el uso y transporte de la información por cauces casi instantáneos a lo largo del planeta, por lo que Castells habla de «sociedad informacional». Aquí hace una distinción entre sociedad de la información y sociedad informacional, del mismo modo que se puede hablar de sociedad de la industria y sociedad industrial: «una sociedad industrial no es sólo una sociedad en la que hay industria, sino aquella en la que las formas sociales y tecnológicas de la organización industrial impregnan todas las esferas de la actividad, comenzando con las dominantes (…) y alcanzando los objetos y hábitos de la vida cotidiana». Del mismo modo, la sociedad informacional es aquella donde la información ha alcanzado y modificado todos los ámbitos de la vida; la forma como ustedes leen esta entrada, por ejemplo en el ordenador de su domicilio, en su smartphone

Una duda que se nos suscita al respecto de las palabras de Castells: ¿es la sociedad informacional el siguiente paso lógico en la sociedad industrial -o postindustrial-, o es uno de los muchos caminos que podía haber tomado? Veremos en breve que Castells sitúa el origen de la globalización en el modo de trabajo que se daba a cabo en un pequeño lugar de California que acabaría siendo conocido como Silicon Valley. ¿Qué otros caminos podría haber llevado a cabo el capitalismo para volverse global?

Sin más, entramos en el primer capítulo: La revolución de la tecnología de la información. El primer punto necesario es explicar por qué se trata de una revolución, conclusión a la que llega tras comparar sus efectos en el día a día con los de la revolución industrial, «que se extendió a la mayor parte del globo durante los dos siglos posteriores», aunque con una expansión muy selectiva. En cambio, las nuevas tecnologías de la información se han expandido por el globo en apenas dos décadas, de 1970 a 1990.

El siguiente apartado es un resumen muy, muy recomendable sobre cómo se desarrollaron internet y otras tecnologías. Se escapa del tema del blog, aunque permítannos unos apuntes sobre la importancia que tuvo la contracultura americana y la primera cultura hacker en desarrollar la base de la actual internet. Como ya saben, Arpanet fue un desarrollo militar para conseguir una forma de comunicación en tiempo real entre distintas bases militares; pero el módem, por ejemplo, fue un desarrollo tecnológico de esta primera contracultura informática. La información pasó a estar indexada en función de su contenido, no de su localización, y luego se desarrolló el «hipertexto», estableciendo vínculos horizontales de información. Toda la información estaba jerarquizada de modo horizontal, no jerárquico; por ello se habla de red, y no de otro tipo de estructuras.

Una anécdota que cita Castells es la llegada de William Shockley a Palo Alto en 1955. Inventor del transistor, Shockley trató de levantar una empresa con ocho brillantes ingenieros de Bell Labs. La cosa no funcionó (se ve que Shockley era un hombre difícil de tratar) pero estos ingenieros fundaron la empresa Fairchild Semiconductors, donde en dos años inventaron el proceso planar y el circuito integrado y, al comprobar la potencialidad de dichas tecnologías, cada uno de ellos fundó su propia empresa. Así, Castells pone de manifiesto cómo la tecnología disruptiva que permitió que la información y la comunicación se extendiesen globalmente provino de núcleos muy pequeños pero con grandísimo poder de penetración. «Fue esta transferencia de tecnología de Shockley a Fairchild y luego a una red de empresas escindidas lo que constituyó la fuente inicial de innovación sobre la que se levantó Silicon Valley y la revolución de la microelectrónica.»

Pero un punto clave de este estilo no se crea de la nada: «requiere (…) la concentración espacial de centros de investigación, instituciones de investigación superior, compañía de tecnología avanzadas, una red de proveedores auxiliares de bienes y servicios y redes empresariales de capital riesgo para financiar las empresas recién constituidas». Una vez que un entorno así se ha generado, sin embargo, lo habitual es que desarrolle sus propias dinámicas y atraiga lo que necesita para seguir expandiéndose. Castells y Peter Hall (Ciudades del mañana) se lanzaron en 1988 a un viaje por el mundo para analizar los principales centros tecnológicos del planeta.

«Nuestro descubrimiento más sorprendente es que las viejas grandes áreas metropolitanas del mundo industrializado son los principales centros de innovación y producción en tecnología de la información fuera de los Estados Unidos.» El caso de Estados Unidos es distinto debido por un lado al «relativo retraso tecnológico de las viejas metrópolis», el «espíritu de frontera» y su «huida interminable de las contradicciones de las ciudades construidas y las sociedades constituidas».

La fuerza cultural y empresarial de las metrópolis (viejas o nuevas; después de todo, la zona de la Bahía de San Francisco es una metrópoli de más de seis millones de habitantes) las convierte en el entorno privilegiado de esta nueva revolución tecnológica, que en realidad desmiente la noción de que la innovación carece de lugar geográfico en la era de la información. (p. 100)

Sin estos empresarios innovadores (los que estuvieron en el origen de Silicon Valley, por ejemplo), «la revolución de la tecnología de la información habría tenido características muy diferentes y no es probable que hubiera evolucionado hacia el tipo de herramientas tecnológicas descentralizadas y flexibles» que existen hoy en día, con lo que aquí Castells ya nos ofrece una respuesta a la pregunta que planteábamos más arriba. «La innovación tecnológica se ha dirigido esencialmente al mercado», y los innovadores, los que consiguen cierto éxito, buscan establecer su empresa, a ser posible en Estados Unidos, lo que a su vez genera un efecto de atracción ya que «las mentes creadoras, llevadas por la pasión y la codicia, escudriñan constantemente la industria en busca de nichos de mercado en productos y procesos» (p. 102). Dicho de otro modo, este modelo tecnológico se da en un entorno muy concreto.

Acabamos el capítulo con los cinco paradigmas de la tecnología de la información, «que constituyen la base material de la sociedad red»:

  • la materia prima es la información: son tecnologías para actuar sobre la información, no sólo información para actuar sobre la tecnología;
  • su capacidad de penetración: puesto que la información es parte integral de toda actividad humana, todos los procesos individuales y colectivos quedan moldeados (no determinados) por el nuevo medio tecnológico;
  • la lógica de interconexión es la red: en primer lugar, porque es la menos estructurada de las estructuras y la que mantiene mayor flexibilidad, «ya que lo no estructurado es la fuerza impulsora de la innovación en la actividad humana»; y en segundo lugar, porque su crecimiento se vuelve exponencial, mientras que los costes de mantenimiento crecen de forma lineal;
  • el paradigma de la teoría de la información se basa en la flexibilidad; aunque Castells lo enuncia sin juicios de valor, «porque la flexibilidad puede ser una fuerza liberadora, pero también una tendencia represora si quienes reescriben las leyes son siempre los mismos poderes»;
  • y su quinta característica, la convergencia creciente de tecnologías específicas en un sistema altamente integrado.

En suma, el paradigma de la tecnología de la información no evoluciona hacia su cierre como sistema, sino hacia su apertura como una red multifacética. Es poderoso e imponente en su materialidad, pero adaptable y abierto en su desarrollo histórico. Sus cualidades decisivas son su carácter integrador, la complejidad y la interconexión. (p. 109)

Entrevista a Marta Peirano, autora de «El enemigo conoce el sistema»

Interesantísima entrevista a Marta Peirano (Madrid, 1975), periodista y autora de El enemigo conoce el sistema, en elsaltodiario. El libro trata la evolución de internet en nuestros días y el auge de la extracción de datos, o cómo las grandes empresas han monopolizado la red para convertirla en el lugar donde obtener data de sus usuarios.

La imposibilidad de legislar sobre las grandes compañías tecnológicas («ni siquiera Facebook sabe con certeza cómo funciona Facebook, ¿entonces cómo vamos a legislar sobre ello desde, por ejemplo, la UE?»), geopolítica («China es 1984 y Estados Unidos Un mundo feliz; el primero controla mediante el miedo y la represión, el segundo mediante el consumismo») o el crédito social chino, la entrevista no tiene desperdicio.

Entrevista elaborada por Pablo Elorduy, la copio íntegra de aquí.

Marta Peirano: “Internet no es el problema, la extracción de datos es el problema”

La periodista Marta Peirano (Madrid, 1975) ha publicado El enemigo conoce el sistema (Debate, 2019), un ensayo sobre el estado actual de internet y de las sociedades que están moldeando una serie de herramientas privadas.

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2019-09-19 06:14

Las imágenes, este verano, de miles de manifestantes tapándose las caras mediante láser para no ser identificados por los sistemas de control biométricos ha avanzado imágenes de un presente distópico, en el que la tecnología al servicio de la represión amenaza cualquier disidencia. El uso de las redes sociales para fomentar discursos del odio y para agrupar a los terroristas supremacistas en Estados Unidos refleja también cómo estas herramientas funcionan como vehículos para el auge de ideologías totalitarias.

La periodista Marta Peirano (Madrid, 1975) ha publicado El enemigo conoce el sistema (Debate, 2019), un ensayo sobre el estado actual de internet, un espacio nacido para la distribución horizontal entre iguales que se ha convertido en una herramienta utilísima de vigilancia, control y  manipulación de masas a través de la industria de extracción de datos. Peirano, que se define como “cero ludita” es, sin embargo, profundamente crítica con las grandes multinacionales de internet, que define como hongos que están consumiendo el cuerpo social.

Uno de los aspectos más vigentes y controvertidos de la expansión de las herramientas digitales e internet es el auge de los sistemas de vigilancia. El propio título del libro remite a una retórica bélica. ¿Cómo estas tecnologías están al servicio de eso que se ha llamado una “guerra civil global” que marca nuestro tiempo desde al menos 2008? 

Más que querer enmarcarlo en términos de guerra, que me parece que son términos que ejercen un impacto muy específico en la audiencia, creo que nos enfrentamos ahora mismo a la amenaza del cambio climático. No sabemos lo que va a pasar dentro de diez años pero lo que sí sabemos es que va a hacer mucho más calor que ahora, va a haber menos agua que ahora, menos comida —por la combinación de calor y escasez de agua—. Estas son predicciones que no son del oráculo de Delfos, en ellas confluyen el 96% de los científicos que se dedican a estudiar ese tema. En ese contexto, que haya un número de empresas que gestionan la evolución y el reparto de esos recursos a mí me parece un problema. Sobre todo cuando son empresas privadas que están sirviendo intereses no solo privados, sino también militares. Sabemos que las empresas chinas sirven al Gobierno chino, incluso se ha afianzado esa servidumbre con una ley, que es la Ley de Ciberseguridad de 2017. Si Huawei desembarca en tu país para desarrollar una plataforma que te va a servir para gestionar desde la sanidad hasta la energía o los transportes o la economía, etc., estás poniendo tu infraestructura al servicio del Gobierno chino. ¿A quién sirven las otras empresas? Esta es una pregunta interesante, en el sentido de que tenemos configurada una parte del puzzle muy claramente: la de los “otros”, pero no tenemos configurada la parte que nos afecta a nosotros más, que es qué pasa con las otras empresas, en qué se diferencia el gobierno chino del norteamericano. Uno es un gobierno abiertamente autoritario y el otro se está convirtiendo en un gobierno autoritario. Y hemos visto que esa transición puede ocurrir muy deprisa. Lo hemos visto en Hungría, por ejemplo.

Lo interesante de este periodo es que seguimos pensando en términos de naciones-Estado en el sentido de que, cuando hablamos de esa reconfiguración de los poderes intervencionistas, estamos pensando en términos de países y no de individuos, colectivos o empresas. Esto es un problema que no afecta de manera individual a un par de países que se pelean entre ellos o a una colonia que se deshace del yugo, sino que está afectando a todo el planeta por igual. Esta es una reconfiguración global, y sus herramientas, en un principio, no han sido tanto misiles como herramientas de vigilancia. En el momento en el que una de las empresas más poderosas del mundo es la empresa que utiliza todo el planeta para comunicarse con sus seres queridos, con sus jefes, con sus primos en el otro lado del planeta, estamos hablando de un ejercicio del poder que es global y que está centralizado en una sola empresa, o en este caso de unas cinco o seis empresas en todo el mundo.

 

Creo que hay dos visiones que en la izquierda que se contraponen y son contradictorias sobre ese asunto: ese papel de monopolios como futuros imperios que van a acabar con los Estados-nación o la subalternización a esos intereses, algo que se ha visto en el caso Huawei cuando Android amenazó con dejar de prestar servicio a la empresa china para garantizar ese poder económico y militar de Estados Unidos. ¿Cómo se da esa dialéctica en este momento?
No creo que Facebook, Google o Amazon se vayan a convertir en los ‘imperios’. Sí pienso que son herramientas perfectas para la construcción de esos imperios, y creo que esos imperios se están desarrollando con esa herramienta de extracción de datos que permite tener ese poder de predicción y manipulación que no conocíamos hasta ahora. Pero estamos tan preocupados por lo ‘digital’ que no lo estamos mirando en combinación con otras cosas como, por ejemplo, la ocupación de tierras.

Es significativo el proceso de deshumanización que está en marcha con respecto a los inmigrantes centroamericanos, generalmente guatemaltecos, hondureños, que están personificados en la famosa caravana, que fue el centro de la campaña de Donald Trump… Esos hondureños están huyendo porque les han echado de sus tierras. ¿Quién les ha echado de sus tierras? Si te pones a investigar, son víctimas de una colonización de tierras previa por parte de grandes empresas de desarrollo, agroganadería, que están plantando en general soja, caña de azúcar y café. Es gente que huye, y que está huyendo de sus propias tierras, que eran su único medio de subsistencia. Y el país cuyas empresas han colonizado esas tierras es el país que les está demonizando. Me parece relevante que, sobre la famosa campaña que hicieron los militares en Myanmar a través de Facebook —una campaña de deshumanización de los rohingya—  se ha hecho una lectura sobre el racismo, que lo hay, pero no se ha hecho la lectura de quién se ha querido quedar con las tierras donde vivía esta gente. Son tierras en las que llevan viviendo 200 años y de repente su gobierno ha querido venderlas para que otros las exploten. En esos términos creo que es en los que se hace una lectura interesante. Que estas herramientas de vigilancia y de extracción y manipulación están sirviendo al mismo tiempo que se está recolonizando el terreno. Sigue leyendo «Entrevista a Marta Peirano, autora de «El enemigo conoce el sistema»»