La Escuela de Chicago de Sociología, de Josep Picó e Inmaculada Serra

La época tras la Guerra Civil americana (1861-1865) fue una de gran esplendor económico. «Los Estados Unidos ocuparon el lugar de Gran Bretaña como la principal nación industrial y a finales de siglo ya producían cerca del 30% de los artículos manufacturados del mundo.» Estos grandes cambios industriales vinieron acompañados también por cambios sociales.

La revolución económica no sólo transformó la faz de los Estados Unidos, sino también todos los aspectos de la vida nacional. Trajo una era de máquinas, electricidad y acero, mercados nacionales y sociedades de negocios gigantes. La industrialización fue un logro técnico asombroso, pero su proceso fue demasiado rápido para que resultara justo desde la perspectiva económica y social. Entre sus consecuencias resaltas las grandes desigualdades de riqueza, la explotación despiadada, la hostilidad de clase y un sinnúmero de problemas sociales complejos. (p. 3)

La inmigración se volvió masiva: del campo a la ciudad, debido a la evolución de la maquinaria agrícola y a la reducción de la mano de obra necesaria; pero también de Europa a Estados Unidos y posteriormente del sur al norte del país. Las ciudades crecieron de forma increíble hasta el punto de que «Nueva York tenía más italianos que Nápoles, más alemanes que Hamburgo, el doble de irlandeses que Dublín y más judíos que toda Europa Occidental. Chicago era aún más cosmopolita.»

Además, los grupos de inmigrantes tendían a concentrarse en industrias diferentes (eslavos en la minería e industria pesada, rusos y judíos polacos en el comercio de ropa, italianos en la construcción, por poner algunos ejemplos). A menudo las condiciones laborales eran atroces, especialmente las de mujeres y niños. De las redes que crearon estos inmigrantes tanto para suavizar el impacto del cambio y el capitalismo en sus vidas como para paliar la añoranza por las tierras abandonadas surgieron los apelativos como «Little Italy» o «Chinatown»; apelativos que eran erróneos pues, en general, «los inmigrantes se agrupaban en grupos provinciales y no nacionales».

Cada grupo, en general, sintió la necesidad de crear sus propias instituciones sociales, ya fuesen escuelas, iglesias, periódicos o teatros. Tal avalancha de inmigrantes, a menudo llegados de zonas más atrasadas de Europa y ajenos al funcionamiento de la democracia, sumado a la explotación laboral y al hacinamiento urbano, generaron la creencia de que los inmigrantes estaban socavando los pilares de la civilización: se veía a los inmigrantes como esquiroles en las huelgas, dispuestos a aceptar cualquier trabajo y, por lo tanto, reduciendo el nivel de vida de los americanos.

Esta situación pone de manifiesto, por una parte, la crisis y el declive de la convivencia comunitaria y, por otra, el intento de restablecer la estructura y los lazos comunitarios en el seno de la sociedad. La Escuela de Chicago se aproximará al estudio de la sociedad a través de su visión comunitaria de la vida. La formación de las ciudades supone un reto a las formas de vida comunitarias, pero un reto superable a través de la formación de nuevos lazos grupales que trabajarán por integrar la diversidad cultural en el sistema de valores americano. (p. 8)

La democracia americana, que llevaba tiempo siendo protestante y yankee, chocaba con la visión de los inmigrantes, en general agricultores llegados de Europa con religiones y lenguas distintas. Surgieron dos éticas políticas enfrentadas: la yankee, donde el individuo tenía libertad económica y los asuntos públicos y las leyes eran un bien común, una superioridad moral a la que había que adherirse para mejorar la sociedad; y la de los inmigrantes, donde el poder recordaba al de los señores feudales y se veía como una imposición, «interpretando las relaciones políticas y cívicas principalmente en términos de obligaciones personales».

Los nativos, formados en el mundo rural americano, no habían tenido señores contra los que luchar ni antecedentes revolucionarios; por eso sus ideales no buscaban «la igualdad social ni la instauración de un régimen socialista (…) sino promover la igualdad de oportunidades acorde con el sentido individualista y emprendedor de su filosofía». Los inmigrantes venían de sociedades autocráticas y veían a los representantes del poder como los defensores de los intereses de los poderosos; la política no se regía por la defensa del bien común sino por «relaciones personales» ajenas a las clases populares.

Las tres corrientes principales de las que bebería la Escuela de Chicago serán la ecología, el pragmatismo y el interaccionismo simbólico.

El evolucionismo se vinculó en Estados Unidos con la ideología liberal de la mano de Spencer, «enemigo del Estado y partidario del lassez faire«. Del mismo modo que las especies luchan entre ellas sucede en la sociedad, donde los organismos evolucionan desde los grupos más pequeños a los más grandes, «estimulando las formas sociales de cooperación». Spencer se oponía a toda participación del Estado en la sociedad y era un férreo defensor del individualismo, legitimando la filosofía liberal americana y la acumulación de riquezas; ello llevó a una gran desigualdad y a la marginación de los débiles y los menos adaptados.

Otra de las corrientes fue el pragmatismo de Dewey. «Las ideas no son algo que está ahí fuera de nosotros esperando ser descubierto, sino herramientas que la gente utiliza para enfrentarse al mundo, y no se desarrollan de acuerdo con una lógica interna, sino en la interacción social con los demás»; el valor de las ideas radica en su importancia práctica. Los efectos del pragmatismo en la Escuela de Chicago se perciben en la atención a lo concreto y particular, antes que a lo abstracto; al estudio de micromundos múltiples y cambiantes; y al rechazo por el dualismo entre individuo y sociedad por considerar que la relación entre estos es dialéctica.

La tercera corriente es el interaccionismo simbólico de Mead. Resumiendo mucho, uno de los conceptos clave es el «self», el uno mismo, que es siempre una interacción social. «El interaccionismo simbólico toma así como elemento fundamental del estudio y análisis de las relaciones sociales la naturaleza simbólica de la vida social, sitúa al individuo como protagonista y, al mismo tiempo, como intérprete de la vida social». Uno de sus precursores fue Simmel («Las grandes urbes y la vida del espíritu») y uno de los principales exponentes de la segunda generación será Goffman (La presentación de la persona en la vida cotidiana, Los momentos y sus hombres).

Chicago sufrió un incendio en 1871 que destruyó la mayor parte de la ciudad. No tardó en reconstruirse; y para ello hizo gala de los últimos avances, convirtiéndose en una mole de rascacielos y adalid de la modernidad donde convivía gran cantidad de nacionalidades. Además, el tendido del ferrocarril y su situación geográfica la convirtieron en el nodo central que vinculaba «los diferentes mundos del Este y el Oeste en un sistema único». Todos los problemas que hemos expuesto hasta ahora convivían en la ciudad: hacinamiento, explotación laboral, gran concentración de inmigrantes, percepción de la propia ciudad como un lugar salvaje, vendido al caos, el crimen y los gángsters, a punto de caer en la más abyecta aberración social; la jungla de asfalto.

Ante esta situación, la respuesta de las clases medias reformistas de finales de siglo XIX y principios del XX fue la filantropía. Picó y Serra destacan la figura de Jane Addams y la Hull House, una casa de acogida que se convirtió en una especie de centro cívico donde acudían miles de personas de todo Chicago. En 1895 llevó a cabo junto a Kelley un estudio (Hull House, Maps and Papers) donde ya recurrieron a muchas de las técnicas que después haría famosa la Escuela de Chicago: el uso de mapas, el recurso a las técnicas estadísticas, el análisis de los grupos inmigrantes y su desorganización en la ciudad. Además, y a diferencia de lo que harían luego en la Escuela, Addams y Kelley destacaron «las condiciones económicas como causa fundamental de los problemas sociales», estudiaron el arte como actividad diaria, se centraron también en el estudio de las mujeres y abogaron por cambios sociales directos.

El Departamento de Ciencia Social y Antropología de la Universidad de Chicago nació al mismo tiempo que la Universidad de la ciudad, el 1 de octubre de 1892. Por entonces, contaba con cuatro miembros: Small, un pastor baptista que sería su primer dirigente, y Henderson, Starr y Talbot. El Departamento cobró fama y protagonismo especialmente a partir de los años 20, con la llegada de Park, la fundación de la Society for Social Research, el establecimiento por parte de él de un programa de investigación que reunió a gran cantidad de estudiosos y también la financiación, generosa, de la fundación Laura Spelman Rockefeller Memorial.

La primera generación de la Escuela de Chicago abarca desde la fundación hasta la Primera Guerra Mundial. Sus principales representantes: Small, Henderson y Thomas; la principal publicación: El campesino polaco. «Es una fase estrechamente vinculada al evangelismo cristiano de sus fundadores, a dar respuesta a las filosofías que defienden el capitalismo más liberal -darwinismo y evolucionismo- y a luchar contra sus consecuencias sociales más duras que se plasman en la ciudad de Chicago.» (p. 53)

Si Small era un pastor baptista, la otra figura esencial de esta primera generación, Thomas, era hijo de un clérigo metodista y campesino. Estudió humanidades en Estados Unidos, se trasladó a Alemania donde estudió etnología y psicología e ingresó en 1894 en la Universidad de Chicago.

A partir de 1890, las corrientes migratorias de Europa a América se acentúan. «La inmigración de origen anglosajón, germana y nórdica es reemplazada por los nuevos inmigrantes llegados desde Europa del Este y del Sur.» De entre ellos destacaban los polacos, que alcanzaron un 25% de todos los inmigrantes y se concentraron en las grandes ciudades como Chicago, Detroit o Buffalo. Venían de una de las últimas sociedades feudales europeas y en general eran sólo agricultores, sin mucha cualificación; por lo que la mayoría se dedicaban a la industria del acero o los mataderos. Cobraban poco, tanto por tener trabajos poco cualificados como por la discriminación de los empresarios. Desarrollaron una serie de instituciones en las ciudades de Estados Unidos a medida que se adaptaban a la vida allí (entre ellas la más importante fue la iglesia católica, donde estudiaban sus hijos).

Thomas, que había aprendido suficiente polaco, inició una investigación para comparar el comportamiento de los polacos a ambos lados del Atlántico, antes y después de la inmigración. En 1913 conoció al que sería su gran colaborador, el polaco F. Znaniecki, también estudiante de sociología. Entre ambos publicaron El campesino polaco en Europa y América (1918 el primer volumen, 1920 el segundo), un clásico de la sociología de la época.

Su finalidad era explicar el cambio que se produce en los individuos y en las familias de campesinos emigrantes y cómo reacciona su comportamiento y organización cuando se enfrentan a las formas de vida y los valores de una sociedad nueva y distinta a la suya, como la americana. En alguna medida es un estudio macrosociológico sobre la interdependencia entre los grupos y las instituciones en un contexto de cambios sociales provocados por la industrialización. (p. 63)

El estudio se llevó a cabo tanto en Chicago como en Polonia por parte de Znaniecki (aunque en 1917 partió a Chicago y trabajó junto a Thomas en la Universidad). El punto de partida ya era algo novedoso: dejaban de lado las teorías biológicas de la diferencia racial y buscaban las causas en el contexto social. El estudio se dividía en 4 partes:

  • «Organización del grupo primario»: familia y comunidad en Polonia a principios de siglo en comparación a la situación posterior.
  • «Desorganización y reorganización en Polonia»: ruptura del orden social en la sociedad campesina tradicional, cambios en las familias y aparición de nuevas formas de organización.
  • «Organización y desorganización en América»: formación de comunidades polaco-americanas, nuevas formas de organización y asociación «donde el individuo ya no se desarrolla en el seno de una familia extensa sino que adopta el modelo de la familia nuclear» así como escasa integración en las normas sociales americanas.
  • Autobiografía de un joven polaco inmigrante.

Los sociológos reformistas creían en la capacidad integradora de la sociedad americana; pensaban que las condiciones materiales eran el escollo principal que impedía la integración de los inmigrantes, de forma que si se garantizaban dichas condiciones, se aseguraría una vida familiar equilibrada.

La novedad del trabajo de Thomas y Znaniecki venía porque también estudiaba la actitud de los inmigrantes: «se ocupan del estudio social y de las reglas institucionales que tratan de regular el comportamiento humano, pero también de las actitudes personales de los individuos que componen el grupo, por eso la teoría social abarca tanto la sociología como la psicología social, porque está interesada en la relación entre el individuo y la sociedad». Es decir: la causa de los fenómenos sociales no es sólo social (Durkheim) ni individual, sino una combinación de ambas.

De hecho, el pensamiento de Thomas cambiará hasta el estudio de 1923, The Unadjusted Girl, donde aún dará más importancia a la definición de la «situación» hecha por quien actúa. Esta definición se da tanto con elementos sociales comunes como con elementos particulares del individuo.

En definitiva, El campesino polaco presentaba diversas novedades respecto a los estudios sociológicos de la época:

  • 1, se apartaba de la sociografía y las teorías biológicas reduccionistas;
  • 2, técnicas cualitativas novedosas;
  • 3, se inspiraba en el pragmatismo y el interaccionismo simbólico;
  • 4, cuadro conceptual novedoso (desorganización social, definición de situación, actitud, marginación…);
  • 5, proporcionó las bases para asentar la sociología y la psicología social.

En la próxima entrada hablaremos de la ecología humana: de Robert Ezra Park y Ernest Burguess.

Impostura y sociedad. Lo verdadero y lo verosímil en Erving Goffman, de Manuel Delgado

Como las bibliotecas siguen cerradas y se nos están terminando los libros pendientes de lectura que teníamos por casa, seguimos tirando de archivo y de artículos guardados y hoy leemos Impostura y sociedad. Lo verdadero y lo verosímil en Erving Goffman, artículo de Manuel Delgado aparecido (creemos…) en la revista Escala, 5, 2002.

Recordemos: Erving Goffman (La presentación de la persona en la vida cotidiana, Los momentos y sus hombres) fue un sociólogo americano centrado en la microsociología, es decir, la sociología de la situación, del instante que se da entre dos o más personas que se encuentran en la calle, en el tres, en la tienda del pueblo. Su tesis principal: que, ante dicha situación, ambos llevan a cabo una actuación con un objetivo doble:

  • el primero: mantener la propia situación, las reglas que ambos dan por sentadas que rigen el contexto en el que se encuentran;
  • y segundo, pero igual de importante: presentarse de forma verosímil ante el otro; y por verosímil entendemos de forma coherente tanto con el discurso como con su propia expresión personal.

Manuel Delgado, por otro lado, es antropólogo urbano e ilimitadamente admirado en este blog (El animal público, Sociedades movedizas, El espacio público como ideología, Ciudad líquida, ciudad interrumpida, Elogio del viandante).

El artículo de Delgado empieza situando el objeto de estudio de Goffman: «la interacción, en tanto que determinación recíproca de acciones y de actores, puede ser considerada como un fenómeno en sí mismo y, por tanto, puede ser observada, descrita y analizada». Como ya hemos comentado, para Goffman esta interacción hace que los implicados en ella se comporten como «impostores, falsificadores, practicantes conspicuos de la observación oculta, rastreadores de pistas o, como apuntaba Paolo Fabbri, agentes dobles».

¿El riesgo de no llevar bien a cabo esta acción? La disgregación social, el malestar, el desastre; por ello todos los implicados se convierten «en jugadores profesionales, abocados a una práctica casi convulsiva del farol». La diferencia, sin embargo, es que los jugadores de póker disponen de unas cartas que son las que son; los implicados en la interacción, no.

Los actuantes tienden a dar la impresión de que el aspecto que le dan a su actuación es el que refleja su ser esencial, su auténtica personalidad. Cada interacción no puede representarse sino como auténtica. Es más que la rutina con cada individuo o con cada grupo tienen algo de especial e irrepetible, lo que se consigue acentuando los aspectos espontáneos de la situación. Goffman dedica un amplio comentario en La presentación de la persona en la vida cotidiana sobre lo indefendible de la dicotomía entre la actuación real o sincera, que aparenta ser una respuesta sincera, y la actuación falsa. Entre verdad y mentira hay menor diferencia de la que se pretende. «Aun en manos de actores inexpertos los guiones pueden adquirir vida porque la vida en sí es algo que se representa en su forma dramática».

El estatus que ocupa cada individuo no es algo inmaterial que pueda ser poseído y exhibido, sino una «pauta de conducta apropiada, coherente, embellecida y bien articulada» que muta a cada momento mientras la interacción se va llevando a cabo. Un juego de apariencias nunca terminado. Por ello, precisamente, Goffman da tanta importancia a la metáfora teatral; actores sobre un escenario que jamás dejan de actuar.

La pregunta que se trata de responder en la segunda parte del artículo, por lo tanto: ¿existe una figura real bajo esa apariencia? Y la respuesta de Goffman y Delgado: da igual, porque no podríamos distinguirla.

«Para los pragmatistas y para G.H. Mead y la Escuela de Chicago, la posibilidad y la
realidad del mundo social son inmanentes a la constitución misma del sujeto. Éste
su forma en una dicotomía:

  1. de un lado el Yo, substrato indiscutible que atestigua la permanencia del ser;
  2. del otro, la pluralidad del Mi, proyecciones parciales y dispares de ese ser en los roles sociales que actualizan el contacto con los otros. En esa distribución, el self puede ser concebido como un espíritu pragmáticamente orientado hacia la asimilación de experiencias distintas del conjunto de los Mis de un mismo Yo, auténtico y único.»

Para Goffman, en cambio, el individuo es dividido entre un personaje (caracter, en inglés) y un intérprete (performer).

Ni que decir tiene que las personas se relacionan entre sí haciendo acopio de lo mejor que tienen, cancelando una gran parte de los hechos diversos y con frecuencia contradictorios de sus vidas y creando de este modo un orden manejable que quede lo más a salvo posible de las constantes amenazas de la incongruencia y la indeterminación. En ese orden de cosas, todos nos mostramos como lo que se entiende que deberíamos ser. Para ello, la conducta humana se divide siempre en una región frontal y otra posterior al escenario. En la región frontal o delantera se lleva cabo la representación real. En la posterior, a la que no tiene acceso el público, el intérprete puede relajarse y realizar actividades que, si trascendieran, destruirían su reputación o, cuanto menos, dificultarían su capacidad de controlar las situaciones en que se ve mezclado. En cada representación, el personaje ha de mantener por encima de todo la disciplina dramatúrgica, conocer su papel y saber improvisar ante cualquier circunstancia imprevista. En esos casos, el objetivo no es nunca resultar verdadero, sino ante todo ser verosímil. Cada cual trata de jugar a sí mismo, a estar presente sin dejar nunca de estar de algún modo oculto. Todo es realidad y engaño al mismo tiempo y todos, sin excepción, no podemos nunca, como escribía Harvey Sacks titulando un artículo suyo, «dejar de mentir»

«Es ahí que entra en acción la deuda de Goffman con la teoría de Durkheim a propósito del ritual y lo sagrado. Para Goffman, recordémoslo, el ritual es un acto formal, convencionalizado, mediante el cual un individuo refleja su respeto y su consideración por algún objeto de valor último o a su representante». Goffman se inspira en Durkheim al afirmar que el alma de un ser humano específico es una porción de sacralidad, una especie de expresión individualizada de mana. El self del que hablara G.H. Mead no deja de ser la expresión de esta sacralización del alma individual. El ego es ciertamente un dios, un pequeño dios si se quiere, pero un dios que, en tanto que tal, reclama ser honrado constantemente con todo tipo de liturgias. De ahí la atención que Goffman demuestra por el ritual. Se inspira para ello en Durkheim, es cierto, pero también la idea que encontramos en Simmel de que una «esfera ideal rodea a todo individuo», esfera que, diferente en cada cual, no puede ser penetrada sin que la identidad del sujeto quede destruida con ello.

Los momentos y sus hombres, Erving Goffman. Las bases de la interacción

Los momentos y sus hombres es una recopilación realizada por Yves Winkin de una serie de textos escritos por Erving Goffman. Ya hemos hablado de este sociólogo en alguna otra ocasión (a propósito de su obra La presentación de la persona en la vida cotidiana). Recordemos, Goffman fue de los primeros sociólogos en interesarse por algo que hoy en día nos parece tan esencial como es la microsociología o las relaciones personales que se establecen entre grupos pequeños cuando interactúan. Al ir a comprar el pan, vaya, o al sentarse en el autobús. El libro que ya analizamos explicaba las conclusiones a las que había llegado Goffman tras residir durante un tiempo en un pueblo algo remoto y estudiar la forma como las personas se relacionaban entre ellas. Más o menos asimilaba esta forma de relación a una exposición teatral donde todo participante era siempre consciente de estar sobre un escenario, es decir, expuesto a una opinión pública, y que actuaba en consecuencia, midiendo sus palabras so pena de incurrir en alguna forma de transgresión social que lo convirtiese en un paria.

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Pese a que toda su vida se dedicó al estudio, no hay muchas obras publicadas de Goffman, más dedicado a los artículos que a los libros. La presentación de la persona en la vida cotidiana, Estigma e Internados son sus únicas tres obras traducidas a nuestro idioma, aunque cuenta con apenas un par más en su inglés natal. Estigma trata sobre las marcas que llevan las personas que les impiden partir de un punto inicial similar al de los otros actores (por ejemplo, por pertenecer a una raza distinta a la hegemónica) e Internados retrata las vivencias del autor en un manicomio en el que se internó (sin llegar a dormir en él) para estudiar cómo funcionaba esa microsociedad en la que había dos castas muy diferenciadas: los internos y los funcionarios.

El estudio que nos atañe recoge textos diversos de toda la obra del autor: desde los muy iniciales, donde observamos los primeros apuntes que hizo Goffman sobre la microsociología, hasta los del final de su vida, cuando apuntaba hacia la creación de una teoría más sólida que abarcase todos esos momentos.

El gran éxito de Goffman, creemos, no se debe a ninguna obra en concreto sino a la forma como todo aquello que fue estudiando y descubriendo se ha integrado de forma natural en nuestra sociedad, hasta el punto de que muchas de las cosas que le podemos leer hoy nos parecen obvias; pero, recordemos, alguien tuvo que descubrirlas. Suyo es, también, el mérito de descubrir que todo aquel que abandona su hogar y se pierde en la ciudad está actuando y analizando constantemente a su público, es decir, categorizando a las personas con las que se encuentra en su trayecto. De ahí al baile de disfraces del que hablaba Delgado (o incluso al ballet de las aceras de Jane Jacobs) sólo habrá un paso.

El primer texto de esta antología lo forma el capítulo inicial de la tesis de Goffman.

  1. Hay orden social donde la actividad distinta de diferentes actores se integra en un todo coherente, permitiendo el desarrollo, consciente o inconsciente, de ciertos fines o funciones globales. (…)
  2. El que un actor contribuya (a la interacción) es una expectativa legítima por parte de los demás actores, que así pueden conocer de antemano los límites dentro de los cuales el actor se comportará probablemente, y tienen el derecho virtual a esperar de él que se comporte de acuerdo con estas limitaciones. (…)
  3. La contribución adecuada de los participantes se garantiza o «estimula» por medio de sanciones positivas, o recompensas, y sanciones negativas, o castigos. Estas sanciones aseguran o retiran inmediatamente la aprobación social expresada (…) y apoyan y sostienen la definición de reglas sociales que son a la vez prescriptivas y proscriptivas, que estimulan ciertas actividades y prohíben otras.
  4. Toda manifestación concreta de orden social debe producirse dentro de un contexto social más amplio. (…) El mantenimiento de esta relación depende del mantenimiento del orden socia en el medio. (…)
  5. Cuando no se respetan las reglas, o cuando ninguna regla parece aplicable, los participantes dejan de saber cómo comportarse y de saber lo que deben esperar el uno del otro. En el plano social, queda perturbada la integración de las acciones de los participantes, con la consecuencia de desorganización social o desorden social. Al mismo tiempo, los participantes padecen de anomia y desorganización personal.
  6. La persona que infringe las normas es un contraventor. Su infracción es un delito. El que infringe continuamente las reglas es un desviado.

Y sigue. El séptimo punto regula la ofensa que supone para un espectador esta infracción de las normas, el punto ocho habla sobre el castigo que recibe o merece el infractor, el noveno sobre cómo algunas personas se aprovechan de las reglas en beneficio personal sin llegar a infringirlas. Todas estas normas, si nos paramos a pensarlo, las seguimos de forma inconsciente en la calle, en el metro, en la cola del cine, en un restaurante. Cada lugar tiene normas levemente distintas pero en todos ellos los actuantes lo hacen de la misma forma, evitando la infracción social del mismo modo.

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Goffman de crío, que siempre se pone de él la misma imagen (huía bastante de las fotografías).

Dos conceptos esenciales que establece Goffman: la working aceptance (traducida como «compromiso de conveniencia») es el punto hasta el que llegarán los actores para evitar «montar una escena». Un ejemplo: en una conversación entre dos personas, a uno de ellos, de forma involuntaria, se le escapa un poquito de saliva que salpica al otro. Aunque los dos se den cuenta, lo más probable es que sigan la conversación como si nada hubiese pasado, porque el hecho de ponerlo de manifiesto es más grave para la continuación de la interacción que el incidente en sí. Las personas, en general, tratan de evitar montar una escena.

Por otro lado, «el empleo de tácticas de ganancia es cosa tan corriente que a menudo es preferible entender la interacción, no como una escena de armonía, sino como una ordenación que permite perseguir una guerra fría. Por tanto, la acogida de conveniencias puede llamarse una tregua momentánea, un modus vivendi que permite atender a las cosas y a los asuntos esenciales.» (p. 97). Dicho de otro modo, lo que toda esta escenificación teatral sostiene no es una armoniosa sociedad donde todo fluye a las mil maravillas, sino un estado salvaje que las personas tratan de mantener soterrado por simple economía y practicidad. Volviendo a Delgado: lo urbano siempre es magmático y está a punto de suceder. Y suceder puede significar fácilmente estallar.

El siguiente texto de la antología es también de la tesis doctoral de Goffman y trata sobre los temas que permiten que la interacción siga sin ponerse abrumadora. En situaciones que requieren levedad, que no pretenden transmitir un mensaje, hay recursos seguros que evitan la incomodidad del silencio, que se puede mantener con los allegados pero no con los simples conocidos. El tiempo, el palique, los cotilleos relativamente sanos, comentarios sobre alguien que ha infringido las normas sociales. Ejemplo: dos personas que, a priori, no se dirigirían la palabra en una cola del supermercado o de un autobús lo pueden hacer si ambos contemplan a un infractor hablando a voz en grito por el teléfono o intentando colarse.

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La cola del autobús: microsociología en estado puro. ¡Cuélense para provocar un estallido social!

Ya más adelante, y tras un texto sobre las formas en que es representada la mujer en las imágenes publicitarios (muy adelantado a su época, pero que hoy nos dice poco que no se haya estudiado ya mucho más a fondo) encontramos la presentación que el autor iba a leer como presidente del Instituto de Sociología estadounidense, cargo que se le otorgó en el año 1981 y que pudo disfrutar sólo hasta su muerte el año siguiente. No llegó a leer la entrevista por enfermedad, pero quedó escrita como un resumen de todos sus estudios.

La caracterización que un individuo puede hacer de otro gracias a poder observarlo y oírlo directamente se organiza alrededor de dos formas básicas de identificación: una de tipo categórico que implica situarlo en una o más categorías sociales y otra de tipo individual que le asigna una forma de identidad única basada en su apariencia, tono de voz, nombre propio o cualquier otro mecanismo de diferenciación personal.

Los individuos, cuando se encuentran en presencia inmediata de otros, se enfrentan necesariamente al problema persona-territorio. Por definición sólo podemos participar en situaciones sociales si llevamos con nosotros nuestro cuerpo y sus pertrechos, y este equipo es vulnerable a la acción de los demás. (…) De forma similar, en presencia de los demás somos vulnerables a que sus palabras o gestos traspasen nuestras barreras psíquicas y rompan el orden expresivo que esperamos que se mantenga ante nosotros. (Por supuesto, afirmar que somos vulnerables es afirmar también que tenemos a nuestro alcance los recursos para hacer igualmente vulnerables a los demás). (p. 176)

Los cuatro status difusos fundamentales son, para Goffman: edad, sexo, clase social y raza. Todas las personas, en general, pueden ser calificadas en función de alguno o todos de estos parámetros; cuando no es así, se dan situaciones sociales especialmente complejas. De hecho, la mayoría de las personas tratará de evidenciar su posición, o la posición que pretende mostrar, de forma más clara de lo necesario. Es decir: siendo conscientes de que vamos a ser escrutados, no de forma individual, no porque alguien se interese específicamente por nosotros sino por pura necesidad de supervivencia social, lo habitual es que enviemos mensajes claros respecto a quiénes somos y lo que pretendemos en cada situación. Aunque sean falsos.

Aquí reside otra de las normas sociales básicas: la igualdad de trato. En un ámbito determinado se tratará a todas las personas por igual, en función de factores ajenos como puede ser quién ha llegado primero. Veamos una cola para pagar en el super o para entrar en el cine: todos los factores antes mencionados quedan en suspenso y cada cual ocupa el lugar que le corresponde. Pero pueden surgir incidencias: alguien con prisa, o que sólo lleva unos pocos productos, o una persona mayor que no puede estar tanto rato en pie y pide que la dejen pasar. La decisión la tomará la persona cuyo turno le toque en la cola, aunque sea una decisión que afecte al resto, que, en general, delegarán, como forma de disolver la responsabilidad.

Y, si nos permiten, acabamos con las palabras finales del discurso de Goffman:

Creo que todos estamos de acuerdo en que nuestro trabajo consiste en estudiar la sociedad. Si se me preguntara por qué y hasta qué punto, yo respondería: porque está ahí.