Sociología Urbana 02: la Escuela de Chicago

Seguimos con el libro Sociología Urbana: de Marx y Engels a las escuelas posmodernas, de Francisco Javier Ullán de la Rosa, del que ya analizamos en una primera entrada los precursores de la disciplina. En este post nos centraremos en la Escuela de Chicago, la primera que desarrolló un corpus teórico para llevar a cabo el estudio de la ciudad. Ya hablamos de ella a propósito del libro de Ulf Hännerz Exploración de la ciudad, que les dedicaba un capítulo completísimo.

¿Por qué Chicago y no, por ejemplo, Nueva York, que era una ciudad mayor? Porque ninguna ciudad americana había crecido tanto en tan poco tiempo, porque un incendio la había arrasado en 1871 y tuvo que renacer de sus cenizas, por lo que los rascacielos se fueron elevando como agujas y llenando el paisaje de la ciudad. Porque Nueva York contaba con un hinterland densamente poblado y Chicago estaba rodeada por campos vacíos; y porque la mayoría de la población de Chicago, que en 1910 superaba los dos millones, no había nacido en la ciudad. A diferencia de las grandes capitales europeas, además, los inmigrantes que acudían a Chicago no lo hacían de los campos de alrededor, sino que provenían de lugares totalmente alejados de distintas partes del mundo: tenían otros idiomas, culturas y formas de entender y habitar el mundo. Y de repente todo ese magma cultural diferenciado coincide en Chicago, lo que genera unas sinergias y explosiones de energía y prosperidad abrumadoras… y también un sinfín de problemas.

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Chicago 1920

Lo que vimos en el anterior capítulo que estaba sucediendo en las ciudades industriales (hacinamiento, pésimas condiciones del proletariado, la incipiente lucha de clases) va un paso más allá en Chicago al añadirle las cuestiones étnicas y raciales. Por ejemplo, el «Verano Rojo» de 1919, la ciudad se vio sacudida por disturbios raciales al volver los veteranos de la Segunda Guerra Mundial y descubrir que sus puestos de trabajo habían sido ocupados por los afroamericanos y decidieron reconquistar el territorio. Recordemos: hablamos de la ciudad de Al Capone y el crimen organizado.

El Departamento de Sociología de Chicago fue fundado por Albion Woodbury Small en 1892, aunque por entonces se llamaba también de Antropología y no se escindió hasta 1929. Es por ello que la Escuela de Chicago la reclaman ambas disciplinas como propia de su historia, y el enfoque social se nota en los estudios de sus miembros. En esta primera etapa destacan William Thomas, que estudió a los polacos de Chicago pero también en su país de origen, para comprobar los cambios entre ambos grupos, y Florian Znaniecki.

En 1925, con la jubilación de Small y la llegada de Faris, entran nuevos autores en el departamento: Robert Ezra Park, Ernest W. Buress y Roderick Mckenzie, que publicaron The City ese mismo año, casi un manifiesto fundacional de la escuela y donde desarrollan su teoría de la Ecología Humana. La disciplina trata de explicar «todos los fenómenos humanos como producto, en última instancia, de los procesos de adaptación de las poblaciones al entorno ecológico». Recordemos: en plena mordernidad, aún se trataba de encontrar teorías capaces de explicar todos los procesos sociales.

La lucha por la supervivencia determina la regulación demográfica de las diversas especies y su distribución en diferentes hábitats, y la población humana no es una excepción a esta regla. Pero las especies y, en este caso, el hombre, no se adaptan al hábitat solamente luchando entre sí sino también cooperando entre sí. (…) El funcionamiento del sistema ecológico es mucho más complejo de lo que deja entrever su síntesis vulgar en la expresión «supervivencia de los más aptos»: los más aptos no son siempre los que saben matar mejor sino los que saben cooperar mejor, los que saben ahorrar energía mejor, los que saben organizarse mejor, (…)

El ecosistema funciona según ellos [la Escuela de Chicago] a través de la «coexistencia en tensión» de la cooperación y la competición: a veces los humanos recurrirán más a la primera, a veces a la segunda, y en otras a una tercera estrategia que es una combinación de las dos. En las modernas sociedades humanas capitalistas esa cooperación se realiza a través de la diferenciación de funciones en el sistema, es decir, de la división social del trabajo y de la distribución espacial ordenada de tales funciones en las áreas más adecuadas para cada una. (…) Así, la comunidad es un sistema funcional localizado en el espacio.

El término «funcional» no es casual, pues el paradigma dominante en las ciencias sociales desde los años veinte hasta casi los 60 fue, precisamente, el funcionalismo, que veía cada grupo como un nicho determinado que cumplía una función concreta en el sistema. La cooperación entre individuos, dirán los de Chicago, se da entre los mismos grupos étnicos o sociales, mientras que la competición se da casi siempre entre estos distintos grupos.

La ciudad, como lugar dotado de especial densidad de población y de una mayor división y especialización social, es «el ecosistema humano más complejo de la historia y por ello debe ser colocado por la nueva ciencia en una posición privilegiada, central con respecto al estudio de otros ecosistemas humanos» (p. 67). Como en cada sistema, existen grupos dominantes, que en la ciudad vienen determinados por su capacidad económica; dado que la ciudad existe como lugar espacial, habitado, «la diferencia en el precio del suelo es la sintaxis concreta a través de la cual los diversos grupos funcionales se distribuyen en el espacio de manera jerárquica» (p. 68). Al mismo tiempo, el sistema tiende a estar en equilibrio, por lo que el proceso normal será que los inmigrantes, al llegar a la ciudad, sin capacidad económica, traten de integrarse en su propio grupo étnico o racial para, poco a poco, prosperar e ir integrándose en otro grupo más dominante; para ser substituido el lugar que ocupaban por otro grupo recién llegado, en un melting pot que nunca termina pero que va integrando a los que van llegando.

Tratando de modelizar estos procesos, Burguess dibujó un mapa concéntrico de la ciudad que la dividía en cinco círculos, a saber:

  1. el central era el City Bussiness District y las áreas industriales;
  2. la zona de transición, ocupada por inmigrantes pobres;
  3. obreros cualificados y comerciantes que han abandonado la segunda zona pero quieren permanecer cerca de sus trabajos en el primer núcleo;
  4. zona residencial de clases medias;
  5. suburbios de clases medias y altas que poseen viviendas individuales.

Los actores, a medida que van pasando de un grupo a otro, se van moviendo, idealmente escapando hacia sectores más alejados del centro, que corresponden a los más prósperos. La zona 2 era donde las luchas de todo tipo se volvían más encarnizadas: cada nueva oleada migratoria se establecía allí, tratanto de ocupar los puestos de baja calificación que la zona 1 requería, y se daba la lucha de todos contra todos; por otro lado, la expansión inmobiliaria de la zona 1, en constante crecimiento, les iba quitando terreno de forma progresiva a medida que los especuladores iban llegando, dejando solares vacíos a la espera del momento oportuno para construir en ellos.

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El modelo de Burguess pretendía ser un tipo ideal capaz de explicar, al menos, la realidad de la mayoría de las ciudades de Estados Unidos; en el fondo, sólo explica la ciudad de Chicago en los años 20. Pronto hubo otras propuestas que trataban de acercarse algo más a la realidad:

  • la ciudad sectorial de Homer Hoyt (1939), donde ya tiene en cuenta otros factores que Burguess no había considerado como «la existencia de ejes de transporte, de accidentes naturales del relieve o el poder de seducción simbólica de las clases altas y su efecto estructurante en las zonas aledañas»; este modelo, por ejemplo, tiene en cuenta los procesos de vuelta de las clases residenciales a un centro que se les irá adecuando por los poderes inmobiliarios, en un proceso conocido como gentrificación;

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  • la ciudad multicéntrica de Harrys y Ulman (1945), donde consideran que la ciudad dispone de gran cantidad de «minicentros» alrededor de cada uno de los cuales se genera una «miniciudad» (en un concepto que dará lugar a las edge cities de Garreuau);

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Los diversos grupos sociales, organizados alrededor de una etnia o raza común, establecen relaciones de cooperación entre ellos y sobre el territorio en el que operan, formando el que será el objeto de estudio por antonomasia de la Escuela de Chicago: el guetto. La metodología clásica de la antropología, esto es, la etnografía, que consistía en un hombre blanco viajando a una tribu primitiva para observarla y tratar de comprender su cultura (visión del mundo, forma y estructura de su sociedad, relación con el medio) se aplica ahora a los grupos más o menos homogéneos de cada barrio: China Town, Little Italy, el barrio judío o polaco…

Los llamados community studies son, sin duda alguna, la segunda gran aportación de la Escuela de Chicago [la primera es el urbanismo como forma de vida que se lee en el artículo de Park «Urbanism as a Way of Life», uno de los artículos más famosos de la sociología de todos los tiemos] a las ciencias sociales: el término comunidad es aquí utilizado en su sentido antropológico, como un subsistema cultural y social formado por un contingente humano de reducidas proporciones donde predominan los vínculos sociales no contractuales. Este enfoque etnográfico y culturalista los convierte (…) en la piedra angular de la fundación de la antropología urbana. (p. 77)

Sin embargo, y aquí surgen las primeras críticas de Ullán de la Rosa a la Escuela de Chicago, los communities studies no desarrollaron, por ejemplo, una etnografía de las comunidades griega, irlandesa o alemana, mucho menos de la anglosajona dominante, sino sólo de aquellas que presentaban conflicto. Los sociólogos americanos partían de un presupuesto que no cuestionaban: que todos los subgrupos se acabarían integrando en la dominante, y por lo tanto sólo aquellos que presentaban la mayor desviación eran dignos de estudio, para comprender qué sucesos había tras ellos y qué los estaba apartando de la integración plena.

En última instancia, argumenta Ullán de la Rosa, «la Escuela de Chicago consideraba la diversidad étnica como un factor desestabilizador y disfuncional, debilitador de la cohesión social, generador de marginalidad social y crimen». Consideraban, sin cuestionarlo, que todas las culturas se fundirían en el famoso melting pot (crisol) americano, consiguiendo una cultura homogénea que sólo sería cuestionada por nuevas oleadas migratorias que también se irían fusionando. No compartimos plenamente la crítica del autor, pero sí que hay que reconocer que concebían a las personas como miembros unívocos de una cultura, es decir, no entendían que uno podía ser a la vez judío y americano, polaco y chicagüense. Por ejemplo: el estudio de Whyte Street Corner’s Society se centra en la estructura y subcultura de las bandas de delincuentes italianos, en vez de en la italiana propiamente dicha; y no hubo ningún estudio sobre la cultura de las clases medias o altas.

Veamos ahora algunos de los desarrollos teóricos importantes de la Escuela de Chicago. Partiendo del concepto de anomia de Durkheim, que vimos en la entrada anterior y que se define como un proceso colateral al de la modernidad que se daba en las grandes ciudades debido al nuevo formato de las relaciones sociales, en general más débiles y basadas en la mercantilidad y la utilidad que en la fraternidad; la debilidad de estas relaciones y de las instituciones sociales (familia, barrio, iglesia) para ejercer un control moral y social de los individuos dejaba individuos y grupos de personas «desafectos» del sistema, no conformes o desplazados, y fueron uno de los objetos de estudio de la Escuela. En concreto, Thomas y Znaniecki llamaron a esta fenómeno las Teorías de la Desorganización Social, que pasaron de la Sociología a la Criminología y se convirtieron en el paradigma dominante en ese campo durante todo el siglo XX.

Las características de la zona 2 del mapa de Burguess, o de las zonas pobres limítrofes en general, siempre presentaban tasas de delincuencia más altas que el resto de zonas, independientemente de la etnia de sus pobladores. Esto, basado en datos estadísticos y evidencias empíricas, supuso un importante mazazo al racismo imperante en la época: los delincuentes no lo eran por ser inmigrantes, polacos o negros, sino por pobres. Las causas que lo explicaban eran tres:

  1. la pobreza; pocos recursos impedían la gestión a medio y largo plazo de personas centradas en sobrevivir al día a día, a menudo en competición unos con otros por esos pobres recursos; la finalidad de los habitantes era abandonar el barrio, no formar lazos para vivir en él;
  2. como algunos iban consiguiendo abandonar la zona, la movilidad residencial era enormemente alta, por lo que muy pocos invertían en infraestructuras en el barrio ni en relaciones sociales en él;
  3. la mezcla de culturas, lenguas y nacionalidades, que además iban mutando de forma permanente, aún dificultaba más establecer lazos de cooperación.

A este tercer punto se le añade una observación que nos recuerda a El declive del hombre público de Richard Sennett: la mejor forma de crear comunidad es encontrar y definir un enemigo común.

Es a partir de esta tercera dimensión, la de las identidades y prejuicios étnico-culturales, que la Teoría de la Desorganización Social introduce las elaboraciones culturalistas del interaccionismo simbólico. El comportamiento debe siempre entenderse en interacción con el otro, individual o colectivo, pero no sólo en relación a las acciones del otro sino a las imágenes que este tiene del mundo. No importa si esas imágenes son prejuicios o estereotipos negativos que no se corresponden con la realidad empírica. De acuerdo al teorema de Thomas, como ya se ha visto, si una situación es considerada real por alguien, tendrá consecuencias reales (evitaré o despreciaré a los negros porque pienso que son todos delincuentes, no les daré trabajo porque pienso que son vagos, no les alquilaré mi piso porque temo que no me vayan a pagar…). La interacción con el otro no sólo tiene consecuencias sobre quien opera el juicio de valor sino sobre quien lo recibe, ya que se convierte en una parte estructurante de su yo. (p. 83)

Por ello, era habitual que los habitantes de estas zonas, que veían limitado su acceso al resto de zonas por los prejuicios imperantes, desarrollasen su propia cultura con valores alternativos a los de la sociedad dominante. «Un mundo de valores alternativos que se oponía al credo oficial del ascenso social por el trabajo productivo duro y honesto y de los valores de la moderación y la gratificación diferida, precisamente porque los individuos habían interiorizado […] la creencia general que tendía a verlos como escoria, como buenos para nada, como losers congénitos». Formaron sus propias culturas exacerbando valores opuestos: la violencia como forma de adquirir estatus y poder, hedonismo y satisfacción inmediata de sus deseos, percepción de la vida como algo efímero. Estas culturas convergen en bandas criminales organizadas, cuya pertenencia otorga al individuo lazos de satisfacción y socialización, un sentido a su vida. «Arrebatar una calle a los italianos ya era un triunfo que vale una vida para un gangster negro de Harlem.»

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Nuevas formas de socialización. Como el que se apunta a pilates, oigan.

Con el tiempo, esta forma de organización criminal dejó de verse como una disfuncionalidad puntual del sistema para pasar a ser concebido como un subsistema social y cultural semiautónomo incrustado (o enquistado) en el seno del sistema mayor; por ello Thrasher propone sustituir la etiqueta de Teoría de la Desorganización Social por la de Teoría de la Asociación Diferencial (1947): de la misma forma que viviendo en sociedad se aprende a ser individuo social, también se aprende a ser delincuente en un proceso de socialización paralela que generaba un efecto de «bola de nieve», es decir, mientras más delincuentes hay más degradado está el barrio y más gente no delincuente quiere huir de él, lo que hace que los que se quedan perciban la zona como aún más degradada y vean menos opciones de huir, con lo que la única opción viable que les aparece es entrar en la subcultura criminal.

Algunas de estas conclusiones nos pueden parecer obvias a día de hoy (el hecho de que la causa de la delincuencia sea el entorno y la pobreza, y no la ascendencia étnica y racial), pero si es así se debe a los descubrimientos de la Escuela de Chicago. Fueron los primeros que denunciaron que ese tipo de delincuencia no se podía combatir con mayor presencia policial, pues la oposición a un enemigo sólo refuerza el concepto de pertenencia a una banda; debían combatirse con inversión en el barrio, con la creación de sistemas de socialización potentes, de nuevas formas de socialización, escuelas, tiendas de ultramarinos, iglesias, grupos juveniles, nuevas infraestructuras; recordemos la Teoría de las Ventanas Rotas de Wilson y Kellig.

Otro aspecto importante de la investigación de la Escuela fueron las tipologías sociales liminares: los vagabundos y el biculturalismo. Recordemos: un ser liminar es aquel que vive a caballo entre dos estados sociales concretos. Uno es soltero o está casado; para pasar de un estado al otro se lleva a cabo un ritual social (una boda) durante la cual uno no es ni una cosa ni otra, sino un ser liminar, pura potencialidad, viviendo en un reino sin normas no estructurado. Vale, en el caso concreto hablamos sólo de un día, pero por ejemplo la adolescencia es una vivencia liminar completa entre la infancia y la edad adulta. Lo vimos en Los ritos de paso, de Van Genep. Llevado a la sociología, el ser liminar es aquel que vive entre dos o más culturas o que no se encuentra en ninguna en concreto, un individuo que fascinará especialmente a la Escuela de Chicago. ¿El ejemplo más concreto? El hobo, el vagabundo que viajaba de polizón en los trenes del país buscando trabajos temporales donde surgiesen. Un ser liberado por completo (o alienado por completo, escoja usted su versión) del sistema, sin ataduras ni responsabilidades, que formaron una sociedad flotante, no establecida, que iba dejando sus huellas por todo el territorio. Como los criminales, más que parias eran un colectivo con una subcultura propia (tenían unos símbolos concretos que indicaban lugares donde obtener comida o cama a cambio de trabajo, trenes a los que se podía subir, lugares de los que huir…). La forma de vida caló en la sociedad dominante dando lugar a expresiones culturales como el famosísimo En la carretera de Kerouac, de la beat generation.

Al igual que los gitanos, aquellos nómadas contemporáneos vivían fuera de la sociedad pero aprovechándose de los espacios intersticiales que esta dejaba (en su caso, la necesidad de la economía de trabajos temporales poco cualificados). Pero a diferencia de los gitanos, que conformaban una sociedad marginal con vínculos sociales e identidad culturales muy fuertes, el hobo era un destilado casi puro de perfecto individualismo: los hobos no formaban familias ni estaban ligados los unos a los otros salvo por un débil reconocimiento en la identidad de un estilo de vida constantemente transitorio. Por lo demás el hobo es puro flujo, pura libertad sin ataduras sociales, personalidad y rol social en constante movimiento. Su única regla es «Decide tu propia vida». (p. 88)

Ya hemos comentado que una de las críticas a la Escuela de Chicago era su sostén del statu quo, su incapacidad de ver que estaban defendiendo un sistema concreto que daban por sentado. Ese fue un concepto de la segunda generación de la Escuela, la que hemos tratado a lo largo de todo el artículo. Hubo después una tercera generación, no tan relevante como la segunda, que ya llevó a cabo proyectos de integración en la ciudad, ayudando con diversos mecanismos (el Chicago Area Project, por ejemplo) a los procesos de integración de la ciudad, pero no entraremos en el tema.

El final del capítulo lo dedica Ullán de la Rosa a tratar la Federal Housing Administration (1934), «un instituto federal cuya misión era poner en práctica un ambicioso plan de vivienda pública y de promoción del sector inmobiliario privado con el objetivo declarado de convertir a la sociedad americana en la «civilización mejor alojada de la historia». Por avatares del momento social, las muchas ramificaciones de la FHA tuvieron una serie de consecuencias que serán enormemente relevantes para la sociedad americana:

  • primero: consideraron que la mejor forma de vida que uno podía llevar era una casita con valla blanca y jardín en las afueras de la ciudad, en parte por el movimiento de las ciudades jardín de Ebenezer Howard que iba llegando desde Europa (despojada de todo su componente socialista, por supuesto), lo que condujo a la creación de suburbios igualitarios como el famoso Levittown: casas adosadas con jardín, perro, ama de casa y electrodomésticos en entornos completamente despojados de vida social, salvo el centro comercial, y donde el coche era necesario para todo;
  • segundo, y casualmente, estos nuevos suburbios fueron, en general, para los blancos; los negros que intentaban acceder a ellos veían sus créditos denegados y acababan quedándose en los barrios centrales de las ciudades, cada vez más degradados. Con el tiempo, la propia FHA acabó elaborando unos mapas que dividían la ciudad en cuatro zonas por colores: el azul era aquellas zonas con máximas garantías de inversión (gente blanca con dinero que nos va a devolver los créditos, así que barra libre) y las rojas, las de menor garantía (negros probres que no nos lo van a devolver); también casualmente, las zonas azules estaban en barrios de casas adosadas de las afueras y las zonas rojas, en los barrios pobres del centro de la ciudad, cuyos habitantes se veían incapaces de acceder a un crédito para escapar del barrio o incluso establecer un negocio en la zona. Este proceso, conocido como el redlining, fue degradando los barrios centrales, que cada vez se convertían en lugares peores donde sólo vivían los que no tenían otra opción. Y, también casualmente, estos barrrios, que dejaron de recibir progresivamente inversiones públicas, serán los que, a partir de los años 70 y 80, cuando las clases medias decidan volver al centro de la ciudad, se irán gentrificando (y sus habitantes, siendo expulsados) para realojar a estas nuevas clases medias sedientas de cultura urbana. Lo vimos en First We Take Manhattan, pero vaya, lo habrán visto en cualquier barrio gentrificado de su ciudad;
  • tercero: teniendo en cuenta todo lo explicado anteriormente, ¿sorprenden estallidos sociales periódicos alrededor del tema del racismo como los de Los Ángeles en 1991 o el más reciente «Black Lives Matter»? De esos barros, estos lodos…

La vida secreta de las ciudades, de Suketu Mehta

Algo en lo que todos los autores que hemos tratado en el blog están de acuerdo es que la ciudad es un ente complejo que sólo se puede abordar desde una multiplicidad de puntos de vista, lo que ni siquiera se acerca a agotar su significado, si es que eso es posible. La abordan urbanistas, arquitectos, geógrafos, ingenieros, sociólogos, paisajistas y tantos otros; y la viven todos sus habitantes, ya lo hagan físicamente, la usen, la visiten o simplemente la sueñen.

La vida secreta de las palabras, de Suketu Mehta, escritor indio residente en Nueva York, la aborda desde el tema literario. Mehta alcanzó la fama con la publicación de Maximun City: Bombay Lost and Found, una narración de su retorno a la ciudad que lo vio nacer y que abandonó con 14 años. El hombre recorre los paisajes que el niño recordaba y explica sus cambios y cómo la ciudad se ha convertido en una megalópolis enorme, colosal y ajena, pero al mismo tiempo reconocible y capaz de tender hilos con sus recuerdos.

vida secreta ciudades

La vida secreta de las palabras es un libro, no una novela, no un estudio, escrito por un autor que ya ha alcanzado el éxito y que repite la fórmula. Mehta desgrana episodios simpáticos que suceden en ciudades, la mayoría más o menos en barrios pobres de la India o favelas de Brasil, y lo mezcla con estadísticas de hechos que están sucediendo en las ciudades, mezclado todo con el amor por las mismas y la visión de los inmigrantes y cómo deben convivir sus distintas ciudades recordadas y habitadas.

Los puntos de vista expresados son, en general, los del autor; acostumbrados como estamos en este blog a unas lecturas más, ehem, académicas, donde la mayoría de afirmaciones suelen recurrir a unas cuantas citas en que apoyarse, todo el armazón construido en La vida secreta de las ciudades parece… inestable. Y algo ñoño. Lo cual no le quita verdad, si es que ésta es posible: es una visión más.

Y una con apuntes más que interesantes:

A los chinos les gusta Europa, en particular, la vieja Europa. Sobre todo, los pueblos europeos viejos. A un magnate de la minería chino le gustó tanto Hallstatt, un pintoresco pueblo austríaco fundado en el siglo II a.C., que decidió encargar, con un coste de 940 millones de dólares, una réplica exacta del mismo cerca de la ciudad industrial de Huizhou, en el delta del río Perla. El nuevo Hallstatt contiene reproducciones de la torre del reloj del pueblo, sus casas de madera y sus calles adoquinadas… Todo está en venta. En 1997, la UNESCO declaró Hallstatt patrimonio de la Humanidad. Los chinos decidieron construir la imitación. Al principio los austriacos se molestaron: se quejaron de que las copias no pagaban regalías. Pero el gusto del pueblo facsímil ha despertado el interés pro el auténtico; si a la lacustre localidad austriaca original antes acudía una cincuentena escasa de turistas chinos al año, ahora la visitan miles. Y los austríacos están encantados de que los emule una superpotencia al alza. En la actualidad la empresa del magnate, Minmetals, está trabajando en una recreación de Escocia en el sudeste chino, cerca de Hunan. ¿Qué clase de Escocia será? No la Escocia de las deprimentes viviendas de protección oficial de Glasgow, por supuesto. Será una Escocia de hombres que lanzan haggis, beben whisky, tocan la gaita, visten falda y se parecen todos a Mel Gibson. En otras palabras, Marca Escocia. (p. 24).

Y, respecto a cómo la imagen de una ciudad hoy en día no viene determinada tanto por lo que sus ciudadanos quieren o incluso lo que a éstos les conviene, sino por las decisiones que toman quienes las financian, Mehta narra cómo cambió la imagen de la ciudad de Nueva York a mediados de los 70:

Felix Rohatyn, el banquero de Lazard que organizó el paquete de rescate cuando Nueva York iba a declararse en bancarrota en 1975, se quejaba de la imagen que la ciudad proyectaba de sí misma: una ciudad derrochadora, dominada por el crimen, dependiente de los subsidios, demasiado acogedora para las aglomeraciones de gente que llegaban de Puerto Rico y otros lugares desfavorecidos. «El estilo de vida de la ciudad desagrada a todo el país», dijo. Había que cambiar el relato: Nueva York tenía que convertirse en una «Meca turística para el resto del país y atraer también a los turistas europeos que observan alarmados la deriva izquierdista de sus respectivos gobiernos. Esta vez, la ciudad de Nueva York debería mirar a Europa y decir: «¡Entrégame a tus ricos!». El relato de Nueva York cambió, y llegaron los turistas: hoy, una de cada cinco personas que está en Manhattan es un turista. (p. 27).

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Skyline de Nueva York, marcas de agua incluidas.

Finalmente, y sólo como apunte, terminamos con las tres reglas necesarias, según el autor, para una ciudad no excluyente:

  • no excluir a nadie de la ley,
  • no excluir a nadie de la celebración;
  • no excluir a nadie de la conversación.

Ciudad líquida, ciudad interrumpida (III): extranjeros, tribus, graffitis

Tras la asimilación de la ciudad a un magma fluido y en ebullición (en la primera parte del libro de Manuel Delgado Ciudad líquida, ciudad interrumpida) y tras ver cómo la fiesta bloquea e interrumpe ese líquido para evidenciar el (¿verdadero?) poder de la multitud (en la segunda), la tercera parte del libro trata otros derroteros.

El capítulo sexto resalta uno de los errores que cometió la Escuela de Chicago: para ellos, cada comunidad era homogénea y ocupaba un espacio concreto, y se centraron en estudiar cómo dicha comunidad se adaptaba al medio o modificaba el medio para adaptarlo y a la lucha entre comunidades distintas.

No en vano nos vemos obligados, para referirnos a lo que ocurre en la ciudad, a hablar constantemente de confluencias, avenidas, ramblas, congestiones, mareas humanas, público que inundan, circulación, embotellamientos, caudales de tráfico que son canalizados, flujos, islas, arterias, evacuaciones… y otras muchas locuciones asociadas a lo líquido: la sangre, el agua.

Esta misma exaltación de lo líquido es la consecuencia de la definición propuesta acerca de lo que era la ciudad, estructura inestable entre espacios diferenciados y sociedades heterogéneas, en que las continuas fragmentaciones, discontinuidades, intervalos, cavidades e intersecciones obligaban al urbanita a pasarse el día circulando, transitando, dando saltos entre espacio y espacio, entre orden ritual y orden ritual, entre región y región, entre microsociedad y microsociedad. Por ello la antropología urbana debía atender las movilidades, porque es en ellas, por ellas y a través suyo que el habitante urbano podía hilvanar su propia personalidad, todo ella hecha de trasbordos y correspondencias, pero también de traspiés y de interferencias. (p. 58).

El anonimato aparece «como una forma -la única posible- al mismo tiempo de protección de las individualidades identitarias y de estructuración de esa misma diversidad. La calle es de todo el mundo y nadie reclama la exclusividad sobre ese ámbito en que el espacio público alcanza su propia literalidad». (p. 59). Éste afecta especialmente al que no puede disimular su condición: el paria, especialmente el inmigrante. «Es por eso que no sorprende el uso paradójico de un participo activo o de presente –inmigrante– para designar a alguien que no está desplazándose -y por tanto inmigrando– sino que se ha vuelto o va a volverse sedentario y al que por tanto debería aplicársele un participio pasado o pasivo –inmigrado-. También eso explica que el inmigrante pueda serlo «de segunda generación», puesto que la condición taxonómicamente monstruosa de sus padres se ha heredado» (p. 67). No olvidemos que las ciudades sobreviven y crecen gracias a la inmigración, la mezcla y la diversidad.

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A partir de la figura del inmigrante y el mundo del que intenta formar parte, el capítulo séptimo, Identidades-intervalo, trata sobre la cultura de los grupos, tribus o comunidades urbanas.

En efecto, un grupo humano no se diferencia de los demás porque tenga unos rasgos culturales particulares, sino que adopta unos rasgos culturales singulares porque previamente ha optado por diferenciarse. Las culturas distintas no producen la diversidad, sino que los mecanismos de diversificación provocan la búsqueda de unos marcajes capaces de dar contenido a la exigencia de diferenciación de un grupo humano. A partir de ahí, el contenido de esta diferenciación es arbitrario y utiliza materiales disponibles -o, sencillamente, inventados- que acaban ofreciendo el efecto óptico de una sustancia compacta y acabada. Se trata de un espejismo identitario, pero capaz de invocar toda clase de coartadas para legitimarse y hacerse incontestable: coartadas históricas, religiosas, económicas, mitológicas, vindicativas, lingüísticas, etc. (p. 73).

La necesidad humana de formar parte de un grupo más pequeño y diferenciado que el simple «humano» nos hace tender puentes o lazos con aquellos con los que compartimos rasgos que consideramos importantes, ya sean gustos musicales, de vestimenta, raciales, género, tendencia sexual, religión o datos más azarosos como haber nacido en una misma época (generaciones, zodiaco) o región.

El octavo capítulo, Culturas paródicas, se centra en las formas de expresión que se dan en la ciudad. Una de ellas: el graffiti. «…se apodera sígnicamente del paisaje urbano para emplearlo en una praxis puramente autoreferencial, y lo hacen adoptando un concepto de la rotulación que parece emparentarse más bien con la idea del tatuaje, señal con vocación de indelebilidad hecha sobre la epidermis por aquellos que precisamente -como los presos o los marineros de antes- tienen dificultades en orden a definir su propia identidad.» (p. 86). El objetivo del graffiti no es comunicarse con los habitantes del centro de la ciudad, sino con los que forman parte de esas mismas sociedades subterráneas que los producen, «acción comunicativa que no informa de nada sino que sólo establece que el canal está abierto y en condiciones de ser utilizado, o que simplemente aspira a ser reconocido como huella o rastro.»

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El último capítulo del libro termina con una reflexión muy interesante sobre los cambios a los que fue sometido el espacio urbano de Barcelona durante algunos momentos álgidos de su historia: la Semana Trágica, el estallido de la Guerra Civil… y cómo cada grupo trataba de imponer su cosmovisión sobre la propia ciudad, haciendo física su propia versión de la misma y expulsando la visión del que veían como su enemigo.