Aprendiendo de Las Vegas (1972): la postmodernidad en la arquitectura

En 1968, Robert Venturi, Denise Scott Brown y Steven Izenour, tres profesores de arquitectura de Yale, partieron hacia Las Vegas para investigar los elementos arquitectónicos que hacían de la ciudad un lugar tan especial. Cuatro años después publicaban el celebérrimo Aprendiendo de Las Vegas. El simbolismo olvidado de la forma arquitectónica, un estudio sobre la esencia del strip de la capital de Nevada que huía de toda consideración moral sobre sus edificios o la significación y los analizaba de forma puramente estética. La publicación del libro desató un tsunami en la arquitectura entre defensores y detractores; tal vez las palabras que mejor resuman lo que supuso sean de Peter Hall: significó el final de la arquitectura moderna y su paso a la postmoderna.

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Las Vegas se analizan aquí exclusivamente como fenómeno de comunicación arquitectónica. Del mismo modo que el análisis de la estructura de una catedral gótica no tiene por qué incluir un debate sobre la ética de la religión medieval, tampoco aquí ponemos en cuestión los valores de Las Vegas. La ética de la publicidad comercial, de los intereses del juego y del instinto competitivo no nos interesa aquí, aunque creemos, desde luego, que debería formar parte de las tareas sintéticas y más amplias del arquitecto, de las cuales tal análisis no sería sino un aspecto.

En este contexto, el análisis de una iglesia drive-in equivaldría al de un restaurante drive-in, pues se trata de un estudio del método, y no del contenido (p. 23)

Con estas palabras de la introducción ya bastaría para destacar su postmodernistmo; el resto es un estudio detallado de las formas comunicativas del Strip.

En efecto, se analiza sobre todo la forma en que la arquitectura (o construcción, si lo prefieren) de la calle mayor de Las Vegas «es antiespacial; es más una arquitectura de la comunicación que una arquitectura del espacio; la comunicación domina al espacio en cuanto elemento de la arquitectura y del paisaje» (p. 29).

Los símbolos en Las Vegas se vuelven tan complejos que llegan a ser contradictorios y desorientan al conductor, que a veces debe girar a la derecha para llegar a la izquierda. La escala ha dejado de ser la del peatón y pasado a ser la del vehículo, con lo que el paseante obtiene la misma sensación que al recorrer un aeropuerto: de que ese espacio no está diseñado a su medida.

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¿Qué se ha diseñado específicamente a medida del paseante? El interior de los casinos: un entorno hermético, estanco, a una temperatura artificialmente agradable y totalmente cerrado al exterior para que el jugador nunca sepa si es de día o de noche, si lleva dos o cinco horas jugando; para que pierda la noción del tiempo y entre en un estado de trance similar al que sucede en los centros comerciales.

El plano Nolli, que creó el famoso arquitecto de la ciudad de Roma donde señalaba las posibles transiciones entre espacio público y privado, cambia su versión y se convierte en Las Vegas en un mapa que destaca las diferencias entre espacios cerrados y aparcamientos «y se invierte la proporción macizo / vacío a causa de los espacios abiertos del desierto» (p. 41).

Pero son las señales y los anuncios de la autopista, con sus formas escultóricas o sus siluetas pictóricas, con sus posiciones específias en el espacio, sus contornos inflexionados y sus significados gráficos, los que identifican y unifican la megatextura. Establecen conexiones verbales y simbólicas a través del espacio, comunicando complejos significados mediante cientos de asociaciones en unos segundos y desde lejos. El símbolo domina el espacio. La arquitectura no basta. Y como las relaciones espaciales se establecen más con los símbolos que con las formas, la arquitectura de este paisaje se convierte en símbolo en el espacio más que en forma en el espacio. La arquitectura define muy pocas cosas: el gran anuncio y el pequeño edificio son las reglas de la carretera 66.

El rótulo es más importante que la arquitectura. Esto se refleja en el presupuesto del propietario. El rótulo, en primer plano, es un grosero alarde; el edificio, en segundo plano, una modesta necesidad. (p. 35; los destacados son nuestros).

¿Aspectos a favor de Aprendiendo de Las Vegas? Su capacidad para analizar un espacio nuevo, cada vez más presente en las ciudades, huyendo de consideraciones morales; la prefiguración de la postmodernidad. ¿Aspectos en contra? Los mismos. No se habla aún en el estudio de Venturi, Izenour y Scott Brown sobre simulacro e hiperrealidad, pero Baudrillard no tardará en hacerlo. O podríamos recordar las palabras de Francesc Muñoz sobre Urbanalización y cómo la preeminencia de la imagen eclipsa lo que se esconde tras ella; pasamos por La sociedad de la transparencia de Byung-Chul Han y terminamos en la denuncia de Carlos García Vázquez en Ciudad hojaldre sobre cómo las bellísimas imágenes del Kowloon de Hong Kong nos permiten olvidar la miseria que en el lugar se esconde.

La vida secreta de las ciudades, de Suketu Mehta

Algo en lo que todos los autores que hemos tratado en el blog están de acuerdo es que la ciudad es un ente complejo que sólo se puede abordar desde una multiplicidad de puntos de vista, lo que ni siquiera se acerca a agotar su significado, si es que eso es posible. La abordan urbanistas, arquitectos, geógrafos, ingenieros, sociólogos, paisajistas y tantos otros; y la viven todos sus habitantes, ya lo hagan físicamente, la usen, la visiten o simplemente la sueñen.

La vida secreta de las palabras, de Suketu Mehta, escritor indio residente en Nueva York, la aborda desde el tema literario. Mehta alcanzó la fama con la publicación de Maximun City: Bombay Lost and Found, una narración de su retorno a la ciudad que lo vio nacer y que abandonó con 14 años. El hombre recorre los paisajes que el niño recordaba y explica sus cambios y cómo la ciudad se ha convertido en una megalópolis enorme, colosal y ajena, pero al mismo tiempo reconocible y capaz de tender hilos con sus recuerdos.

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La vida secreta de las palabras es un libro, no una novela, no un estudio, escrito por un autor que ya ha alcanzado el éxito y que repite la fórmula. Mehta desgrana episodios simpáticos que suceden en ciudades, la mayoría más o menos en barrios pobres de la India o favelas de Brasil, y lo mezcla con estadísticas de hechos que están sucediendo en las ciudades, mezclado todo con el amor por las mismas y la visión de los inmigrantes y cómo deben convivir sus distintas ciudades recordadas y habitadas.

Los puntos de vista expresados son, en general, los del autor; acostumbrados como estamos en este blog a unas lecturas más, ehem, académicas, donde la mayoría de afirmaciones suelen recurrir a unas cuantas citas en que apoyarse, todo el armazón construido en La vida secreta de las ciudades parece… inestable. Y algo ñoño. Lo cual no le quita verdad, si es que ésta es posible: es una visión más.

Y una con apuntes más que interesantes:

A los chinos les gusta Europa, en particular, la vieja Europa. Sobre todo, los pueblos europeos viejos. A un magnate de la minería chino le gustó tanto Hallstatt, un pintoresco pueblo austríaco fundado en el siglo II a.C., que decidió encargar, con un coste de 940 millones de dólares, una réplica exacta del mismo cerca de la ciudad industrial de Huizhou, en el delta del río Perla. El nuevo Hallstatt contiene reproducciones de la torre del reloj del pueblo, sus casas de madera y sus calles adoquinadas… Todo está en venta. En 1997, la UNESCO declaró Hallstatt patrimonio de la Humanidad. Los chinos decidieron construir la imitación. Al principio los austriacos se molestaron: se quejaron de que las copias no pagaban regalías. Pero el gusto del pueblo facsímil ha despertado el interés pro el auténtico; si a la lacustre localidad austriaca original antes acudía una cincuentena escasa de turistas chinos al año, ahora la visitan miles. Y los austríacos están encantados de que los emule una superpotencia al alza. En la actualidad la empresa del magnate, Minmetals, está trabajando en una recreación de Escocia en el sudeste chino, cerca de Hunan. ¿Qué clase de Escocia será? No la Escocia de las deprimentes viviendas de protección oficial de Glasgow, por supuesto. Será una Escocia de hombres que lanzan haggis, beben whisky, tocan la gaita, visten falda y se parecen todos a Mel Gibson. En otras palabras, Marca Escocia. (p. 24).

Y, respecto a cómo la imagen de una ciudad hoy en día no viene determinada tanto por lo que sus ciudadanos quieren o incluso lo que a éstos les conviene, sino por las decisiones que toman quienes las financian, Mehta narra cómo cambió la imagen de la ciudad de Nueva York a mediados de los 70:

Felix Rohatyn, el banquero de Lazard que organizó el paquete de rescate cuando Nueva York iba a declararse en bancarrota en 1975, se quejaba de la imagen que la ciudad proyectaba de sí misma: una ciudad derrochadora, dominada por el crimen, dependiente de los subsidios, demasiado acogedora para las aglomeraciones de gente que llegaban de Puerto Rico y otros lugares desfavorecidos. «El estilo de vida de la ciudad desagrada a todo el país», dijo. Había que cambiar el relato: Nueva York tenía que convertirse en una «Meca turística para el resto del país y atraer también a los turistas europeos que observan alarmados la deriva izquierdista de sus respectivos gobiernos. Esta vez, la ciudad de Nueva York debería mirar a Europa y decir: «¡Entrégame a tus ricos!». El relato de Nueva York cambió, y llegaron los turistas: hoy, una de cada cinco personas que está en Manhattan es un turista. (p. 27).

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Skyline de Nueva York, marcas de agua incluidas.

Finalmente, y sólo como apunte, terminamos con las tres reglas necesarias, según el autor, para una ciudad no excluyente:

  • no excluir a nadie de la ley,
  • no excluir a nadie de la celebración;
  • no excluir a nadie de la conversación.