Postmodern Cities and Spaces (II): ciudades y política

El primero de los tres apartados de esta antología de artículos editada por Sophie Watson y Katherine Gibson, Postmodern Cities and Spaces, trataba sobre un concepto que el postmodernismo situó en el centro del debate: el espacio. Con los cambios asociados al postmodernismo, ya fuese como nueva forma social (postfordista, la globalización, deslocalización industrial, espacio de los flujos, acumulación flexible… por citar sólo unas pocas formas de abordarlo) o como nuevo concepto epistemológico (la caída de los grandes relatos, la imposibilidad de abordar una ciencia absoluta capaz de abarcarlo todo, la fragmentación, relativización, difusión del conocimiento, multiculturalidad, auge de las minorías), el espacio se modificaba; la propia percepción del espacio lo hacía. Tal vez recogido con mayor fortuna en la acumulación flexible (visión postcapitalista) de Harvey, o en la virtualidad real de Castells, las condiciones del capitalismo tardío modificaban las ciudades en gran medida, creando espacios nuevos cuyo significado no quedaba claro. Ahí vimos, por ejemplo, la utilidad del concepto de heterotopía de Foucault, al que diversos autores recurrían; chora, término usado por Platón que también era revisitado; el flâneur, cuya mirada se desviaba; o se analizaban diversos nuevos hitos arquitectónicos cuya forma resonaba a postmodernidad, como fue el Hotel Bonaventura para Jameson en su momento o eran, en este caso, el arco de La Défense en París. El capítulo acababa con las reflexiones sobre la ciudad imaginaria de Patton, donde se mezclaba la percepción (imaginaria) de la ciudad real con las creaciones de ciudades imaginarias.

En la segunda y tercera parte de la antología se analizan las ciudades y las políticas postmodernas, respectivamente. El problema que lleva arrastrando el libro (y el concepto, probablemente) desde su concepción es que cada cual usa la palabra «postmoderno» con un significado distinto. Para algunos supone una ruptura radical; para otros, formas nuevas de vivir la modernidad; para otros incluso, radicalidad, fragmentación, ultramodernidad… Acaba siendo una especie de comodín para referirse a algo actual, algo que no sucedía hasta hace unos años; o algo que ha cambiado y por ello pasa a ser postmoderno.

El primer artículo de la segunda parte lo trae, de nuevo, Edward W. Soja. «Postmodern Urbanization: The Six Restructurings of Los Angeles» presenta, como lo haría luego en su libro Postmetrópolis, los seis modos distintos en que la ciudad postmoderna está evolucionando. Para Soja, el «proceso de urbanización postmoderno se puede definir como una descripción acumulativa de los cambios principales que han sucedido en las ciudades durante el último cuarto del siglo veinte» (p. 125).

As with the appropiate use of the term ‘restructuring’ (almost as much abused and misused as the term ‘postmodern’), postmodern urbanization refers to something less than a total transformation, a complete urban revolution, an unequivocal break with the past; but also to something more than continuous piecemeal reform without significant redirection. As such, there is not only change but continuity as well, a persistence of past trends and established forms of (modern) urbanism amidst an increasing intrusion of posmodernization. In the postmodern city the modern city has not dissapeared. (p. 126)

Los seis tipos de ciudades (o geografías) que surgen son:

  • la ciudad postfordista, con el surgimiento de nuevos polos industriales y el conflicto entre la desindustrialización y la reindsutrialización;
  • la ciudad global, surgida de la globalización y los flujos de capital;
  • la ciudad fractal (aunque Soja no usa ese término), la más difícil de precisar y que recoge los cambios ocurridos en la ciudad a raíz de la aceleración de la producción capitalista; espacios que de repente se quedan vacíos, clústers industriales, edge cities que brotan de la nada en cuestión de años, etc.
  • la cuarta geografía se refiere a la segregación creciente: barrios centrales donde viven las clases altas, suburbios en el exterior para las clases medias y una serie de espacios abandonados para las clases bajas, que antes se apiñaban en el centro de la ciudad pero que ahora pueden darse en casi cualquier entorno;
  • la quinta geografía es una consecuencia de lo anterior y se refiere a los espacios cerrados: tanto los ghettos donde cerrar a las clases bajas (en general en EE. UU., negros y latinos) como las vallas, físicas o simbólicas, que protegen el espacio de los ricos: las gated communities, la seguridad privada, incluso la creciente encarcelación de los pobres;
  • la sexta geografía son los modos en que percibimos todos esos cambios; la nueva concepción de la ciudad que surge y que Soja acaba llamando Simcity, «a hypersimulation that confounds and reorders the traditional ways we have been able to distinguish between what is real and what is imagined» (p. 135).

Alexander Cuthbert, en «Under the Volcano: Postmodern Space in Hong Kong«, un análisis de la ciudad a escasos 5 años de que dejase de ser una colonia británica, hace una distinción entre «the rapid change from industrialism to postindustrialism, or from organized to disorganized capitalism as qualitative changes in the capitalist economic system, and postmodernism, which maps changes in social relations, culture, creativity and consciousness» (p. 140). Por ello analiza primero los cambios industriales y económicos en la (por entonces) colonia y luego trata de comprender los cambios sociales y culturales, algo mucho más complejo.

Cuthbert distingue cuatro «ecologías» en la ciudad, correspondientes a las tres fases del capitalismo: el mercantil, el industrial y el capital financiero, y la mezcla final de todas ellas. Debido a la falta de espacio («because of Hong Kong’s rapacious economy»), queda poco de la ciudad industrial salvo sus símbolos más evidentes: el banco, la universidad, los juzgados. El capital industrial fue el que trató de reproducir las condiciones laborales de Inglaterra, con sus rascacielos y sus New Towns como Tuen Wan o Tuen Mun; esta época fue, también, la responsable de crear un sistema muy eficiente de vivienda pública. Los últimos diez años (aproximadamente desde mediados de los 80 a mediados de los 90), con la irrupción del capital financiero, nuevas áreas, físicas y simbólicas, se han reurbanizado. De este modo, el espacio de la experiencia se deconstruye, según Cuthbert, en espacio de la mercancía o «el espacio antisocial del postmodernismo«.

Since Hong Kong’s land market retains much of its original strategy in the commodification of land into ‘parcels’ to be sold to the highest bidder, commodity space is conflated to social space. In this context, the citizen’s rights to space only exist in the sphere of personal luxury consumption, increasingly carried out under the gaze of electronic systems of surveillance. (p. 146)

El espacio de la ciudad se vuelve, progresivamente, propiedad corporativa. Cuthbert pone como ejemplo el caso de las trabajadoras domésticas, en su gran mayoría, mujeres filipinas. Cada domingo, al ser festivo, inundaban las calles y hacían vida en ellas, reuniéndose para visitar amigos o familiares, comiendo en los parques y hasta bailando u organizándose para hacer ejercicio en las aceras. En septiembre de 1982, una corporación decidió que ese uso no le parecía el adecuado y acordonó una gran parte del espacio que rodeaba su sede, un rascacielos en el centro. Además del componente racial, muy marcado en este caso, la pregunta que subyace es: ¿de quién es el espacio?

«Hong Kong is so densely developed that if all corporate headquarters did the same, people could not leave their homes», sentencia Cuthbert, lo que no deja de llevar a la progresiva desaparición del espacio público y su substitución por un espacio corporativo, privado, del que hay que obtener beneficio.

«Gay Nights and Kingston Town: Representations of Kingston, Jamaica«, de Diane J. Austin-Broos, entiende el postmodernismo como «escepticismo ante la modernidad» en un entorno postcolonial, donde la metrópolis ha dejado de sentir interés por alguno de sus territorios y éstos deben readaptarse a la nueva situación. «Distant Places, Other Cities? Urban Life in Contemporary Papua New Guinea«, de John Contell and John Lea, describe el (tibio) paso del país, mayoritariamente rural, hacia una pequeña urbanización.

De modo similar, los tres primeros artículos del tercer capítulo, que se centra en la política postmoderna, analizan situaciones muy concretas: el apartheid en «On the Problems and Prospects of Overcoming Segregation and Fragmentation in Southern Africa’s Cities in the Postmodern Era«, de Alan Mabin; «Postmodern Bombay: Fractured Discourses«, de Jim Masselos; y la urbanización de la segregación en Oriente Medio, en «The Dark Side of Modernism: Planning as Control of an Ethnic Minority«, de Oren Yiftachel.

El artículo que cierra la antología es, a nuestro parecer, el más interesante. «Not Chaos, but Walls: Postmodernism and the Partitioned City«, de Peter Marcuse.

A curious inversion has taken place in urban theory today. If the history of modern cities has been an atempt to impose orden on the apparent chaos that is the individual experience of the impact of capitalism on urban form, an attempt Marshall Berman (1982) considers to be a defining characteristic of modernism, then what is happening today may be considered the attempt to impose chaos on order, an attempt to cover with a cloak of visible (and visual) anarchy an increasingly pervasive and obtrusive order –to be more specific, to cover an increasingly pervasive pattern of hierarchical relationships among people and orderings of city space reflecting and reinforcing the hierarchical pattern with a cloak of calculated randomness. The inversion has a clearly conservative tendency embedded in it, for it can be used to tar with the brush of ‘grand theory’ and the ‘ideology of progress’ the argument that cities can be made better, more human places in which to live, with the tools of purposive action and public planning. (p. 243)

Este supuesto caos no deja de ser ficticio, pues tras toda planificación existe un orden. La pregunta, por lo tanto, sería a quién pertenece ese orden.

Las ciudades, continúa Marcuse, reflejan por un lado una división funcional tan evidente como que las calles y los edificios no pueden estar a la vez en el mismo sitio; unos requieren espacio para transitar y otros, espacio para ser habitados. Pero otras divisiones que se dan en la ciudad reflejan las relaciones sociales, como la separación de las casas de los suburbios en función de su nivel social (barrios de casas enormes, barrios de casas adosadas, etc.). Otras distinciones, la mayoría, de hecho, combinan las dos anteriores.

Puesto que nuestras sociedades son jerárquicas, es lógico que también lo sean las ciudades. Desde la revolución industria y el auge del capitalismo, esas desigualdades se han evidenciado cada vez más en las ciudades, por ejempo con las infraviviendas para los proletarios junto a las fábricas mientras los empresarios y clases altas vivían en las afueras. A causa de todos estos procesos, Marcuse define cinco ciudades que cohabitan en una misma ciudad:

  • una ciudad dominante, que no acaba de ser parte de la ciudad sino diversos enclaves repartidos por ella, donde habitan las clases superiores;
  • una ciudad gentrificada, ocupada por los profesionales y las clases creativas;
  • una ciudad suburbana, ocupada por clases medias, que puede ser tanto un barrio de casas en las afueras como edificios de apartamentos;
  • una ciudad de viviendas (tenement city, tal vez ciudad satélite, ciudad dormitorio), para las clases bajas;
  • una ciudad abandonada, para los pobres, los parias, los excluidos; el ghetto.

Pero, puesto que «la ciudad económica no es congruente con la ciudad residencial», exiten también distintas ciudades en función de una división económica:

  • la ciudad controladora (controlling city), desde donde se dirigen las redes y los grandes negocios y que pued eir desde grandes mansiones hasta rascacielos, yates o clubs de campo. «The controlling city is not spatially bounded, although the places where its activities at various times take place are of course located somewhere, and more secured by walls, barriers, and conditions to entry than any other part of the city.» (p. 246);
  • la ciudad de los servicios avanzados, con parques tecnológicos o centros de negocios (desde La Défense de París hasta los Docklands en Londres);
  • la ciudad de la producción directa, con barrios donde las empresas y clientes de un mismo campo se pueden encontrar (el distrito financiero de Nueva York en Manhattan o de Chinatown para el textil, por ejemplo); aunque también incluiría zonas industriales más alejadas del centro;
  • la ciudad del trabajo no calificado y la economía informal, que incluye todos los pequeños negocios y que se sitúa tanto alrededor de las anteriores como en barrios más heterogéneos;
  • la ciudad residual, donde se almacenan los productos y hay poca actividad, también donde se levantan los servicios que nadie quiere tener alrededor (desguaces, vertederos…).

Para separar todos estos espacios disjuntos surgen los muros. Pueden ser de una gran variedad: desde muros físicos hasta simbólicos, barreras idiomáticas, como al entrar en una zona étnica diferenciada donde las tiendas están en otro idioma, o barrios donde predomina un único color de piel; barricadas de seguridad privada, cámaras de vigilancia, arquitectura hostil

Una de las preguntas esenciales que hay que plantear ante los muros es su función. «¿Sirven para perpetuar el poder de los poderosos, o para proteger a los vulnerables?, protegen la dominación, o escudan la vulnerabilidad?», se pregunta Marcuse.

It is the crucial question indeed; for the lower-class residents of the Lower East Side of Manhattan, of Kreuzberg in Berlin, of the arae around the University of South California in Los Angeles wish to keep the gentrifiers out as much as the residents of the suburbs and luxury housing of Manhattan, Berlin, Los Angeles want to keep them out; yet the two desires are not equivalent morally. One represents the desire of those poorer to insulate themselves from losses to the more powerful; the other represents the force of the more powerful insulating themselves from the necessity of sharing with, or having exposure to, those poorer. One wall defends survival, the other protects privilege. (p. 249)

Una de las contribuciones de la postmodernidad, pues, es que destruye la concepción de que los muros sean algo rígido y los concibe como algo maleable y proteico.

One tendency within postmodernism, what I would call its critical tendency, highlits precisely this ambiguities, together with the walls that at the same time contradict and embody them. In its rejection of rigid grand theories, of the effort to impose rational patterns on all human activity, in its revelation of the complexities of urban life and the insufficiency of any attemps to find single solutions for multiple problems, in its attention to the many layers that constitute social and economic relationships, in its emphasis on the cultural components of the activities that go on in cities, in its reflections on the ambiguities of the concept of progress and its doubts as to any unilinear or inevitable progression, postmodernist theory has made significant contributions to dealing with the problems of partitioned cities and the walls within them. (p. 250)

A pesar de esta férrea defensa, Marcuse no es ajeno a los problemas (y críticas) al postmodernismo. «But postmodernism also has another side; it is at least as ambiguos as its subject-matter.» Y a continuación cita a Edward Soja: «When all that is seen is so fragmented and filled with whimsy and pastiches, the hard edges of the capitalist, racist and patriarchal landscape seem to disappear, melt into air» (Postmodern Geographies, p. 240).