Lo urbano, en suspenso

El objeto de estudio de la antropología urbana no es la ciudad en sí sino una de las manifestaciones que en ella suceden: lo urbano. La distinción es de Lefebvre en El derecho a la ciudad (p. 71):

“una distinción entre, por un lado, la ciudad, en cuanto que realidad presente, inmediata, dato práctico-sensible, arquitectónico, y, por otro lado, lo urbano, en cuanto que realidad social compuesta por relaciones que concebir, que construir o reconstruir por el pensamiento.”

Lo urbano, concepto que hemos trabajado a fondo, sobre todo, con Manuel Delgado (De la ciudad a lo urbano), “no tiene habitantes, sino usuarios que lo usan de forma transitoria”, que forman relaciones cristalizadas pero no estructuradas, siempre cambiantes, siempre desbordadas y a punto del desastre.

Cuando el habitante sale del espacio privado al público lo hace consciente de que será sometido a escrutinio por sus pares y por ello decide actuar. Actuar no implica mentir, sino ser consciente de que se es un actor sobre un escenario y que los otros son tanto espectadores como posibles actores con los que interactuar. El objetivo: no montar una escena, escamotear la verdad que se esconde en el interior de uno, mostrar una verdad falsa (pero siempre verosímil) o cualquier otra intencionalidad que un usuario pueda tener. Nos lo enseñó Erving Goffman (La presentación de la persona en la vida cotidiana). Delgado lo llamó “un baile de disfraces”, Jane Jacobs, “el ballet de las aceras”.

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Un vagón de metro es el ejemplo perfecto de lo urbano: efímero, cambiante, lleno de personas con intereses y fines diversos y unas normas, laxas, que cada cual podrá cumplir a su voluntad. Cada usuario decide qué normas le interesa cumplir; un acto flagrante de incumplimiento puede acarrear la censura por parte de otros usuarios y llevar al destierro de ese usuario de la escena y condenarlo al ostracismo; o no. Cada persona es juzgada por su apariencia; no juzgada en el sentido personal, emocional, sino analizada de un vistazo por los otros usuarios en función de sus características físicas (edad, género, raza) y sociológicas (ropa, estilismo, comportamiento) para tratar de intuir cómo se va a comportar. Es tanto un acto reflejo como un análisis del peligro; también nos enseñó Goffman que, del mismo modo que podemos herir a los demás con nuestro comportamiento, somos conscientes de que los otros pueden herirnos; y por ello llevamos a cabo ese análisis desde el desapego (Simmel y “Las grandes urbes y la vida del espíritu“).

Cuando el vagón se vacía y es por un motivo concreto, lo urbano se derrumba. El confinamiento del COVID-19 ha encerrado a todo el mundo en sus casas y nos ha convertido en sospechosos unos de otros. La calle, espacio público y lugar de manifestación de lo urbano, se ha vuelto un no-lugar cuyos habitantes son sospechosos de no estar usándolo bien por si no están cumpliendo la normativa del confinamiento. Los primeros días, con las calles vacías, cada encuentro suponía una amenaza y un pequeño desvío para alejarse unos de otros; con el paso del tiempo, la vuelta a las calles y la relajación del peligro, se vuelve poco a poco a las calles. Pero sólo en momentos puntuales y con las normas cambiadas: los usuarios pasan a ser analizados por sus actos en relación al acatamiento, no por sus características. Se tiene en cuenta si lleva o no mascarilla, si cumple con el espacio de distanciamiento; toser es un incumplimiento flagrante de la cortesía, como sentarse sin respetar el espacio seguro.

¿Cuáles de estas características serán transitorias y cuáles permanentes? Veremos.

Impostura y sociedad. Lo verdadero y lo verosímil en Erving Goffman, de Manuel Delgado

Como las bibliotecas siguen cerradas y se nos están terminando los libros pendientes de lectura que teníamos por casa, seguimos tirando de archivo y de artículos guardados y hoy leemos Impostura y sociedad. Lo verdadero y lo verosímil en Erving Goffman, artículo de Manuel Delgado aparecido (creemos…) en la revista Escala, 5, 2002.

Recordemos: Erving Goffman (La presentación de la persona en la vida cotidiana, Los momentos y sus hombres) fue un sociólogo americano centrado en la microsociología, es decir, la sociología de la situación, del instante que se da entre dos o más personas que se encuentran en la calle, en el tres, en la tienda del pueblo. Su tesis principal: que, ante dicha situación, ambos llevan a cabo una actuación con un objetivo doble:

  • el primero: mantener la propia situación, las reglas que ambos dan por sentadas que rigen el contexto en el que se encuentran;
  • y segundo, pero igual de importante: presentarse de forma verosímil ante el otro; y por verosímil entendemos de forma coherente tanto con el discurso como con su propia expresión personal.

Manuel Delgado, por otro lado, es antropólogo urbano e ilimitadamente admirado en este blog (El animal público, Sociedades movedizas, El espacio público como ideología, Ciudad líquida, ciudad interrumpida, Elogio del viandante).

El artículo de Delgado empieza situando el objeto de estudio de Goffman: “la interacción, en tanto que determinación recíproca de acciones y de actores, puede ser considerada como un fenómeno en sí mismo y, por tanto, puede ser observada, descrita y analizada”. Como ya hemos comentado, para Goffman esta interacción hace que los implicados en ella se comporten como “impostores, falsificadores, practicantes conspicuos de la observación oculta, rastreadores de pistas o, como apuntaba Paolo Fabbri, agentes dobles”.

¿El riesgo de no llevar bien a cabo esta acción? La disgregación social, el malestar, el desastre; por ello todos los implicados se convierten “en jugadores profesionales, abocados a una práctica casi convulsiva del farol”. La diferencia, sin embargo, es que los jugadores de póker disponen de unas cartas que son las que son; los implicados en la interacción, no.

Los actuantes tienden a dar la impresión de que el aspecto que le dan a su actuación es el que refleja su ser esencial, su auténtica personalidad. Cada interacción no puede representarse sino como auténtica. Es más que la rutina con cada individuo o con cada grupo tienen algo de especial e irrepetible, lo que se consigue acentuando los aspectos espontáneos de la situación. Goffman dedica un amplio comentario en La presentación de la persona en la vida cotidiana sobre lo indefendible de la dicotomía entre la actuación real o sincera, que aparenta ser una respuesta sincera, y la actuación falsa. Entre verdad y mentira hay menor diferencia de la que se pretende. «Aun en manos de actores inexpertos los guiones pueden adquirir vida porque la vida en sí es algo que se representa en su forma dramática».

El estatus que ocupa cada individuo no es algo inmaterial que pueda ser poseído y exhibido, sino una “pauta de conducta apropiada, coherente, embellecida y bien articulada” que muta a cada momento mientras la interacción se va llevando a cabo. Un juego de apariencias nunca terminado. Por ello, precisamente, Goffman da tanta importancia a la metáfora teatral; actores sobre un escenario que jamás dejan de actuar.

La pregunta que se trata de responder en la segunda parte del artículo, por lo tanto: ¿existe una figura real bajo esa apariencia? Y la respuesta de Goffman y Delgado: da igual, porque no podríamos distinguirla.

“Para los pragmatistas y para G.H. Mead y la Escuela de Chicago, la posibilidad y la
realidad del mundo social son inmanentes a la constitución misma del sujeto. Éste
su forma en una dicotomía:

  1. de un lado el Yo, substrato indiscutible que atestigua la permanencia del ser;
  2. del otro, la pluralidad del Mi, proyecciones parciales y dispares de ese ser en los roles sociales que actualizan el contacto con los otros. En esa distribución, el self puede ser concebido como un espíritu pragmáticamente orientado hacia la asimilación de experiencias distintas del conjunto de los Mis de un mismo Yo, auténtico y único.”

Para Goffman, en cambio, el individuo es dividido entre un personaje (caracter, en inglés) y un intérprete (performer).

Ni que decir tiene que las personas se relacionan entre sí haciendo acopio de lo mejor que tienen, cancelando una gran parte de los hechos diversos y con frecuencia contradictorios de sus vidas y creando de este modo un orden manejable que quede lo más a salvo posible de las constantes amenazas de la incongruencia y la indeterminación. En ese orden de cosas, todos nos mostramos como lo que se entiende que deberíamos ser. Para ello, la conducta humana se divide siempre en una región frontal y otra posterior al escenario. En la región frontal o delantera se lleva cabo la representación real. En la posterior, a la que no tiene acceso el público, el intérprete puede relajarse y realizar actividades que, si trascendieran, destruirían su reputación o, cuanto menos, dificultarían su capacidad de controlar las situaciones en que se ve mezclado. En cada representación, el personaje ha de mantener por encima de todo la disciplina dramatúrgica, conocer su papel y saber improvisar ante cualquier circunstancia imprevista. En esos casos, el objetivo no es nunca resultar verdadero, sino ante todo ser verosímil. Cada cual trata de jugar a sí mismo, a estar presente sin dejar nunca de estar de algún modo oculto. Todo es realidad y engaño al mismo tiempo y todos, sin excepción, no podemos nunca, como escribía Harvey Sacks titulando un artículo suyo, «dejar de mentir»

Es ahí que entra en acción la deuda de Goffman con la teoría de Durkheim a propósito del ritual y lo sagrado. Para Goffman, recordémoslo, el ritual es un acto formal, convencionalizado, mediante el cual un individuo refleja su respeto y su consideración por algún objeto de valor último o a su representante». Goffman se inspira en Durkheim al afirmar que el alma de un ser humano específico es una porción de sacralidad, una especie de expresión individualizada de mana. El self del que hablara G.H. Mead no deja de ser la expresión de esta sacralización del alma individual. El ego es ciertamente un dios, un pequeño dios si se quiere, pero un dios que, en tanto que tal, reclama ser honrado constantemente con todo tipo de liturgias. De ahí la atención que Goffman demuestra por el ritual. Se inspira para ello en Durkheim, es cierto, pero también la idea que encontramos en Simmel de que una «esfera ideal rodea a todo individuo», esfera que, diferente en cada cual, no puede ser penetrada sin que la identidad del sujeto quede destruida con ello.

Los momentos y sus hombres, Erving Goffman. Las bases de la interacción

Los momentos y sus hombres es una recopilación realizada por Yves Winkin de una serie de textos escritos por Erving Goffman. Ya hemos hablado de este sociólogo en alguna otra ocasión (a propósito de su obra La presentación de la persona en la vida cotidiana). Recordemos, Goffman fue de los primeros sociólogos en interesarse por algo que hoy en día nos parece tan esencial como es la microsociología o las relaciones personales que se establecen entre grupos pequeños cuando interactúan. Al ir a comprar el pan, vaya, o al sentarse en el autobús. El libro que ya analizamos explicaba las conclusiones a las que había llegado Goffman tras residir durante un tiempo en un pueblo algo remoto y estudiar la forma como las personas se relacionaban entre ellas. Más o menos asimilaba esta forma de relación a una exposición teatral donde todo participante era siempre consciente de estar sobre un escenario, es decir, expuesto a una opinión pública, y que actuaba en consecuencia, midiendo sus palabras so pena de incurrir en alguna forma de transgresión social que lo convirtiese en un paria.

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Pese a que toda su vida se dedicó al estudio, no hay muchas obras publicadas de Goffman, más dedicado a los artículos que a los libros. La presentación de la persona en la vida cotidiana, Estigma e Internados son sus únicas tres obras traducidas a nuestro idioma, aunque cuenta con apenas un par más en su inglés natal. Estigma trata sobre las marcas que llevan las personas que les impiden partir de un punto inicial similar al de los otros actores (por ejemplo, por pertenecer a una raza distinta a la hegemónica) e Internados retrata las vivencias del autor en un manicomio en el que se internó (sin llegar a dormir en él) para estudiar cómo funcionaba esa microsociedad en la que había dos castas muy diferenciadas: los internos y los funcionarios.

El estudio que nos atañe recoge textos diversos de toda la obra del autor: desde los muy iniciales, donde observamos los primeros apuntes que hizo Goffman sobre la microsociología, hasta los del final de su vida, cuando apuntaba hacia la creación de una teoría más sólida que abarcase todos esos momentos.

El gran éxito de Goffman, creemos, no se debe a ninguna obra en concreto sino a la forma como todo aquello que fue estudiando y descubriendo se ha integrado de forma natural en nuestra sociedad, hasta el punto de que muchas de las cosas que le podemos leer hoy nos parecen obvias; pero, recordemos, alguien tuvo que descubrirlas. Suyo es, también, el mérito de descubrir que todo aquel que abandona su hogar y se pierde en la ciudad está actuando y analizando constantemente a su público, es decir, categorizando a las personas con las que se encuentra en su trayecto. De ahí al baile de disfraces del que hablaba Delgado (o incluso al ballet de las aceras de Jane Jacobs) sólo habrá un paso.

El primer texto de esta antología lo forma el capítulo inicial de la tesis de Goffman.

  1. Hay orden social donde la actividad distinta de diferentes actores se integra en un todo coherente, permitiendo el desarrollo, consciente o inconsciente, de ciertos fines o funciones globales. (…)
  2. El que un actor contribuya (a la interacción) es una expectativa legítima por parte de los demás actores, que así pueden conocer de antemano los límites dentro de los cuales el actor se comportará probablemente, y tienen el derecho virtual a esperar de él que se comporte de acuerdo con estas limitaciones. (…)
  3. La contribución adecuada de los participantes se garantiza o “estimula” por medio de sanciones positivas, o recompensas, y sanciones negativas, o castigos. Estas sanciones aseguran o retiran inmediatamente la aprobación social expresada (…) y apoyan y sostienen la definición de reglas sociales que son a la vez prescriptivas y proscriptivas, que estimulan ciertas actividades y prohíben otras.
  4. Toda manifestación concreta de orden social debe producirse dentro de un contexto social más amplio. (…) El mantenimiento de esta relación depende del mantenimiento del orden socia en el medio. (…)
  5. Cuando no se respetan las reglas, o cuando ninguna regla parece aplicable, los participantes dejan de saber cómo comportarse y de saber lo que deben esperar el uno del otro. En el plano social, queda perturbada la integración de las acciones de los participantes, con la consecuencia de desorganización social o desorden social. Al mismo tiempo, los participantes padecen de anomia y desorganización personal.
  6. La persona que infringe las normas es un contraventor. Su infracción es un delito. El que infringe continuamente las reglas es un desviado.

Y sigue. El séptimo punto regula la ofensa que supone para un espectador esta infracción de las normas, el punto ocho habla sobre el castigo que recibe o merece el infractor, el noveno sobre cómo algunas personas se aprovechan de las reglas en beneficio personal sin llegar a infringirlas. Todas estas normas, si nos paramos a pensarlo, las seguimos de forma inconsciente en la calle, en el metro, en la cola del cine, en un restaurante. Cada lugar tiene normas levemente distintas pero en todos ellos los actuantes lo hacen de la misma forma, evitando la infracción social del mismo modo.

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Goffman de crío, que siempre se pone de él la misma imagen (huía bastante de las fotografías).

Dos conceptos esenciales que establece Goffman: la working aceptance (traducida como “compromiso de conveniencia”) es el punto hasta el que llegarán los actores para evitar “montar una escena”. Un ejemplo: en una conversación entre dos personas, a uno de ellos, de forma involuntaria, se le escapa un poquito de saliva que salpica al otro. Aunque los dos se den cuenta, lo más probable es que sigan la conversación como si nada hubiese pasado, porque el hecho de ponerlo de manifiesto es más grave para la continuación de la interacción que el incidente en sí. Las personas, en general, tratan de evitar montar una escena.

Por otro lado, “el empleo de tácticas de ganancia es cosa tan corriente que a menudo es preferible entender la interacción, no como una escena de armonía, sino como una ordenación que permite perseguir una guerra fría. Por tanto, la acogida de conveniencias puede llamarse una tregua momentánea, un modus vivendi que permite atender a las cosas y a los asuntos esenciales.” (p. 97). Dicho de otro modo, lo que toda esta escenificación teatral sostiene no es una armoniosa sociedad donde todo fluye a las mil maravillas, sino un estado salvaje que las personas tratan de mantener soterrado por simple economía y practicidad. Volviendo a Delgado: lo urbano siempre es magmático y está a punto de suceder. Y suceder puede significar fácilmente estallar.

El siguiente texto de la antología es también de la tesis doctoral de Goffman y trata sobre los temas que permiten que la interacción siga sin ponerse abrumadora. En situaciones que requieren levedad, que no pretenden transmitir un mensaje, hay recursos seguros que evitan la incomodidad del silencio, que se puede mantener con los allegados pero no con los simples conocidos. El tiempo, el palique, los cotilleos relativamente sanos, comentarios sobre alguien que ha infringido las normas sociales. Ejemplo: dos personas que, a priori, no se dirigirían la palabra en una cola del supermercado o de un autobús lo pueden hacer si ambos contemplan a un infractor hablando a voz en grito por el teléfono o intentando colarse.

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La cola del autobús: microsociología en estado puro. ¡Cuélense para provocar un estallido social!

Ya más adelante, y tras un texto sobre las formas en que es representada la mujer en las imágenes publicitarios (muy adelantado a su época, pero que hoy nos dice poco que no se haya estudiado ya mucho más a fondo) encontramos la presentación que el autor iba a leer como presidente del Instituto de Sociología estadounidense, cargo que se le otorgó en el año 1981 y que pudo disfrutar sólo hasta su muerte el año siguiente. No llegó a leer la entrevista por enfermedad, pero quedó escrita como un resumen de todos sus estudios.

La caracterización que un individuo puede hacer de otro gracias a poder observarlo y oírlo directamente se organiza alrededor de dos formas básicas de identificación: una de tipo categórico que implica situarlo en una o más categorías sociales y otra de tipo individual que le asigna una forma de identidad única basada en su apariencia, tono de voz, nombre propio o cualquier otro mecanismo de diferenciación personal.

Los individuos, cuando se encuentran en presencia inmediata de otros, se enfrentan necesariamente al problema persona-territorio. Por definición sólo podemos participar en situaciones sociales si llevamos con nosotros nuestro cuerpo y sus pertrechos, y este equipo es vulnerable a la acción de los demás. (…) De forma similar, en presencia de los demás somos vulnerables a que sus palabras o gestos traspasen nuestras barreras psíquicas y rompan el orden expresivo que esperamos que se mantenga ante nosotros. (Por supuesto, afirmar que somos vulnerables es afirmar también que tenemos a nuestro alcance los recursos para hacer igualmente vulnerables a los demás). (p. 176)

Los cuatro status difusos fundamentales son, para Goffman: edad, sexo, clase social y raza. Todas las personas, en general, pueden ser calificadas en función de alguno o todos de estos parámetros; cuando no es así, se dan situaciones sociales especialmente complejas. De hecho, la mayoría de las personas tratará de evidenciar su posición, o la posición que pretende mostrar, de forma más clara de lo necesario. Es decir: siendo conscientes de que vamos a ser escrutados, no de forma individual, no porque alguien se interese específicamente por nosotros sino por pura necesidad de supervivencia social, lo habitual es que enviemos mensajes claros respecto a quiénes somos y lo que pretendemos en cada situación. Aunque sean falsos.

Aquí reside otra de las normas sociales básicas: la igualdad de trato. En un ámbito determinado se tratará a todas las personas por igual, en función de factores ajenos como puede ser quién ha llegado primero. Veamos una cola para pagar en el super o para entrar en el cine: todos los factores antes mencionados quedan en suspenso y cada cual ocupa el lugar que le corresponde. Pero pueden surgir incidencias: alguien con prisa, o que sólo lleva unos pocos productos, o una persona mayor que no puede estar tanto rato en pie y pide que la dejen pasar. La decisión la tomará la persona cuyo turno le toque en la cola, aunque sea una decisión que afecte al resto, que, en general, delegarán, como forma de disolver la responsabilidad.

Y, si nos permiten, acabamos con las palabras finales del discurso de Goffman:

Creo que todos estamos de acuerdo en que nuestro trabajo consiste en estudiar la sociedad. Si se me preguntara por qué y hasta qué punto, yo respondería: porque está ahí.

Erving Goffman: La presentación de la persona en la vida cotidiana

Le tenía muchas ganas a este libro, y no ha defraudado en absoluto. Si acaso, le achaco lo mismo que a otros estudios sociológicos (me pasó con este otro, Los ritos de paso): que se pierde un poco en la forma de presentar el estudio y, tratando de ser exhaustivo, llega a un punto en que abruma con los datos y se escapa por las ramas. O, visto de otro modo, que no soy un lector acostumbrado a estudios sociológicos, y tal vez sólo sea eso lo que se me hace raro.

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Dejando de lado ese detalle, Goffman fue el pionero de lo que se conoce como microsociología, el estudio de la persona en ambientes muy reducidos. La tesis de Goffman es que el individuo, desde que se despierta hasta que se acuesta, se comporta como si estuviese en un teatro y tuviese ante sí un auditorio: cada acto que lleva a cabo, la forma incluso como lo hace, tiene en cuenta que hay espectadores y la impresión que se causará en estos.

Cuando un individuo llega a la presencia de otros, estos tratan por lo común de adquirir información acerca de él o de poner en juego la que ya poseen. Les interesará su status socioeconómico general, su concepto de sí mismo, la actitud que tiene hacia ellos, su competencia, su integridad, etc. Aunque parte de esta información parece ser buscada como un fin en sí, hay por lo general razones muy prácticas para adquirirla. La información acerca del individuo ayuda a definir la situación, permitiendo a los otros saber de antemano lo que él espera de ellos y lo que ellos pueden esperar de él. Así informados, los otros sabrán cómo actuar a fin de obtener de él una respuesta determinada.

Si no están familiarizados con el individuo, los observadores pueden recoger indicios de su conducta y aspecto que les permitirán aplicar su experiencia previa con individuos aproximadamente similares a los que tienen delante o, lo que es más importante, aplicarle estereotipos que aún no han sido probados.

Así da comienzo la introducción. A continuación, Goffman desarrolla una comparación entre el teatro y la persona, y diferencia entre estar sobre el escenario o entre bambalinas (backstage). En el primero actuamos para un auditorio, en el segundo para el círculo íntimo. Un camarero está en el escenario al salir a sala y entre bambalinas mientras preparan el restaurante para la apertura, rodeado de sus compañeros. Las máscaras usadas cambian en cada contexto; cambian en función del auditorio, de la impresión a dar, del vestuario y el escenario disponibles.”La vida urbana se volvería insoportablemente pesada para algunos si todo contacto entre dos individuos entrañara el compartir desgracias, preocupaciones y secretos personales. Por tanto, si un hombre desea que le sirvan una comida con tranquilidad, quizá busque los servicios de una camarera, más que los de una esposa.” (p. 64).
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El espacio público como ideología, de Manuel Delgado

Para urbanistas, arquitectos y diseñadores, espacio público quiere decir hoy vacío entre construcciones que hay que llenar de forma adecuada a los objetivos de promotores y autoridades, que suelen ser los mismos, por cierto. En este caso se trata de una comarca sobre la que intervenir y que intervenir, un ámbito que organizar para que quede garantizada la buena fluidez entre dos puntos, los usos adecuados, los significados deseables, un espacio aseado que deberá servir para que las construcciones-negocio o los edificios oficiales frente a los que se extiende vean garantizada la seguridad y la previsibilidad. (p. 19).

[En paralelo a esa idea… vemos prodigarse otro discurso también centrado en ese mismo aspecto]: el espacio público pasa a concebirse como la realización de un valor ideológico, lugar en el que se materializan diversas categorías abstractas como democracia, ciudadanía, convivencia, civismo, consenso y otros valores políticos hoy centrales, un proscenio en el que se desearía ver deslizarse a una ordenada masa de seres libres e iguales que emplea ese espacio para ir y venir de trabajar o de consumir y que, en sus ratos libres, pasean despreocupados por un paraíso de cortesía. (p. 20).

Entre estos dos discursos estará algo similar a la verdad, nos propone Manuel Delgado, y se lanza a la aventura de descubrir qué es esa entidad llamada espacio público en su libro El espacio público como ideología, publicado por Los libros de Catarata en 2011.

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De la ciudad a lo urbano

(viene de El animal público, de Manuel Delgado)

La ciudad no es lo urbano. La ciudad es una composición espacial definida por la alta densidad poblacional y el asentamiento de un amplio conjunto de construcciones estables, una colonia humana densa y heterogénea conformada esencialmente por extraños entre sí. (…) Lo urbano, en cambio, es un estilo de vida marcado por la proliferación de urdimbres relacionales deslocalizadas y precarias.” (p. 23).

Seguimos con El animal público, de Manuel Delgado, y repasamos el camino hacia un antropología de lo urbano. Delgado cita a Rosseau (que hablaba del “torbellino social”), a Marx y Engels (“inquietud y movimiento constantes… todo lo sólido se desvanece en el aire”), también a Nietzche, Baudelaire, Balzac, Gogol, Dickens, Kafka, como autores que hicieron de la zozobra que supone lo urbano el tema central de su obra. La Escuela de Chicago, que fue la primera sociología que puso el foco en el hecho urbano, en la ciudad: Park, y Wirth. George Simmel, sociólogo alemán que enfocó en las múltiples y atomizadas relaciones que se dan entre los sujetos en entornos urbanos (El individuo y la libertad); el situacionismo francés, con la psicogeografía y la deriva, que se podrían definir muy bastamente como el acto de vagar por la ciudad dejándose sorprender, atento a lo que ésta ostenta y detenta. Birdwhistell y la proxemia, “disciplina que atiende al uso y la percepción del espacio social y personal a la manera de una ecología del pequeño grupo”. Goffman y los interaccionistas simbólicos, que “contemplaron a los seres humanos como actores que establecían y restablecían constantemente sus relaciones mutuas, modificándolas o dimitiendo de ellas en función de las exigencias dramáticas de cada secuencia, desplegando toda una red de argucias que organizaban la cotidianidad” (p. 30).

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Fotografía urbana: no es casualidad que no aparezcan los actores, sólo los flujos, el recorrido, la estela de su paso.

Lo urbano no tiene habitantes, puesto que no tiene un espacio propio, estable, donde existir, sino un espacio que recorre, al que recurre, por lo que Delgado acaba hablando de usuarios, más que de ciudadanos: “el ámbito de lo urbano por antonomasia no era tanto la ciudad en sí como sus espacios usados transitoriamente” (p. 33). Es por ello que surgen conceptos como el de espacio intersticial de Jean Remy, el lugar-movimiento de Isaac Joseph, la distinción entre tierra general (la que permite el libre acceso) y tierra especial (la que lo prohibe o dificulta) de Jane Jacobs, los territorios fijos (reivindicables por alguien, posibilitados de ser propiedad, definidos geográficamente) y los situacionales (a disposición del público y reivindicables sólo mientras se usan). No es de extrañar que se haya comparado el acto urbano al fluir de los líquidos, y se haya buscado en esa rama de la física una forma de estudiar, comprender o aproximarse a los flujos de la multitud. Michel de Certeau y su concepto del espacio: “la renuncia a un lugar considerado como propio, o a un lugar que se ha esfumado para dar paso a la pura posibilidad de lugar, para devenir, todo él, umbral o frontera” (p. 39).

(y termina con El animal público: Fragmentos)