Las ciudades medias en la globalización, Andŕes Precedo Ledo y Alberto Míguez Iglesias

Hacemos una pausa en la lectura de Todo lo sólido se desvanece en el aire, de Marshall Berman, y reseñamos Las ciudades medias en la globalización, de Andrés Precedo Ledo y Alberto Míguez Iglesias, ambos geógrafos gallegos. La tesis del libro (Síntesis, 2014) es que, si bien las megaciudades son las que se están llevando toda la fama con la globalización, las ciudades medias ofrecen un entorno más que adecuado tanto por calidad de vida como por competitividad económica.

«…las ciudades de más de 10 millones [de habitantes] concentraban en 2009 el 9% de la población mundial y las que tenían entre 5 y 10 millones, un 7% más; en total, un 16%, es decir, menos de la quinta parte de la población del mundo.

(…) Pero si descendemos del escenario global al marco de los Estados nacionales, surge otro hecho a destacar: el desequilibrio entre el tamaño de la ciudad mayor y las restantes que forman la red urbana del país alcanza proporciones excesivas. Este dominio de las grandes ciudades millonarias sobre el resto del territorio y más particularmente sobre el resto del sistema urbano no es, desde luego, un fenómeno desconocido en el mundo desarrollado. Londres en Inglatera, París en Francia o Viena en Austria son buenos ejemplos de esta situación. Pero en muchos países del mundo en desarrollo la polarización y la primacía de las megaciudades resulta exagerada y desproporcionada. Casos como el de Egipto, Tailandia, Irán y muchos otros son muestra de ello. Basta con dos ejemplos: en Tailandia, la primera ciudad, Bangkok, es unas 50 veces más grande que la segunda, Khon-Kahen; o en Irán, donde Teherán es 7 veces mayor que la segunda, Esfahan. (p. 8-9)

Por ello, el libro rastrea la evolución histórica de las ciudades durante los dos último siglos, diferenciando tres etapas: la ciudad industrial, la postindustrial y la global. El prototipo de ciudad industrial, de la que hemos hablado a menudo, sería una europea o norteamericana con entre 300.000 y un millón de habitantes, a menudo con puerto, y son las que sufrieron los mayores cambios durante la primera y segunda revoluciones industriales.

La ciudad postindustrial surge a partir de las crisis del petróleo de los años 70. Otros factores fueron la progresiva instalación y surgimiento de industrias productoras de materias primas, como complejos siderúrgicos, construcción naval o químicas pesadas, en entornos con mano de obra más barata. Las ciudades que hasta entonces habían llevado a cabo estas tareas, como «Pittsburg, Glasgow, Manchester, Birmingham, Amberes, Belfast o Bilbao» (p. 12), entraron en una fuerte crisis que provocó la necesidad de un reajuste urbano. Por otro lado, y de mano de una primera internalización de los flujos, «las grandes metrópolis internacionales obtuvieron ventajas por la acumulación de capital y por el desarrollo de un terciario más internacional y más especializado», como Londres, París, Nueva York o Tokio.

A medida que la globalización aumentaba y las TICs permitían precios menores para el transporte o la comunicación, surgió «una nueva competencia entre las ciudades por atraer los nuevos bienes de producción, para los cuales el transporte era irrelevante porque eran las ideas, la tecnología y la innovación las bases de su competitividad» (p. 13). En esta lid, las ciudades europeas y norteamericanas ya establecidas partían con ventaja frente a las megaciudades de países en vías de desarrollo, pues en ellas ya se habían solucionado muchos de los problemas urbanos que a día de hoy enfrentan las segundas.

Por otro lado, parece muy interesante la distinción que hacen los autores entre las diferencias espaciales horizontales y las verticales. Las horizontales se refieren a la distribución desigual de los recursos y al uso que se hace de ellas; el diagrama muestra una «sucesión de valles-cumbre relativamente suaves», en función del rédito que se haga de esos recursos. Las diferencias espaciales verticales, por el contrario, «son consecuencia de un proceso de concentración y acumulación de la riqueza que (…) generan concentraciones productivas» (p. 27). En este caso, el gráfico sería de extensas mesetas de las que surgen, de modo puntual, elevadísimas cumbres; las ciudades globales de las que hablaron Sassen o Castells, una representación mucho más desigual.

El segundo capítulo recorre la historia urbana de los últimos siglos hasta llegar a las ciudades globales. Destacan cuatro etapas:

  • 1ª etapa: durante el siglo XIX, se forman las ciudades industriales, caracterizadas por la concentración. Sin embargo, el caos y la vorágine de las ciudades inglesas se adapta en otros lugares con una búsqueda de la racionalización, lo que provoca que el lugar de residencia y el lugar de trabajo queden, a menudo, separados (a diferencia de los primeros arrabales de proletarios, que vivían hacinados junto a las fábricas). Por ello, ciudades como Chicago o Detroit ya presentaban otra fisionomía, creciendo hacia el exterior y formando, más que ciudades, regiones urbanas. En Europa éstas se caracterizaron por el racionalismo, lo que supuso la construcción de ciudades satélite o extrarradios con enormes bloques de residencias; en Norteamérica, Canadá y los países de la Commonwealth, se tendió hacia el modelo de ciudad jardín reconvertido a suburbio jardín: enormes hileras de casa tras casa que debían ser recorridas con el vehículo.
  • 2ª etapa: desde la segunda revolución industrial hasta las crisis de 1970. Se dieron procesos duales: por un lado, erigir lejos del centro de la ciudad universidades, parques tecnológicos o complejos hospitalarios; por el otro, la recentralización de los suburbios o ciudades satélite. Ambos procesos dieron lugar a entornos policéntricos con distintos centros urbanos, por ejemplo los que se formaban junto a las estaciones del ferrocarril.
  • 3ª etapa: la postindustrial. Terciarización e internacionalización, en la economía, y expansión urbana hasta generar enormes «aglomerados policéntricos urbanos», como las megalópolis Boswash (de Boston a Washington, 80 millones de habitantes) o Chippits (Chicago a Pittsburg, 40 millones), por citar sólo un par en Estados Unidos.
  • 4ª etapa: la actual. La globalización «ha llevado el modelo megalopolitano a escala global», formando una red abierta «formada por el sistema mundial de megaciudades globales» o el archipiélago de ciudades.

Estos cambios, sumados a los masivos flujos migratorios hacia los lugares favorecidos por los flujos y donde abunda (o se supone que lo hace) el trabajo, generan todo tipo de problemas. Aparición de slums, enormes centros comerciales o de lujo, malls como único lugar de reunión en los suburbios… A ello hay que sumarle la evolución de la visión de la multiculturalidad: de la posibilidad de ampliar fronteras y crecer, sumando nuevos bagajes, se percibe cada vez más como una amenaza a la cultura original de cada lugar.

El tercer capítulo destaca los tres modelos de sistemas urbanos existentes en la actualidad:

  • el norteamericano, formado por grandes ciudades que concentran la población y están muy separadas unas de otras, con gran industrialización y alto nivel de desarrollo, modelo exportado a Canadá, Australia y a los países de los BRIC;
  • las megaciudades que se forman en entornos en vías de desarrollo y que se convierten en «grandes concentraciones poblacionales y enormes bolsas de pobreza, pero también son los motores económicos y sociales de extensos espacios geográficos donde los contrastes entre lo urbano y lo rural están más acentuados» (p. 69);
  • y el modelo europeo, «formado por la superposición de redes de ciudades medias y pequeñas muy numerosas y con distancias reducidas entre ellas, compaginando los niveles más altos del desarrollo social y económico con los menores desequilibrios territoriales entre los espacios urbanos y no urbanos, siendo la calidad de vida general elevada, tanto en lo rural como en lo urbano» (p. 69)

A este tercer modelo dedican los autores el resto del libro. Por un lado ya ha quedado bastante claro que las ciudades suburbio (es decir, parcela tras parcela en su exterior) son ecológicamente insostenibles: requieren del vehículo privado para todo y anulan la heterogeneidad urbana, sólo por citar dos de sus grandes malos. También las megaciudades tienen sus defectos: crean enormes bolsas de pobreza y desigualdad, son mucho más difíciles de gestionar y, como demostrarán los autores, sus ventajas no son tan dispares de las ciudades medias. Por todo ello, proponen potenciar las redes de ciudades medias.

Para ello se plantean, también, la definición de ciudad mediana en el entorno global. Más que por su tamaño, la acaban definiendo por su imbricación en las redes de flujos: la «ciudad intermedia (…) se convierte fundamentalmente en un nodo estratégico de competitividad integrado en una red de relaciones interurbanas de ámbito regional, nacional e internacional, es decir, una ciudad intermedia es una ciudad que integra funcionalmente redes urbanas, siendo su centralidad mayor cuanto mayor sea el número y rango de las redes en donde esté posicionada» (p. 93). No se trata de las ciudades que controlan los flujos de la globalización, sino de aquellas donde se da la intermediación; lo que Peter Hall denominó ciudades subglobales, el siguiente escalafón a las ciudades globales.

Viene a continuación un interesante estudio sobre el tamaño óptimo de una ciudad. No entraremos en él, por cuestiones de espacio, pero sí que adelantamos las conclusiones de los autores.

Si ahora añadimos la población metropolitana, veremos que desde el punto de vista económico el tamaño óptimo es el de una ciudad de 600.000 habitantes con una área metropolitana de 1,5 millones de habitantes, lo cual coincide con las conclusiones anteriormente obtenidas; y, asimismo, el tamaño óptimo desde el punto de vista cualitativo, es decir, calidad de vida y conocimiento, es un centro de 250.000 habitanes y un área metropolitana de 600.000. Ya tenemos el prototipo de la ciudad europea competitiva y de calidad. (p. 119)

Sin embargo, al final del capítulo, las conclusiones quedan algo deslavazadas: pues estos datos pueden implicar una ciudad adecuada, sí, pero sólo si también se dan las condiciones productivas e históricas adecuadas. Dicho de otro modo, son datos importantes para la adecuación de una ciudad… pero, ni son las únicas variables, ni son por completo necesarios. Las ciudades, parecen concluir los autores sin decirlo claramente, son elementos demasiado complejos para ser clasificados en grupos estancos, por lo que la lectura de este libro se acaba convirtiendo en una loa al sistema urbano europeo tan característico.

La sociedad red (II): los cambios en la economía

Como ya dijimos en la presentación de este primer volumen de La era de la información titulado La sociedad red, el sociólogo Manuel Castells procede tema a tema para estudiar el paso de una sociedad industrial a una sociedad informacional, cambio de paradigma generado por el surgimiento durante los años 70 a 90 del siglo pasado de una serie de tecnologías (de la información y la comunicación) que permitieron la reestructuración de la configuración del sistema social. La primera entrada estudiaba el surgimiento de estas nuevas tecnologías y por qué su aparición supuso tal cambio en el paradigma; en esta segunda entrada, Castells estudia los efectos de estas tecnologías sobre la economía mundial.

En el último cuarto del siglo XX surgió una nueva economía a escala mundial. La denomino informacional, global y conectada en redes para identificar sus rasgos fundamentales y distintivos, y para destacar que están entrelazados. Es informacional porque la productividad y competitividad de las unidades o agentes de esta economía (ya sean empresas, regiones o naciones) dependen fundamentalmente de su capacidad para generar, procesar y aplicar con eficacia la información basada en el conocimiento. Es global porque la producción, el consumo y la circulación, así como sus componentes (capital, mano de obra, materias primas, gestión, información, tecnología, mercados), están organizados a escala global, bien de forma directa, bien mediante una red de vínculos entre los agentes económicos. Está conectada en red porque, en las nuevas condiciones históricas, la productividad se genera y la competencia se desarrolla en una red global de interacción entre redes empresariales. (p. 111)

La información no es un producto en sí: es la forma en que permite gestionar el resto de los productos. La importancia que tiene sobre un sistema económico es la forma como permite gestionar (y aumentar) la productividad.

La llegada de las TIC creó una economía verdaderamente global: hasta entonces había sido «mundial» en el sentido de que todas las economías del mundo funcionaban del mismo modo, basada en la acumulación de capital; pasó a ser global porque empezó a funcionar en tiempo real como una sola unidad. Eso supuso una nueva ola de competencia entre los agentes económicos, «desempeñada por las empresas pero condicionada por el Estado» que convirtió a algunos sectores de algunas regiones en muy productivos pero también provocó una destrucción creativa en grandes segmentos de la economía. «En otras palabras, la economía industrial tuvo que hacerse informacional y global o derrumbarse. Un ejemplo que viene al caso es la espectacular descomposición de la sociedad hiperindustrial, la Unión Soviética, debido a su incapacidad estructural para pasar al paradigma informacional y seguir su crecimiento en un aislamiento relativo de la economía internacional.» (p. 135)

A medida que este proceso se iba ampliando, se creaba un mercado global cuyo rendimiento es el que determinaba el destino de las economías en su conjunto. Es decir, y como veremos más adelante, el precio de no formar parte de la globalización era mucho más alto que el de formar parte de ella.

La siguiente pregunta que se hace Castells: si la economía se ha vuelto global… ¿se ha vuelto también global el trabajo? La respuesta es compleja. Existe un trabajo que la sociedad informacional demanda y que es altamente cualificado: altos ejecutivos, analistas financieros, consultores, científicos, ingenieros, programadores… y que, por lo tanto, «no sigue las reglas habituales en lo que se refiere a normas de inmigración, salarios o condiciones de trabajo». Sucede lo mismo con otras profesiones como diseñadores, actores, estrellas del deporte, gurús espirituales, criminales: si son capaces de generar suficiente valor añadido, «son capaces de comprar en todo el mundo… y de ser comprados. Estas élites son pocas personas, pero muy significativas, por lo que Castells concluye que «el mercado para el trabajo más valorado sin duda se está revalorizando.»

Para el resto, sin embargo, la situación es ambivalente. Las tasas de natalidad de Norteamérica y Europa, por ejemplo, suponen que los flujos migratorios hacia ellas seguirán aumentando, por lo que existen oportunidades para cambiar significativamente de forma de vida; sin embargo, y en general, «aunque el capital es global, y las redes de producción del núcleo están cada vez más globalizadas, la inmensa mayoría del trabajo es local» (p. 168)

Explica más adelante Castells que, a pesar de la percepción habitual de que las economías informacionales son postindustriales, lo que han hecho es deslocalizar la industria, que no ha bajado en cómputo global, sino que se ha situado en otras regiones. Por ello, la red globalizada lo que demanda sobremanera es una clase dirigente para gestionar estas redes; pero la mayor parte del trabajo sigue siendo poco cualificada para hacer funcionar los productos que dichas redes mueven. Un apunte interesante sería estudiar la relación entre esta clase de gestores o personas muy famosas que Castells dice que «no alcanza las decenas de millones» con el concepto de clase creativa de Richard Florida que exploramos, por ejemplo, hablando de la obra de Martha Rosler Clase cultural, que son un número bastante mayor y cuya existencia está teniendo grandes efectos sobre la forma en que se diseñan y construyen las ciudades actuales.

La economía global no es una economía planetaria, aunque tenga un alcance planetario: no alcanza a todos los territorios, ni todos los procesos, ni incluye el trabajo de todas las personas, aunque sí afecta, directa o indirectamente, a los medios de vida de toda la humanidad. Existen unas redes planetarias de «creación de valor y apropiación de riqueza» que se vinculan a los sectores y territorios valiosos y que descartan todo aquello que «carece de valor según lo que se valora en las redes», y que por lo tanto queda desconectado de ellas.

En los últimos años del siglo xx ha surgido una economía global, en el sentido preciso definido en este capítulo 109. Resultó de la reestructuración de las empresas y los mercados financieros tras la crisis de los años setenta. Se expandió utilizando las nuevas tecnologías de la información y la comunicación. Fue posible, y en gran medida inducida, por políticas gubernamentales deliberadas. La economía global no fue creada por los mercados, sino por la interacción entre los mercados y gobiernos e instituciones financieras internacionales que actuaron en representación de los mercados… o de su idea de lo que deberían ser los mercados. (p. 172)

Ni la tecnología, por disruptiva que fuese, ni la economía privada podían haber desarrollado por sí solas la economía global. Los agentes decisivos fueron los gobiernos (en particular el G7) y sus instituciones internacionales auxiliares, el FMI, el Banco Mundial y la Organización Mundial del Comercio, y tres políticas interrelacionadas:

  • la desregulación de la actividad económica interna;
  • la privatización de las compañías controladas por el sector público;
  • la liberalización del comercio y la inversión internacional.

Políticas que se iniciaron en Estados Unidos en los 70, pasaron al Reino Unido en los 80 y allí a la Unión Europea, hasta convertirse en un estándar común del sistema económico internacional en los noventa. Castells destaca que es trabajo de los historiadores abordar cómo sucedió todo este proceso, pero lo explica brevemente y, dado su interés, lo seguimos en unos cuantos detalles.

El punto de inflexión fue la llegada al poder de Reagan y Thatcher, ambos partidarios del libre mercado. En el continente europeo, el fracaso económico de Mitterrand dio fuerzas a la visión contraria, la política llevada a cabo por Helmut Kohl y Felipe González de construir una Europa «en torno a los principios de una economía de mercado atemperada con la compasión y una economía social de mercado». No fue una imposición de la derecha: «a finales de siglo, 13 de los 15 países de la UE estaban gobernados por socialdemócratas que (…) apoyaban esta estrategia pragmática».

El hombre clave en conseguir que la globalización se volviese planetaria, señala Castells, fue Bill Clinton, que se rodeó de una élite del mundo financiero («Robert Rubin, antiguo presidente de Goldman & Sachs y hombre de Wall Street»). Apoyados en las tres instituciones antes citadas (FMI, BM, OMC), la elección era clara: subirse a la globalización o ver cortado el flujo de crédito. «Sólo después de que las economías se liberalizaban acudía a ellas el capital global.» La primera ronda de la globalización de los años 80 había dejado las economías de los países latinoamericanos y africanos muy maltrechas «al imponer políticas de austeridad para el pago de la deuda»; Rusia y sus antiguos satélites trataban de pasar a una economía de mercado, lo que supuso un colapso económico inicial. A eso se le sumó la crisis asiática de 1997-98; ante tal panorma, el BM y el FMI acudían al rescate… si los gobiernos aceptaban las recetas del FMI para la salud económica. «Ésta era la lógica: si un país decidía permanecer fuera del sistema (por ejemplo, el Perú de Alan García en los años ochenta) era castigado con el ostracismo financiero y se derrumbaba, verificando así la profecía autocumpliente del FMI.» (p. 178)

Para economías orientadas al exterior, como los casos de China y la India, era esencial acceder al mercado internacional. Pero para ello, debían adherirse a las reglas ya impuestas en dicho comercio, que pasaban por «desmantelar gradualmente la protección de las industrias no competitivas por su tardío acceso a la competencia internacional». En una espiral, como ya la ha bautizado Castells, de profecía autocumplida, cuantos más países se sumaban al club, más difícil era para los otros seguir su propio camino.

¿Por qué entran los gobiernos en este espectacular avance hacia la globalización, socavando de ese modo su propio poder soberano? Si rechazamos las interpretaciones dogmáticas que reducirían a los gobiernos a su papel de “comité ejecutivo de la burguesía”, el asunto es bastante complejo. Requiere diferenciar cuatro niveles de explicación: los intereses estratégicos percibidos de un determinado Estado-nación, el contexto ideológico, los intereses políticos del liderazgo y los intereses personales de quienes ocupan los cargos. (p. 179)

Los intereses de Estados Unidos estaban claros: «una economía global abierta e integrada es una ventaja para las empresas estadounidenses y para las empresas radicadas en Estados Unidos, y por tanto para la economía estadounidense». En Europa, que adoptó la globalización en forma del Tratado de Maastricht, se percibió que era el único modo de competir en un mundo «cada vez más dominado por la tecnología estadounidense, la manufacturación asiática y los flujos financieros globales». Japón lo adoptó con reticencias, pero, tras una crisis económica profunda, no le quedó otro remedio que aceptar aperturas progresivas. China e India, como ya hemos comentado, necesitadas del comercio exterior, tuvieron que aceptar la desaparición progresiva de sus aranceles a las inversiones extranjeras. Los países emergentes fueron más o menos forzados, como hemos comentado, por la espiral del FMI y el BM; y las antiguas naciones soviéticas vieron aceptar la globalización como una ruptura definitiva con el pasado comunista.

El marco ideológico en el que sucedió todo esto fue el del colapso del estatismo y la «crisis de legitimidad sufrida por el estado del bienestar y el control gubernamental durante los años 80». Por doquier surgían ideólogos neoliberales («neoconservadores) a los que se unieron conversos «de pasado marxista, como filósofos franceses o hasta brillantes novelistas hispanoamericanos», hasta configurar lo que Ignacio Ramonet denominó el pensamiento único.

El interés político de los líderes está relacionado con el hecho de que muchos de ellos fueron escogidos en momentos en que la economía de su país estaba en retroceso, por lo que ligaron su éxito político al éxito financiero. La paradoja es que muchos de estos líderes provenían en su mayoría de la izquierda; pero Castells no habla de oportunismo, «sino más bien de realismo ante los nuevos desarrollos económicos y tecnológicos y de lo que se consideraba el camino más rápido para sacar a las economías de su estancamiento relativo» (p. 182).

Castells sostiene que «no es que el mundo financiero controle a los gobiernos; de hecho, ocurre lo contrario». Para gestionar las nuevas formas de la economía, los políticos necesitan un personal que incorpore dicho conocimiento; y este personal, que proviene de las finanzas, necesita rodearse de un equipo similar, que provenga del mismo entorno. Puesto que son los que acceden a las redes de las finanzas, su poder se vuelve desproporcionado y «establecen una relación simbiótica con los líderes políticos que llegan al poder gracias a su atractivo entre los votantes».

Esta explicación mezcla el tercer y el cuarto niveles: el interés político de los líderes y su interés personal. El interés personal se explica por una creciente fortuna personal obtenida a través de dos canales: «las recompensas financieras y los nombramientos lucrativos una vez dejan el cargo como resultado de la red de contactos establecida o como gratificación de las decisiones que hayan ayudado a hacer negocios», lo que se conoce como las puertas giratorias; o un segundo canal que es directamente la corrupción.

Por tanto, la economía global se constituyó políticamente. (…) Se requiere una perspectiva de política económica para entender el triunfo de los mercados sobre los gobiernos: los propios gobiernos buscaron semejante victoria en un histórico deseo de auto aniquilación. Lo hicieron para preservar o potenciar los intereses de sus estados en el contexto de la emergencia de una nueva economía y en el nuevo entorno ideológico que resultó del colapso del estatismo, la crisis del Estado de bienestar y las contradicciones del Estado desarrollista. Al actuar resueltamente a favor de la globalización (algunas veces esperando que tuviera un rostro humano), los líderes políticos también perseguían sus propios intereses políticos y, muchas veces, sus intereses personales, con diversos grados de decencia. Sin embargo, el hecho de que la economía global fuera inducida políticamente desde el principio no significa que pueda deshacerse políticamente en sus aspectos principales. (p. 184)

La economía global es una red de segmentos interconectados; una vez constituida, cualquier nodo que se desconecte pasa a ser ignorado por la red, sufriendo además un coste abrumador. «Así, dentro del sistema de valores del productivismo/consumismo, no existe una alternativa individual por países, empresas o personas», salvo un colapso catastrófico o la «autoexclusión de personas con valores completamente diferentes. Una vez constituida, la economía global es un rasgo fundamental de la nueva economía.»

Y esta nueva economía, desarrollada en Estados Unidos con muchos de los rasgos culturales de este país (espíritu emprendedor, individualismo, flexibilidad, multietnicidad, sumados a la desregulación y la liberalización de las actividades económicas), orbita alrededor de las finanzas y las nuevas tecnologías, sobre todo internet. Aquí Castells destaca cuatro niveles, que citamos; pero, dado que los datos son de hace 20 años, el panorama ha cambiado bastante:

  • primer nivel: las empresas de telecomunicaciones que proporcionan físicamente el acceso a la red;
  • segundo nivel: empresas de software;
  • tercer nivel: empresas que viven y proporcionan servicios en la red (Castells cita Yahoo! o e-bay, pero probablemente el ejemplo hoy serían Google o Facebook);
  • cuarto nivel: empresas que llevan a cabo transacciones basadas en la red, como Amazon.

La condición urbana (II): la ciudad de los flujos

En la primera entrada sobre La condición urbana, de Olivier Mongin, dijimos que el autor dividía el libro en tres partes y que cada una de las cuales correspondía a una forma distinta de interpretar el título: la condición urbana de la primera parte, de la que ya hablamos, hacía referencia a la forma ideal de convivencia en una ciudad que establece relaciones adecuadas entre el adentro y el afuera, entre el cuerpo interior del ciudadano y el cuerpo exterior de la ciudad; entre la ciudad del escritor o poeta y la del arquitecto o ingeniero.

A finales de la exposición de esta primera forma de entender la condición urbana, Mongin ya avanzaba hacia los peligros que la asediaban con el progresivo sometimiento de la ciudad ideal (bastante asimilada a la ciudad europea) a la ciudad síntoma de nuestros tiempos: aquella sometida a la inestabilidad de los flujos, el capitalismo y las nuevas tecnologías. La ciudad que separa y fragmenta, la ciudad dispersa, la ciudad global, ciudad de archipiélagos y distinciones. Vamos allá.

Lo urbano generalizado -la continuidad urbana- aparece acompañado de una jerarquía entre los espacios urbanos (éstos están mejor o peor conectados a la red global) pero también se da junto con una separación creciente en el seno de los lugares mismos. La desaparición de una cultura urbana de los límites da lugar a diversas figuras, a una variedad de «ciudades mundo», entre las cuales la metrópoli (la ciudad multipolar), la megaciudad (la ciudad informe) y la ciudad global (la ciudad replegada sobre sí misma) son los casos extremos. (p. 164)

La condición urbana generalizada está en el origen de un sistema urbano mundializado que privilegia las redes y los flujos, contribuyendo así a distinguir los lugares entre sí, a jerarquizarlos y, sobre todo, a fragmentarlos. La mundialización urbana no se presenta pues como el «fin de los territorios» profetizado por algunos, sino como una «reconfiguración territorial» en la que el devenir de las ciudades globales, las megaciudades, las metrópolis y las megalópolis corre parejo con las nuevas economías en gran escala.» (p. 167) Mongin no dice que hoy sea imposible disfrutar de la ciudad, sino que, debido en gran medida tanto a los flujos de capital como a la progresiva disociación entre urbs y civitas (entre la ciudad como un todo arquitectónico, físico, limitado por murallas, y la ciudad como ente político o incluso comunidad) ha disuelto la experiencia urbana («la que entrelazaba lo privado y lo público; el nivel escénico, el político y el poético») en una «cultura patrimonial de carácter engañoso» (p .168) donde el visitante ansía recorrer «el centro» de Praga, París, Viena o Lisboa, marcar los puntos turísticos esenciales y vivir un remedo de lo que debía ser la ciudad «antaño»; un remedo de la ciudad ideal.

Cityscape

La primera mundialización sucedió a finales de la Edad Media y comienzos del Renacimiento y estuvo ligada a la aparición de economías mundiales capitalistas que tenían un centro, una periferia y una semiperiferia; es decir, una dimensión territorial vinculado con la ciudad mercantil. La segunda mundialización fue la de la sociedad industrial entre 1870 y 1914 que surgió de la revolución industrial. Acabó generando la colonización y las metrópolis, pero su base seguía siendo territorial, si bien ya no por ciudades sino por Estados.

La tercera mundialización, surgida por las nuevas tecnologías y la revolución económica iniciada en 1960 que fusionó las «economías mundo» en una sola «economía mundo» es la que «inaugura rupturas históricas cualitativas», y es la primera que podemos denominar global.

La tercera mundialización histórica aparece junto con un proceso de borramiento de los límites que, vuelto contra la cultura urbana, repele los límites y no se preocupa por la proximidad. Esta capacidad de alejar los límites da lugar a, esencialmente, dos figuras diferentes, a dos tipos de grandes ciudades: por un lado, la ciudad que es ilimitada en el plano espacial, una ciudad que se extiende más allá de sus muros; por otro, la ciudad que se limita para mejorar su relación inmediata con un espacio tiempo mundializado, la ciudad que permanece dentro de sus muros. La ciudad sin muros se despliega hasta el infinito, es la ciudad mundo, la megaciudad; en cambio, la ciudad que se limita, se contrae, se cierra sobre sí misma para sustraerse a sus propios límites, es la ciudad global. (p. 173)

Paradójicamente, uno de los efectos de la tercera mundialización es la debilitación de los Estados, que se ven reducidos a comparsas u obligados a llevar a cabo un nuevo papel: el de garantizar la seguridad de los flujos y sus inversiones e intereses.

Pero no sólo el Estado ha perdido su papel principal. «(…) la ciudad tenía la misión de «contener» los flujos que la atravesaban y de acoger a las poblaciones llegadas desde afuera. Ahora, ese mismo lugar debe concectarse a flujos que no tiene la posibilidad de manejar más que participando de una red de ciudades, regional o mundial, que está jerarquizada.» (p. 194) Lo urbano, entonces, se generaliza y campa a sus anchas por la ciudad, generando extensiones amorfas y sin sentido claro (Los Ángeles; la ciudad dispersa) donde cualquier opción arquitectónica es viable como hito, como piedra de toque, lugar a observar, pero no necesariamente con la tarea de generar espacio público. «Ya no hay periferia, no hay márgenes, no hay fractura, marcas de discontinuidad, fronteras; sólo lo urbano continuo, un despliegue sin fisuras de lo urbano. Las categorías adentro y afuera han llegado a ser insignificantes. Este panorama urbano continuo y generalizado sólo presenta diferencias de intensidad que varían de acuerdo con la distancia o la proximidad con los núcleos urbanos que, en su condición de conmutadores, son los mejores vectores de los flujos. » (p. 200)

Edge City

Mongin distingue diversas tipologías de ciudades (posciudades, las llama él) surgidas tras esta tercera mundialización:

  • las megaciudades. Siguiendo los pasos de la City of Quartz de Mike Davies y el concepto urbanista de Rem Koolhas, las megaciudades son las ciudades, esencialmente no europeas, la mayoría de ellas en países en vías de desarrollo, que han crecido de forma desmesurada, sin planteamiento, sin una historia sobre la que apoyarse, a menudo a rebufo de oleadas de inmigración rural llegadas a sus puertas en busca de trabajo. Mongin cita Karachi y Calcuta, pero también Los Ángeles.
  • la ciudad global. Recurriendo al concepto del Archipiélago Megalopolitano Mundial (AMM) desarrollado por el geógrafo Olivier Dollfus, la ciudad global es la que se mantiene a flote a causa de las grandes corporaciones e inversiones del capital. «La dispersión geográfica de las actividades económicas exige que se reconstituyan ciertas centralidades, a saber, ciudades globales que concentren las funciones de mando» (p. 222). La AMM es, precisamente, quien decide qué ciudades son o no globales. El territorio, formado ahora en red, da preeminencia a las relaciones horizontales polo-polo antes que a las piramidales polo-Hinterland. «Por lo tanto, la red (reticulum) es un modelo de distribución, de desconcentración y de interconexión, cuya trama está formada por las ciudades globales.» (p. 226) Pero este proceso está también en el origen de la marginalización del resto de territorios, que no son globales. Los actores de la globalización «no tienen otra salida que no sea estar dentro o no estar».
  • las metrópolis, edge cities o ciudades difusas. «La dinámica metropolitana rompe con la lógica urbana clásica: mientras la ciudad clásica atrae a la periferia, al afuera hacia el centro, la metrópolis simboliza la inversión de esta dialéctica urbana. La prioridad ya no es la aspiración del afuera hacia el adentro, sino el movimiento inverso, puesto que lo urbano se vuelve hacia el afuera. Por consiguiente, la metrópolis se distingue doblemente de la ciudad: por un lado, ya no corresponde a una entidad que delimita concretamente un adentro y un afuera; ya no se define esencialmente por su capacidad de hospitalidad ni por su voluntad, más o menos afirmada, de integración; por el otro, su extensión es ilimitada puesto que ya no tiene fronteras netas, lo cual da lugar a una configuración territorial que se inscribe en áreas urbanas extendidas.» (p. 235) El urban sprawl, originado en el siglo XIX, ha acompañado tradicionalmente (sobre todo en Estados Unidos) al desarrollo industrial, generando tanto enormes extensiones de terreno como baldíos industriales (Chicago, Detroit). A partir de 1970, y con la excusa de buscar lugares mejores para sus trabajadores, las empresas se instalan en las afueras; los trabajadores las siguen, ampliando las redes de carreteras y autopistas. Pero las sedes, el entramado bancario y de servicios, «la armadura de la ciudad global» (p. 239), junto con los grandes hoteles y la presencia masiva de servicios, sigue en el downtown: junto a las bolsas de pobreza más acusadas. «Las edge cities, entidades urbanas situadas en la perfieria que se distinguen de los antiguos downtown, son polos autónomos que agrupan centros comerciales, espacios de ocio, lugares de trabajo y de residencia; en cambio, las edgeless cities designan polos periféricos en los cuales la débil densidad de oficinas y empresas exige de los habitantes una movilidad acrecentada. En las edge cities es posible encontrar un trabajo cerca de la propia residencia; en las edgeless cities, no. El imperativo de la movilidad, directamente asociado a la dependencia de un automóvil, cumple una función decisiva en los territorios suburbanos: quien no dispone de la capacidad de desplazamiento no puede sobrevivir en un universo -el frío universo fotografiado por Stephen Shore- que oscila entre espacios de agrupación altamente asegurada (las gated communities o los barrios céntricos de la ciudad global), guetos y zonas en las que es imposible residir sin desplazarse (edgeless cities).» (p. 240) Viene luego una interesante reflexión sobre cómo el spatial mismatch está relacionado con el skill mismatch (o, con una burda traducción: la reducción en cuanto a aptitudes implica que el trabajador tiene que desplazarse una mayor distancia hasta su centro de trabajo; o que es más posible que un directiva viva cerca de la sede a que lo haga un peón de la empresa).

¿Estar adentro o no estar?, la pregunta ya no se refiere a las perspectivas de integración como ocurría en la época de la ciudad clásica o de la ciudad industrial. Quien «no está adentro» no presenta ningún interés para los actores de la red globalizada; sólo el que ha encontrado su lugar en las mallas de la red lanzada al archipiélago conserva oportunidades de mantenerse en ella. La globalización no conoce el ascenso social que ofrecía el Estado de posguerra en Europa y en algunos países de América latina, y los estratos medios ya no ejercen ninguna mediación entre las categorías acomodadas y las marginadas. En consecuencia, las desigualdades territoriales, tanto horizontales como verticales, tienden a generalizarse en la escala planetaria. (p. 246)

El Estado se plantea como una posible herramienta para contener tales desigualdades; pero su papel, como ya avanzó Mongin, se ha convertido en el de garante de la seguridad para los flujos del capital («es errado hablar de sociedad disciplinaria, en la línea de Michel de Foucault o de Estado de seguridad; más vale hablar de autoritarismo liberal, una expresión que permite captar la idea de que los individuos demandan, voluntariamente, un ejercicio efectivo de seguridad»). Bauman lo llama «el costo humano de la mundialización».

Por otro lado, y debido a las distintas velocidades que han ido convergiendo en las ciudades y a los polos existentes (Mongin pone como ejemplo los cinturones periurbanos franceses de los 60 y 70 del siglo pasado, pero nos servirían el urban sprawl antes referido o los extrarradios españoles de la misma época para acoger las oleadas de trabajadores rurales llegados a la ciudad), se ha acabado conformando una «ciudad de tres velocidades» que corresponde, en esencia, a lo que es la posciudad.

Un movimiento de periurbanización que afecta las zonas periféricas compuestas de barrios de casas con jardines (que corresponden a la «rurbanización» de las clases medias), un movimiento de gentrificación, es decir, de reciclado de edificios antiguos convertidos en residencias de gran confort en el centro de las ciudades (movimiento doble que recalifica y descalifica los espacios) y un movimiento de relegación en las zonas de viviendas sociales (monoblocks, barrios, ciudades nuevas, grandes complejos urbanísticos). (p. 250)

Se dan también tres formas de residir en la ciudad, en función de la situación de cada uno: por necesidad, por protección, por selectividad. Destacamos que la descripción de Mongin no asimila esas tres formas a clases sociales, si bien la descripción que da sí que corresponde bastante claramente a cada una de ellas.

  • las clases bajas, que lo hacen por necesidad: en los barrios marginales, en los cinturones periurbanos, alejados del centro, obligados a una gran distancia con el puesto de trabajo, lo que también se transmite en mayor dificultad para escapar de la situación y acceder al ascensor social: menos tiempo y recursos que dedicar a los hijos, que quedan también estancados a educarse en la misma zona.
  • las clases medias, que lo hacen por protección. El centro les queda vedado, por lo que se van trasladando de periferia en periferia; pero, dado que les es posible cierto margen de maniobra, escogen aquellas periferias donde se sienten cómodos con quienes les rodean, donde consiguen un remedo de algo que, si bien no es un barrio tradicional, un lugar de similares, al menos no es un territorio abiertamente hostil. Disponen de un parque automovilístico amplio que les permite cierta movilidad y la capacidad de seguir el trabajo y si éste se traslada. «… el periurbano opone su busca de un «entre sí» protector del que tiene tanta más necesidad por cuanto, para poder llevar una vida cargada de desplazamientos importantes, no sólo para ir a su lugar de trabajo, también para hacer compras, disfrutar del tiempo libre u ofrecer educación a sus hijos, debe contar con el apoyo implícito o explícito de un vecino confortador» (p. 255).
  • las clases altas, que viven o bien en el centro de la ciudad o, más a menudo, en barrios que los flujos globales les preparan apoderándose de partes de la ciudad que han quedado obsoletas: la gentrificación. Cercanos al centro museístico, a los grandes espacios de la ciudad, convertida para ellos en «ciudad paisaje», «el habitante del centro reciclado de la ciudad habita el mundo, el mundo global, aun antes de habitar en su ciudad». «La gentrificación es ese proceso que permite gozas de las ventajas de la ciudad sin tener que temer sus inconvenientes. El estar «entre nosotros» selectivo es el de una población cosmopolita y conectada que no es la que habita un lugar. Quienes pueblan estos espacios renovados son los hipermandos de la mundialización, los profesionales intelectuales y superiores.» (p. 259, la cita incluye citas del artículo de Jacques Donzelot «La ciudad de tres velocidades»)

Frente a aquellos que están inmovilizados (los relegados), a aquellos que se agotan en una movilidad excesiva (los periurbanos) y aquellos que gozan de la ciudad sin habitarla -porque son los hipermóviles de la mundialización-, las modalidades de acceso a la movilidad pesan en la composición y la configuración de las ciudades. (p. 259).

Mongin termina el capítulo con dos ejemplos pertinentes: El Cairo y Buenos Aires. En la primera ciudad, por ejemplo, los territorios adyacentes a la capital se han vendido a grandes promotores para que se construyan en ellos barrios o ciudades destinadas a la vivienda de trabajadores. Serán ciudades sin carácter, satélites sin personalidad; y el dinero conseguido mediante esas ventas sirve para bunkerizar el centro, amurallarlo y dotarlo de seguridad y atractivos para el turismo. Son un ejemplo de cómo los flujos desintegran la ciudad.

Mongin termina esta parte de La condición urbana con una reflexión y una pregunta.

Pero, ¿qué debemos hacer? ¿seguir alabando la belleza de lo muerto o recobrar el sentido de la experiencia urbana en todas sus dimensiones? «El fin de los territorios», santo y seña de algunos durante el «feliz» amanecer de la tercera mundialización, designaba una recomposición espacial que no se organizaba ya solamente alrededor de los Estados, sino en función de una economía de archipiélago.

¿Cómo luchar, en definitiva, contra estos flujos que separan y marginan en vez de establecer relaciones? «La ciudad tradicional intentó responder al problema de la integración y la reaglomeración en diversas situaciones, la de la ciudad Estado, la de la ciudad capital y la de la ciudad región. Hoy, la mundialización territorial inaugura un mundo que de ningún modo aglutina porque, tanto en el nivel de la metrópolis como en el de la economía de los flujos, produce separación y favorece movimientos de secesión.»

La mundialización postindustrial, es decir, la que comenzó durante la década de 1980, no es una etapa suplementaria del proceso de mundialización que se inició en el Renacimiento. Marca una ruptura en el plano histórico. No admitirlo nos condena a batirnos en retirada. (p. 268)

Posmetrópolis (II): seis aspectos de las nuevas ciudades

Venimos del primer artículo y las tres revoluciones urbanas. La cuestión actual quedó en el aire, tras los estudios de, sobre todo, Castells y Harvey.

«Los límites de la ciudad se están volviendo más porosos, entorpeciendo nuestra habilidad para trazar líneas claras entre lo que se encuentra dentro de la misma en tanto opuesto a lo que se ubica fuera, entre la ciudad y el campo, las zonas residenciales de las afueras y lo que no es ciudad; entre una ciudad región metropolitana y otra; entre lo natural y lo artificial. Lo que alguna vez constituyó claramente para la ciudad «otro lugar», ahora está entrando en su zona simbólica ampliada.» (p. 221).

Uno de los polos en los que se moverá Soja (no el único) es el de la desterritorializacón y la reterritorialización. El primer concepto tiene que ver con la creciente debilidad que caracteriza los vínculos con el hogar, con un lugar, con las comunidades y culturas (geográficamente) definidas. El segundo es, si acaso, la forma como esas vinculaciones, debilitadas, se forman de otros modos, diferentes y más complejas que las anteriores. Debido a los movimientos migratorios (no sólo de estado a estado, sino incluso de barrio a barrio, a medida que una ciudad se ve sacudida por los vaivenes del capital o la gentrificación), las personas crean nuevos vínculos, no necesariamente tan estables como los anteriores pero, si acaso por ello, más complejos de entender. Sigue leyendo «Posmetrópolis (II): seis aspectos de las nuevas ciudades»