La cultura de las ciudades, Lewis Mumford

El americano Lewis Mumford (1895-1990) fue un erudito excepcional. Sin embargo, donde, por ejemplo, Lluís Duch, antropólogo al que admiramos en el blog (Antropología de la ciudad I, II y III) siempre deja claras sus fuentes y los lugares de donde bebe, Mumford mezcla en sus exposiciones historia, sociología, psicología y cualquier otra disciplina que le sea necesaria. Sus puntos de vista se mezclan con la narración de los hechos hasta el extremo de que no se sabe si se está leyendo una sucesión de hechos o la visión, muy particular, de estos hechos. Es algo que Mumford nunca esconde; y uno decide si se deja llevar o si prefiere evitarlo.

De él ya reseñamos la monumental La ciudad en la historia, una obra de mil páginas publicada en el año 1961 que recoge y amplía un texto anterior, publicado en 1938 y que es el que reseñaremos a continuación: La cultura de las ciudades. La ciudad en la historia es un estudio de la evolución del concepto de ciudad desde la prehistoria hasta la que, para Mumford, siempre fue la gran debacle de la urbe: la ciudad industrial. La misma tesis presenta en La cultura de las ciudades, pero aquí empieza por una breve introducción con la ciudad medieval y ya da el salto a la industrial para luego tratar de adivinar su posible evolución.

Mumford fue un regionalista. Gran admirador del británico Patrick Geddes, al que dio a conocer en Estados Unidos y del que se convirtió en portavoz involuntario (parece que Geddes era de una exposición densa y costaba de leer; a diferencia de Mumford, que escribía como los ángeles y sus obras más parecen novelas agradables que áridos ensayos ), para Mumford la ciudad era un todo orgánico que comprendía el entorno y la historicidad que le eran propias.

La edición que leemos [pepitas de calabaza, 2018, traducción de Julio Monteverde] incluye una introducción del propio Mumford escrita en 1970 donde se glosa a sí mismo, a lo importante de su visión y a lo contento que está porque dos de las ciudades jardín de su admirado Ebenezer Howard se hayan puesto en práctica a pesar de las críticas de voces como Jane Jacobs «que se oponen a ella». En efecto: Mumford era una de las bestias negras de Jacobs; o Jacobs de Mumford, como prefieran. La primera acusaba al segundo de odiar las ciudades. Lo cierto es que Mumford adolece de las aglomeraciones y la densidad y le parecen antinaturales y que la ciudad ha perdido su rumbo; en bastantes momentos se lo percibe como una persona amante de la paz y el sosiego del campo; frente a Jacobs, que era capaz de leer ensayos mientras esquivaba borrachos en el bar de la esquina. Richard Sennett confrontó las teorías de uno y otra en Construir y habitar: y pese a que siempre había abogado por las teorías de la microgestión de la ciudad de Jacobs (se sobreentiende: de las personas que habitan en la ciudad), enfrentado a la enormidad de las ciudades chinas, a tener que plantear un espacio vacío en el que en diez años vivirán dos, tres o cuatro millones de personas, Sennett acabó admitiendo que las teorías de Mumford (el regionalismo, la ciudad orgánica, la organización desde arriba) le parecían más válidas para ese contexto.

Sin más, reseñamos la introducción.

La ciudad, tal y como la encontramos en la historia, es el punto de máxima concentración del poder y la cultura de una comunidad. Es el lugar donde los rayos difusos de muchas y diferentes luces de la vida se unen en un solo haz, ganando así tanto en eficacia como en importancia social. La ciudad es la forma y el símbolo de una relación social integrada: es el lugar donde se sitúan el templo, el mercado, el tribunal y la academia. Aquí, en la ciudad, los beneficios de la civilización son multiplicados y acrecentados. Es aquí donde el ser humano transforma su experiencia en signos visibles, símbolos, patrones de conducta y sistemas de orden. Es aquí donde se concentran los esfuerzos de la civilización y donde en ocasiones el ritual se transforma en el drama activo de una sociedad totalmente diferenciada y consciente de sí misma. (p. 15)

«En la ciudad el tiempo se hace visible», dice más adelante; porque es una construcción que deja rastro, permanente, donde la historia se amontona y hay que construir teniéndola presente. «Los edificios, los monumentos y las vías públicas -más accesibles que los registros escritos, y más a la vista de las grandes cantidades de hombres que las construcciones dispersas del campo- dejan una huella profunda incluso en la mente de los ignorantes o los indiferentes». «La ciudad es, a la vez, una herramienta física de la vida colectiva y un símbolo de los objetivos y acuerdos colectivos que aparecen en tales circunstancias favorables. Junto con el idioma, es la mayor obra de arte del hombre.»

Sin embargo, la ciudad industrial rompe ese equilibro y se somete a una única preocupación: la obtención de beneficio. «Las nuevas ciudades se desarrollaron sin poder aprovecharse de un saber social coherente o de un esfuerzo social organizado: carecían de los antiguos y útiles caminos urbanos de la Edad Media o del confiado orden estético del periodo barroco; de hecho, un campesino holandés, en su pequeña aldea sabía más respecto al arte de vivir en comunidad que un concejal de ayuntamiento de Londres o Berlín en el siglo XIX. Los hombres de Estado, que no vacilaron en agrupar una gran diversidad de intereses regionales en estados nacionales, o en tejer imperios que rodeaban el planeta, no lograron producir siquiera el esbozo de un barrio decente.»

Porque los concejales del XIX no trataban de recrear comunidades, sino de gestionar sociedades. No entraremos aquí en la defensa de las condiciones de vida de los proletarios en las ciudades industriales, que todo registro histórico coincide en que eran nefastas; pero Mumford cae en la idealización de una época medieval idílica donde el agricultor daba con alegría los buenos días al señor feudal.

«Salvo en lo que se refería a su patrimonio histórico, la ciudad como materialización del arte y de la técnica colectiva se desvanecía». En Europa aún existían ciudades medievales con las que coexistir y a las que, en general, la ciudad industrial rodeó (o arrolló, como Haussmann en París); pero en Norteamérica, sin un pasado tan visual, «el resultado fue la creación de un entorno despiadado y licencioso y un vida social mezquina, opresora y desorientada».

Hoy no sólo nos encontramos frente a la ruptura social original. Nos enfrentamos también a los resultados físicos y sociales acumulados de esa ruptura: paisajes devastados, distritos urbanos ingobernables, focos de enfermedad, capas de hollín y kilómetros y kilómetros de barrios miserables estandarizados desparramándose por la periferia de las grandes ciudades y fusionándose con sus inútiles suburbios. En pocas palabras: un fracaso general y una derrota del esfuerzo civilizatorio.»

Es cierto que las ciudades en los años 30 del siglo anterior no afrontaban su mejor momento: el hacinamiento de la ciudad industrial aún estaba presente y las propuestas del racionalismo arquitectónico (de Le Corbusier, vaya) de llevarse a los trabajadores al extrarradio y amontonarlos en piso sobre piso (como sucedió en general en Europa), o las de situarlos a lo largo de suburbios de casas unifamiliares (como sucedió en Estados Unidos) aún no habían empezado. Sin embargo, en Chicago en los años 30 ya surgía una nueva sociología urbana, la Escuela de Chicago, que empezaba a darse cuenta de que los habitantes de los barrios de la ciudad seguían tejiendo relaciones y creando comunidad, aunque lo hiciesen de modo distinto. El gran problema de Mumford es que no vio, o no quiso ver, que se crean tantos vínculos en un pueblo alemán medieval de mil habitantes como en un barrio conflictivo de Chicago o Nueva York: las relaciones son distintas, claro, el contexto también lo es, y la comunidad permite un conocimiento pleno de las personas (quién es quién y cuáles son sus circunstancias) que la ciudad no permite; pero las estructuras de acogida (citando a Duch) siguen ahí, abiertas a incorporar miembros a la comunidad sea en un pueblo, en una banda callejera de las 1313 que había en Chicago (The Gang, de Trasher) o en un taxi-dance hall (Paul Crassey) donde se puede pagar para bailar con chicas hermosas.

Mumford siempre vaticinó que sus estudios serían olvidados; según él, porque eran demasiado incómodos para su época, que no quería escuchar las verdades que él proclamaba. En el caso del urbanismo, lamentablemente, es posible que lo sean por su ceguera a aceptar como ciudad todo aquello que se alejaba de su elección particular.

Ciudades del mañana (II)

Si el cuarto capítulo de Ciudades del mañana, de Peter Hall, nos presentaba al gran protagonista del urbanismo del siglo XX (Ebenezer Howard, artífice de la ciudad jardín), el séptimo capítulo, La ciudad de las torres, nos trae al gran antagonista: Le Corbusier. Por las extrañas paradojas que se dan en el urbanismo, las ideas del suizo forjadas entre la intelligentsia del París de los años 20 acabaron siendo las responsables del diseño de las viviendas de la clase obrera de 1950 y 1960 en Sheffield, St Louis y otros cientos de ciudades.

Hall indaga un poco en la vida de Le Corbusier para intentar entender sus ideas; según él, algo de su necesidad de ordenar el mundo puede deberse a sus orígenes suizos. Otra fuente, tal vez, fue su necesidad de agradar a los patrones que lo financiaron; el Plan Voisin, del que hablamos recientemente a propósito del libro de Richard Sennett Construir y habitar, lleva el nombre del fabricante de aviones que lo patrocinó.

Dejamos el tema para otros derroteros: basta saber que Le Corbusier quería un mundo ordenado, racional, lleno de rascacielos donde agrupar a los habitantes y con los edificios separados unos de otros por carreteras y parques. Absurdamente estético, sin duda; totalmente inorgánico e inhabitable. Suyos son los conceptos de zonificación, la máquina de vivir y la unidad de habitación. Pocos edificios se realizaron según sus concepciones: en Marsella (1945), Nantes-Rezé (1952), Berlín (1956), Briey-en-Forêt (1957), Firminy (1960); el más famoso, nos parece, el de Marsella, ha quedado como elegante joya arquitectónica que visitar, no como posible proyecto urbanístico.

marsella.jpg

Pero Hall se centra, sobre todo, en las consecuencias que tuvo la forma de planificar de Le Corbusier, dos de cuyos mayores exponentes son las ciudades creadas desde cero de Chandigarh y Brasilia. Chandigarh, en la India, proyectada como la nueva capital de Punjab, ya tenía un plan urbanístico diseñado cuando se decidió contratar un equipo con los arquitectos «estrella» del momento, entre los cuales Le Corbusier y su hijo, que se adueñaron del proyecto. Brasilia, ya conocida, fue diseñada por Oscar Niemeyer y Lucio Costa. Hemos hablado en otras ocasiones del resultado, tanto de una como de la otra: hermosas, estáticas, hieráticas, inhabitables hasta el extremo de que, en ambos casos, coexisten la ciudad oficial con la ciudad espontánea que nace a su alrededor y que sí parece una ciudad.

Las ideas de Le Corbusier calaron, sobre todo, entre los arquitectos que se formaban en las facultades. No lo neguemos: es una arquitectura espectacular, una que decide cómo debería comportarse la gente, maravillosa para generar maquetas visualmente atrayentes. Durante los próximos 20 años, los proyectos de este estilo, grandes edificios en explanadas desérticas más o menos ajardinadas, fueron el pan de cada día en las ciudades satélites que absorbían a la población que se mudaba a la ciudad. Esta generación dio paso a los proyectos faraónicos necesarios para construir a tal medida, y de ahí a las renovaciones urbanas que pretendían arrasar los centros de las ciudades (como el propio Plan Voisin) sólo hubo un paso.

El ejemplo perfecto: Robert Moses. Con la idea de mejorar la vida de los pobres, arrasaba sus barrios, los gentrificaba, los atravesaba con una autopista enorme y les daba un par de parques, y ala, todos contentos. El problema, además de enfrentarse a Jane Jacobs y «obligarla» a escribir el libro de urbanismo más influyente de la historia, fue que la gente se cansó y empezaron a aparecer estudios durante los 60 que dejaban claro que ese tipo de planificación no funcionaba: porque subía el precio de las zonas arrasadas, porque demolía barrios enteros con un nivel de socialización relativamente alto y, sobre todo, porque gastaba enormes sumas de dinero público con la idea de dar mejores viviendas a los pobres pero lo único que conseguía era enviarlos al extrarradio a vivir en, normalmente, aún peores condiciones de las que tenían en la ciudad.

Hall nos habla de los edificios Pruitt-Igoe: diseñados en 1951 en St Louis, una serie de edificios enormes que tenían que mejorar la vida de todos aquellos que tuviesen la suerte de ser destinados. El proyecto estaba pensado para familias pobres con un cabeza de familia de ingresos reducidos. El problema: la mayoría de familias que llegaron eran negros pobres cuya cabeza de familia era una mujer con hijos e ingresos o irregulares o dependientes del Estado. Los pocos blancos que había se fueron pronto y la zona se convirtió en un vertedero donde ninguno de los inquilinos quería permanecer. Los diseños iniciales, que mostraban a amas de casa (blancas) con sus hijos jugando en los pasillos se habían vuelto lugares desérticos que los negros evitaban por su peligrosidad. Tras hacerse evidente el fracaso, los edificios fueron demolidos en 1972.

La ironía está pues en que la ciudad corbusiana de las torres es absolutamente satisfactoria para los habitantes de clase media que Le Corbusier había imaginado viviendo graciosas, elegantes y cosmopolitas vidas en La Ville contemporaine. Puede incluso funcionar en el caso de los sólidos, duros y tradicionales inquilinos de Glasgow, para quienes el paso de sus casas en el barrio pobre de Gorbals a los pisos del siglo XX les pareció una ascensión al paraíso. Pero para la madre cargada de hijos, acogida a un programa de ayuda y que, nacida en Georgia, ha ido a parar a St Louis o Detroit, ha resultado un desastre urbano de primera magnitud. Así pues el pecado de Le Corbusier y de los corbusianos no está en el diseño, sino en la insensata arrogancia con la que se han impuesto sobre la gente, que no ha podido aceptarlos y que si bien se piensa, nunca esperó que los aceptaran.

La ironía final es que en todas las ciudades del mundo se ha creído que el error de este tipo de edificios era debido a un fallo de «planificación». Planificación entendida como un programa de acción organizado de manera que puedan conseguirse unos objetivos concretos decididos a partir de unas necesidades. Y esto es precisamente lo que la planificación no es. (p. 250)

El séptimo capítulo, La ciudad de la difícil equidad, se inicia con Geddes, el padre de la planificación regional, viajando a la India y tratando de convencer a los urbanistas británicos de que no es necesario ni derrumbar todas las ciudades existentes para «sanearlas» ni planificar otras desde cero justo al lado: que basta con llevar a cabo pequeñas modificaciones destinadas a higienizar y limpiar la ciudad. Un poco como la teoría de las ventanas rotas que ya tratamos: si una ciudad parece limpia, los ciudadanos son los primeros interesados en mantenerla igual de limpia; si aparece dejada, nadie pone cuidado. Geddes quería mantener la idiosincrasia de la arquitectura india llevando a cabo unos pocos cambios, más de carácter saneador que demoledor y que además resultaban mucho más económicos que los planteamientos coloniales británicos.

No se le hizo mucho caso, porque los tiempos no estaban lo bastante maduros. Hubo que esperar hasta mitades de los años 50 para que John Turner, arquitecto que no se dejó fascinar por las teorías de Le Corbusier, fuese a Perú, a las barriadas pobres de Lima, y llevase a cabo un estudio que dejaba claro que, lejos de la idea, muy extendida, de que los pobres eran despojos dejados de la mano de dios a los que había que ayudar, quisiesen o no, las comunidades pobres tenían, en general, una compleja madeja de relaciones sociales y familiares, expectativas en cuanto a su propia vida muy similares a las de la clase media, un gran cuidado por sus hogares, etc. Turner también descubrió que, en general, «la gente sabe muy bien lo que quiere: cuando llegan por primera vez a la ciudad, solteros o casados, prefieren vivir en barrios pobres del centro, cerca de sus trabajos y de los mercados donde la comida es barata; más tarde, cuando tienen hijos, prefieren vivir en casas grandes aunque estén sin terminar, o incluso en chozas grandes, que en casas terminadas pero pequeñas» (p. 264). De hecho, el propio Muerte y vida de las ciudades americanas de Jacobs empieza con este tema: cómo, pese a todas las evidencias en contra del establishment oficial, las comunidades pobres son inmensamente ricas en cohesión, sensación de comunidad, organización y expectativas.

El capítulo sigue con un pequeño apartado dedicado a las comunidades que han colaborado o incluso tomado las riendas en la construcción de sus propios hogares y cómo la mayoría de estudios evidencian que es un hecho que fortalece dichas comunidades.

El siguiente punto es para Frank Lloyd Wright (aunque Hall volverá a él en un capítulo posterior) y su búsqueda del «orden orgánico», de la «cualidad sin nombre» que la arquitectura había perdido y que debía colocar una sonrisa en la boca de quien la habitase. No la sonrisa tonta de «uy qué mono» sino la de estar ante algo original, auténtico, con vida. Con tintes algo socialistas («el individuo no sólo va a hacerse cargo de sus propias necesidades, sino a responsabilizarse de las necesidades del grupo más extenso al que él también pertenece»), intentó en el proyecto «La gente reconstruye Berkeley» que los propios habitantes de la ciudad se hiciesen cargo de desarrollar y mantener los barrios, aunque la iniciativa no acabó de cuajar. Desilusionado, acabó aceptando que la gente necesitaba un catalizador, y él mismo se convirtió en él en Mexicali, ayudando a los mexicanos a crear su propio barrio.

Algo muy similar consiguió Ralph Erskine en Tyneside en Byker Wall. El diseño se llevó a cabo en estrecha colaboración con los residentes; algunos lo comparan con un barrio de Hong Kong, otros dicen que les recuerda a la Costa Brava; el hecho es que ha recibido numerosas veces el galardón de ser considerado el mejor vecindario del Reino Unido.

byker wall.jpg

A la voz de Jacobs se unió la de Sennett (Uses of Disorder): no eran más que «portavoces del desencanto general ante los resultados del urbanismo dirigido desde arriba en las ciudades norteamericanas» (p. 272).

La siguiente batalla, bastante similar, se daría en torno a diversos proyectos de reconstrucción urbana en los centros históricos de las ciudades europeas: en Estocolomo, en Londres y en París con Les Halles y el proyecto de Ricardo Bofill.

Ciudades del mañana, de Peter Hall

Si a algo nos recuerda este Ciudades del mañana, de Peter Hall, es a Teorías e historia de la ciudad contemporánea, de nuestro admirado Carlos García Vázquez. Ambos tienen el mismo tema, el desarrollo del urbanismo, y ambos buscan una forma distinto de abordarlo a la tradicional «historia de». El segundo, como ya recorrimos, dividía el urbanismo en tres periodos y cada periodo en una visión distinta, en función de las disciplinas; el estudio que ahora nos ocupa, del urbanista y geógrafo inglés Peter Hall, lo hace a través de la «historia de las ideas», es decir: cada capítulo sigue una idea desde su gestación inicial y sus orígenes hasta sus últimas consecuencias, con lo que los capítulos tienen duraciones muy dispares y a menudo se cruzan unos con otros, hasta repitiendo personajes. Algo que ya nos sucedió con Carlos García Vázquez y que, por lo tanto, parece característico del urbanismo.

En la práctica el urbanismo se mezcla imperceptiblemente con los problemas de las ciudades, y éstos con la economía, la sociología y la política de las ciudades, y, a su vez, con la vida social, económica y cultural de su tiempo; no hay final, ni límite, a estas interrelaciones, sin embargo hay que encontrarlo por muy arbitrario que éste sea. Contaremos lo necesario para explicar el fenómeno del urbanismo; lo situaremos claramente, a la manera marxiana, partiendo de la base socioeconómica, para, de esta manera, poder iniciar lo que realmente interesa al historiador. (p. 15).

Hall sitúa el origen del urbanismo en la reacción a los males de la ciudad del s. XIX y así es como empieza el segundo capítulo, La ciudad de la noche espantosa: con el hacinamiento de los pobres y los remedios que se intentaron para mejorar sus condiciones de vida. La visión general era que los pobres lo eran por dejadez, desidia o malas decisiones; la visión general de los que no eran pobres, se supone. El primero que hizo una encuesta un poco seria fue Charles Booth, un armador de Liverpool, que llegó a la conclusión de que alrededor de un millón de habitantes de los cerca de 3 y medio que tenía Londres por entonces eran pobres. Algunos lo eran por vagos, otros por ingresos irregulares y la mayoría por ingresos regulares demasiado bajos.

El problema no era tanto que hubiese pobres, lo que, en general, a las clases medianas les podía dar igual mientras no les manchasen los zapatos (ehem), sino que éstos acabasen levantándose o, con el tiempo, volviéndose socialistas. El otro problema fue de índole higiénica: se veía diversas partes de la ciudad como una zona insalubre, un tumor que podía acabar extendiéndose. En realidad, los pobres que llegaban a la ciudad vivían mejor vida en ella de lo que lo habían hecho en el campo, según sus propias palabras; pero en el campo pasaban desapercibidos, más o menos, mientras que en la ciudad, al agruparse, el hecho se volvía un problema.

Si el segundo capítulo plantea el problema, el tercero ya arroja una posible solución: La ciudad de las vías de circunvalación abarrotadas. En ella se decide, primero, que la densidad es demasiado alta y, segundo, que lo mejor es alejar a los pobres a las afueras de las ciudades, creando nuevos entornos para ellos. Esto se llamará zonificación y en Europa se transformó en creación de nuevos barrios o, sobre todo, nuevas ciudades satélite a lo largo de las líneas del ferrocarril. En cambio, en Estados Unidos se usó, sobre todo, para proteger determinadas zonas (barrios de clase media alta) de la llegada de los pobres y confinarlos a ellos en sectores determinados o arrojarlos a las afueras.

Esto se tradujo en algo que describió el libro de 1928 de Clough Williams-Ellis England and the Octopus, donde narraba cómo las ciudades iban extendiéndose a lo largo de las líneas del metro y el ferrocarril. Hubo, claro, numerosos casos de empresarios que diseñaron entornos para luego dirigir los ferrocarriles hacia ellos y obtener provecho.

El capítulo cuarto plantea otra posible solución y nos da el que, según Hall, sea probablemente el personaje más destacado del libro: Ebenezer Howard, y el capítulo se titula La ciudad en el jardín. Se trata, nada más y nada menos, que de la ciudad jardín, que tanto hemos denostado en el blog y el gran terror de, por ejemplo, la buena de Jane Jacobs. Pero, como dice Hall, lo que denostamos no es la idea de Howard, sino cómo la entendió su principal sucesor Raymond Unwin: «confundieron la ciudad jardín con el barrio jardín suburbano de Hampstead y de otras numerosas imitaciones» (p. 98). Howard nunca quiso un mar aburrido de suburbia: la ciudad jardín era el medio para cambiar la sociedad capitalista y convertirla en una infinidad de sociedades cooperativas autogestionadas.

Howard estuvo influenciado por gran cantidad de nombres y sus ideas: la nacionalización de la tierra, o mejor aún, la compra del terreno por parte de una comunidad; el rechazo de la subordinación del individuo a un grupo centralista socialista; el retorno a las raíces del grupo «Vuelta a la Tierra» (un movimiento antivictoriano de finales del XVIII y principios del XIX que propugnaban algo muy similar a lo que alentó los movimientos de los 60). La Ciudad Jardín consistía, grosso modo, en un grupo de gente, algunas de las cuales con prestigio y credibilidad comercial, que fundarían una sociedad limitada, pedirían un préstamo para comprar un terreno lo bastante alejado de la ciudad para ser asequible y conseguirían que algunas fábricas se trasladasen allí, con lo que también lo harían sus trabajadores. Howard hablaba de unos 32 mil trabajadores. Cuando la ciudad alcanzase su límite de población, se empezaría otra a una distancia determinada, conectadas mediante un ferrocarril rápido.

Lo importante no era la disposición de las casas ni los jardines que hubiese, sino que los propietarios de la tierra eran los ciudadanos. Con el dinero que se obtuviese de las cosechas y de sus réditos se iría pagando el crédito inicial; una vez acabado, los réditos serían directos para los ciudadanos y su bienestar, que además podrían organizar, de forma local, como considerasen oportuno. Howard lo consideraba una tercera vía, alternativa al capitalismo victoriano o al socialismo burocrático y central. También una visión muy norteamericana: el espíritu del colonizador en la Inglaterra industrial (Howard intentó ser un colono americano, pero la aventura fracasó).

Howard llevó a cabo sus planes. Intentó fundar una sociedad, compraron un terreno, empezaron a edificar la ciudad jardín soñada… pero su materialización, además de lenta y costosa, se llenó más de clases medias alternativas que de trabajadores, con lo que adquirió cierta fama de lugar excéntrico. Además, en su realización estuvieron implicadas dos manos que modificaron la idea original de Howard: Unwin y Parker. Ingeniero uno, decorador de interiores el otro, estaban más preocupados por los aspectos formales de la ciudad que por el sistema social que la fundaba; y por ello sus creaciones volvían a una época mítica, a un jardín ideal, un medievo idealizado. La estética de su propuesta caló y enterró la ideología de la ciudad jardín de Howard, convirtiendo su ciudad social en un barrio bonito con casas ajardinadas.

Con el tiempo, la idea de la ciudad jardín evolucionaría hacia la de la ciudad satélite (lo veremos en el siguiente capítulo), pero ésta no tiene en cuenta diversos aspectos negativos que la ciudad jardín sí trataba: la ciudad satélite ofrece espacio vital y a precios más asequibles, sí, pero le supone al trabajador desplazamientos constantes hacia la ciudad madre, lo que le cuesta dinero, tiempo y energía.

El quinto capítulo se titula La ciudad en la región y sigue los pasos de, sobre todo, Anthony Geddes; mejor dicho, sus ideas y cómo estás se fueron ramificando y consiguieron ser explicadas por Lewis Mumford. Geddes, de profesión biólogo pero en general hombre de curiosidad insaciable y pocas capacidades para expresarse de forma comprensible, bebió sobre todo de los geógrafos franceses, en concreto de Reclus, Vidal de la Blache y Le Play. De ellos desarrolló el concepto de «región» como bloque básico para el desarrollo de la vida. La región era su forma de decir que las cosas no surgían porque sí, sino que estaban enraizadas en un desarrollo y un devenir concretos; la mayoría de ciudades, por ejemplo, están cerca de un río o del mar, o en encrucijadas de caminos. Lo cual no es baladí, claro.

Sus ideas hallaron suelo fértil, sobre todo, en la Asociación para la planificación regional de América, en concreto uno de sus más célebres participantes: Lewis Mumford. La revista Survey les ofreció la posibilidad de escribir un monográfico donde exponer sus ideas: hasta entonces, argumentaban, las ciudades y las regiones se habían desarrollado un poco a su aire, en función de las necesidades y los avances tecnológicos de cada momento; había llegado una era, sin embargo, donde una buena planificación de cada región era, no sólo posible, sino el único modo de evitar un futuro desastre, un colapso épico de la civilización (Jacobs decía que Mumford odiaba las ciudades, y en parte, sí, odiaba las aglomeraciones y las ciudades densas).

La planificación regional no se pregunta sobre la extensión de la zona que puede ponerse bajo el control de la metrópolis, sino de qué modo la población y los servicios cívicos pueden distribuirse de manera que permitan y estimulen una vida intensa y creativa en toda la región -considerando que una región es un área geográfica que posee una cierta unidad de clima, vegetación, industria y cultura. (p. 162).

Y el objeto perfecto que encontraron para llevar a cabo esa planificación regional: la ciudad jardín. Como lugar creado ex nihilo, ciudad sin historia, bien planificada, cada cosa y persona en su lugar. Intentaban, de algún modo, implantar en Norteamérica, con sus apenas 400 años de historia, lo que había sucedido en los valles de Francia a lo largo de más de dos milenios.

Tras algunas tentativas que Hall detalla, sin embargo, y de forma paradójica, donde más éxito tuvieron fue en las capitales europeas; en Londres, concretamente. La creación del Gran Londres (primero liderado por Unwin, después por Abercrombie) surge de las ideas sobre la región; la mayoría de capitales europeas, que acaban absorbiendo sus extrarradios y ocupando una región entera de forma funcional, beben de las ideas de Geddes, nada menos.

El profeta del capítulo sexto, como lo denomina Hall, es Daniel Hudson Burnham; y suya es La ciudad de los monumentos. Siguiendo la estela de Haussmann y París, y de la construcción del Ringstrasse de Viena, el objetivo de este capítulo es la creación de ciudades monumentales. Paradójicamente, las principales manifestaciones del movimiento se darán en Estados Unidos (Washington, Chicago) y en las colonias británicas, aunque luego encontrarán un nuevo exponente en las capitales europeas sometidas al fascismo.

Algunos proyectos de Burnham fueron en Washington, ciudad que debía ser especialmente monumental; en Cleveland; en San Francisco, donde su plan no fue aceptado. Los planes de Burnham dibujaban ciudades preciosas, con perspectivas bellísimas; pero no tenían en cuenta ni aspectos básicos como la movilidad y el tráfico ni, sobre todo, la existencia de pobres, que a menudo simplemente eran expropiados y arrojados a alguna otra zona de la ciudad.

La idea que tenía para Chicago era similar a la de Haussmann para París: grandes bulevares y avenidas que conseguirían que Chicago fuese una ciudad hermosa y sus habitantes y los de las cercanías decidiesen pasar las vacaciones o el tiempo de asueto en ella; y dejar allí el dinero, porque Burnham tenía siempre claro para quién estaba desarrollando las ciudades. Los óleos de Jules Guerin muestran claramente las ideas que tenía Burnham para la ciudad.

guerin chicago.jpg

El proyecto, como los anteriores, estaba pensado para una clase media ociosa basada en el comercio y cuyo único objetivo era gastar dinero, como los grandes almacenes de París. No tenía en cuenta ni una posible expansión de su radio de acción (el centro de la ciudad) ni aspectos de vivienda, escuela o sanidad.

Otras manifestaciones de la Ciudad Bella se dieron, como ya hemos dicho, en las capitales coloniales que el Imperio Británico tenía alrededor del mundo: Nueva Delhi, Lusaka, Canberra. Pero donde hallaron suelo más fértil fue en la Roma de Mussolini y la Berlín de Speer que Hitler pretendía. Ambas tenían en común ser ciudades enormemente monumentales, grandes avenidas, enormes construcciones; pensadas para impresionar, no para habitarlas.

germania-hitlerìs-capital.jpg
Berlín de Speer, llamada Germania: así como muy discreta y poco monumental

Dejamos para la siguiente entrada el capítulo con la que será la bestia negra de todo el estudio de Hall: Le Corbusier.