En torno a la posmodernidad (II)

Seguimos con los distintos artículos que forman la antología En torno a la posmodernidad (que ya presentamos en una primera entrada y donde reseñamos los puntos de vista de Gianni Vattimo, muy favorable a la misma, y de José María Mardones, que reflexionaba sobre la tendencia conservadora del concepto).

Iñaki Urdanibia trata, en «Lo narrativo en la posmodernidad«, de definir el concepto. Su primera hipótesis ya es bastante clara: «la posmodernidad es el folklore de la sociedad posindustrial». Sigue, al poco, con las palabras de Christine Buci-Glucksman:

Que la modernidad como proyecto universalista de «civilización» descansando sobre el optimismo de un progreso tecnológico ineluctable, sobre un sentido seguro de la historia, sobre un dominio racional y democrático de un real entregado a las diferentes utopías revolucionarias de un futuro emancipado, haya entrado en crisis en los años 70: tal es la evidencia masiva que unifica los diferentes discursos sobre la posmodernidad, ya sean franceses o internacionales. (p. 44)

De algún modo, la cita anterior recoge el consenso común; la gran pregunta, claro, como se plantea Urdanibia, es si la modernidad ha muerto, está agotada o es un proyecto inacabado.

Para él, la sociedad empieza a verse a sí misma como «moderna» hacia 1850, cuando tanto Baudelaire como Théophile Gautier utilizar el término. Surgen una lógica, una retórica y una ideología de la modernidad: la lógica, basada en el progreso científico-técnico, en el papel del Estado y en el surgimiento de un sujeto concreto así como un tiempo «cronométrico» (no ajeno, en absoluto, al sistema productivo imperante del momento); y la retórica es la búsqueda de lo nuevo y la aceptación de la ruptura, el cambio y la evolución; la vorágine de la que hablaba Berman al referirse al desarrollismo de Fausto.

Donde más se verán estos hechos es en las vanguardias artísticas, rabiosamente modernas, audaces, a la búsqueda de la novedad… que se van amansando durante el transcurrir del siglo hasta llegar a un apacible consumismo de masas complaciente; la sociedad del espectáculo de Debord.

Desde otro punto de vista, Urdanibia identifica dos etapas clave de la modernidad: una primera, que va del Renacimiento a la Ilustración y cuyo vértice es el sujeto: «todos los hombres son, por naturaleza, esencialmente idénticos entre sí», y una segunda, desde el romanticismo hasta la crisis del marxismo, donde «la tesis fundamental ya no es la del sujeto sino la de la historia» y donde el sujeto forma parte de categorías colectivas: la nación, la clase, la cultura, la raza. «El intento de articular la idea de sujeto y la idea de historia a través de la idea de progreso es un intento en sí contradictorio: en él se combinan la promesa de liberación y la exigencia de dominación.» Y es esa tesis del progreso, precisamente, la que hace aguas y da lugar a la crisis de la modernidad.

Desde otro punto de vista lo trata Michel Maffesoli en «La socialidad en la posmodernidad«:

Asimismo, puede decirse que todo lo que suele llamarse «posmoderno» es sencillamente una forma de distinguir la unión que existe entre la ética y la estética. No tengo intención de otorgar al término «posmoderno» un status conceptual. Vamos a entenderlo, por comodidad, como el conjunto de categorías y de sensibilidades alternativas a las que prevalecieron durante la modernidad. Consistiría por lo tanto en una toma de perspectiva, en una categoría mental que permite entender la saturación de un epistema, que permite comprender el precario momento que media entre el final de un mundo y el nacimiento de otro.

Fernando Savater, en «El pesimismo ilustrado«, articula el postmodernismo desde la polaridad optimismo/pesimismo: «Entre los muchos pecados que se achacan al movimiento ilustrado, uno de los más recurrentes y mejor documentados es el de optimismo«, asimilado en este caso al progreso: la idea de que todo va a ir siempre a mejor, a ser más rápido, más eficiente, más feliz, al avance ininterrumpido del hombre y sus recursos. A un optimismo irredento, una modernidad basada en la razón y el progreso, se le acaba oponiendo un «pesimismo ilustrado» que, para Savater, más que oponerse a la modernidad, la complementa. Ese pesimismo, que va evolucionando desde Hobbes y Spinoza hasta sus máximos exponentes, Schopenhauer, Nietzsche, Freud, «es la consecuencia lógica de la renuncia a la benevolente providencia del Dios monoteísta» (p. 123). Deja de ser evidente que todo va a acabar bien, que todo tiene, incluso, que ir bien. «La muerte de Dios es el más terrible atentado contra nuestro narcisismo metafísico. El amor propio y su ética intentarán reparar en lo posible esta herida narcisista, pero a partir de una quiebra fundamental, irrefutable: éste es el pesimismo. Mientras se conserva de un modo u otro la fe en el Dios moral, más o menos secularizada, la Ilustración no llega a completarse definitivamente.»

De un lugar similar parte Josetxo Beriain en «Modernidad y sistemas de creencias«: de la debacle ocasionada por lo que Weber llama «el desencantamiento del mundo» y Nietzsche «el crepúsculo de los dioses». Se trata del momento en que las cosmovisiones (lo que Lyotard llamaría los grandes relatos) se convierten en una elección posible, en una oferta de significado que el consumidor no tiene más remedio que elegir. «En el sistema cultural de la modernidad, la religión es un subsistema de símbolos que oferta «sentido», así como otros subsistemas ofertan bienes de consumo, climas cálidos, espacios en la radio y en la TV, etc.» Puesto que estas visiones no son compatibles entre sí (existe un dios u otro; o la máxima autoridad es el mercado, o la libertad, o la igualdad…) surge la confusión, puesto que la existencia de tantos valores distintos anula, de algún modo, la univocidad de todos ellos.

Como ejemplo de uno de los casos donde sucede lo anterior, Beriain recurre a Daniel Bell y los tres principios antagónicos que subyacen a las estructuras tecnoeconómica, política y cultural:

  • la esfera tecnoeconómica se basa en el principio axial de economizar y la estructura axial de la burocracia, que trata a los individuos como «cosas» que están cumpliendo funciones;
  • la esfera política, en cambio, se basa en el principio axial de la igualdad y en la estructura axial de la participación y la representación, por lo que lógicamente surgen tensiones entre la burocracia y la igualdad;
  • finalmente, la esfera cultural, antiinstitucional (?) y antinómica, coloca al sujeto en su centro: sus sentimientos, su autorealización, etc., por lo que choca frontalmente con las dos anteriores.

En «Apunte sobre el pensamiento destructivo«, Patxi Lanceros aborda el abismo entre la modernidad y la postmodernidad:

La posmodernidad, en la medida en que adopta modos fragmentarios, deconstructivos, discontinuos e, incluso, «débiles», no hace sino negar su supuesta existencia unitaria, sustancial. No hay posmodernidad, sino una multiplicidad de estrategias parciales que carecen de propósito común. No hay cadencia de sucesión ni paradigma de sustitución. A efectos estratégicos sirven Heidegger y las vanguardias, el segundo Wittgenstein y la diferencia, Nietzsche y la retórica, Baudelaire y la informática. Los contenidos múltiples en los que se dispersa la temática posmoderna no comparecen sino como otros tantos puntos de fuga sobre un plano, sin profundidad ni perspectiva.

A esta multiplicidad estratégica, a los ataques dispersos opone la modernidad el baluarte de la unidad: capital simbólico concentrado en una herencia e invertido en un proyecto. Se trata aquí también de una táctica, esta vez defensiva. Nunca la modernidad fue tan inequívocamente una como cuando ha tenido que oponer resistencia a la dispersión posmoderna. (p. 142)

Algo que, de nuevo, nos recuerda a Berman y su búsqueda del mínimo común denominador de la modernidad, la vorágine y el torbellino, en la vuelta a su barrio natal tras los cambios efectuados por Robert Moses.

«Una de esas formas de simular que conocemos el significado teórico del término Occidente podría ser la siguiente: el conjunto de los diferentes resultados de las operaciones complejas cuyos términos son la ciudad y la tierra prometida», continúa Laneros. La ciudad, entendida como el lugar de la organización racional, funcional y la diferenciación social y cultural (y económica, por supuesto); y la tierra prometida como «el flujo dinámico, el aporte mesiánico, que cruza el espacio político» fecundándolo y dibujando una perspectiva, es decir: la idea de progreso y hasta de la finalidad de la historia.

Los dos ejemplos ideales de estas ideas son, también, los dos pilares de la cultura occidental: la polis griega, como idea de lugar por excelencia cuya estructura está por encima de quienes la forman; y el pueblo judío, que no ordena su estructura en una forma urbana concreta, ni siquiera en un Estado, sino en una promesa, «una historia de la salvación».

Pero, una vez que se demuestra que la racionalización que animaba esa idea de progreso y también la ciudad no es unívoca, sino que puede orquestarse desde muchos puntos distintos (y aquí, casualmente, Lanceros vuelve a citar los dos instantes instantes que citaba Beriain: el desencantamiento de las cosas weberiano y la desaparición de Dios nietzscheana) se llega a la Dialéctica de la Ilustración, a Marcuse, a Benjamin; perdida incluso la idea de ciudad, no se puede hablar de la Ciudad de Dios o la Ciudad Secular, sino de la Ciudad Informática, «punto de partida de los análisis de Baudrillard, Lyotard o Vattimo: cruzada por infinidad de redes de distribución informativa inmediata que no dejan lugar a la producción y a la novedad».

Pero el hecho de que el postmodernismo se presente como algo posterior, que viene luego, una episteme a la que no le queda más remedio que surgir, pues el modernismo ha caído, no lo libera, dice Lanceros, de la idea del fin de la historia.

El intento de vaciar de contenido la idea de progreso, de romper la forma continuista, conduce a la posmodernidad a ensayar un poblado campo semántico que acentúa o matiza la idea del «fin de la historia». Pero, a pesar de este descomunal esfuerzo productivo, por cada resquicio mal vigilado penetra la tenaz idea del fin último, del sentido, de la meta racional: la trampa hegeliana. El fin de la historia, la escatología realizada, no soluciona el problema de la historia: el presente insatisfactorio clama todavía por un futuro redentor. (p. 153; los destacados son del autor)

En torno a la posmodernidad (I)

Conocimos la postmodernidad (que escribimos con «t» en el prefijo «post-«, aunque respetamos los textos que no la llevan y mantenemos su grafía) gracias al quinto capítulo de Sociología Urbana, de Francisco Javier Ullán de la Rosa. En dicho capítulo hacía una clara distinción entre la sociedad postmoderna, en la que vivimos, y el paradigma postmoderno, una cosmovisión epistemológica. La sociedad actual es postfordista, postindustrial, informacional, basada en la acumulación flexible, tardocapitalista… y tantas otras formas en que ha sido denominada. Por otro lado, el paradigma postmoderno es una forma de ver el mundo que disputaba la tradicional preeminencia del proyecto ilustrado de la modernidad y venía a decir que los grandes relatos habían muerto, que la idea de progreso se había truncado e, incluso, que tal vez la modernidad ha fracasado.

La sociedad postmoderna (o, como preferimos en el blog, postfordista) eclosionó alrededor de los años 70 del siglo pasado, cuando ciertos cambios en la economía, la política y la sociedad derrumbaron el sistema tradicional de fábrica, trabajo estable y casa de clase media y lo sustituyeron por neoliberalismo, empresas deslocalizadas, auge del sector servicios y ciudades en competencia. Al mismo tiempo, sin embargo, estallaban las campanas (sobre todo, en ciertos autores franceses vinculados al postestructuralismo) que denunciaban la caída de los grandes relatos (Lyotard), el auge del simulacro y la hiperrealidad (Baudrillard, que nunca se consideró postmoderno pero fue una figura importante del proyecto), la deconstrucción de Derrida, la autonomía del significado de Barthes y, sobre todo, cualquier texto de Foucault con sus constantes denuncias del poder que rodea, acosa, azota y subsume al ser humano.

Pero esta distinción tan clara que se puede hacer hoy en día entre los cambios sociales (económicos, políticos, culturales) y esa cierta revolución (cultural, sobre todo, también artística y estética) que se dio en sectores intelectuales es fruto del tiempo que ha pasado. En su momento, sobre todo los años 80 y 90 del siglo pasado, hubo un enconado debate entre los defensores del proyecto de la modernidad, que argumentaban que dicho proyecto aún no se había consumado y, por lo tanto, mucho menos estaba superado; y los que defendían su superación, consumación o puro fracaso. Con el paso del tiempo, decíamos, el debate dejó de tener sentido y se superó; es evidente que la sociedad se ha modificado, y también es evidente que el postmodernismo ha dejado su huella, sobre todo como etiqueta pero también en la forma de abordar las ciencias sociales y hasta la cultura. Sin embargo, tuvo su importancia, además de por las huellas dejadas, por la avanzadilla estética que supuso en las artes. Se habló de arquitectura postmoderna, se habló de ciudades, geografías y espacios postmodernos (sin ir muy lejos, el Postmodern Cities & Spaces que leímos hace poco o las constantes referencias de Edward Soja) y, como tal, es un concepto que ha ido surgiendo en el blog.

Leímos en su momento La condición de la posmodernidad, donde Harvey argumentaba que el postmodernismo no era más que una nueva forma del capitalismo que él denominó «acumulación flexible» y que venía provocada por la expansión, geográfico-temporal, del ritmo de la producción. Leímos también al Jameson de El posmodernismo o la lógica cultural del capitalismo tardío, donde concluía, desde el lado opuesto de Harvey, que la cultura postmoderna era, simplemente, el resultado de las nuevas formas del capitalismo tardío. Y leímos Los orígenes de la posmodernidad, de Perry Anderson, que venía a decir que Jameson tenía razón y era el que mejor había entendido la postmodernidad.

En torno a la posmodernidad es un simposio alrededor del concepto llevado a cabo por Gianni Vattimo y diversos autores españoles, cada cual desde su punto de vista, y que da una idea bastante precisa de por dónde fueron los tiros mientras el tema estuvo candente.

En «Posmodernidad: ¿una sociedad transparente?«, Gianni Vattimo da el pistoletazo de salida con una defensa entusiasma de la postmodernidad: «la modernidad deja de existir cuando desaparece la posibilidad de seguir hablando de la historia como una entidad unitaria» (p. 10). La historia, entendida, tal como la vio Benjamin (Tesis sobre la filosofía de la historia) como la representación del pasado hecha por un grupo dominante, llega a una crisis asociada a la crisis del progreso: «si no hay decurso unitario de las vicisitudes humanas, no se podrá siquiera sostener que avanzan hacia un fin, que realizan un plan racional de mejora, de educación, de emancipación».

Parte de esa crisis de la historia viene por «el final del colonialismo y del imperialismo», pero otro factor importante es, a juicio de Vattimo, «la irrupción de la sociedad de la comunicación», los verdaderos causantes de la desaparición de los grandes relatos de que hablaba Lyotard. La radio, la prensa y la televisión (aún no internet, en ese momento) habían supuesto la multiplicación de los puntos de vista que una persona llegaba a conocer, la multiplicación de las concepciones del mundo a que uno tenía acceso. Y eso hizo que «en los Estados Unidos de los últimos decenios han tomado la palabra minorías de todas clases, se han presentado a la palestra de la opinión pública culturas y sub-culturas de toda índole» que, si bien aún no habían conseguido representación política efectiva, Vattimo consideraba, optimista, que acabaría sucediendo.

Como conclusión, Vattimo adelantaba que «en la sociedad de los medios de comunicación, en lugar de un ideal de emancipación modelado sobre el despliegue total de la autoconciencia (…) se abre camino un ideal de emancipación que tiene en su propia base, más bien, la oscilación, la pluralidad y, en definitiva, la erosión del mismo principio de realidad» (p. 15), algo que, a tenor del auge de las políticas de identidad y la división y segregación presentes en las redes sociales, fragmentación de la audiencia y similares, pocos visos de realidad tiene. Para Vattimo, la pérdida de ese «sentido de la realidad» podía convertirse en algo positivo, al permitir a todo ciudadano informarse de modo autónomo; el sueño de la Ilustración, paradójicamente. Pero no podía prever la enorme multiplicación casi exponencial de fuentes de datos, Big Data, fake news, etc, que no han disuelto ese principio de realidad: lo han fragmentado y han forzado, en el mejor de los casos, a escoger la opción preferida; en el peor, a tener sólo una visión parcial sin siquiera ser conscientes de la parcialidad de dicha visión.

El siguiente artículo, «El neo-conservadurismo de los posmodernos«, de José María Mardones, se plantea una cuestión que fue surgiendo en ocasiones como crítica al pensamiento postmoderno: si su negativa a reconocer la existencia de un discurso ocultaba, en el fondo, una postura conservadora. Como parte positiva, Mardones destaca que el postmodernismo supo captar «la reflexión de todo nuestro siglo. Se la puede llamar la revuelta contra los padres del pensamiento moderno (Descartes, Locke, Kant e incluso Marx) (Bernstein, 1983)» (p. 21), al igual que «la pérdida de peso de las grandes palabras que movilizaron a los hombres y mujeres de la modernidad occidental (verdad, libertad, justicia, racionalidad)». Lo «objetivo» se ve substituido «por la episteme más plaśtica y flexible de la diferencia, la discontinuidad, la deconstrucción o la diseminación».

Una auténtica crítica de la razón ilustrada que, según Deleuze, trata de «ilustrar la Ilustración» y que, según Habermas, amenaza con destruir la misma razón (1985).

Nos hallamos ante un juicio encontrado que señala dos estrategias metodológicas: la posmoderna o posilustrada, que sospecha de toda universalización, porque ve tras ella una razón al servicio de la coerción y el disciplinamiento generalizado; y la neoilustrada de los teóricos críticos, que quiere ser también crítica con la razón ilustrada, pero teme el estrechamiento posmoderno de la razón como una traición al proyecto ilustrado de la modernidad y una práctica neoconservadora. (p. 22)

«Se debate la posibilidad de si los humanos tenemos razones para aceptar que poseemos algún tipo de capacidad (razón) para determinar y fundar un comportamiento y una praxis con pretensiones humanas, justas, racionales y universales.» Es decir: encontrar una verdad más allá de los localismos o los distintos grupos de identidad, una verdad o «unos principios orientadores de nuestras convicciones y afirmaciones que trascienden los contextos locales». La prisión postmoderna es, para Mardones, y siguiendo a Lyotard, el habitar «en medio de una pluralidad de reglas y comportamientos que expresan los múltiples contextos vitales donde estamos ubicados y no hay posibilidad de encontrar denominadores comunes (…) válidos para todos los juegos». «Nos encontramos, no libres de las ataduras de lo universal y del sofocamiento de las diferencias, sino atrapados en el pequeño recipiente de nuestros contextos y localismos» (p. 24). Ante la misma evidencia donde Vattimo veía la liberación del principio de realidad, Mardones ve la opresión de la realidad del localismo; sin huida posible, porque «apelar a los valores occidentales es una llamada etnocéntrica y arbitraria». Argumento similar al que leíamos en Todo lo sólido se desvanece en el aire, de Marshal Berman (la más férrea defensa de la modernidad que se ha hecho, con permiso de Habermas) al criticar la obsesión de Foucault con el poder y la imposibilidad, según el autor francés, de existir fuera de las constricciones del sistema.

El sujeto postmoderno es, por lo tanto, débil, «entregado a la fruición del manantial de la vida, perdido el vigía crítico de la razón, es un ser peligroso por desmemoriado y acrítico» (p. 27), carente de solidaridad, incapaz de reconocerse en la historia.

Predomina el olvido de los otros y del sufrimiento de los vencidos de la historia. Un pensamiento de este género, más que un «sujeto débil», nos oferta un sujeto fatigado y decrépito. Y una cultura dominada por sujetos de este estilo es, como dice duramente Baudrillard (1987), «una cultura anoréxica: la de la desgana, la expulsión, la antropoemia, el rechazo. Característica obvia de una fase obesa, saturada, pletórica». (p. 27)

La descripción de los sujetos parece bastante acertada; pero un atisbo de las causas, a tres décadas de las palabras de Baudrillard, iría más por la fragmentación de las audiencias o nuestro papel como consumidores, antes que ciudadanos, que hacia las estructuras de pensamiento postmodernas.

No sorprende, por lo tanto, que la conclusión de Mardones sea que el proyecto postmoderno es conservador en su incapacidad de atisbar universalidades y que defienda, como inacabado y susceptible de seguir adelante, el proyecto de la Ilustración. Sin embargo, en este caso vuelve a Habermas y propone algunas soluciones, la primera de las cuales es «la pluralidad de juegos de lenguaje» como incentivo par el diálogo. Defiende así aprehender un lenguaje como paso previo a adquirir la competencia para la reflexión sobre un lenguaje o forma de vida, lo que permitirá y facilitará la comunicación. Pero el aprendizaje de un solo lenguaje no lleva necesariamente a dicha reflexión; ésta se da, sobre todo, cuando se aprenden dos lenguajes distintos y a uno no le queda más remedio que darse cuenta de las diferencias entre ambos y cómo usan caminos distintos para referir el mismo lugar. Un lenguaje, uno sólo, puede confundir a su hablante; puede llevarle a pensar que ésa es la forma natural de referir algo; mientras que, con dos, esa naturalidad es imposible y uno ve la artificialidad del lenguaje. En este sentido, las localidades postmodernas, que no dejan de pertenecer a espacios concretos, parecen mucho más acertadas para permitir el paso previo a un diálogo universal que la cerrazón en una supuesta verdad absoluta.

Dejamos aquí la primera entrada y seguiremos con el resto de artículos en la siguiente.