El mercado contra la ciudad

El mercado contra la ciudad. Globalización, gentrificación y políticas urbanas es una publicación del Observatorio Metropolitano de Madrid (Traficantes de sueños, 2015) que recoge siete artículos célebres alrededor de este tema. De los siete, dos ya los hemos reseñado en su propio apartado: «El bello arte de la gentrificación«, de Rosalyn Deutsche y Cara Gendel Ryan, analizaba por un lado el papel de la clase creativa como pioneros de la gentrificación y, por el otro, el apoyo de las autoridades a un arte vacío, sin crítica social ni interés por los modos de producción de la cultura, como era el neoexpresionismo. «A vueltas con la clase creativa«, de Jaime Peck, discutía el concepto de Richard Florida de «la clase creativa» y, sobre todo, las consecuencias urbanas que ha tenido, que convierten los centros de las ciudades en lugares perfectos para la gentrificación y las llena de una arquitectura amable que, además de expulsar a las clases bajas, no tiene en cuenta la redistribución social, sólo el bienestar del ocio de una parte de la población.

El resto de artículos siguen más o menos los mismos temas. La tesis de los autores es que las funciones de las ciudades han cambiado y «se han convertido en gigantescas y sofisticadas mercancías»; de ahí el título de la obra. O, como lo resumirá Neil Smith en el último artículo: las ciudades ya no se ocupan de la reproducción social, sólo de la producción.

Sus estructuras espaciales y relacionales han adquirido valores de mercado, los centros históricos se han transformado en destinos turísticos o centros comerciales al aire libre, las periferias en ciudades dormitorio o espacios residuales de exclusión, y la producción social y cultural en ocio y entretenimiento. La ciudad ya no es ni el lugar donde «el aire te hace libre» (Pirenne, 1910), ni el centro de operaciones de mercaderes, soldados y fraternidades (Weber, 1921), sino una «máquina de crecimiento» (Logan y Moloch, 1987), cuyo desarrollo produce rentas para las élites empresariales y financieras. Esto las convierte en un campo de pruebas de la resiliencia de las comunidades frente a la privatización y financiarización de las instituciones que garantizaban la reproducción social. (p. 18)

«La expulsión de las perspectivas críticas en la investigación sobre gentrificación«, de Tom Slater, también profesor de Geografía Urbana, se publicó en 2008 e intentaba dar un golpe sobre la mesa respecto al modo en que las ciencias sociales abordaban la gentrificación. Tras unos primeros análisis críticos con el tema, puesto que las expulsiones que generaban eran más que evidentes, se pasó a asumir que era una consecuencia inevitable de la transformación de la ciudad. De hecho, el foco pasó de las consecuencias de la gentrificación a las causas; podemos recordar, por ejemplo, el análisis de Neil Smith en La nueva frontera urbana, donde hablaba del diferencial de renta. Precisamente de este autor habla Slater, pero también de David Ley (considera a Smith el representante de la explicación económica y a Ley el de la explicación «cultural»).

De las muchas respuesta que provocó el artículo de Slater (recogidas en el International Journal of Urban and Regional Research), los editores seleccionaron la del sociólogo Loïc Wacquant, discípulo y colaborador de Pierre Bordieu que no deja de aparecer en las bibliografías de los libros que reseñamos y que pronto, esperamos, podremos leer. «Reubicar la gentrificación: clase trabajadora, ciencia y Estado en la reciente investigación urbana«, publicado también en 2008, se quejaba también del abandono por parte de la academia de los estudios críticos sobre la gentrificación.

Al centrarse de manera limitada en las prácticas y aspiraciones de los gentrificadores, mirando a través de unas gafas conceptuales de «color rosa», en detrimento, casi por completo, de la suerte que corren los ocupantes arrinconados y expulsados por la remodelación urbana, estos académicos repiten como loros la actual retórica de los empresarios y gobiernos que identifican la renovación de la metrópolis neoliberal con la llegada de un edén social de diversidad, energía y oportunidades. (p. 145 del libro).

Pero Wacquant iba mucho más allá y engarzaba la desaparición de las críticas ante la gentrificación en una corriente con tres patas distintas:

  • La desaparición de la clase obrera de la esfera pública. Wacquant habla de la «invisibilidad de la clase trabajadora en la esfera pública y en la investigación social de las dos últimas décadas». La desindustrialización, la inestabilidad y flexibilidad en el empleo y el desplazamiento hacia el empleo terciario desregularizado, así como «la universalización de la educación como medio de acceso incluso a puestos de trabajo no cualificados, la unificada y compacta clase trabajadora, que ocupó el lugar central de la escena histórica hasta la década de 1970, se ha marchitado, fragmentado y dispersado». No es que no haya trabajadores: es que nadie se considera a sí mismo un obrero. Más aún: estos cambios han ido acompañados de una «desmoralización colectiva y de una devaluación simbólica en el debate cívico y científico», a medida que los sindicatos han entrado en declive y los partidos de izquierda se han desplazado a la derecha, el famoso «centro». Ahora los intereses de este supuesto «centro» son los que marcan la política. Estos cambios han ido acompañados por su correspondiente cambio de nombre, como la underclass en Estados Unidos o los «excluidos» en Europa.
  • La creciente heteronomía de la investigación urbana. Si hace veinte años (Wacquant se refiere a los 80) «las investigaciones sobre clase y cultura urbana estaban marcadas por las luchas entre escuelas teóricas que competían por el dominio intelectual: la ecología humana, el marxismo, la economía política weberiana y una insurgente corriente culturalista alimentada por las teorías sobre la identidad, el feminismo y el postmodernismo», el desencanto político, la caída de los grandes discursos y, sobre todo, la necesidad de buscar financiación de los investigadores los ha llevado a buscar temas de rabiosa actualidad que no tienen en cuenta los procesos de fondo. Se estudió la «exclusión» y la «integración» en Europa, por ejemplo; los efectos del desempleo en Estados Unidos, la «mezcla social» en Francia o Países Bajos, «todo ello de acuerdo con el objetivo de los políticos de desplegar el territorio, la etnia y la inseguridad como pantallas que oculten la des-socialización del trabajo asalariado y su impacto en las estrategias de vida y en los espacios del proletariado emergente».
  • El Estado como promotor habitacional y agente de limpieza urbana. Aquí Wacquant elimina la falsa distinción entre Smith y Ley hecha por Slater en el artículo anterior. «Tanto la «tesis de la renta diferencial» apoyada por los análisis neo-marxistas, como el enfoque de la «distinción cultural» adoptado por los estudiosos neo-weberianos o postmodernos (que invocan la fraseología de Bourdieu tan rápidamente como hacen caso omiso de sus principios teóricos) o las tesis de la globalización inspiradas por Saskia Sassen dejan de lado el papel fundamental del Estado en la producción no solo del espacio, sino del espacio de los consumidores y los promotores de vivienda.» (p. 152) El peso del Estado no sólo es abrumador en todo contexto (por marcar las estructuras sociales, la fiscalidad, las formas de acceso a la vivienda, etc.), sino que es especialmente importante en los barrios de clase baja, puesto que sus habitantes son más vulnerables a las políticas públicas de acceso a la vivienda. Más aún: son las políticas policiales y de seguridad del Estado las que criminalizan la pobreza y patrullan los nuevos barrios gentrificados o en proceso; cuando no son, directamente, una parte interesada, al vender terrenos de esos mismos barrios en condiciones favorables a empresas inmobiliarios o fondos de inversión. «Sin las agresivas campañas de vigilancia policial en las calles desplegadas durante la última década (Herbert, 2006; Wacquant, 2008), impulsadas por la expansión del Estado penal, dentro y alrededor de los barrios en declive, las clases medias no podrían haberse trasladado al centro de las ciudades y la gentrificación no se habría desarrollado más allá de dispersas «islas de revitalización en medio de mares de decadencia»» (p. 152) Wacquant describe el paso del «Estado keynesiano de la década de 1950 al Estado neo-darwinista fin de siècle, que practica el neoliberalismo económico por arriba y el paternalismo punitivo por abajo». Esto se traduce, sobre los pobres, en dispersarlos (progresiva reducción de la vivienda pública) o en confinarlos en espacios reservados (como ya avisó Mike Davis en Ciudad de cuarzo).

«La ciudad como máquina de crecimiento«, de John R. Logan y Harvey Molotoch, ambos sociólogos, es el tercer capítulo del libro Urban Fortunes: The Political Economy of Place, publicado en 1987. El capítulo demuestra que las ciudades, lejos de ser un centro de intercambio o incluso un nexo regional, son el resultado de los intereses de «la máquina local de crecimiento». Valga un ejemplo para entenderlo: el de William Ogden, que llegó a Chicago en 1835, cuando la ciudad apenas contaba cuatro mil habitantes, y se convirtió en alcalde, magnate del ferrocarril y dueño de gran parte de la ciudad. Si Chicago se convirtió en el centro de Estados Unidos (era la ciudad que regulaba el paso de una a otra costa) no fue sólo por su situación geográfica, «sino porque un pequeño grupo de personas (lideradas por Ogden) tuvieron poder para, literalmente, hacer que los caminos se cruzaran donde ellos decidieron». Asimismo, las élites del ferrocarril de San Francisco impidieron que la línea acabase en San Diego, porque temían que su puerto natural convirtiese a la ciudad en un rival. Paradójicamente, prefirieron que la línea acabase en Los Ángeles, puesto que su puerto era completamente inadecuado. Sin embargo, las élites de Los Ángeles consiguieron fondos federales para reformar su puerto, convertido hoy en uno de los principales del mundo. A menudo, defienden los autores, se habla del «bien público» para ocultar los intereses de las élites. Un buen ejemplo sucedió en España con las estaciones del tren de Alta Velocidad, que a veces estaban en zonas despobladas cuyos terrenos pertenecían a políticos del partido dominante.

Sin embargo, si en el siglo XIX estos intereses eran más o menos evidentes (canales, ferrocarriles, grandes vías de comunicación), en el siglo XX son mucho más complejos y se establecen en forma de redes intercomunicadas. Tras todo tipo de iniciativas, destinadas siempre a favorecer un clima de seguridad y estabilidad de cara a las inversiones, siempre subyace la misma ideología: que el desarrollo «es algo que está por encima de las valoraciones políticas y morales». Incluso eventos que en principio no se deben a la obtención de rentas («ciertamente el orgullo cultural de los grupos tribales es anterior a las máquinas de crecimiento») son mercantilizados y canalizados por la máquina del desarrollo (y nos viene a la mente la celebración del Orgullo en Madrid que leímos hace poco de Ignacio Elpidio Domínguez Ruiz).

«Urbanismo neoliberal. La ciudad y el imperio de los mercados«, de Neil Brenner, Jaime Peck (autor de «A vueltas con la clase creativa«, en el mismo libro, que comentamos en la anterior reseña) y Nik Theodore, se publicó en un libro de 2011, The New Blackwell Companion to the City, editado por Gary Bridge y Sophie Watson, si bien el artículo aquí reseñado ha sido ampliado por los autores.

…el neoliberalismo adquirió relevancia por primera vez a finales de los años setenta y principios de los ochenta como una respuesta política estratégica a la sostenida recesión mundial de la década anterior. Frente al descenso de rentabilidad de las industrias tradicionales de producción en masa y la crisis de las políticas del Estado de bienestar keynesiano, los gobiernos nacionales y locales del mundo industrializado comenzaron, tímidamente al principio, a desmantelar los componentes institucionales en los que se basaban los acuerdos de postguerra y a poner en marcha un conjunto de políticas públicas con la intención de expandir la disciplina de mercado, la competencia y la mercantilización a lo largo de todos los sectores de la sociedad. En este contexto, las doctrinas neoliberales se utilizaron para justificar, entre otros proyectos, la desregulación del control estatal sobre las principales industrias, la ofensiva contra los sindicatos, la reducción de los impuestos a las grandes empresas, la reducción y/o privatización de los servicios públicos, el desmantelamiento de los programas de bienestar social, el aumento de la movilidad del capital internacional, la intensificación de la competencia interterritorial y la criminalización de la pobreza urbana. (p. 211)

Para ello usaron instituciones como el Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional o la Organización Mundial del Comercio (algo que ya leímos en, por ejemplo, La sociedad red o que nos recordaba con otras palabras David Harvey hace nada). Sin embargo, el artículo se centra en los efectos que este neoliberalismo ha tenido en la reestructuración urbana. En efecto, las ciudades han sido entregadas a las fuerzas del mercado; pero, si bien la doctrina neoliberal es que el mercado lo regulará todo, «en la práctica ha conllevado una drástica intensificación de formas coercitivas y disciplinarias de intervención estatal a fin de imponer el imperio de los mercados sobre todos los aspectos de la vida social».

Para ello, el neoliberalismo ha recurrido a una vieja herramienta del capitalismo: la destrucción creativa.

Y, aun así, debido a su dinamismo inherente, el capital vuelve continuamente obsoleto el paisaje que él mismo crea y sobre el que descansa su propia expansión y reproducción. Particularmente durante los periodos de crisis sistémica, los marcos heredados de la organización territorial capitalista se pueden desestabilizar en tanto el capital pretende trascender las infraestructuras socio-espaciales y los sistemas de relaciones de clase que ya no proveen una base segura para la acumulación sostenida. A los efectos de las crisis que se propagan por toda la economía espacial, le siguen procesos de destrucción creativa por los que el paisaje capitalista se ve fuertemente transformado: la configuración de la organización territorial que sostenía la anterior ronda de expansión capitalista se desecha y se rehace para establecer una nueva red de nodos territoriales para el proceso de acumulación. (p. 218)

Lo que nos recuerda la coherencia estructurada de Harvey. Con el neoliberalismo y la globalización, las escalas se han alternado y la nacional ha perdido sentido, por lo que surgen las ciudades como grandes nodos de control y gestión de los flujos. De ahí, también, la competencia entre ciudades y el city branding, tratando de posicionarse como punteras en el ámbito global.

Finalmente, el último artículo corresponde a Neil Smith. «Nuevo globalismo y nuevo urbanismo. La gentrificación como estrategia urbana global» fue publicado en Antipode, vol, 34, núm. 3, julio de 2002. Empieza con cuatro hechos sucedidos por entonces en la ciudad de Nueva York:

  • el «regalo» por parte del alcalde de un «subsidio» de 900 millones de dólares de dinero público a la bolsa de Nueva York para que no abandonase la ciudad, algo que lógicamente no iba a hacer;
  • la búsqueda por parte del Departamento de Educación de profesores de Matemáticas en otros países, puesto que en Estados Unidos escaseaban, lo que entra en la política de subcontrataciones y privatizaciones;
  • el aumento del control social, reforzando las doctrinas de la «tolerancia cero» y avanzando hacia la «ciudad revanchista» que pronosticó el propio Smith en 1996;
  • el anuncio de que Nueva York no permitiría que los coches de diplomáticos de la ONU siguiesen aparcando en doble fila; lo que de por sí no es importante, pero implica una voluntad de las ciudades de reevaluar su situación en el eje de la política internacional.

Los cuatro eventos sitúan el mapa del urbanismo neoliberal que se ha ido instaurando desde los años 80. Sin embargo, Smith considera que el liberalismo del siglo XVIII, de Locke a Adam Smith, se basaba en dos fundamentos: «que el ejercicio libre y democrático del interés personal lleva al bien social colectivo óptimo y que el mercado siempre tiene razón, esto es, que la propiedad privada es la base de este interés personal y que su vehículo ideal es el intercambio en el mercado libre». Sin embargo, durante el siglo XX, y en parte como respuesta a la ola comunista y al socialismo, la vertiente de control social quedó por el camino o, más bien, fue reconvertida a un nuevo papel del Estado como garante de las libertados del comercio y del contexto necesario para su funcionamiento.

«Las conexiones entre capital y Estado, entre reproducción social y control social, han sido alteradas de forma drástica. Y esta transformación, que solo ahora hemos empezado a perfilar, se manifiesta vívidamente en una geografía alterada de relaciones sociales y, más concretamente, en un reescalamiento de los procesos y de las relaciones sociales que genera nuevos anidamientos de escala que a su vez reemplazan las antiguas, comúnmente asociadas a la «comunidad», lo «urbano», lo «regional», lo «nacional» y lo «global». (p. 249; el destacado es nuestro)

Como ya vimos en Desarrollo desigual, del mismo autor. Smith orbita alrededor del concepto de ciudad global de Sassen, aunque le encuentra pegas: para Sassen, la economía global es «una plétora de contenedores» que son los Estados entre los cuales flotan las ciudades; Smith, sin embargo, comprende que se han dado toda una serie de cambios que están resituando las ciudades y que tienen efectos evidentes en ellas. ««Lo urbano» se está redefiniendo de una forma tan dramática como lo global; los viejos contenedores conceptuales (nuestra hipótesis de lo que era o no «urbano» en los años setenta) hacen aguas. La nueva concatenación de funciones y actividades urbanas en relación con los cambios nacionales y globales no solo cambia el «maquillaje» de la ciudad sino la definición misma de lo que (literalmente) constituye la escala urbana.» (p. 250)

La ciudad keynesiana del capitalismo avanzado, en la que el Estado aseguraba grandes áreas de la reproducción social, desde la vivienda a los servicios sociales o las infraestructuras de transporte, representó la culminación de esta relación definitiva entre escala urbana y reproducción social. Se trata de un tema recurrente que ha recorrido el trabajo de los teóricos urbanos de Europa y América a partir de los años sesenta: desde la revolución urbana (Lefebvre, 1971) hasta la crisis urbana (Harvey, 1973) y la explícita definición de lo urbano en términos de consumo colectivo (Castells, 1977), a la vez que constituye una inquietud constante de la teoría urbana feminista (Hansen y Pratt, 1995; Katz, 2001; Rose, 1981). En la medida en que era un centro de acumulación de capital, la ciudad keynesiana era, en muchos aspectos, una mezcla de oficina de empleo y oficina de servicios sociales al servicio del capital nacional correspondiente. De hecho, la llamada crisis urbana de finales de los años sesenta y principios de los años setenta fue generalmente interpretada como una crisis de la reproducción social que tenía que ver con la disfuncionalidad del racismo, la explotación de clase y el patriarcado y la contradicción entre una forma urbana surgida conforme a criterios de acumulación y otra que se tenía que justificar en cuanto a la eficiencia de la reproducción social. (p. 251; los destacados son nuestros)

Por un lado, la industrialización dejó de estar centrada en regiones productivas para enfocarse en las ciudades, que es donde se establecen las sedes de una enorme red que puede extenderse por todo el globo. Por el otro, los propios Estados dejaron de sentirse vinculados o responsables de sus ciudades (que Smith ejemplifica con el famoso titular «Ford to City: Drop Dead» del presidente Ford ante la bancarrota de Nueva York, del que hablamos en «El bello arte de la gentrificación«).

El urbanismo neoliberal es una parte integral de este amplio reescalamiento de funciones, actividades y relaciones, y conlleva un considerable énfasis en el nexo entre producción y capital financiero a costa de las cuestiones relativas a la reproducción social. No se trata de que la organización de la reproducción social ya no module la definición de la escala urbana, sino más bien que su poder para hacerlo está considerablemente debilitado. (p. 255)

Esto se traduce en un urbanismo supeditado a la producción, más que a la reproducción, en una crisis que a veces hasta atenta contra la máxima sacrosanta del capitalismo: la obtención de beneficio, con viajes desde la periferias de la ciudad hasta el centro para ir a trabajar que llevan dos, tres o cuatro horas por trayecto. Sumando que las directrices del Banco Mundial, especialmente para los países en vías de desarrollo, donde estos hechos son más notorios, incluyen la privatización de los transportes públicos. El problema, como señala Smith, es que la preeminencia de «los impulsos de la producción económica» aún no se ha traducido en una pérdida del beneficio; veamos qué sucede cuando pase, como por ejemplo la ausencia de camioneros en Reino Unido y la petición de los empresarios para que vuelvan los inmigrantes que les suponían mano de obra barata. A eso hay que añadirle que las ciudades donde más peso están teniendo estos efectos son aquellas metrópolis de Asia, Latinoamérica y parte de África «donde el Estado de bienestar keynesiano» nunca se aplicó de forma relevante y que se están convirtiendo en los «núcleos de producción de un nuevo capitalismo».

El bello arte de la gentrificación, Rosalyn Deutsche y Cara Gendel Ryan

«El bello arte de la gentrificación» («The fine art of gentrification«) fue publicado en el número 31 de la revista October, en el año 1984, y es un artículo clásico porque fue de los primeros en denunciar la relación entre los pioneros de la gentrificación y la clase artística. El artículo empieza analizando los cambios que se estaban dando en el Lower East Side de Nueva York en cuanto al nivel de vida de sus habitantes y la importancia que tuvo tanto el arte como el stablishment en apoyar y potenciar dichos cambios. Leímos el artículo hace un tiempo en su versión original, pero lo hemos encontrado ahora dentro de El mercado contra la ciudad, una recopilación de artículos editada por el Observatorio Metropolitano de Madrid que reseñaremos en la siguiente entrada.

Situemos el contexto. Durante los años 70, y merced a los cambios que se estaban dando en la industria y a los coletazos de la crisis económica y del petróleo, la ciudad de Nueva York sufrió una crisis fiscal que la hizo estar a punto de la bancarrota. La respuesta del presidente Ford a la crisis de la ciudad apareció en la icónica portada del New York Daily News: «Fort to city: drop dead». Que más o menos venía a decir: ahí os quedáis. Pese a que luego el Congreso norteamericano cedió fondos a la ciudad (a cambio de llevar a cabo el tipo de políticas que se empezaban a implantar por entonces y que consistían en recortar gasto público y servicios, es decir, en adelgazar el estado del bienestar), la frase evidencia a las claras que algo estaba cambiando.

Las ciudades, que habían sido grandes centros neurálgicos e industriales durante todo el siglo XX, iban quedando abandonadas a medida que la industria se deslocalizaba al sudeste asiático y a los países del Tercer Mundo en busca de lugares con unas condiciones laborales más favorables. Si el gran dogma de las ciudades, hasta entones, había sido desincentivar la llegada de más habitantes, puesto que les suponía enormes problemas logísticos, en los 70 tuvieron que cambiar la dirección y tratar de atraer personas. De ahí, por ejemplo, el famoso logo de I 🖤 NY, cuatro letras que se han convertido en uno de los lemas más reconocibles de la publicidad.

Sin embargo, en los barrios que habían sido objeto del redlining y se habían vaciado de clases medias blancas, y donde, en general, habitaban negros, latinos y pobres, ahora se disponía de una gran cantidad de espacios y viviendas semiabandonadas cuyos precios eran ridículamente bajos. En uno de esos barrios, que en breve recibiría el nombre de SoHo (por estar situado al South de la calle Houston), había muchos edificios que hasta la fecha habían sido talleres textiles pero habían quedado abandonados. Disponían de mucho espacio, ventanales enormes por donde entraba la luz y un precio asequible, por lo que muchos artistas decidieron mudarse a la zona y usar esos talleres como estudio y residencia a la vez. Había llegado lo que Sharon Zukin analizó en 1982 en su famoso libro Loft living: la moda del loft.

Esos pioneros, artistas, personas jóvenes, en general de clases algo más medias que los residentes originales del barrio, se sentían atraídos por algo que percibían en los barrios: un sentido de novedad, de autenticidad, de algo original que no se encontraba, por ejemplo, en los barrios residenciales de familia blanca con perro y jardín. Encontraban allí lo que Neil Smith denominó «una nueva frontera urbana«, la sensación de ser pioneros descubriendo tierras extrañas y salvajes. Hoy sabemos que ese movimiento conformó uno de los primeros pasos de lo que se conoce como gentrificación, y conocemos también el papel que juegan en el proceso los artistas y jóvenes bohemios: son una primera avanzadilla que acude al barrio por lo exótico de sus habitantes; pero, aun sin ellos quererlo, su llegada dota al barrio marginal de cierta pátina de respetabilidad (porque, aunque sean jóvenes, suelen ser de extracción más alta que los habitantes del barrio y tienen ímpetu para modificar sus viviendas, reformarlas, moverse en busca de establecimientos que marquen sus pautas culturales y de consumo). Con el tiempo surgirán tiendas de comida orgánica, de empanadillas argentinas, de cómics, cafés, galerías de arte, y entonces los precios de las viviendas subirán, atrayendo a clases medias y expulsando a los habitantes originales del barrio en lo que Zukin denominó «pacificación por capuccino«. Paradójicamente, cuando las clases altas lleguen, en la fase final de la gentrificación, y se modifique el nombre del barrio (y se lo llame SoHo, o el Raval en vez de «el barrio chino», o TriBall en Madrid, o tantos otros), esos mismos artistas pioneros serán expulsados a su vez, porque ya no podrán hacer frente al valor de los inmuebles.

Todo esto que recogemos aquí viene de lecturas muy diversas (First We Take Manhattan nos habló de las fases de la gentrificación, Neil Smith de la ciudad revanchista, Francisco Javier Ullán de la Rosa del redlining) y tras muchos años de estudios de las ciencias sociales. Sin embargo, quienes pusieron de manifiesto la connivencia del arte (voluntario o no) con la gentrificación, fueron Rosalyn Deutsche (historiadora del arte) y Cara Ryan (periodista) con este artículo.

En 1982 había cinco galerías de arte en el East Village; y, sin embargo, todos los medios de la ciudad loaban el «vibrante espacio artístico» del barrio. Hablaban de liberación, de revulsivo, de «la ley de la jungla». Sin embargo, esta vez era algo distinto porque el mercado de arte de la ciudad les siguió los pasos y validó sus puntos de vista.

La representación del Lower East Side como el «escenario de una vanguardia aventurera» esconde, no obstante, una cruel realidad. Esta desafiante y novedosa escena artística es también una arena urbana estratégica en la que la ciudad, financiada por el gran capital, libra su particular guerra de posiciones contra la población local empobrecida y cada vez más segregada. La estrategia metropolitana consta de dos partes. Su objetivo inmediato consiste en desplazar a una población de clase trabajadora que se considera superflua, se trata de arrebatarles el control de la propiedad de sus barrios y viviendas y devolvérselo a los promotores inmobiliarios. El segundo paso consiste en estimular el desarrollo a gran escala de las condiciones apropiadas para albergar y mantener la fuerza de trabajo propia del capitalismo tardío, esto es, el profesional blanco de clase media preparado para servir a la sociedad estadounidense «postindustrial». (p. 29 – las citas son a la edición del artículo dentro de «El mercado contra la ciudad»)

El Lower East Side estaba situado a poca distancia del flamante World Trade Center, que iba a ser uno de los centros de negocios mundiales. A medida que el capitalismo se volvía «tardío» (o se avanzaba en la acumulación flexible) se perdían empleos de obreros (lo que en EEUU llaman «de cuello azul») y se creaban empleos destinados a la dirección de empresas en otros países y a los servicios («de cuello blanco»). Los barrios convertidos en guetos eran un desperdicio de espacio céntrico que la ciudad no se quería permitir, por lo que surgieron iniciativas para expulsar a sus habitantes y substituirlos por otros de clases más acomodadas.

«Convertido en uno de los agentes de estas fuerzas económicas, el Ayuntamiento —que posee el 60 % de las propiedades de los barrios gracias al impago de impuestos y al abandono de edificios por parte de sus propietarios— utiliza tácticas probadas con anterioridad a fin de promover la transformación del Lower East Side. La primer es no hacer nada, permitir que el barrio se deteriore por sí solo.» (p. 33) A medida que las viviendas y las calles se degradan, los habitantes que tienen capacidad económica para ello huyen del barrio; los únicos que permanecen son los que no tienen alternativa, que son, precisamente, los que luego sufrirán la expulsión.

A pesar de que la nueva escena artística del East Village y quienes la legitiman en la prensa ignoran el proceso de gentrificación, ellos mismos se han visto enredados en este mecanismo. Las galerías y los artistas hacen subir los alquileres y desplazan a los pobres. Los artistas han puesto sus necesidades de residencia por encima de las de los residentes que no pueden elegir dónde vivir. La convergencia de los intereses del mundo del arte con los del gobierno de la ciudad y los de la industria inmobiliaria se han vuelto explícitos para muchos residentes del Lower East Side. (p. 38)

Los artistas forman parte de esta embestida por propio interés: disponen de lugares económicos, de un barrio «vibrante» y de mayor exposición comercial; las galerías y centros de arte están en la misma situación. Pero, además, reciben ayuda de las autoridades: Deutsche y Ryan denuncian que, por ejemplo, el Ayuntamiento destinó 3 millones de dólares a financiar viviendas para «para las necesidades de los artistas blancos de clase media» en un barrio donde había necesidades económicas mucho más acuciantes.

Los artistas y las galerías no eran completamente ajenos al proceso. Algunos lo racionalizaban, argumentando que la gentrificación llegaría de todos modos; otros negaban su participación; y unos cuantos trataban de luchar contra ello. ¿Pero cómo enfrentarse a algo cuando las protestas en contra, si acaso, lo validan y lo hacen más atractivo? La única alternativa es desertar; pero es difícil cuando uno es consciente de que, simplemente, otros aprovecharán la oportunidad.

Pero hay otro aspecto que las autoras estudian: los propios cambios en el mundo del arte. Como nos recordaba Harvey hace poco, a medida que el dinero deja de tener una relación física y se vuelve virtual, se recurre a otros ámbitos para mantener el valor: adquirir propiedades en el centro de una ciudad, por ejemplo, o comprar obras de arte. El mercado del arte se mercantilizó a grandes pasos, convirtiéndose en un mercado volátil que podía aportar grandes beneficios. Además de eso, surgieron museos por doquier y la cultura se volvió, cada vez más, un bien de consumo y una excusa que permitía llevar a cabo en las ciudades todo tipo de intervenciones e inversiones.

El propio arte no era ajeno a este hecho. «Durante los años sesenta y setenta las tendencias artísticas, empezando por el minimalismo, estuvieron centradas en trabajar sobre el mismo contexto artístico.» Algunas de estas prácticas cuestionaban la existencia material y mercantilizada del arte; una gran mayoría, no. «El establishment ha hecho resucitar la doctrina según la cual la estetización y la auto-expresión son las verdaderas preocupaciones del arte, y que estas constituyen mundos de experiencia separados de lo social.» Es decir: el arte es algo ajeno, más allá del día a día, y no debe preocuparse de cosas tan mundanas como el dinero… o la gentrificación.

De ahí surge el juego de palabras del título, que se refiere tanto «al bello arte» de la gentrificación como «al bello arte» que acompañó al proceso: la corriente artística conocida como neoexpresionismo.

Esta doctrina está encarnada en un neoexpresionismo dominante que, a pesar de su pretendido pluralismo, debe ser entendido como un sistema de creencias rígido y restrictivo: primacía de la auto-existencia, previa e independiente de la sociedad; conflicto eterno, fuera de la historia, entre el individuo y la sociedad; eficacia de la individualización, protestas subjetivas. Los participantes de la escena del East Village sirven a esta triunfante reacción. Pero la victoria del neoexpresionismo y su variante del East Village, al igual que la victoria de todas las reacciones, depende de una mentira gracias a la cual se legitima a sí misma. En este caso la mentira consiste en decir que el neoexpresionismo es emocionante, nuevo y liberador. Esta mentira obstruye el pensamiento crítico, escondiendo la subyugación y la opresión social que esta «liberación» ignora, y a la que por lo tanto da soporte. (p. 44)

Sucede algo similar a cuando la modernidad, durante el mismo periodo, quedó subyugada a los procesos capitalistas de la técnica y la eficacia (La condición de la posmodernidad): que fueron apropiados por una autoridad concreta que los usó para expresar y validar sus principios. Pese a que era una corriente artística relativamente reciente e inocua, las grandes instituciones culturales del momento se lanzaron a glosar a sus artistas y las obras neoexpresionistas, criticando las corrientes anteriores, como el minimalismo, algunas de las cuales sí que habían sido críticas y habían hecho «del contexto la materia de su trabajo, prestando especial atención al tiempo real y al espacio».

A escasos tres años desde la inauguración de las primeras galerías en el East Village, el Institute of Contemporary Art de la Universidad de Pennsylvania organizó una exposición neoexpresionista, a la que pronto siguieron otras. En esta primera exposición, el Lower East Side sólo aparece de tres modos: «mitologizado en los textos como un ambiente bohemio y emocionante, cosificado en un mapa que delimita sus fronteras y estetizado en una fotografía a página completa de una «escena callejera» del Lower East Side» (p. 48; el destacado es nuestro). Ninguna de las dos primeras acepciones tienen en cuenta la realidad social del barrio: la mitologización da a entender que es un lugar vibrante, obviando la pobreza institucionalizada y la marginación que lo pueblan; la cosificación lo sitúa en tanto que espacio neutro, como si la Qinta Avenida y el Bronx fuesen exactamente lo mismo. Pero la tercera visión es la peor: en la fotografía a página completa aparecen graffitis, carteles de galerías, una obra de arte y un sin techo en la esquina de la imagen. Contraponiendo la alta cultura del arte con la «realidad de las calles» pero, en realidad, «despreocupada de cualquier tipo de conciencia social». «La figura del sin techo está empapada de connotaciones sobre la pobreza como un hecho eterno y merecido. Mantiene por lo tanto el análisis histórico bajo control.»