El animal público, de Manuel Delgado: Fragmentos.

(viene de El animal público, de Manuel Delgado, y de De la ciudad a lo urbano)

«Por definición la calle, la plaza, el vestíbulo de cualquier estación de tren, los bares o el autobús son espacios de paso, cuyos usuarios, las moléculas de la urbanidad -la sociedad urbana haciéndose y deshaciéndose constantemente-, son seres de la indefinición: ya han salido de su lugar de procedencia, pero todavía no han llegado allá donde se dirigían; no son lo que eran, pero todavía no se han incorporado a su nuevo rol. Siempre son iniciados, neófitos, pasajeros. […] el transeúnte está siempre ausente, en otra cosa, con la cabeza en otro sitio, es decir, en el sentido literal de la palabra, en trance.» (p. 119).

«De ahí esa obsesión humana por establecer tierras de nadie, no man’s lands, espacios ideterminados e indeterminantes, puertas o puentes cuya función primordial es la de ser franqueables y franqueados, escenarios para el conflicto, el encuentro, el intercambio, las fugas y el contrabando. Como si de algún modo se supiera que es en los territorios sin amos, sin marcas, sin tierra, donde se da la mayor intensidad de informaciones, donde se interrumpen e incluso se llegan a invertir los procesos de igualación entrópica […] lo más intenso y creativo de la vida social, de la vida afectiva y de la vida intelectual de los seres humanos se produce siempre en sus límites.» (p. 105).

«Espacio público, espacio todo él hecho de tránsitos, espacio, por tanto, de la liminalidad total, del trance permanente y generalizado. […] el espacio público -baile de máscaras, juego expandido- lo es de la alteridad generalizada. Richard Sennet lo expresaba inmejorablemente: «La ciudad puede ofrecer solamente las experiencias propias de la otredad»». (p. 120). Sigue leyendo «El animal público, de Manuel Delgado: Fragmentos.»

De la ciudad a lo urbano

(viene de El animal público, de Manuel Delgado)

«La ciudad no es lo urbano. La ciudad es una composición espacial definida por la alta densidad poblacional y el asentamiento de un amplio conjunto de construcciones estables, una colonia humana densa y heterogénea conformada esencialmente por extraños entre sí. (…) Lo urbano, en cambio, es un estilo de vida marcado por la proliferación de urdimbres relacionales deslocalizadas y precarias.» (p. 23).

Seguimos con El animal público, de Manuel Delgado, y repasamos el camino hacia un antropología de lo urbano. Delgado cita a Rosseau (que hablaba del «torbellino social»), a Marx y Engels («inquietud y movimiento constantes… todo lo sólido se desvanece en el aire»), también a Nietzche, Baudelaire, Balzac, Gogol, Dickens, Kafka, como autores que hicieron de la zozobra que supone lo urbano el tema central de su obra. La Escuela de Chicago, que fue la primera sociología que puso el foco en el hecho urbano, en la ciudad: Park, y Wirth. George Simmel, sociólogo alemán que enfocó en las múltiples y atomizadas relaciones que se dan entre los sujetos en entornos urbanos (El individuo y la libertad); el situacionismo francés, con la psicogeografía y la deriva, que se podrían definir muy bastamente como el acto de vagar por la ciudad dejándose sorprender, atento a lo que ésta ostenta y detenta. Birdwhistell y la proxemia, «disciplina que atiende al uso y la percepción del espacio social y personal a la manera de una ecología del pequeño grupo». Goffman y los interaccionistas simbólicos, que «contemplaron a los seres humanos como actores que establecían y restablecían constantemente sus relaciones mutuas, modificándolas o dimitiendo de ellas en función de las exigencias dramáticas de cada secuencia, desplegando toda una red de argucias que organizaban la cotidianidad» (p. 30).

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Fotografía urbana: no es casualidad que no aparezcan los actores, sólo los flujos, el recorrido, la estela de su paso.

Lo urbano no tiene habitantes, puesto que no tiene un espacio propio, estable, donde existir, sino un espacio que recorre, al que recurre, por lo que Delgado acaba hablando de usuarios, más que de ciudadanos: «el ámbito de lo urbano por antonomasia no era tanto la ciudad en sí como sus espacios usados transitoriamente» (p. 33). Es por ello que surgen conceptos como el de espacio intersticial de Jean Remy, el lugar-movimiento de Isaac Joseph, la distinción entre tierra general (la que permite el libre acceso) y tierra especial (la que lo prohibe o dificulta) de Jane Jacobs, los territorios fijos (reivindicables por alguien, posibilitados de ser propiedad, definidos geográficamente) y los situacionales (a disposición del público y reivindicables sólo mientras se usan). No es de extrañar que se haya comparado el acto urbano al fluir de los líquidos, y se haya buscado en esa rama de la física una forma de estudiar, comprender o aproximarse a los flujos de la multitud. Michel de Certeau y su concepto del espacio: «la renuncia a un lugar considerado como propio, o a un lugar que se ha esfumado para dar paso a la pura posibilidad de lugar, para devenir, todo él, umbral o frontera» (p. 39).

(y termina con El animal público: Fragmentos)