Airbnb. La ciudad uberizada, Ian Brossat

Ya hablamos anteriormente de la economía colaborativa y cómo, bajo este epígrafe a menudo disfrazado de «innovador y disruptor» se esconde, en realidad, la uberización de la economía: el surgimiento de una nueva modalidad de empresas que prácticamente no poseen inversión en infraestructura y donde toda la carga de ésta recae sobre los propios trabajadores, a menudo convertidos, voluntariamente o no, en falsos autónomos. Si bien el ejemplo clásico es Uber, la que está teniendo efectos verdaderamente devastadores sobre la morfología de las ciudades hoy en día es Airbnb.

Ésta es la tesis del libro Airbnb. La ciudad uberizada, del político francés Ian Brossat, teniente de alcalde de Vivienda, Emergencia habitacional y Vivienda sostenible en París. Brossat empieza su exposición hablando de los inicios de Airbnb. Antes que ésta, existió otra compañía, de hecho una página de internet americana, llamada Coachsurfing que proponía, desde 1999, poner en contacto a personas que ofrecían su sofá o una cama para que los viajeros pudiesen dormir en ellas. La filosofía que había detrás: el intercambio y el conocimiento entre personas, y la red funcionaba mediante un sistema de reputación donde otros huéspedes o viajeros habían dejado información sobre la persona que iba a venir a tu casa o sobre el lugar donde ibas a dormir. Airbnb hizo lo mismo, pero de pago. La idea surgió en San Francisco en 2008: durante los grandes congresos internacionales, la oferta hotelera no daba abasto (como sucedía, por ejemplo, en Bcn durante el Mobile), por lo que se ofrecieron a alquilar un colchón inflable (air bed) y a dar desayuno (breakfast): Airbnb.

Pronto se acogieron al mito americano de «empresa fundada en un garaje» que ha venido a revolucionar el mercado; pero Brossat denuncia, en primer lugar, que la mayoría de empresas de este tipo (GAFA y NATU) suelen provenir de Estados Unidos, donde los fondos de inversión campan a sus anchas y están ávidos de dar un nuevo pelotazo. Sin embargo, la publicidad de Airbnb se basa en ir contra las normas, hacer las cosas de otro modo, descubrir nuevos horizontes. Pero la realidad es que la base de Airbnb no son personas alquilando su habitación: «cerca de la mitad de la cifra de negocios de la plataforma procede de alojamientos puestos en alquiler por agencias o multipropiedades.» Además de los efectos que esto tiene en las ciudades, como veremos a continuación, hay otro detalle esencial: no pagan impuestos. Brossat explica, por ejemplo, un sencillo método (disponible en Francia; no sabemos si también en España) por el cual los propietarios pueden escoger una forma de pago que evade al fisco francés, por lo que las aportaciones en impuestos que paga Airbnb en Francia son ridículas (igual que Apple, Netflix, Amazon…). De nuevo, el rasgo de las empresas de la «economía colaborativa»: privatizar beneficios, socializar gastos.

Los efectos sobre las ciudades son demoledores: escasez de vivienda y uniformidad de la oferta. Alquilar un piso en el barrio de Notre-Dame 9 días al mes en la plataforma Airbnb es igual de rentable que alquilarlo todo el mes a un residente de la ciudad; por lo tanto, es lógico que los propietarios se decanten por la primera opción, además de los fondos de inversión y empresas inmobiliarias que desean esa gran rentabilidad. Eso convierte a la vivienda en un bien de lujo, en una inversión, además del lugar de residencia de las personas, por lo que también se da la situación de que grandes fortunas poseen pisos en París que sólo visitan unas pocas semanas al año, y mantienen vacíos el resto del tiempo. Como nos decía Raquel Rolnik, la vivienda se ha convertido en una especie de depósito de lujo: un ático en Park Avenue, los Campos Elíseos o Paseo de Gracia es una inversión que difícilmente va a perder valor.

Decenas de millares de residencias secundarias poco ocupadas se unen a un nicho de alrededor de 100.000 viviendas vacías y a las más de 20.000 viviendas ilegales alquiladas al año. Así que son alrededor de 250.000 viviendas parisinas las que ya no están ocupadas por familias que viven y trabajan en París; una cifra impresionante, que se corresponde con casi una vivienda de cada cinco. Centenares de miles de metros cuadrados de viviendas son desviadas de su primera utilidad. Y las solicitudes de viviendas sociales -cuya escasez produce rabia- no dejan de crecer. (p. 57)

Esto genera un proceso expansivo de expulsión: las personas con menos renta tienen que abandonar el centro debido a la escasez de viviendas, por lo que acuden a ciudades fronterizas; donde también sube el precio de la vivienda y también se da un proceso de expulsión, ya sea a otras poblaciones más lejanas o a barrios apartados de las principales vías de acceso a la ciudad, esto es, las carreteras o los medios de transporte públicos.

Pero además, los barrios cambian. Un barrio donde habitan, en general, residentes en la ciudad tendrá lavanderías, peluquerías, reparaciones de calzado y de llaves, todo tipo de tiendas; un barrio transitado, mayoritariamente, por turistas, tendrá, sobre todo, cadenas genéricas de supermercados donde puedan hacer la compra; tiendas de souvenires, de ropa, de cómics, si llega la tan temida gentrificación. Con la excusa del turismo y de aprovechar los beneficios que reporta, se pierden derechos laborales: se abren los comercios los domingos, se potencia el sector servicios, aumentan los trabajos precarios. En definitiva: la ciudad se prepara para personas que hacen estancias cortas, en vez de sus habitantes permanentes.

El otro gran tema es la pérdida de la identidad. No sólo la mayoría de inmuebles que oferta Airbnb son estéticamente similares (pese a que la empresa utiliza para sus anuncios lugares extravagantes, como cabañas de madera o faros lejanos, ni sus precios son asumibles para todos ni son lo que la mayoría acaba escogiendo), sino que los propios barrios se transforman para agradar a los turistas, ofreciendo un remedo de identidad totalmente artificial. Brossat se refiere a la «parisinidad»: escaparates modernos que imitan tiendas de antaño, los inevitables trozos de camembert o baguete, canciones de Edith Piaf… entramos en la hiperrealidad, el simulacro del que tanto hemos hablado.

¡Adivinen la ciudad!

El tercer capítulo del libro se centra en las resistencias ante Airbnb. Aquí, Brossat es optimista… pero priman las palabras del político que es antes que las del analista que ha sido hasta ahora. Hay resistencias, sí, y se están redactando leyes ante las prácticas de Airbnb, su precariedad, su abuso ante las leyes y el fisco estatales, la forma en que entorpece la vida de los vecinos; pero también existe una empresa lo bastante grande para saltarse todas esas leyes sin que las multas lleguen a afectarle. En el primer capítulo el propio Brossat explicaba los tejemanejes de los lobbistas de Airbnb por todo el mundo, especialmente en el Parlamento Europeo y sobre los ediles parisinos; por lo que las rendijas de esperanza que vislumbra, nos disculpará, pero no las compartimos tanto en el blog.

El último capítulo es una reflexión sobre el poder de estas compañías recién surgidas (incluye Google, Amazon, Apple, Facebook…) y la capacidad que tienen de obtener información nuestra mediante el big data. Algunas de ellas ya están ocupando espacio físico en las ciudades, como Amazon en Seattle; otras residen en Sillicon Valley, modificando su propio espacio. Pero todas tienden sus tentáculos, en forma de datos, de interés por las smart cities, de capacidad, incluso, de ayuda a la gestión de los conflictos urbanos. Para Brossat, se trata de una lucha entre el poder neoliberal y el derecho a la ciudad de Lefebvre. Veremos.

La nueva frontera urbana (II): las causas de la gentrificación

Tras presentar el tema de la gentrificación a partir de los enfrentamientos en la plaza Tomkins y el barrio de Loisaida de Nueva York (lo vimos en la anterior entrada), Neil Smith entra de lleno en materia en la primera parte de La nueva frontera urbana. Ciudad revanchista y gentrificación y trata de buscar las causas por las que sucede dicho proceso.

La gran mayoría de autores de la época (los 80 y los 90 del siglo pasado) atribuían el peso principal de las causas de la gentrificación a sus consumidores: a los cambios sociales, «la tendencia a tener menos hijos, los matrimonios tardíos y una tasa de divorcio en ascenso, los jóvenes que compran y alquilan casas están reemplazando el sueño empañado de sus padres por un nuevo sueño, que viene definidos en términos urbanos más que suburbanos»; o la gentrificación rosa, con el auge de barrios de mayoría homosexual; o por la llegada de la ciudad postindustrial, con más trabajadores de cuello blanco (lo que hoy llamaríamos clase creativa) que dan primacía al consumo y al confort, una clase que quiere volver a las ciudades.

El problema de esta concepción, aduce Smith, es múltiple. Por un lado, ¿todos quieren volver a la ciudad al mismo tiempo?, ¿en Estados Unidos, Europa, Australia, ciudades donde ya se estaban dando casos de gentrificación? Y los propietarios, los prestamistas, las agencias gubernamentales.. ¿no juegan ningún papel en el asunto? Se habla del modelo de «filtrado», por el cual «las nuevas viviendas son ocupadas generalmente por familias de mejor posición económica, que dejan sus viviendas anteriores, menos espaciosas, para que sean ocupadas por inquilinos más pobres, y se mudan hacia la periferia urbana». Pero, de nuevo… ¿todas las clases buscan sólo mejores espacios residenciales?, ¿alguno de los de mayor posición no preferirá una casa en las afueras con jardín?

Smith introduce decididamente al capital en la ecuación. «La relación entre producción y consumo es más bien simbiótica, pero se trata de una simbiosis en la que es el capital en busca de beneficio lo que resulta predominante. La preferencia de los consumidores y la demanda de viviendas gentrificadas puede ser, y es, creada, de forma evidente, por la publicidad.» (p. 110). Es decir: no son los consumidores los que deciden mudarse a los barrios gentrificados, sino las inversiones que se hacen en esos barrios lo que empujan a que haya consumidores de sus inmuebles.

Se inicia aquí una argumentación compleja que no podemos reproducir entera, pero a la que invitamos al lector a consultar; sí que la resumiremos, pero tengan presente que los fallos que puedan darse en los argumentos son del resumen, no del original.

«En una economía capitalista, el suelo y los edificios levantados sobre el mismo se transforman en mercancías. En tanto tales, presumen de ciertas idiosincrasias, de las cuales tres son especialmente importantes para esta discusión.» (p. 111).

  • «los derechos de propiedad privada confieren a los dueños un control cuasi-monopólico sobre el suelo y sus mejoras». Existen ordenanzas, zonificaciones y regulaciones, pero pocas veces son lo bastante severas como para desplazar al mercado como la principal institución que «regula la transferencia y el uso del suelo».
  • «el suelo y sus mejoras están fijadas en el espacio pero su valor es todo menos fijo»; tanto el propio suelo como las mejoras del edificio tienen valores distintos; «dado que el suelo y las construcciones ubicadas sobre el mismo son inseparables, el precio de las edificaciones cuando cambian de mano también refleja el nivel de las rentas del suelo».
  • «mientras que el suelo permanece estable, no ocurre lo mismo con las mejoras construidas sobre el mismo»; entra en escena el deterioro físico de los edificios.

De aquí surgen dos conclusiones rápidas: por un lado, que el desembolso inicial para entrar en el mercado inmobiliario (hablamos de comprar un edificio, no un piso) es enorme, por lo que las instituciones financieras desempeñan un papel importante (Harvey, 1973); y dos, que «los patrones de deterioro de capital constituyen una variable importante en la determinación de las posibilidades y del grado en que el precio de venta de un edificio refleja el nivel de las rentas del suelo».

Esto explica que los centros de las ciudades, sujeto de grandes inversiones que debían verse amortizadas, se volviese un lugar de difícil acceso, por lo que las ciudades, a lo largo del siglo XIX, se fueron desplegando hacia sus exteriores: «durante el siglo XIX, los valores del suelo en la mayoría de las ciudades desplegaron una fisonomía que se aproximaba a la clásica forma cónica: el centro urbano estaba en la cima con un gradiente en disminución hacia la periferia». Esto explica que, a medida que la ciudad se iba industrializando y las fábricas se volvían mayores, las industrias se fuesen desplazando al exterior, donde el terreno era mucho más barato y tanto el automóvil como los distintos medios de transporte público ya permitían el acceso. Con el tiempo, y especialmente en Estados Unidos, los centros se fueron vaciando, salvo los CBD, Central Bussiness District, es decir, el centro económico de la ciudad, a menudo un punto neurálgico de día completamente abandonado durante la noche, a medida que sus usuarios se iban a los suburbios donde residían.

El exilio hacia los suburbios que se dio durante los años 40 a 60, sumado a otros factores como el red-lining, que impidió el acceso a la financiación a los habitantes marginales de los guettos en el centro de la ciudad (sobre todo por cuestiones raciales), acabó generando un «valle» en el diagrama de valor de las ciudades en relación con su distancia al centro.

Relación entre el valor del suelo y la distancia al centro en Chicago. El valle es la zona ideal para gentrificar (imagen del libro).

Hacia finales de la década de 1960, el valle de Chicago pudo haber alcanzado más de seis millas de ancho (McDonald y Bowman, 1979) y ser de un tamaño similar a la ciudad de Nueva York (Heilbrun, 1974: 110-111). Las evidencias de otras ciudades sugieren que esta desvalorización del capital y el consecuente ensanchamiento del valle en el valor del suelo ocurrió en las ciudades más antiguas de Estados Unidos (Davis, 1965; Edel y Sclar, 1975), dando pie a los barrios humildes y a los guettos que fueron repentinamente descubiertos como «problema» por la difunta clase media suburbana de la etapa de postguerra. (p. 115)

Ahora Smith introduce cuatro conceptos clave:

  • el valor de la vivienda: no su precio, sino el valor, en función tanto de la cantidad de «trabajo» para crear el edificio como la relación con las leyes de oferta y demanda que afectan sobre él;
  • el precio de venta, donde confluyen tanto el v alor del suelo como el del edificio que hay construido sobre él;
  • la renta capitalizada del suelo: el dinero que se obtiene por el uso del edificio, en función de si se alquila o se vende. Por ahora: precio de venta = valor de la casa + renta capitalizada del suelo.
  • renta potencial del suelo: el máximo valor que se podría llegar a obtener si todas las características que afectan al valor de la vivienda son las óptimas.
Evolución del valor de la vivienda (imagen del libro)

La diferencia de renta es la diferencia entre el nivel de la renta potencial del suelo y la renta actual capitalizada del suelo bajo el actual uso del suelo (gráfico anterior). (…) A medida que el filtrado y el deterioro del barrio tienen lugar, la diferencia potencial de renta se agranda. La gentrificación ocurre cuando la diferencia es tan grande que los promotores inmobiliarios pueden comprar a precios bajos, pagar los costes de los constructores y obtener ganancias de la restauración; así mismo pueden pagar los intereses de las hipotecas y los préstamos, y luego vender el producto terminado a un precio de venta que les deja una considerable ganancia. Toda la renta del suelo, o una gran proporción de la misma, se encuentra ahora capitalizada: el barrio, por lo tanto, está «reciclado» y comienza un nuevo ciclo de uso. (p. 126; las negritas son nuestras)

Y ahí está el verdadero problema de la gentrificación: el propio capital favorece dejar morir los barrios por falta de inversión, porque la cantidad de dinero que se podrá obtener luego es mucho mayor. De ahí el redlining, el acoso inmobiliario, los múltiples abusos a vecinos que llevan tiempo para que dejen los edificios libres; porque compensa económicamente. «Hoy es más común la gentrificación del mercado privado: una o más instituciones financieras modifican radicalmente una prolongada política de no concesión de créditos y promueven activamente un barrio en tanto mercado potencial para los préstamos e hipotecas a la construcción. Las preferencia de los consumidores serán inoperantes a menos que esta fuente de financiación, que ha estado largo tiempo ausente, reaparezca.» (p. 127)

La gentrificación forma parte de un proceso de redesarrollo más amplio, orientado a la revitalización de la tasa de beneficios. En este proceso, muchos centros urbanos se están convirtiendo en patios de juego burgueses repletos de pintorescos mercados, casas restauradas, hileras de boutiques, puertos deportivos para yates y Hyatt Regencies. Estas alteraciones sumamente visuales del paisaje urbano no constituyen en lo más mínimo un efecto secundario accidental de un desequilibrio económico temporal sino que están enraizadas en la estructura de la sociedad capitalista, de un modo tan profundo como la suburbanización. (p. 157)

Smith dedica el siguiente capítulo a analizar las relaciones entre la gentrificación y sus «sujetos», entonces identificados como los «yuppies» de los 80: jóvenes, con movilidad ascendente, completamente urbanos y «con un estilo de vida dedicado al consumo empedernido». Hoy los consideraríamos clase creativa, pero el concepto no ha cambiado demasiado. La conclusión del autor, tras analizar algunas variables, es que dicha relación es más cultural o publicitaria que real: la gentrificación es una serie de procesos compleja que no responde a un único factor, y atribuirla a la eclosión de los yuppies (o de la clase creativa, o colectivos específicos como los homosexuales, incluso relacionarla con la incorporación de la mujer, no al mercado laboral, sino al grupo de encargados y gerentes que lo gestionan) es simplificarla.

El corolario geográfico de este argumento es la afirmación de que «la ideología de la reforma urbana» de la nueva clase media, «la contraparte actual de la clase ociosa de Veblen», está configurando una ciudad postindustrial asociada a un paisaje de consumo, en lugar de a un paisaje de producción (Ley, 1980; también Mills, 1988; Warde, 1991; Caulfield, 1994). El mundo del capitalismo industrial es superado por la ideología del pluralismo de consumo, y la gentrificación es uno de los pilares de esta transformación histórica, inscrita en el paisaje moderno. Un sueño urbano viene a superar el sueño suburbano de las décadas pasadas.

(…) [Al observar la transformación de Glasgow en capital europea de la cultura o el postmoderno Hotel Bonaventure en el centro de Los Ángeles] nuestros sentidos nos indican que los tiempos ciertamente están cambiando y que, de hecho, algo similar a un patio de juegos burgués está en proceso de construcción en muchos centros urbanos. ¿Pero acaso es esto merecedor de la conclusión de que hoy en día la forma urbana está siendo estructurada por las ideologías de consumo y las preferencias de la demanda, en lugar de por los requerimientos de la producción y los patrones geográficos de la movilidad del capital? (p. 185)

En la segunda parte del libro, Smith analiza algunos casos concretos de gentrificación:

  • Society Hill, en Filadelfia;
  • Harlem, en Nueva York, un barrio profundamente decadente cuando se escribió el libro pero que ya empezaba a ser gentrificado;
  • Ámsterdam, Budapest y París (para comprender las diversas formas de la gentrificación y comprobar si, efectivamente, era un proceso global, y no local);

Y en la tercera y última parte, vuelve al tema del mito de la frontera con el que empezó, en Tomkins Square:

Más allá del brío cultural y del optimismo con el que se considera la ciudad en tanto frontera, el imaginario funciona, precisamente, porque logra expresar todos estos significados en un mismo lugar. Ese lugar es la frontera de la gentrificación. La frontera de la gentrificación absorbe y retransmite el destilado optimismo de una nueva ciudad, la promesa de la oportunidad económica, la ilusión combinada del romance y la voracidad; es el lugar donde se crea el futuro. Estas resonancias culturales crean el lugar, pero el lugar aparece como una frontera debido a la existencia de una línea económica muy afilada dentro del paisaje. Detrás de la línea, la civilización y el lucro se cobran su peaje; pasada la línea todavía campan la barbarie, la promesa y la oportunidad.

[…] La «frontera de la gentrificación» representa, en realidad, una línea que divide las zonas del paisaje urbano en las que se desinvierte, de aquella en las que se reinvierte. (p. 296)

Valor del suelo en el Lower East Side a medida que se iba gentrificando (imagen del libro).

Smith acaba el libro tratando el tema de la ciudad revanchista, la que expulsa a los pobres y a los sin hogar, la que permite el gobierno despiadado del capital sin oposición, la que incluso fomenta el miedo (él habla de casos concretos de los 90 en Estados Unidos, como el atentado en el World Trade Center, o del ascenso de Giuliano, el alcalde de Nueva York que hizo de la limpieza de la ciudad su política; pero nos serviría hablar, por ejemplo, de la publicidad antiokupas que se está dando en la actualidad en nuestro contexto). Y finaliza con una invitación:

Antes de 1862, la mayoría de los heroicos pioneros eran, en realidad, ocupantes ilegales que estaban democratizando la tierra. Tomaban la tierra que necesitaban para vivir, y se aliaban para defender sus reclamaciones ante los especuladores y los acaparadores de tierra, establecían grupos para proveerse de los servicios sociales básicos y estimulaban a otros ocupantes a establecerse, ya que la fuerza estaba en el número. La organización de los ocupantes era la clave de su poder político, y fue frente a esta organización y a la proliferación de las ocupaciones en la frontera, que se sancionó la Ley de Asentamientos Rurales de 1862.

Toda la fuerza del mito ha consistido en ensombrecer esta inscripción de clase en la frontera, en borrar la amenaza a la autoridad que la frontera suponía, envolviéndola en un romántico manto de individualismo y patriotismo. Si queremos ser fieles a la historia, si pretendemos, realmente, comprender la ciudad como una nueva frontera urbana, el acto más patriótico, y con el que debemos empezar, en tanto pioneros, es la ocupación de viviendas. Es muy posible que en un mundo futuro también lleguemos a reconocer a los okupas de hoy como aquellos que tenían la visión más inteligente de la frontera urbana. Que la ciudad se haya vuelto un nuevo Lejano Oeste puede ser lamentable, pero no cabe duda de que esto está fuera de discusión; lo que está en disputa es, precisamente, qué tipo de Lejano Oeste. (p. 355)

La nueva frontera urbana, Neil Smith

En el lenguaje de la gentrificación, la apelación al imaginario de la frontera ha sido exacta: los pioneros urbanos, los colonos urbanos y los vaqueros urbanos se han transformado en los nuevos héroes populares de la frontera urbana. En la década de 1980, las revistas del mercado inmobiliario hablaban incluso de «exploradores urbanos» cuyo trabajo consistía en recorrer los flancos de los barrios gentrificados, examinar el paisaje a la búsqueda de reinversiones rentables, y, al mismo tiempo, informar acerca de cuán amigables eran los nativos. Comentadores menos optimistas acusaron el surgimiento de un nuevo grupo de «bandidos urbanos» vinculados a la cultura de la droga en las zonas urbanas deprimidas.

Al igual que Turner cuando reconoció la existencia de americanos nativos pero para incluirlos en esta jungla salvaje, el imaginario contemporáneo de la frontera urbana trata a la actual población de las zonas urbanas deprimidas como un elemento natural de su entorno físico. El término «pionero urbano» es, por lo tanto, tan arrogante como la noción original de «pioneros», en la medida en que sugiere la existencia de una ciudad que aún no está habitada; al igual que los nativos americanos, la clase trabajadora urbana es considerada como menos que social, una parte del ambiente físico. (…)

[…] Tal y como sucede con toda ideología, existe una base real, si bien parcial y distorsionada, en el tratamiento de la gentrificación como una nueva frontera urbana. La frontera representa una evocadora combinación de los avances económicos, geográficos e históricos y sin embargo el individualismo social asociado a este destino es, en gran medida, un mito. La frontera de Turner se extendió hacia el Oeste no tanto por pioneros solitarios, colonos y duros individualistas, como por bancos, ferrocarriles, el Estado y otras fuentes colectivas de capital (Swierenga, 1968; Limerick, 1987). En este periodo, la expansión económica fue realizada, en gran medida, a través de la expansión económica continental. (pp. 18-22)

La nueva frontera urbana. Ciudad revanchista y gentrificación, publicado por el geógrafo Neil Smith en el año 1996, es uno de los estudios esenciales en el tema de la gentrificación. Fue este libro el que sentó las bases académicas del proceso que hoy conocemos como gentrificación, término ideado por Ruth Glass en 1964 para referirse a la ‘pequeña nobleza’ (gentry, en inglés) que volvía del campo o los suburbios exteriores de Londres al centro de la ciudad después de la Segunda Guerra Mundial. Autores como Sharon Zukin en su famoso Loft living: Culture and Capital in Urban Change, en 1982, ya habían estudiado el proceso y además habían denunciado la complicidad de ciertas clases de artistas o de la cultura como avanzadilla para transformar barrios obreros, víctimas de la desinversión de sus rentistas o incluso del Estado, en barrios primero de clase media y luego, ya totalmente higienizados, en zonas de renta elevada centradas alrededor del ocio, el consumo y el turismo.

Hubo grandes debates académicos en los años 80 y 90 sobre la importancia de este proceso: si era algo puntual, si iba a durar, si modificaría los entornos urbanos de forma significativa; y, sobre todo, alrededor de sus causas, si era provocado por el Estado, el capital, los usuarios, sucesos puntuales. Neil Smith llegó con este abrumador estudio, recogió todo el debate suscitado sobre el tema y propuso sus tesis: la concepción y presentación, por parte de los poderes establecidos, de los barrios degradados y listos para su gentrificación como lugares que había que domesticar, recuperar para «los nuestros» (en otros lugares, por ejemplo España, el vocabulario fue otro: higienizar, esponjar, limpiar); la teoría de la diferencia potencial de renta, el gap entre el valor real de un edificio y su valor posible, que acaba siendo decisiva para saber qué barrios van a ser gentrificados; y el camino, a priori global, que estos procesos estaban inaugurando para el espacio urbano alrededor del mundo -del mundo occidental. Sin más, entramos en materia.

Neil Smith empieza el libro con un ejemplo de gentrificación en Nueva York, en concreto el parque Tomkins, lugar tradicional de protestas obreras durante todo el siglo XX, remodelado en 1936 por Robert Moses (el archienemigo de Jane Jacobs del que hemos hablado multitud de veces), según las malas lenguas para evitar precisamente esas concentraciones obreras; pero a lo largo del siglo, y sobre todo con las crisis económicas de los 70, se convirtió otra vez en hogar de multitud de vagabundos y sin techo, que lo transformaron en una ciudad de chabolas y lugar de venta de drogas, entre otros. La policía intentó desalojarlos en el año 1988 pero la cosa terminó siendo una batalla campal entre las autoridades y los defensores de los vagabundos, okupas, luchadores antigentrificación, etc. Smith denuncia que, durante décadas, el parque había sido abandonado porque no interesaba; pero de repente, a medida que el barrio se iba gentrificando, las autoridades redescubrieron su potencial económico y quisieron incluirlo en sus planes para obtener rédito económico, momento en que trataron de expulsar a los sin techo. No reubicarlos, no buscarles un lugar o una forma de vida: sólo expulsarlos a otras zonas donde no fuesen tan visibles.

Desde los años setenta, este nuevo urbanismo encarna una extendida y drástica repolarización de las dimensiones políticas, económicas, culturales y geográficas de la ciudad, integradas también en los grandes cambios globales. La gentrificación, que comenzó a desplegarse de forma sistemática desde las décadas de 1960 y 1970, fue simultáneamente una respuesta y una contribución a una serie de tranformaciones globales más amplias: la expansión económica global de los años ochenta; la reestructuración de las economías nacionales y urbanas de los países capitalistas desarrollados hacia el sector servicios, el ocio y el consumo; y la emergencia de una jerarquía global de ciudades a escala mundial, nacional y regional. Estos cambios han hecho que la gentrificación pasara de ser una preocupación relativamente marginal en un cierto nicho de la industria inmobiliaria, a convertirse en la vanguardia de la transformación urbana. (Sassen, 1991).

Ahí es donde Smith sitúa la lucha: en la configuración del espacio urbano. Entiéndase: la mayoría preferimos un parque mono y tranquilo donde ir a pasear o a tomar un helado; pero la lucha no es entre un parque bonito o uno lleno de vagabundos y drogas; la lucha es entre una ciudad abierta a todos o una ciudad donde el dinero sea la única medida. Uno de los bandos, denuncia Smith, el de las finanzas, el capital, el Estado, los medios de comunicación, trató de emular la pacificación de la zona con la conquista del Oeste por parte de los primeros colonos. El autor da diversos ejemplos de anuncios en los periódicos de la época, reportajes, incluso películas donde la ciudad se presenta como una jungla (Cocodrilo Dundee, Noches de neón) que los protagonistas deben domar, un mundo salvaje por descubrir a medida que va siendo domesticado; incluso algunas a priori no relacionadas, Memorias de África, Gorilas en la niebla, presentan héroes (heroínas) como pioneros blancos en la oscura África; Ralph Lauren lanzando una colección en 1990 centrada en la mujer safari, la aparición de gran cantidad de tiendas en Nueva York relacionadas con el Oeste, el desierto, la cultura india, como algo exótico.

Por lo tanto, el imaginario de la frontera no es meramente decorativo ni inocente; arrastra un considerable peso ideológico. En la medida en que la gentrificación contagia a las comunidades de clase trabajadora, desplaza a los hogares pobres y convierte a barrios enteros en enclaves burgueses, la frontera ideológica racionaliza la diferenciación social y la exclusión como natural, inevitable. La clase pobre y trabajadora se puede definir demasiado fácilmente como «incivil», en el bando equivocado de una heroica línea divisoria, es decir, como salvaje y comunista. La esencia y la consecuencia del imaginario de la frontera es domar la ciudad salvaje, socializar toda una serie de procesos nuevos, y por lo tanto desafiantes, en un foco ideológico seguro. En tanto tal, la ideología de la frontera justifica una incivilidad monstruosa en el corazón de la ciudad. (p. 53)

Tomkins Square, 1988

Algo similar sucedió en el Lower East Side, rebautizado como Loisaida. Rosalyn Deutsche y Cara Ryan ya habían demostrado la complicidad de los artistas con la gentrificación del barrio en su artículo «The fine art of gentrification» en 1984: generando un arte, el neoexpresionismo, vacío de contenido político, pura estética y además relacionado con la pujanza que se estaba dando en el barrio (tema que también analizó Martha Rosler en Clase cultural. Arte y gentrificación). Se dio la paradoja, por supuesto, de que al final los propios artistas y marchantes acabaron siendo víctimas de sus propios actos y tuvieron que marcharse del barrio en cuanto los precios se volvieron sólo asequibles a las clases altas.

Smith denuncia, además, la doble recompensa que obtienen los propietarios de edificios y promotores inmobiliarios: adquieren edificios a precios bajos; se ahorran todo el dinero necesario para la rehabilitación y el mantenimiento; dejan que caiga el valor del edificio y de la zona y, en cuanto vuelve a surgir la oportunidad, en cuanto la zona ya está totalmente abandonada y aparece la oportunidad de un nuevo beneficio, se presentan como «héroes con conciencia cívica, pioneros que asumen riesgos allí donde nadie se atrevería, constructores de una nueva ciudad para la población respetable».

La gentrificación presagia una conquista de clase sobre la ciudad. Los nuevos pioneros urbanos tratan de borrar la geografía y la historia de la clase obrera de la ciudad. En la medida en que rehacen la geografía de la ciudad reescriben su historia social como una justificación preventiva del nuevo futuro urbano. (p. 67)

O, en palabras de Engels: «La burguesía tiene un solo método para resolver las cuestiones de la vivienda […] los lugares de reproducción de enfermedades, los infames agujeros y sótanos en los que el modo de producción capitalista confina a nuestros trabajadores, noche tras noche, no son abolidos; simplemente son desplazados a otro lugar.» Y, no lo olvidemos, «los inmigrantes llegan a la ciudad desde aquellos países donde el capital norteamericano ha abierto mercados, trastocado las economías locales, extraído recursos, expulsado a la gente de sus tierras o enviado a los marines como «fuerza de paz» (Sassen, 1988).»

El triunfo de las ciudades, Edward Glaeser

La tesis de El triunfo de las ciudades. Cómo nuestra mejor creación nos hace más ricos, más inteligentes, más ecológicos, más sanos y más felices, del economista estadounidense Edward Glaeser, es bien sencilla: las ciudades, la mejor creación de la humanidad, son, pese a las críticas en contra, la opción más ecológica, económica y enriquecedora para vivir que existe hoy en día. A fin de sostener tal tesis da una serie de ejemplos, curiosos y bien documentados, centrados sobre todo en Estados Unidos, aunque también en Bangalore, Dubai, algunas ciudades europeas… donde se centra en diversos temas: ecología, sanidad, pobreza, lujo, turismo.

Uno de los temas centrales del libro es por qué algunas ciudades decaen y otras triunfan. La respuesta es obvia: porque saben reinventarse, porque disponen de un gran capital humano que les permite adaptarse a los nuevos tiempos. Nos vienen a la mente las palabras de Carlos García Vázquez al describir Tokio en Ciudad hojaldre: una ciudad tan diversa, abierta, orgánica y mutable que es capaz de adaptarse a todos los posibles cambios. Nueva York triunfa porque en ella conviven cientos de miles de personas con diversas funcionalidades; Detroit se hundió porque sólo disponía de una industria, la automovilística; cuando ésta cayó, se llevó a la ciudad con ella.

Lo que nos lleva a plantearnos qué significa triunfar, en términos de una ciudad, para Glaeser: una ciudad triunfa si sigue ganando habitantes a lo largo de su vida. Detroit se vacía, Nueva York cada vez tiene más habitantes. Las ciudades son focos de atracción para todos aquellos que buscan algo nuevo: nuevas opciones de trabajo, de ocio, de consumo, para los que llegan con cierto nivel económico; nuevas opciones de vida, para los que llegan envueltos en un halo de pobreza.

A medida que la proporción de población urbana de una nación aumenta en un 10 por ciento, el rendimiento per cápita aumenta en una media de 30 por ciento. Los ingresos per cápita son casi cuatro veces más altos en los países donde la mayoría de la población vive en ciudades que en aquellos donde la mayoría de la población vive en áreas rurales. (p. 21)

Ya nos hacemos una idea de por dónde va a ir la idea de triunfo de Glaeser: la ciudad es la cúspide del capitalismo; una ciudad es rica si sus habitantes ganan más dinero, producen más dinero, tienen más educación… lo que les permite ganar más dinero.

Las ciudades no empobrecen a la gente, sino que atraen a los pobres. El influjo de gente menos afortunada que reciben las ciudades, ya se trate de Río de Janeiro o de Róterdam, es una prueba d elas virtudes de las ciudades, no de sus defectos. (p. 24)

En esencia podríamos estar de acuerdo: como el propio Glaeser explica más adelante, pese a lo abrumador de la pobreza de, por ejemplo, las favelas de Río, las condiciones de vida del medio rural de Brasil son, en general, peores; y la cercanía de la ciudad conlleva la posibilidad de un cambio, un trabajo, la salida de la favela, algo mucho más complicado en el medio rural. Pero también habría que hablar de las bolsas de pobreza que el capitalismo necesita como mano de obra no cualificada; de la remodelación de las ciudades para atraer a las clases creativas, en vez de su remodelación para acoger a todas las clases… «Hoy en día, las ciudades que tienen éxito, nuevas o antiguas, atraen a los empresarios emprendedores, en parte, porque son parques temáticos urbanos.» Cierto. Pero esto no es así de forma natural: las ciudades se modifican para atraerlos; compiten entre ellos. Porque triunfo, crecimiento de habitantes, crecimiento de productividad, van asociados a ganar más dinero; no a mejores condiciones de vida ni, por supuesto, a ser mejores.

Pese a que su economía es todavía más dinámica que la de Bombay, Shanghái sigue siendo una ciudad mucho más asequible porque la oferta ha crecido al mismo ritmo que la demanda. (p. 28)

Y aquí encontramos el tema que recorre todo el libro pero que, como nos decía hace nada Byung-Chul Han, no está tematizado («el poder se manifiesta allí donde no es tematizado»): el capitalismo, la oferta y la demanda, la mano invisible. Las ciudades funcionan bien porque en ella el capitalismo rige; cuando las leyes de la oferta y la demanda se siguen, los ciudadanos son felices, creadores, emprendedores, productivos, eficientes. Y eso es bueno.

En una sociedad libre, las personas escogen el lugar donde quieren vivir, ya sea de forma explícita, cambiando de ciudad, o de forma implícita, quedándose en su lugar de nacimiento. (…) En Londres hay muchos banqueros porque es un buen sitio para ser banquero. En ciudades como Río hay muchos pobres porque son sitios relativamente buenos para ser pobre. Al fin y al cabo, se puede disfrutar de la playa de Ipanema incluso sin dinero. (p. 103)

Claro, porque es la prioridad de los pobres: que haya buenas playas cerca. Glaeser parece ignorar que, por ejemplo, como nos mostró Raquel Rolnik en La guerra de los lugares, los precios de la vivienda no los decide el mercado, sino el capital, las grandes finanzas, unos pocos grupos de fondos de inversión y conglomerados multinacionales con suficiente poder para modificar el valor de la vivienda a su elección. No es el único tema: el alquiler en Barcelona (por decir una ciudad) es caro por las residencias Airbnb, por sus barrios gentrificados, su localización excepcional y su clima; pero también porque es una ciudad global que busca atraer al capital, porque hay calles enteras cuyos edificios son propiedad de grandes fortunas que las usan como reservas de valor, a la espera de cambios en el mercado. Sería abrumador tratar todos los temas a la vez: pero ignorarlos y atribuirlo todo a la mano invisible que gobierna el mercado muestra cierta miopía, sea o no desinteresada.

Detroit, en decadencia.

No todo el monte es orégano, sin embargo: el libro de Glaeser es ameno, bien nutrido con historias de ciudades y anécdotas sobre cómo se forman, crecen, evolucionan. Glaeser es completamente consciente, por ejemplo, del valor de las personas. Explica en relación a la decadencia de Detroit: «Las cadenas de montaje de Henry Ford son un ejemplo de una extraña criatura: la idea destructora de conocimientos. Si la tecnología de la información parece multiplicar los beneficios de la inteligencia, las máquinas que reducen la necesidad de ingenio humano producen el efecto contrario. Al convertir a los seres humanos en engranajes de una inmensa empresa industrial, Ford consiguió que los trabajadores fueran muy productivos sin que tuvieran que saber gran cosa. Sin embargo, cuando la gente necesita saber menos, también tiene menos necesidad de ciudades que difundan el conocimiento.» (p. 75) Gran defensor de las tesis de Jane Jacobs, también, salvo la idea de la urbanista de que hay que mantener una mezcla de edificios, viejos y nuevos, en los barrios, para favorecer viviendas de todos los precios: Glaeser deja claro que, una casa en medio de la milla dorada de Nueva York no será asequible, sino una rareza de precio incalculable.

Dos notas interesantes que nos deja el libro: la paradoja de Jevons. William Stanley Jevons se dio cuenta de que, a pesar del aumento de la eficiencia de las tecnologías en cuanto al consumo del carbón, que cada vez consumían menos para cubrir más distancias, el consumo total de carbón crecía. Esta paradoja explica por qué las carreteras de acceso a las ciudades están siempre saturadas: porque absorberán tanto tráfico como sea posible hasta quedar bloqueadas, momento en que los conductores empiezan a plantearse usar otras vías o el transporte público.

Y la segunda: la aparición de dos vías fluviales a lo largo de Norteamérica en la segunda mitad del siglo XIX, cuando el país empezó a desarrollarse económicamente. La segunda, «el canal de Míchigan e Illinois, remataba el gran arco que iba desde Nueva Orleans hasta Nueva York pasando por St. Lous, Chicago, Detroit y Búfalo. Desde 1850 hata 1970, al menos cinco de las diez ciudades más grandes del país se encontraban a lo largo de esa ruta. Los especuladores de Chicago se dieron cuenta de que el canal de Míchigan e Illinois convertiría su ciudad en la piedra angular de ese arco -el punto por donde los barcos del canal que descendían por el río Chicago llegaban a los Grandes Lagos- y el mercado de la tierra de la ciudad experimentó una expansión vertiginosa en la década de 1830, cuando se estaba construyendo el canal. Entre 1850 y 1900, la población de Chicago se multiplicó por cincuenta, pasando de menos de 30.000 habitantes a más de un millón y medio cuando tras las vías acuáticas llegó el ferrocarril.» (p. 70). No sorprende que la primera sociología de la Escuela de Chicago se diese en dicha ciudad, ¿verdad?

La guerra de los lugares (III): el alquiler

En la primera entrada de La guerra de los lugares vimos cómo Raquel Rolnik mostraba el cambio de paradigma de la vivienda como un bien necesario que debe ser proveído por el Estado a una vivienda en propiedad, financiada y mantenida íntegramente por el usuario. En la segunda entrada vimos la evolución de este proceso a las zonas menos favorecidas del Sur global y cómo se usan acontecimientos tales como grandes eventos deportivos o incluso accidentes naturales como la avanzadilla del capital para adquirir tierras en situación marginal y aprovecharlas para extracción de materias primas o fines turísticos. En esta tercera entrada, Rolnik va un paso más allá y relaciona la actual crisis del alquiler que viven muchas ciudades con la estafa orquestada previamente por el capital.

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Resistencias al capital.

En efecto, tras la crisis de 2008 y la gran cantidad de viviendas que quedaron en propiedad de los bancos o cuyas hipotecas fueron ejecutadas, los fondos de inversión se lanzaron a comprar vivienda barata hasta encontrarse con que disponían de grandes reservas de ellas. Su intención original era esperar a que el precio volviese a subir para ponerlas en el mercado; pero se dieron cuenta de que, al poseer un parque tan grande, podían manipular el precio de los alquileres y obtener beneficio de ello. Además, contaban con un doble mercado: las personas que no habían podido acceder a las hipotecas seguían teniendo necesidad de una vivienda, y su única opción era el alquiler; pero también las personas que habían perdido la casa en propiedad por la ejecución de la hipoteca tuvieron que lanzarse al mercado del alquiler.

Así como en la oleada anterior, basada en la promoción de la compra de casas en propiedad para las familias, mediante la expansión del crédito hipotecario, estamos hablando de un proceso global, promovido por el mismo nuevo imperio colonial sin bandera ni rostro: las finanzas globales. Desterritorializado y abstracto, ficticio y especulativo por naturaleza -pues este es el carácter mismo del mercado financiero: el juego de las expectativas y apuestas futuras-, este nuevo poder colonial ocupa las ciudades, capturando espacios de vida y transformándolos rápidamente en paisajes para la renta, capaces de garantizar un flujo de remuneración futura enlazado al lugar… (p. 398)

E, igual como sucedió con la creación de las hipotecas y todos los mecanismos necesarios para su implementación y financiazión, esta nueva oleada de aumento del alquiler cuenta con la connivencia, cuando no con la participación -y protagonismo- de los Estados nacionales. Rolnik cita el Ireland’s National Asset Management Agency de Irlanda pero también el SAREB español: no sólo el Estado inyectó dinero público a mansalva para evitar la bancarrota de los bancos sino que además los liberó de sus activos más tóxicos creando una entidad que los acumuló. Se crearon además las SOCIMI, con una reformulación en el 2012 que incluyó, «por ejemplo, la exención total de impuestos sobre los rendimientos provenientes del alquiler de inmuebles. Una de la SOCIMI constituidas fue Anticipa, organizada en base al stock inmobiliario «podrido» de Caixa Catalunya, que fue adquirida en 2014 por Blackstone. Otros fondos inmobiliarios fueron constituidos del mismo modo. Su estrategia pasó a ser, entonces, vaciar rápidamente los pisos para ponerlos en el mercado de alquiler y, eventualmente, venderlos individualmente o en paquetes, generalmente para otros fondos o REIT’s –Real Estate Investment Trusts.» (p. 402)

Rolnik denuncia que las mismas víctimas de la primera oleada de financiarización de la vivienda, en general la gente con menos recursos, son ahora también los que reciben los efectos negativos de la segunda, viéndose obligados a pagar grandes cantidades por un alquiler, o a vivir a grandes distancias de sus zonas de trabajo, o a vivir en condiciones pésimas en viviendas no adecuadamente habilitadas; a menudo, una mezcla de las tres.

En cambio, «para una élite transnacional adinerada, comprar inmuebles de alto lujo en ciudades globales, capitales culturales o destinos turísticos, se ha convertido en una «caja fuerte» para parte de su capital, funcionando básicamente como una reserva de valor estable o, al menos, como potencial de revalorización» (p. 409). Ciudades como Londres, Nueva York o Miami, pero también Barcelona, pasan al punto de mira de los inversores extranjeros. Iniciativas como la Golden Visa española no ayudan: la concesión de la ciudadanía a cambio de una inversión inmobiliaria importante.

Tourists Flock To Barcelona As Spain Inches Towards A Full-Scale Bailout
Turismo de calidad.

El otro gran factor que ha inducido al alza los precios del alquiler son las plataformas de alquiler turístico. Creadas como forma de economía colaborativa y para compartir vivienda y poder viajar de forma económica, sin tener que pagar los precios costosos de los hoteles, pronto evolucionaron en empresas enormes y gran cantidad de personas, tanto particulares como fondos de inversión, que ponen a disposición de los flujos turísticos viviendas a precios más económicos. Los efectos en el mercado de alquiler son evidentes: es mucho más rentable poner a disposición de los turistas una vivienda en zona más o menos céntrica que a disposición de un habitante de la ciudad, pues el precio que pagarán los primeros por unas pocas noches de vacaciones siempre es más alto que el que pagará un residente habitual. Eso forma bolsas de alquiler en los barrios más visitados que impide la residencia para los habitantes de la ciudad.

Rolnik acaba con una nota positiva y destaca las resistencias que todos estos procesos van generando en las ciudades: plataformas antidesahucios, el 15M, Occupy Wall Street…

Estamos, entonces, ante una «guerra de los lugares» o una «guerra por los lugares». En esa guerra lo que está en juego son los procesos colectivos de construcción de «contraespacios»: movimientos de resistencia a la reducción de los lugares a loci de extracción de renta y, simultáneamente, movimientos de experimentación de alternativas y futuros posibles. Como toda guerra, esta también está marcada por la confrontación y la violencia. (p. 391)

La guerra de los lugares (II): desposesión

La eclosión de un terremoto o una gran inundación, así como el avance de una hidroeléctrica o de un megaproyecto de instalaciones deportivas sobre un territorio habitado, tienen impactos más acuciantes cuando ocurren sobre territorios cuya situación de tenencia puede ser impugnada en cualquier momento por autoridades o agentes privados. Las palabras que pueden designar esa situación en el contexto urbano son muchas: favelas, asentamientos irregulares, asentamientos informales, slums. Como veremos más adelante, las formas de nombrarla no son inocentes e intentan definir una situación de alteridad en relación con el orden jurídico-urbanístico dominante, representando una multiplicidad de casos muy distintos. Sin embargo, podemos afirmar que, por lo menos en el mundo urbano, estos espacios están marcados por la precariedad habitacional y por ambigüedades en relación con la tenencia. Esta es la situación que atraviesan más de la mitad de los habitantes de las ciudades del Sur global… (p. 165)

La primera parte de La guerra de los lugares. La colonización de la tierra y la vivienda en la era de las finanzas, de Raquel Rolnik, se centraba en mostrar cómo el cambio de paradigma del Estado como garante de alguna forma de vivienda para los ciudadanos dio paso a un Estado neutro, encargado de mantener la legalidad y sostener la creación de un complejo entramado financiero para permitir el acceso, mediante hipotecas y deuda, de los ciudadanos a la propiedad de la vivienda; el libro mostraba, como decíamos, que esto no fue un acto aleatorio sino premeditado y orquestado por el capital y las grandes finanzas para obtener rédito de un mercado inmobiliario que hasta entonces había permanecido dormido. Esta segunda parte que reseñamos ahora se centra en los estados de desposesión que sufren los que viven en las partes más vulnerables de la ciudad: en los barrios marginales de las afueras, en las favelas, slums; y los procesos de reapropiación de la tierra que lleva a cabo el capital mediante megaeventos como los Juegos Olímpicos o emergencias medioambientales.

Durante el siglo XIX y hasta mediados del XX existían diversas teorías que relacionaban las chabolas o barrios marginales con un exceso de inmigración en las ciudades, incluso con un remanente de población rural que no conseguía adaptarse a la vida urbana; se lo relacionaba con el otro, el outcast, alguien ajeno. Los años setenta se produjo una gran bibliografía, especialmente en Sudamérica, donde se mostraba que la existencia de estos lugares no respondía tanto a una dualidad moderno-arcaico o urbano-rural sino a «un modelo periférico de acumulación capitalista» en el cual este contingente poblacional de las afueras «respondía a una doble necesidad de acumulación en el capitalismo periférico: mantener bajos los costes de reproducción de la fuerza de trabajo y garantizar un ejército industrial de reserva permanente».

Rolnik relata casos (Camboya, Indonesia) donde grandes cantidades de terreno, áreas boscosas, poco pobladas pero con gran interés comercial, son cedidas a empresas multinacionales para que las exploten en lo que Oxfam calificó como «a global land rush», una nueva Fiebre del Oro. «El avance actual se da en contextos donde gran parte de las tierras ocupadas por comunidades rurales no es reconocida formalmente, o cuando lo es, pertenece a una categoría ‘paralela’ de tenencia, no integrada en un sistema único de registro y gestión.» (p. 180)

Aquí entra la denuncia de Rolnik: que tales desposesiones se dan en lugares limítrofes que lindan entre lo legal y lo ilegal, lo planeado y no planeado, lo formal / informal, dentro / fuera del mercado. Son zonas constituidas con un hilo legal tenue, siempre argumentable, que se acaban convirtiendo en un territorio a la espera de, en reserva, capaz de ser capturado «en el momento exacto». La autora da diversos ejemplos: en algunos casos los títulos de propiedad pertenecen al Estado, que los cede durante un tiempo pero, pasado ese tiempo, no los reclama, por lo que las personas siguen viviendo en esa zona pero ya en un estado transitorio; parcelas que en su momento fueron agrícolas y se vendieron con la condición de no ser divididas y en las que, al volverse urbanas, se construyen diversas casas, dando lugar a comunidades, la creación de una favela o slum; de nuevo, en situación alegal. En palabras de Vera Telles: «No se trata de un fuera del Estado y de la ley, lugar de anomia, desorden, estado de naturaleza. Son espacios producidos por los modos como las fuerzas del orden operan en esos lugares, prácticas que generan la figura del homo sacer en situaciones entrelazadas con las circunstancias de vida y trabajo de los que habitan esos lugares.» En estas zonas, son los propios individuos quienes elaboran sus leyes y viven de acuerdo con ellas.

Un ejemplo son los kampung de Yakarta, Surabaya o Yogyakarta, pequeñas aldeas informales con raíces locales habitado principalmente por personas de clase media y baja. Se convirtieron en la puerta de entrada de los inmigrantes a la ciudad, por lo que estaban formados por una gran mezcla de etnias. Se definen por el uso mixto, una mezcla de zona residencial en los pisos superiores y de comercio y producción en las plantas bajas donde se hacen comida, ropa, juguetes, muebles; creando así espacios semipúblicos de circulación tanto de mercancías como de pasajeros pero también semiprivados, donde llevar a cabo las actividades sociales próximas. Estos enclaves, con más de 500 años de historia, a menudo viven en situaciones de precariedad, sin instalaciones como agua corriente, y con un estatus jurídico ambiguo. Indonesia, durante muchos años, tuvo un plan para mejorar los kampung, dotándolos de medidas como agua corriente, asfalto o sistemas de drenaje, pero últimamente se ha reducido el presupuesto de este programa.

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El papel de la urbanización urbana debería ser la creación «de una especie de modelo para la ciudad ideal o deseada». En cambio, acaba deviniendo una herramienta al servicio de las grandes finanzas y el capital donde las mejores zonas de la ciudad, las que ellos habitan, siempre están claramente delimitadas y protegidas, «de modo que impide su invasión por parte de los pobres». Con sus leyes y regulaciones, el urbanismo santifica unos modos de posesión de la tierra y deja otros en el margen, donde, en cuando le convenga al capital, los modificará a su antojo.

«Para el pensamiento liberal, propiedad, derecho y ciudadanía se entrelazan.» La libertad entendida como autonomía, como lugar donde los otros no participan y que sólo se encuentra limitada por la libertad de los otros; y la propiedad pasa a ser esta garantía de poder sobre una parcela que excluye a los otros. El argumento es mucho más extenso, pero lo hemos reducido para llegar a la publicación del libro El misterio del capital de Hernando Soto donde el autor relaciona la riqueza de Occidente con la existencia de la propiedad privada «e intenta explicar la persistencia de la pobreza en países pobres y de ingresos medios como consecuencia de sus regímenes de propiedad ‘subdesarrollados’. Según Soto, los pobres poseen activos, sin embargo los utilizan de forma ‘defectuosa’, transformándolos en ‘capital muerto'» (p. 218). No sorprende que entre sus admiradores estén Bill Gates, George Bush, Vladimir Putin o Margaret Thatcher, porque la propuesta de Soto para erradicar la probreza pasa por convertir a todos los pobres en propietarios. En palabras de Ángelica Pérez Ordaz:

En El misterio del capital, De Soto analiza la manera en que los países en vías de desarrollo y los que salen del comunismo pueden generar capital a través de un eficiente sistema de propiedad legal que les permita salir de la pobreza y empezar a transformar activos y trabajo en capital, como es el caso de los países de Occidente, para que toda la población tenga acceso a un desarrollo sustentable. Sostiene que la riqueza de las naciones depende de la capacidad de sus gobiernos para crear sistemas legales que al mismo tiempo, reflejen y articulen adecuadamente el contrato social de sus pueblos.

A continuación Rolnik desmonta, uno a uno, los tópicos que propone Soto e incluso demuestra en algunos casos que no han servido en absoluto para erradicar la pobreza y sí para aumentar la brecha entre ricos y pobres. Si quieren otra versión algo más larga, tienen el maravilloso artículo de Edesio Fernandes «La influencia de El misterio del capital‘», con conclusiones muy similares a las de Rolnik.

Y la última forma de desposesión que analiza Rolnik tiene que ver con los megaproyectos financieros. Con la crisis económica y la llegada del neoliberalismo se pasa de unas ciudades en continua expansión cuyos gobiernos sólo deben administrar a unas ciudades en decadencia donde los gobiernos deben «emprender», atraer los flujos de turismo y capital. Surge así una nueva lógica de producción de la ciudad:

  • como los gobiernos locales no pueden endeudarse, recurren a mecanismos innovadores para financiarse y expandirse;
  • la tierra es uno de los recursos utilizables;
  • se atrae a inversores, interesados por el valor que esa tierra pueda generar;
  • el futuro de la tierra lo determina el inversor, en función de sus valores e intereses,
  • el destino de los que ocupasen la tierra anteriormente es irrelevante para el modelo; es tarea de los gobiernos entregar terrenos «limpios».

Lo hemos visto mil veces en China, pero se da en estados de todo el mundo.

Este nuevo proceso de producción de la ciudad también lleva al márqueting urbano, al IloveNY, a la competición entre ciudades por volverse globales, al efecto Guggenheim, por citar sólo unos pocos casos ya tratados en el blog. Pero también la aparición de las iniciativas público-privadas, donde se cede espacio público urbano para que lo exploten compañías privadas; o, en un salto considerable, a la expoliación y expulsión de las bolsas de pobreza en cuanto aparecen nuevos intereses en la ciudad como los Juegos Olímpicos, la Copa del Mundo o un Fórum de las Culturas (como ya vimos en palabras de Manuel Delgado). Las ciudades usan estos eventos para reconvertirse y reconfigurarse como destinos turísticos y del capital; por el camino, construyen grandes instalaciones y expulsan a los habitantes originales de la zona, mostrando, una vez más, el objetivo del urbanismo vinculado con el capital y, en palabras de Harvey, «los procesos de acumulación vía expoliación de los activos de los más pobres».

Casos similares se dan en la reconstrucción de los grandes desastres ecológicos: el huracán Katrina en Nueva Orleans, el terremoto de Haití de 2010, las inundaciones del tsunami en Indonesia. En este último caso, tras el tsunami surgió la oportunidad de transformar el territorio con la excusa de mejorar las condiciones de vida de la población; para ello, se delimitó una zona costera en la que no se podía construir y se alejó de ella a la población. Sin embargo, en poco tiempo esas zonas fueron vendidas a grandes empresas con intereses turísticos que las convirtieron en resorts de lujo para un público internacional.

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El uso de la palabra slum no es inocente. Se trata de identificar el vasto territorio autoproducido por los pobres en las ciudades con el estigma y, por lo tanto, de justificar las políticas de eliminación de esos espacios. El lenguaje de guerra frecuentemente empleado tampoco es inocente: se trata de controlar territorios estructurados bajo la lógica de las necesidades de supervivencia y de la invención, para que el capital financiero -la moneda que circula libremente, desencarnada de cualquier territorio- pueda allí posarse en paz.

Esta nueva forma de colonización opera tanto a través de la ocupación del territorio y de la sustitución de las formas de vida que allí existían, con desalojos forzosos y demoliciones, como del proceso cotidiano de construcción de los individuos consumidores y sujetos del crédito, ampliando los mercados y finanzas globales cultural y concretamente. (p. 273)

La guerra de los lugares, Raquel Rolnik

Conocimos a Raquel Rolnik con la conferencia «Las ciudades, en manos de las finanzas globales» que dio en el 2017 en un ciclo de conferencias sobre la ciudad en el CCCB. Ya en dicha conferencia adelantaba el que es el gran tema del libro que nos atañe: cómo las grandes finanzas han invadido los recursos destinados a vivienda de todo el planeta con el objetivo de obtener rédito financiero de ellos generando, de paso, las crisis de 2008 y la del alquiler actual y dejando en situación de desposesión a millones de personas.

La propiedad inmobiliaria [real estate] en general y la vivienda en particular configuran una de las más nuevas y poderosas fronteras de la expansión del capital financiero. La creencia de que los mercados pueden regular el destino del suelo urbano y de la vivienda como forma más racional de distribución de recursos, combinada con productos financieros experimentales y «creativos» vinculados a la financiación del espacio construido, hizo que las políticas públicas abandonaran el concepto de vivienda como un bien social y el de ciudad como un artefacto público. Las políticas habitacionales y urbanas renunciaron a la función de distribuir la riqueza, bien común que la sociedad coincide en dividir o proveer a aquellos que tienen menos recursos, pra transformarse en un mecanismo de extracción de ingresos, ganancia financiera y acumulación de riqueza. Este proceso derivó en la desposesión  masiva de territorios, en la creación de pobres urbanos «sin lugar», en nuevos procesos de subjetivación estructurados por la lógica del endeudamiento, además de haber ampliado significativamente la segregación en las ciudades. (p. 13; las negritas son nuestras)

La introducción de La guerra de los lugares. La colonización de la tierra y la vivienda en la era de las finanzas ya es clara respecto al tema del libro: dejar claro que todo lo que ha rodeado a la evolución del concepto y el precio de la vivienda en los últimos 30 años no es una serie de azares sino un movimiento orquestado por el capital con la finalidad de obtener rédito financiero y ganancias de algo que antes estaba a disposición de los ciudadanos.

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El primer bloque del libro muestra, recorriendo diversos países, cómo se pasó al modelo de vivienda en propiedad obtenida mediante deuda hipotecaria; el segundo, en todos los procesos de desposesión de los pobres y los débiles que se están dando alrededor del mundo como consecuencia de ese cambio de paradigma; y el tercer bloque, en el que no entraremos, recorre la historia y el caso del Brasil natal de la autora y la evolución del tema de la vivienda allí. Raquel Rolnik, arquitecta y urbanista brasileña, fue relatora para la ONU del Derecho a la Vivienda durante 6 años; de aquel periodo surge este libro.

Entre 1980 y 2010, el valor de los activos financieros mundiales -acciones, títulos, títulos de deuda públicos y privados y aplicaciones bancarias- creció 16,2 veces, mientras el PIB mundial aumentó poco menos de 5 veces en el mismo período. Este pool de superacumulación fue consecuencia no sólo del lucro acumulado de grandes corporaciones, sino también de la entrada en escena de nuevas economías emergentes, como China. Esta muralla de dinero comenzó a buscar cada vez más nuevos campos de aplicación, transformando sectores (commodities, finaciamiento estudiantil y planes de salud, por ejemplo) en activos para alimentar el hambre de nuevas líneas de inversión rentables para los inversores. (p. 27)

La vivienda -la creación, reforma y fortalecimiento de sus sistemas financieros- fue uno de estos nuevos campos de aplicación del excedente. Además, permitió vincular, mediante la creación de un mercado secundario de hipotecas, los sistemas de domésticos de financiación habitacional con los mercados globales. La entrada de este excedente de capital hizo aumentar el crédito más allá del tamaño y la capacidad de los mercados internos, creando e inflando las llamadas burbujas inmobiliarias. Además, el propio espacio en las ciudades se modificó a raíz de este cambio de paradigma, provocando cambios profundos en el rediseño y extensión de las ciudades.

Todo esto no hubiese sido posible sin un cambio en la forma de entender el papel del Estado en la adquisición de la vivienda por parte de los ciudadanos.

Formulado en Wall Street y en la City de Londres e implantado en primer lugar por políticos neoliberales estadounidenses e ingleses a finales de los años 1970 y comienzos de los año s1980, el cambio en el sentido y en el papel económico de la vivienda ganó fuerzas con la caída del Muro de Berlín y la consecuente hegemonía del libre mercado. Adoptado por gobiernos e impuesto como condición para que instituciones financieras multilaterales, como el Bando Mundial y el Fondo Monetario Internacional, concedieran préstamos internacionales, el nuevo paradigma se basó principalmente en la implantación de políticas que crean mercados financieros de vivienda más fuertes y más grandes, incluyendo a consumidores de mediano y bajo ingreso, que hasta entonces habían estado excluidos. (p. 30)

En general, los tres modelos de financiación usados fueron:

  • sistemas basados en hipotecas;
  • sistemas basados en la asociación de créditos financieros con ayudas gubernamentales directas para la compra de unidades producidas en el mercado;
  • esquemas de microfinanciación.

Para garantizar que toda la población acatase mansamente el nuevo mandato de poseer una vivienda fue necesario el cambio del paradigma del papel del gobierno. «… fue después de la Segunda Guerra Mundial, especialmente en los años 1650 y 1960, cuando la provisión pública de habitación se convirtió en uno de los pilares para construir una política de bienestar social en Europa, un pacto redistributivo entre capital y trabajo que sustentó décadas de crecimiento económico». Algunos países disponían de un importante stock de vivienda pública (Austria, Dinamaca, Finlandia, Holanda, Reino Unido, por citar sólo algunos de los que indica Rolnik), otros disponían de ayudas para acceder a la vivienda (Alemania) y otros, por ejemplo España, Grecia o Portugal, no fueron grandes promotores de vivienda pública en absoluto. «A partir de la crisis económico-financiera de los años 1970, el período más extenso de recesión económica internacional después de los años 30, se formula en la teoría y en la práctica la idea de que el papel de los gobiernos ha de transformarse: de proveedores de vivienda a «facilitadores», y su misión será abrir espacio y apoyar la expansión de los mercados privados. Es decir, crear y promover la existencia de sistemas financieros que hagan posible la compra de la casa en propiedad. Para ello, además, era necesario crear la conexión entre vivienda pública y precariedad o pobreza: estigmatizarla, considerarla como algo que sólo los incapaces de manejar activos en el mercado podían tener.

Los precursores de este cambio de paradigma fueron Reino Unido y Estados Unidos. Reino Unido pasó de un 52% de propietarios en 1971 a un 70% en 2007; y la vivienda de arrendamiento social cayó del 30% en los 70 al 18% en 2007. Por el camino, el Estado había pasado de ser el responsable del bienestar -incluida la vivienda- de los ciudadanos a un «sistema en el que el individuo carga con las responsabilidades de su propio bienestar y seguridad social, volviéndose un consumidor de activos financieros que le proveerán una renta en la vejez» (p. 48). La vivienda subió un 200% del 1997 a 2012; los sueldos, un 55%. Y la mayor parte de los fondos destinados a vivienda social se redirigieron a ayudar a pagar los alquileres de los menos favorecidos; es decir, fueron directamente a manos de los arrendadores privados. La vivienda se convirtió en un activo financiero para las familias, basado en la deuda y propiciando un aumento del consumo en una época en que la capacidad económica de los ciudadanos no paraba de decrecer.

En Estados Unidos la situación fue algo distinta. En 1934 se creó la Federal House Administration (FHA), que ya conocemos por su famosa política del redlining que llevó a la gentrificación de muchas ciudades. La FHA tomó dos caminos: por un lado, apoyar a las familias de clase media que querían comprar una vivienda ofreciéndoles condiciones muy generosas; por otro, ayudar a pagar el alquiler a la clase obrera, en general, blanca. Poco a poco, a medida que llegaban migraciones provenientes del sur, sobre todo afroamericanos, el perfil se fue segregando por razas: las clases medias blancas fueron incentivadas a comprar casas suburbanas a las afueras de las ciudades (más de la mitad de todas las viviendas construidas durante los 50 y 60 fueron financiadas con esos fondos) mientras que las ayudas al alquiler fueron rebajándose y eran entregadas a las clases obreras negras que no podían emigrar a los suburbios, por cuestión tanto de economía como por racismo estructural. Eso generó la pobreza extrema en los centros de las ciudades americanas que acabaría llevando a la gentrificación; y, por otro lado, una enorme extensión de suburbios donde toda clase media blanca americana poseía su propia casa con terreno y la necesidad de usar el coche para cualquier motivo.

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El redlining; sus efectos aún se perciben en las ciudades de Estados Unidos.

En cuanto llegó la ampliación de las grandes finanzas al mercado de la vivienda, una de sus extensiones fue la creación del crédito subprime; una ley de 1977 obligaba a los bancos a «alquilar parte de sus carteras hipotecarias en los barrio donde se originaban sus depósitos», barrios que hasta ahora habían sido considerados redline y que se convirtieron en subprimes «o crédito de altísimo coste ofrecido sobre todo a familias compuestas por minorías y a otros grupos que históricamente no tuvieron acceso al crédito por ser considerados de alto riesgo».

Otros aspectos de la política financiera del momento, en los años en que el capital se fue liberando de sus cadenas, fue la posibilidad de titularizar préstamos y juntarlos en paquetes que se podían comprar; «la titularización permitía limpiar los balances de instituciones de crédito a través de su venta a bancos o fondos de inversión». A este festival se sumaron los hedge funds y las agencias de rating, formando paquetes tóxicos que las grandes empresas se iban pasando como una patata caliente para que no les estallase en las manos. Todos sabemos cómo acabó el tema.

Por otro lado, la crisis hipotecaria de los préstamos subprime no fue producto de un intento desafortunado de ampliar el mercado privado de casas en propiedad para los más pobres, disminuyendo la dependencia en relación con los fondos públicos y del Estado. Por el contrario, fue fruto de una política clara y progresiva de destrucción de alternativas de acceso a la vivienda para los más pobres. Dicha política pretendía constituir, exactamente en el sector habitacional de más bajos ingresos, una nueva forma de extracción de renta -de los mercados de hipotecas, así como de los propios propietarios privados endeudados- para los inversores financieros. (p. 70)

En Europa, las cosas fueron similares. Como ejemplo, en el 2008 la Comisión Europea restringía las ayudas para la vivienda sólo a aquellas personas socialmente menos favorecidas cuya situación no les permitía mantener una vivienda al precio de mercado. El objetivo de esta decisión: favorecer el libre mercado en el tema de la vivienda.

Este paradigma, sin embargo, no se detuvo en Estados Unidos y Europa, donde se generó, sino que, mediante las grandes entidades financieras internacionales, el Banco Mundial y el FMI, se fue extendiendo al resto del planeta. La receta del Banco Mundial para poner la vivienda al alcance de todo el mundo seguía el siguiente modelo, donde los tres primeros puntos son para dar curso a la demanda y los tres siguientes, a la oferta:

  • el derecho de propiedad, mediante registros de tierras y propiedades y una ley clara al respecto;
  • desarrollo de un sistema financiero que permita la creación de créditos para que los pobres accedan a la vivienda endeudándose;
  • «racionalizar» los subsidios para que no entorpezcan la labor de los dos puntos anteriores.

Y en cuanto a la oferta:

  • facilitar infraestructuras para la urbanización;
  • reformas urbanísticas, cambios necesarios en las leyes sobre el suelo y la propiedad pública;
  • privatizar la industria de la construcción civil, a fin de fomentar la competición.

Como destaca Rolnik, estas políticas sirvieron mucho más para ampliar los mercados financieros que para aumentar el acceso a la vivienda de los más pobres y vulnerables.

Cuando finalmente la crisis de todo esto estalló, ¿los Estados se dieron cuenta de lo ciegos que habían estado y lo erróneo de sus políticas y trataron de volver atrás, de fomentar otra vez la construcción de vivienda pública, de huir de la deuda, de evitar la formación de otra burbuja? Para nada: «se limitaron a inyectar fondos públicos en los bancos y las insituciones de crédito para evitar su bancarrota»; los 65.000 millones de euros que regaló España a la banca son el ejemplo que usa Rolnik, además de la creación del SAREB.

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Ya conocen el dicho: la banca siempre gana.

Pero el capital no se detuvo aquí: aprovechando la crisis y que el precio de las viviendas había caído en picado, los hedge funds empezaron a comprarlas en paquetes, sobre todo aquellas cuyas hipotecas habían sido ejecutadas. Rolnik habla de Blackstone, un fondo de inversión inmobiliaria participado por inversores internacionales como J. P. Morgan, Deutsche Bank, Citigroup, Goldman Sachs… los mismos nombres que se enriquecieron con la creación de la burbuja inmobiliaria.

Al comienzo de esta parte del libro ya habíamos afirmado que, en función de la sobreacumulación, la expansión territorial y sectorial del mercado permitió absorber el capital excedente, a través de la transformación de la vivienda en mercancía y en activo financiero en varias regiones del planeta. Esto, a la vez, generó un boom y un nuevo ciclo de sobreacumulación bajo el control de los agentes financieros. Cuando el mercado quedó saturado de collateral, la rápida retirada de los inversores desvalorizó enseguida este stock, creando un nuevo mercado de alquiler residencial, lo que constituyó una nueva frontera para la acumulación financiera. (p. 120)

Con la posesión de estos paquetes de viviendas, los grandes fondos han sido capaces de gestionar el mercado del alquiler para crear otra burbuja mediante la que continuar explotando el acceso a la vivienda de las clases medias y bajas; pero esto queda para la segunda entrada, donde también abordaremos el efecto que tiene sobre las poblaciones más vulnerables este cambio de paradigma.

First We Take Manhattan (II): demandas y resistencias de la gentrificación

Si en la primera entrada del libro First We Take Manhattan, de Daniel Sorando y Álvaro Ardura, analizamos las fases que sigue la destrucción y posterior recreación de un barrio gentrificado (abandono, estigma y regeneración) desde el punto de vista de las autoridades y los promotores (la producción), lo haremos ahora con la última fase, la mercantilización, pero desde el punto de vista de los consumidores: los nuevos habitantes del barrio y sus visitantes.

El cuarto capítulo, Repostería para perros: Mercantilización detalla los procesos por los cuales los nuevos consumidores llegan a identificarse con el barrio «saneado». El ejemplo es el barrio de Malasaña, más concretamente una zona específica, el triángulo formado por las calles Fuencarral, Corredera Baja de San Pablo y Gran Vía, adquirido casi en su totalidad por una única empresa inmobiliaria. De hecho, la propuesta es cambiar el nombre del barrio, o de esa zona específica, de Malasaña a TriBall (Triángulo Ballesta), completando así el círculo que ya vimos en la anterior entrada (el paso del Chino al Raval, o al SoHo, o TriBeCa: cambiar el nombre para evidenciar que el barrio también ha cambiado).

Pero ¿por qué las nuevas clases medias se sienten atraídas por los centros históricos? La respuesta a esta pregunta la ha ofrecido el principal exponente de las tesis de la demanda, el geógrafo David Ley (1996). Este autor explica que el perfil típico del pionero de la gentrificación es una persona menor de 35 años, soltera y sin hijos, residente en una vivienda pequeña de alquiler y habitualmente empleado en un sector avanzado de los servicios, con al menos una carrera universitaria, así como perteneciente al grupo étnico mayoritario. (…) No obstante, el perfil de las clases medias atraídas por los centros históricos va cambiando conforme avanza el proceso de gentrificación. En su etapa inicial, los pioneros son personas cuya formación es muy alta, pero cuyos ingresos pueden ser semejantes a los de los vecinos tradicionales de estos barrios. La razón es que los nuevos vecinos suelen estar empleados en sectores precarizados tales como la intervención social, las artes, los medios de comunicación y otros campos culturales. Además, su juventud los coloca en una posición débil dentro del nuevo marco de relaciones laborales. (…) los centros deteriorados ofrecen a estos grupos la oportunidad de aprovechar sus capacidades, muchas veces rehabilitando sus viviendas, para apropiarse del aumento del valor del uso que adquieren para otros profesionales. (p. 105)

Ya entrando en terreno sociológico, y a partir de los sesenta aproximadamente, se rompió la sociedad del hombre del traje gris, representada por un cabeza de familia trabajador en una rutina aburrida de oficina y una madre ocupada del cuidado del hogar y los hijos. A partir de los sesenta y con la progresiva aparición de nuevos modelos de hogar y diversidad cultural, la autoafirmación de la juventud, especialmente aquella formada pero que aún no ha encontrado su lugar estable en la sociedad, pasaba por una revolución contracultural contra los estándares formados, a menudo reclamando un rol creativo cuyo paradigma era el artista que necesitaba su espacio para producir. Debido tanto a su situación económica como a su necesidad de expresarse, a menudo buscaban lugares limítrofes, intersticios de bajo nivel económico que además les ofrecían la experiencia de unas relaciones sociales más fuertes como suelen ser habituales en los barrios obreros y más diversas, debido a la inmigración. Pronto les llegaron comercios de otro tipo destinados a satisfacer sus necesidades: productos reciclados, orgánicos, de segunda mano, frente al consumo estandarizado del querían huir.

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Fábrica textil reconvertida en estudio artístico reconvertida en hogar de lujo.

Finalmente, debido a que «las viejas organizaciones de masas como los sindicatos o las iglesias están en declive, el lugar de residencia adquirió un lugar destacado en la construcción de la identidad personal» (p. 108). Es lo que Savage et al (2005) han denominado elective belonging, la pertenencia electiva.

Sin embargo, estos pioneros no tienen suficiente capacidad económica para convertir el barrio en territorio burgués; sirven «como zapadores que construyen puentes para la llegada posterior de clases medias más adversas al riesgo que la mezcla social supone para sus inversiones» (p. 111) Sin embargo, tanto ellos como los comercios que se abren para satisfacerlos dotan al barrio de cierta distinción: sus demandas de seguridad e inversión pública tienen más calado que las emitidas por los vecinos anteriores, por lo que dotan a la zona de una primera pátina de civilidad. Sin embargo, pasado el tiempo y con las sucesivas oleadas de nuevos habitantes del barrio, estos pioneros deberán abandonarlo cuando la gentrificación sea completa, porque ellos mismos tampoco podrán afrontar el precio de los nuevos inmuebles y porque, además, se les habrá vuelto un barrio demasiado conservador.

El ejemplo es el SoHo de Nueva York, narrado por Sharon Zukin: a lo largo del siglo XIX se convirtió en el barrio de la industria textil de la ciudad. Sin embargo, tras la segunda guerra mundial la industria fue abandonando el centro y el barrio inició un proceso de declive urbano que lo convirtió en Hell’s Hundred Acres, los Cien Acres del Infierno. Sin embargo, en los sesenta hubo multitud de artistas que consideraron que esos espacios diáfanos eran perfectos para sus necesidades, puesto que podían combinar estudio con vivienda en lugares llenos de luz y plantas abiertas: nacieron los lofts. El barrio se convirtió en un reducto artístico que hasta cambió de nombre al de South of Houston Street: SoHo.

Tanto la estética de los lofts como la posibilidad de aprovechar el pasado industrial y urbano del barrio sirvieron para generar una zona artística, de excepción, que los medios no tardaron en retratar y que pronto se llenó de empresas inmobiliarias a la búsqueda de inversiones que rehabilitar y vender a precio de oro. Irónicamente, a medida que esta renovación inmobiliaria surgida a partir de la cultura se fue desarrollando, los artistas que inicialmente habían llegado al barrio a principios de los sesenta tuvieron que abandonarlo a principios de los ochenta. «Varias décadas más tares, en sus calles apenas se ven galerías de arte entre decenas de cafeterías, outlets y franquicias.» Irónicamente, a las fases iniciales de la gentrificación Zukin las denomina domesticación por el capuccino.

El quinto capítulo, Bansky Go Home!: Resistencias se centra precisamente en la forma que toman las luchas urbanas contra la gentrificación.

Las luchas de los desheredados solían organizarse en las fábricas, cuando estos se reunían bajo los tejados de sus naves. En cambio, en pleno siglo XIX la mayor parte de los marginados tan solo se encuentra en las calles de los barrios donde viven. En este contexto, no es de extrañar que el espacio urbano se haya convertido tanto en el lugar como en el motivo de las principales resistencias contemporáneas. (…) El motivo es que el territorio es indispensable para cualquier actividad humana y que, además, cada espacio da acceso a una configuración única de relaciones sociales que es fuente de comunidades con intereses compartidos. (p. 126)

Dichos valores son los bienes y servicios a los que el territorio da acceso, las redes informales de apoyo mutuo, la seguridad de la pertenencia a una comunidad, la identidad para sus residentes. «Y, en cada caso, la mercantilización de dicho territorio amenaza esos sentimientos al subordinar los valores de uso a los valores de cambio. Los orígenes de esta amenaza se remontan al siglo XIX, cuando el aumento de la población urbana y de sus necesidades de alojamiento permitió a la burguesía enriquecerse con las rentas que proporciona el territorio.» (p. 127)

Pero la división de las ciudades, antaño en barrios de distintos niveles, ha llegado a un punto más extremo: como los fractales a los que se refería García Vázquez en Ciudad hojaldre, cada barrio, en distinta medida y según el nivel de gentrificación en que se encuentre, presenta diversos frentes accesibles a distintos tipos de ciudadanos. «Vivimos en ciudades cada vez más divididas, fragmentadas y proclives al conflicto. La forma en que vemos el mundo y definimos nuestras posibilidades depende del lado de la barrera en que nos hallemos y del nivel de consumo al que tengamos acceso» (Harvey, Ciudades rebeldes)

Existen formas de luchar contra esta mercantilización del espacio urbano: por ejemplo, la alcaldía de París ha anunciado un listado de 257 edificios (algo más de 8 mil viviendas) sobre las que el Ayuntamiento se ha adjudicado un derecho preferente de compra. Es decir, si se ponen a la venta, primero se las tienen que ofrecer al gobierno metropolitano a un precio de mercado. Los edificios no han sido elegidos al azar, sino que forman una barrera contra la gentrificación que invade la ciudad, en calles que han empezado a llenarse de restaurantes y cafés con cada vez más jóvenes profesionales. O los mapas de la PAH, donde se observa que la mayoría de los desahucios se llevan a cabo en barrios en proceso de regeneración.

El ejemplo que más repercusión mediática tuvo fue el ataque a una tienda de cereales en el distrito de Shoreditch de Londres. Cereal Killer vendía boles de cereales a 4 euros en una zona donde muchos vecinos no llegaban a pagar el alquiler o la compra básica. El problema, claro, no es la tienda de cereales, sino lo que representa: la llegada de una nueva clase al barrio y la expulsión de sus vecinos originales, con grandes plusvalías para el capital privado por el camino. La manifestación que acabó en la tienda de cereales no tenía ese objetivo, inicialmente, sino quejarse por la gentrificación, por lo que primero atacó una inmobiliaria de una gran cadena, aunque luego identificaron en la tienda de cereales todo lo malo de la gentrificación, «ante la incredulidad de los consumidores de clase media, sin duda ofendidos ante una violencia que sí se ve«, frente a la que no es visible, como los desahucios o la imposibilidad de pagar el alquiler o llegar a fin de mes.

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En Berlín, especialmente, se identifica un nuevo problema: los nómadas digitales.

Se trata de personas que no buscan recorrer los principales atractivos turísticos de uan ciudad durante un período de tiempo breve. Por el contrario, el nuevo turista dedica largas temporadas a conocer la vida íntima de ciudades reputadas por ofrecer experiencias alternativas, lo cual compatibilizan con empleos que no requieren una localización estable, sino tan solo una conexión a internet. Dado que estos viajeros están más interesados en las cafeterías y en los parques que en los monumentos y los museos, sus pautas de comportamiento afectan a la cultura local a la que se aproximan. Entre otras consecuencias, quizá la más grave es su impacto sobre los mercados locales de la vivienda. En resumen, puesto que los turistas suelen proceder de ciudades más prósperas que la relativamente empobrecida Berlín, quienes los alojan han encontrado un nicho de mercado que explotan cada vez con más éxito. Quizás el ejemplo más elocuente lo ofrecen los usuarios de la plataforma Airbnb, los cuales obtienen rentas cada vez mayores por el alquiler de sus viviendas a estos nuevos turistas. (p. 140)

Ante estos hechos surgen resistencias, claro; pero, paradójicamente, las resistencias refuerzan el papel de experiencia que este tipo de turistas buscan, dotando al barrio de más autenticidad. Las pintadas contra la gentrificación, los graffitis, las manifestaciones, la lucha ante esta forma de ocupación se vuelve algo pintoresco que alimenta la bestia contra la que pretende luchar; las fotos de instagram del barrio «peligroso» quedan aún mejor.

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Como denuncia Harvey, al propio sistema capitalista le interesa que existan esas bolsas de rebelión, esos espacios limítrofes donde se gestan las semillas de nuevas formas de relación, vivencia, consumo. Se generan en barrios alejados de las inversiones oficiales y por lo tanto deshomogeneizados; sin embargo, están a la espera de que llegue el capital y los considere lo bastante alternativos como para generar plusvalía a partir de ellos. Sennett hablaba de un barrio de la India en Construir y habitar que se había formado de forma no oficial, de hecho era completamente ilegal, aunque las autoridades hacían la vista gorda por lo enorme que era. El autor reflexionaba sobre lo poco que tardaría alguna corporación global en encontrar el lugar y comprarlo, puesto que para un fondo de inversión la cantidad de dinero es irrisoria. No porque se trate de un lugar que vaya a ser un nuevo centro global, sino porque existe la posibilidad de que lo sea; y los fondos se pueden permitir comprar diez, doce, quince de estos lugares, puesto que, si uno sólo de ellos se convierte en foco (o son capaces de reconvertirlos en lugar atrayente), la inversión en todos ellos habrá resultado positiva.

El capítulo dedicado a las conclusiones, Then We Take Berlin, no tiene desperdicio. «La palabra gentrificación es el gran tabú de los urbanistas contemporáneos.» En cambio, los movimientos de resistencia la usan constantemente. Para los primeros pone el foco en el exclusión y el desplazamiento, cuando en realidad se trata de dinámicas inmobiliarias y capitalistas naturales: todo el mundo quiere vivir en el centro, y ese derecho hay que pagarlo. Los segundos usan precisamente el término para no pasar por alto con eufemismos una realidad social de expulsión y exclusión.

Hasta los setenta, consideran los autores, el pacto social se mantuvo más o menos estable: las clases dominantes de los medios de producción necesitaban mano de obra, la mano de obra podía vivir en las ciudades, cerca de donde era necesaria, por lo que todos deseaban que en ellas se mantuviese una cierta estabilidad y un potente estado del bienestar para que la fuerza de trabajo se reprodujese y continuar con el sistema. «La crisis económica de los setenta rompió el acuerdo: la redistribución de la riqueza dejó de ser una opción para las élites cuando sus beneficios empresariales empezaron a caer.» (p. 160) Se desmontó el pacto entre capital y trabajo, se desmontó el estado del bienestar y toda una serie de campos vedados al mercado comenzaron a ser privatizados: educación, sanidad, finalmente la vivienda, que se convirtió en un mercado ideal para las inversiones y la especulación.

Al proceso hay que sumarle la deslocalización generada por las TIC, que hizo decaer el peso obrero y sindical en las ciudades: los trabajadores debían aceptar que sus condiciones laborales fuesen devaluadas o perder el trabajo, era la amenaza del capitalismo de la época. «En suma, la clase trabajadora ha perdido sus derechos a la vez que ha perdido sus trabajos.» Algunos barrios obreros han sido readaptados para el consumo global, como hemos ido narrando en estas dos entradas; otros han sido abandonados, entregados sólo a la fase de destrucción, sin asomo, por ahora, de una posible fase de creación o regeneración.

Tal como explica Loïc Wacquant (Castigar a los pobres: el gobierno neoliberal de la inseguridad ciudadana, 2010), el neoliberalismo se caracteriza por la gestión punitiva de sus consecuencias sociales. De esta manera, la ciudad liberal del siglo XX es reemplazada por la ciudad revanchista del siglo XXI que describe Neil Smith (La nueva frontera urbana. Ciudad revanchista y gentrificación, 2012). Y, en consecuencia, allá donde la miseria dificulta la expansión de procesos de revalorización, la pobreza es redefinida como un problema individual de sujetos incompetentes que deben ser reeducados por las nuevas clases medias que habrán de salvarlas. En el proceso, las cámaras de seguridad, la presencia policial constante, el diseño restrictivo de los espacios públicos y su cesión exhaustiva a las actividades comerciales restringen cada vez más los usos de la ciudad. Al mismo tiempo, las llamadas a la tolerancia cero se han difundido a todas las ciudades del mundo desde que Rudolph Giuliani las promoviera en Nueva York. A partir de entonces, las personas sin techo, sin papeles o sin trabajo son objeto de vigilancia y represión, en lugar de protección. (p. 163)