Visiones de privatopía, Carmen Bellet

El título completo de este artículo, aparecido en «Scripta Nova. Revista electrónica de geografía y ciencias sociales» (Vol. XI, núm. 245 (08), 1 agosto de 2007) es «Los espacios residenciales de tipo privativo y la construcción de la nueva ciudad: visiones de privatopía». En él, Carmen Bellet Sanfeliu, del Departamento de Geografía y Sociología de la Universidad de Lleida, repasa las principales características de los espacios residenciales cerrados (ya sea de forma simbólica, ya sea de forma física, como las gated communities de que hemos hablado a menudo) e indaga en las causas tras su proliferación. El artículo está disponible aquí.

Sea cual sea su forma (barrio cerrado, urbanización privada, club de campo, gated community), estos entornos son «el producto residencial neoliberal y posmoderno por excelencia». Por un lado, suponen el máximo punto de elección: cuando un ciudadano puede escoger, no ya sólo el entorno en el que quiere vivir, sino el tipo de personas por las que se va a rodear. Además, y teniendo en cuenta que la seguridad es uno de los principales valores con los que se publicitan, los entornos residenciales cerrados «resultan ser el cobijo ideal para superar todas aquellas inseguridades e incertidumbres que genera la sociedad postmoderna».

Bellet destaca dos posibles respuestas a los miedos generados por la «sensación de inestabilidad e inseguridad» de estos tiempos: la primera consiste en «retraerse del conjunto de la sociedad en unidades más pequeñas, más controlables y seguras», como las gated communities o cualquier tipo de barrio cerrado o urbanización privada. La segunda respuesta consiste en escapar mediante la huida a «mundos paralelos, perfectos y fantásticos», como son los resorts residenciales, comunidades tipo club o las ciudades simulación creadas por el Nuevo Urbanismo en Estados Unidos (el ejemplo es la famosa Celebration de Disney, a la que volveremos luego pero que ya hemos tratado en otras ocasiones en el blog).

La literatura académica tradicionalmente ha asociado los procesos de fragmentación y privatización urbanos a determinados usos y funciones: los espacios de producción (parques industriales), parques empresariales y complejos de oficinas, espacios de ocio y consumo (centros urbanos privatizados, centros comerciales, parques temáticos), e incluso con algunas megaestructuras públicas (centros culturales, centros educativos y universidades, centros de convenciones, aeropuertos y estaciones de transporte, etc.). Sin embargo en las dos últimas décadas los procesos de privatización han penetrado de forma clara en los usos residenciales a través de diversas tipologías (comunidades cerradas, condominios, supermanzanas, urbanizaciones y complejos privados) y empiezan a ser familiares, como ya hemos apuntado, en casi cualquier gran ciudad del planeta (Webster, 2001).

Desde esta perspectiva, igual que se pasa de un fordismo de mediados del pasado siglo a un postfordismo donde las empresas tratan de llenar nichos muy específicos, desde el punto de vista del consumo se podrían ver los entornos residenciales privativos como una «hiperespecialización» residencial, un tema que Bellet va recorriendo durante el resto del artículo. Por un lado, las comunidades se erigen como «micro-universos», «un pequeño fragmento homogéneo en su sino que poco o nada tiene que ver con aquello que lo rodea». Son entornos poco diversos (de ahí, precisamente, su atractivo: que uno pueda vivir rodeado de aquellos que son como él): algunos por edad, otros por creencias religiosas, características sociales o, las veces en que estos factores no son los decisorios, y se priman otros como puedan ser estéticos o hasta emocionales (la vuelta a una idílica comunidad rural, por ejemplo), la segregación la impone el precio de acceso o de residir allí.

Pero, aunque soterrada, la elección de vivir en un entorno cerrado esconde siempre la segregación.

Las normas establecen y salvaguardan el estilo de vida y determinan, por lo tanto, el tipo de población que puede residir en el desarrollo residencial. El posible comprador o habitante se convierte así también en parte del producto. El estilo de vida que se vende, junto al precio, es uno de los elementos que genera segregación sin hacerlo sin embargo de forma abierta. Si la segregación es políticamente incorrecta e inaceptable, el hecho de elegir una comunidad por su estilo de vida es al contrario una actitud valorada positivamente ya que encaja perfectamente en la historia y tradición norteamericana (Degoutin, 2006, pp. 99). [el destacado es nuestro]

Esto tiene dos efectos devastadores. Por un lado, se crea un sistema social donde cada uno vive en el entorno que le corresponde en función de sus ingresos, su forma de vida, el color de su piel o la edad. Las comunidades resultantes son lugares libres de heterogeneidad, de diferencias, de encuentros desafortunados, con lo que sus habitantes se desacostumbran al hecho de que la ciudad, el resto del mundo fuera de su comunidad, es un entorno diverso en razas, edades y comportamientos. Como denunciaba Richard Sennet en El declive del hombre público, por ejemplo, olvidan cómo lidiar con la diferencia o el conflicto, algo inherente a los lugares donde vive gran cantidad de personas. Y, si nos disculpan el chascarrillo, se genera el personaje caracterizado como «Karen» en Estados Unidos (obviando el machismo de que sea un personaje femenino): un ser asocial que no comprende, ni tolera, ni respeta, que haya otras personas viviendo en un espacio público de modos alternativos al suyo.

El otro gran problema generado por el auge de estas comunidades es que se convierten en los garantes de los derechos y necesidades de sus habitantes. La protección ya no viene de la policía (servicio público), sino de un servicio privado de seguridad (en Estados Unidos ya hay más vigilantes -privados- que policías -públicos-), con lo que eso conlleva de pérdida del nivel de democracia o respeto hacia las leyes (seguramente sea complicado obligar a tu jefe a aparcar bien el coche, si quieres mantener el puesto de trabajo). Lo mismo sucede con las cañerías, el mantenimiento de las calles, la iluminación… Puesto que pasan a ser servicios privados de la comunidad, que además sus habitantes tienen que pagar, éstos se liberan de la necesidad de tener que pagar también los servicios públicos de la ciudad en la que habitan, degradándola. Porque los habitantes de enclaves privatizados siguen usando la ciudad, pueden visitarla, pueden trabajar en ella, recorrer sus calles y, seguramente, esperen que los servicios se sigan manteniendo; pero, puesto que ellos ya financian los servicios de sus comunidades, a menudo con enormes presupuestos, no sienten esa obligación hacia los lugares donde no residen.

Esto es algo que, en general, sólo podía suceder en Estados Unidos y en entornos con una tradición similar y que Bellet relaciona, de forma muy acertada, con la white flight, la huida de las clases medias blancas durante mediados del siglo pasado del centro de la ciudad hacia los entornos residenciales; hacia suburbia, vaya.

Una gated community no consiste solo en una agrupación de viviendas delimitadas por un perímetro controlado, sino que busca además crear un espíritu de comunidad, de colectivo con valores y visiones similares (Kunstler, 1993, 1996; Hayden, 2004). Ningún otro país posee una tradición y herencia tan rica en la materialización física de utopías (religiosas, políticas y sociales) ni la fuerza de la democracia directa y gobierno local que da a las diferentes comunidades una gran autonomía (Fishman, 1987; Braudillard, 1986; Judd y Swanstrom, 1994). El espíritu de la búsqueda del ideal comunitario que trajeron consigo los pioneros y exploraron algunos en el nuevo mundo persiste aún hoy, aunque sea tan solo, las más de las veces, utilizado como un reclamo publicitario y estrategia de venta. No es casual que nos sea tan difícil de traducir el nombre, gated communities, tras del cual, no solo hay un producto físico, sino también otras muchas dimensiones que van ligadas, por un lado, a la visión utópica sobre la comunidad y, por otro, a la autonomía en el gobierno que históricamente se ha desarrollado a escala comunitaria, la escala más próxima al ciudadano y a los intereses de grupo. Aún hoy muchos de los nuevos desarrollos son vendidos con el sueño de participar en la construcción de una comunidad, de una utopía colectiva.

El final del artículo lo dedica Bellet a analizar ciertas comunidades y sus entornos idílicos, convertidos en simulaciones de parque temático. El primer ejemplo es Celebration, la comunidad erigida por Disney con «la tematización absoluta del espacio como punto fuerte del desarrollo» y un control total del espacio, sus usos y su diseño, amén, claro, de una gestión privada de todo el conjunto y de los servicios. «En Celebration, como ya hizo en sus parques temáticos, Disney evoca una forma urbana sin producirla.»

Celebration. La fotografía es de Mark Power para Magnum.

Otros ejemplos son Seaside, en Florida, el pueblo tan idílico que se usó como metáfora de un plató gigante para la película El show de Truman (y uno se pregunta qué sentirían sus habitantes, si orgullo o vergüenza por tal elección como decorado) o Hamlet Estates, en Jericho (Long Island, Nueva York), una paradoja de comunidad simulada puesto que todos sus edificios se basan en la arquitectura de las obras de Frank Lloyd Wright… mezclando todas sus épocas y sin tener nunca en cuenta que el famoso arquitecto las diseñó atendiendo a sus entornos y, en general, valorando que estuviesen rodeadas de naturaleza, y no apiñadas unas junto a las otras.

Los habitantes de los desarrollos residenciales privados, y los usuarios de los otros enclaves urbanos privados, no renuncian al consumo del espacio público, de la ciudad tradicional, pero se desentienden y renuncian expresamente a su construcción y mantenimiento. No hay intercambio con la ciudad tradicional, con la esfera pública, solo puro consumo.

Y es precisamente en el aspecto de la corresponsabilidad de todos en la construcción de la esfera pública, para con la sociedad y la ciudad, lo que debe de reclamarse a promotores, propietarios y habitantes de esos desarrollos y enclaves privados.

Y, algo más adelante, tras analizar el auge de las gated communities:

La única manera de revertir el proceso radicaría en la regeneración de aquellas condiciones que hacían a la ciudad digna de ser vivida, las mismas condiciones que recrean buena parte de esos enclaves: la provisión de seguridad, medio ambiente y entorno saludable y presencia de espacios públicos, equipamientos y servicios necesarios.

Las citadas condiciones, antes proveídas por la esfera pública, son facilitadas hoy de forma más eficiente por la esfera privada.

Por ello, Bellet propone la creación de un reglamento específico para estas comunidades que ayude a gestionar las relaciones entre ciudad y gated communities pensando en el bienestar general, no el de unos pocos.

The Cultures of Cities (II)

Las culturas se forman como negociación entre los objetivos empresariales y la voluntad de los distintos grupos sociales; esa era la premisa de la socióloga Sharon Zukin que vimos en la primera entrada de The Cultures of Cities, un libro del año 1995 que estudia la formación de las diversas culturas en el espacio público de las ciudades. El primer capítulo acababa con la duda de cómo se forman algunos de los paisajes específicos del poder, por ejemplo Disney World o el Museo de Arte Contemporáneo de Massachussets, a los que Zukin dedica los capítulos segundo y tercero.

The landscape of Disney World creates a public culture of civility and security that recalls a world long left behind. There are no guns here, no homeless people, no illegal drinks or drugs. Without installing a visible repressive political authority, Disney World imposes order on unruly, heterogeneous populations -tourist hordes and the work force that caters to them- and makes them grateful to be there, waiting for a ride. (p. 52)

Disney World crea una representación de un lugar idílico (por eso Eco o Baudrillard hablan de «simulacro») para «las clases medias que han escapado de las ciudades a los suburbios». Es la ciudad que nunca podrá ser; recordemos que en Florida existe Celebration, una ciudad (comunidad) construida para aparentar ser la típica ciudad de los años 50 donde todo es hermoso. Como allí, en Disney World los trabajadores simulan ser parte del escenario, actúan para no romper el espejismo; y toda tarea ingrata, como la recogida de basuras, es cubierta bajo un manto de apariencias para que el espectador, que ha pagado su entrada para estar allí, no sea perturbado por la realidad.

The production of space at Disenyland and Disney World creates a fictive narrative of social identity. The asymmetries of power so evident in real landscapes are hidden behind a facade that reproduces a unidimensional nature and history. This is corporate, not alternative, global culture, created in California and replicated in turnkey «plants» in Florida, Japan, and France. We participate in this narrative as consummers. (p. 59)

En Disney World todo es lo que parece; es más, las cosas son más reales de lo que son en realidad, porque se han convertido en simulacros de sí mismas y forman parte de la hiperrealidad (Baudrillard): un castillo alemán es hermoso y nítido, mucho más que en la realidad, completamente desgajado de la significación del imperio prusiano que lo vio nacer en primer lugar; pura apariencia sin contexto.

Disney World: un lugar horrendo, afirman todas nuestras lecturas.

El tercer capítulo reflexiona sobre la construcción de un museo internacional en un lugar regional, casi rural: el Massachussets Museum of Contemporary Art en North Adams. ¿Cuál es el lugar de un museo internacional en un contexto mucho más pequeño? Desde el Guggenheim en Bilbao, y mucho antes, se ha usado la cultura como forma de situar un lugar específico en el mapa. Sin embargo, ¿es el MASS MoCA lo que necesitaba un lugar como North Adams? Esta pregunta sirve a Zukin para entrar en una reflexión sobre los contextos y el papel del arte.

Este mismo lo explora en el capítulo siguiente en un contexto mucho más urbano: el de Nueva York. La percepción de la cultura sufrió un cambio alrededor de los años 70: hasta entonces se consideraba una distracción, un lugar o actividad elegante al que acudir en ocasiones; un «fait accompli». Hoy en día es una herramienta que usan las ciudades para construir y configurar su imagen, a menudo con intereses comerciales o turísticos en mente. «Culture is both a commodity and a publig good, a base -though a troubling one- of economic growth, and a means of framing the city.»

La reevaluación inmobiliaria del barrio de SoHo a partir de la llegada masiva de artistas a sus lofts y la posterior gentrificación que sufrió la zona fueron un indicador de que las cosas estaban cambiando. Los museos se sumaron a la nueva ola, reconvirtiéndose en lugares de atracción de clases medias acomodadas (o clases culturales) al mismo tiempo que pregonaban abrirse a nuevas culturas y etnias. «On this point, the symbolic economy is consistent: the production of symbols (more art) demands the production of space (more space).» Los museos se convierten en polos de atracción de la ciudad (Viena o Berlín con la isla de los museos; y, por supuesto, el Louvre, el Británico, el MoMA o el Ermitage, por citar sólo algunos).

De ahí se pasa a percibir la propia ciudad como un museo, una muestra de la arquitectura y hasta la forma de vida de la antigüedad. En Nueva York existe una comisión que decide qué edificios es necesario salvaguardar (al menos, sus fachadas) debido a su interés visual y arquitectónico. Sin embargo, esta elección nunca carece de ideología y la mayoría de edificios catalogados son de clases medias o altas, dejando de lado, por ejemplo, el edificio en el que fue asesinado Malcolm X, relevante para los negros de la ciudad, pero no para las clases dominantes. Es la denuncia de Manuel Delgado que hemos recordado a menudo en el blog: Barcelona se reconstruyó a sí misma para mostrar con orgullo la historia de su burguesía, las Ramblas, el Liceo, el Paseo de Gracia; pero ha luchado con denuedo por esconder la historia de sus luchas y revoluciones obreras, de la explotación industrial o de los barrios más humildes, completamente saneados.

El quinto capítulo es un estudio sobre la segregación racial en los restaurantes. A menudo los puestos menos agradecidos los ocupan inmigrantes, algo que sólo ha hecho que empeorar en las tres décadas desde el estudio. Queda pendiente en el libro una reflexión sobre la situación social de los mismos: lugares de reunión y donde cerrar negocios, sin duda, y también donde ver y ser vistos. Pero convertidos hoy en otro polo de atracción de las ciudades, que presumen de las estrellas Michelin que ofrecen como de un activo más de la ciudad.

El sexto capítulo reflexiona sobre la importancia del acto de comprar en las ciudades. Recordemos que Hannerz destacaba el tráfico y la compra como las dos actividades habituales de las personas en sus entornos cotidianos que más realzaban el aspecto urbano: el tráfico, por la colisión con una gran cantidad de desconocidos que comparten, o conocen, unas reglas comunes; y la compra, por cómo en ella están implícitos los medios de producción y diferenciación laboral. Zukin reflexiona acerca de la figura del flâneur, que no deja de ser hombre, burgués e «imperialista» (por cómo ve el exotismo en todas las piezas llegadas de allende que se exhiben en los grandes almacenes). Luego compara las memorias de infancia de Walter Benjamin, Kate Simon y Alfred Kazin. En ellas siempre hay un lugar concreto donde se llevaban a cabo las compras familiares, el día a día, a pesar de las distinciones de etnia, clase y raza entre los tres autores. Zukin lamenta la lenta disolución del pequeño comercio en ramas o franquicias de otras grandes empresas a medida que la ciudad va cobrando mayor peso en representatividad y se ofrece como lugar de turistas o clases altas, y no como residencia a clases medias o incluso bajas. Lo denunciaba también Ian Brossat al hablar de la uberización de París.

El último capítulo, a modo de conclusión, reflexiona sobre el concepto de espacio público, en tanto que «lugar abierto a todos» o incluso el marco que permite contemplar la ciudad. Dice Zukin que el postulado con el que Manuel Castells inauguró la nueva sociología urbana de los 70 («there is no urban society separate from the capitalist economy») puede ahora ser reinterpretado como «There is no separation between modernism and urban culture», entendiendo «modernism» como la nueva forma de producción de la la economía simbólica.

There are many different «cultural» strategies of economic development. Some focus on museums and other large cultural institutions, or on the preservation of architectural landmarks in a city or regional center. Other call attention to the work of artists, actors, dancers, an even chefs who give credence to the claim that an area is a cener of cultural production. Some strategies emphasize the aesthetic or historic value of imprints on a landscape, pointing to old battlegrounds, natural wonders, and collective representations of social groups, including houses of worship, workplaces of archaic technology, and even tenements and plantation housing. While some cultural strategies, like most projects of adaptative reuse of old buildings, create panoramas for visual contemplation, others, like Disney World and various «historic» villages, establish living dioramas in which contemporary men and women dress in costumes and act out imagined communities of family, work, and play. The common element in all these strategies is that they reduce the multiple dimension and conflicts of culture to a coherent visual representation. (p. 271)

Acabamos donde empezamos la reflexión en la primera entrada: con la formación de las culturas urbanas.

I began this work by assuming that the meanings of culture are unstable. I am not saying that the term «culture» has many meanings. (…) I mean, rather, that culture is a fluid process of forming, expressing, and enforcing identities, whether this are the identities of individuals, social groups, or spatially constructed communities. (…)

If we apply to cities a sense of culture as a dialogue in which there are many parts, we are forced to speak of the cultures of cities rather than of either a unified culture of the whole city or a diversity of exotic subcultures. It is not multiculturalism or the diversity of cultures that is to be grasped; it is the fluidity, the fusion, the negotiation. (p. 290)

Ciudad hojaldre (II): la visión sociológica

Vamos con el segundo capítulo de Ciudad hojaldre. Visiones urbanas del siglo XXI, de Carlos García Vázquez. La primera parte trataba la visión culturalista de la ciudad y se dividía en tres capas (la ciudad de la disciplina, la ciudad planificada y la ciudad posthistórica). Ahora nos enfrentamos a la visión sociológica con sus cuatro capas:

  • la ciudad global (Saskia Sassen y la ciudad de los flujos);
  • la ciudad dual (desterritorialización y reterritorialización en el espacio público);
  • la ciudad del espectáculo (consumo, ocio y cultura);
  • la ciudad sostenible (la entrada de la ecología en la ecuación);

Empezamos con el origen de la ciudad global. Hay dos características esenciales que Manuel Castells, el gran sociólogo urbano de finales del siglo XX, destaca de la época: «la retirada del Estado de la economía y la expansión geográfica del sistema hacia una globalización que abarca el capital, la fuerza de trabajo y la producción» (p. 57). A ello hay que sumarle el surgimiento y afianzación de las TIC, las tecnologías de la información y la comunicación, que se han vuelto esenciales en la configuración del llamado «espacio de los flujos».

Es decir, un sistema integrado de producción y consumo, fuerza de trabajo y capital, cuya base son las redes de la información. La reorganización espacial de las actividades económicas que de él se ha derivado ha afectado especialmente a tres sectores: la industria, donde la producción se ha transferido de los países avanzados a zonas menos desarrolladas, pero con salarios más bajos; el trabajo de oficina, que ha permitido la relocalización de las empresas en cualquier lugar del mundo; y el sector financiero, en el cual, gracias a un proceso previo de desregulaciones legales, también ha propulsado una expansión global.

Esta reorganización ha transformado la geografía productiva del planeta. Las diferencias que antes separaban los distintos lugares en privilegiados o perjudicados, según contaran con puertos, carreteras, ferrocarriles, etc., cada vez tienen menos importancia, ya que el acceso al espacio de los flujos no depende tanto de esas infraestructuras como de las mucho más asequibles nuevas tecnologías. Esto no quiere decir, sin embargo, que el lugar geográfico no cuente. (p. 57)

Al contrario: el lugar geográfico es esencial pero para el establecimiento en la ciudad de una nueva clase: los profesionales altamente cualificados, que las empresas necesitan para poder funcionar. Y dichos profesionales buscan una calidad de vida determinada, por lo que «no es de extrañar que los planes estratégicos de las ciudades de todo el mundo insistan en esta cuestión». No extraña, por ello, que los triunfadores de la nueva geografía sean ciudades con climas benignos, paisajes atractivos, entornos históricos…

Mientras más globalizada está la economía, más centrales son los lugares de control. En parte se explica por lo caro del establecimiento y construcción de las infraestructuras (fibra óptica, en la actualidad) por donde corren los datos: es necesario que circule por ellos el máximo posible de caudal informativo para amortizar su instalación.

El problema, como han comentado muchos autores pero escogeremos a Raquel Rolnik en su conferencia, es que las ciudades se vuelven, entonces, campos de batalla del territorio global: un obrero ya no pugna con los empresarios y la clase alta de su ciudad por una vivienda en el centro, sino con las grandes empresas y fondos de inversión; la ciudad deviene sede de poder y centralidad, y como tal es codiciada. Por ello, las clases menos afortunadas no tienen otra solución que alejarse de las ciudades: al extrarradio, a ciudades satélite, a suburbios, en función de cómo esté configurada la ciudad. Ello da lugar a la metápolis.

Ello ha favorecido la discontinuidad de la urbanización y la irrupción del denominado «efecto túnel», es decir, de enormes vacíos metropolitanos (los lugares donde el tren no efectúa paradas) que separan densos núcleos de actividad urbana. El resultado es la metápolis, un espacio geográfico cuyos habitantes y actividades económicas están integrados en el funcionamiento cotidiano de una gran ciudad pero, a la vez, profundamente heterogéneo y discontinuo, cuyos principios organizativos derivan de los sistemas de transporte de alta velocidad. (p. 64)

La propia configuración del espacio de los flujos da lugar a la segunda capa, la ciudad dual. «Como apunta Saskia Sassen, la realidad ha demostrado que la polarización social es intrínseca al orden tardocapitalista, donde los trabajos a cambio de bajos salarios son claves para el crecimiento económico.» (p. 68) París y los magrebíes, Chicago y los mexicanos. Por la propia idiosincrasia de las dinámicas sociales, tal vez por efecto de la lectura de Jane Jacobs sobre la importancia de los barrios y sus conexiones, por la desaceleración y la necesidad de huir del crecimiento por el crecimiento de los 70, los centros urbanos volvieron a ser un lugar codiciado. Recordemos la rousificación de la que hablaba Peter Hall al convertir los centros urbanos en mercados para el consumo de las clases medias.

Otra de las formas que tienen las ciudades de reconquistar sus centros para las clases medio altas o directamente altas es la gentrificación. No entramos ahora en el tema, lo haremos en breve con otros libros; pero la conclusión es que los barrios donde existía tradición obrera son desahuciados y ofrecidos al capital, por lo que las clases bajas sufren procesos de exclusión constantes que los alejan a las periferias. Estas minorías marginadas se hacinan y atrincheran en barrios ultradegradados que siguen perdiendo infraestructruas, a la espera, o no, de ser reconquistados por la gentrificación.

Ello, sin embargo, lleva a que las clases medias o altas, acostumbradas a la tranquilidad de sus refugios, perciban estos barrios como lugares peligrosos, lugares y personas de los que deben protegerse; en la pugna por el control del territorio, deciden elevar muros y convertirse en gated communities, lugares vallados y con seguridad privada las 24 horas del día, o simplemente suburbios aislados controlados, no por los poderes públicos de la ciudad, sino por una asociación vecinal (hablamos de Estados Unidos, sobre todo) donde a menudo el poder de cada vecino está directamente relacionado con la cantidad de terreno (ergo, de dinero) que posee.

03

Y aún otra variación a la que alude García Vázquez es una que ya vimos en el (nunca nos cansaremos de decirlo) maravilloso Variaciones sobre un parque temático: la ciudad análoga. El ejemplo es Calgary, pero hay muchos: en este caso se trata de 15 km de túneles construidos a unos dos metros sobre el nivel de la ciudad con la excusa de permitir al ciudadano huir del frío y las condiciones climáticas adversas; en realidad se trata de un espacio que emula una ciudad, entregado al consumo y el ocio, pero al que aquellos ciudadanos no considerados adecuados no tienen permitido el acceso. «Paul Goldberg, crítico de arquitectura del New York Times, ha calificado como «entornos urbanoides», es decir, entornos que ofrecen una experiencia urbana filtrada: reproducen la ciudad real pero evitan sus aspectos más desagradables. En estos lugares no llueve, no hace frío, no cruzan coches, no hay contaminación, no hay suciedad, no hay ruidos… pero tampoco mendigos, ni carteristas, ni drogadictos ni prostitutas.» (p. 75)

A esas oleadas se suman (cuando no forman parte directa de ellas) los inmigrantes que han ido acudiendo a las grandes ciudades atraídos por la posibilidad de trabajo. A menudo se ven exiliados a los mismos barrios, lo que aumenta el nivel de hostilidad que las clases medias sienten por ellos. Aquí cita García Vázquez el libro de Richard Sennett Vida urbana e identidad personal, donde estudia la segregación y llega a una conclusión que nos es conocida en el blog por otros dos de sus libros (El declive del hombre público y Construir y habitar): que la mezcla es difícil de entender y que por ello las ciudades no deben formar comunidades, sino espacio público donde todas las opciones queden expuestas y el ciudadano se vea obligado a contemplarlas, asumirlas y lidiar con ellas.

En una extraña paradoja, García Vázquez cita como ejemplos de lugares donde se da esta coexistencia el Raval barcelonés, el Marais parisino o el Kreuzberg berlinés. Son tres de los barrios estudiados en nuestra próxima lectura (First We Take Manhattan) como ejemplos clásicos de barrios gentrificados.

Es lo que ocurre en los escasos enclaves multirraciales que aún permanecen en los centros urbanos de la ciudad dual, lugares problemáticos pero infinitamente más tolerantes que las purificadas urbanizaciones de la periferia. En el Raval barcelonés, el Kreuzberg berlinés o el Marais parisino, los diferentes se han visto obligados a establecer una tregua. A diferencia de lo que ocurre en los guetos de los segregados suburbios norteamericanos, la violencia rara vez ha aflorado en ellos porque sus habitantes han aprendido que la conflictividad que, día a día, respiran en sus calles es algo consustancial a la vida urbana contemporánea. (p. 77)

Si la comparación es con las gated communities de Estados Unidos está claro que los barrios citados son mucho más cosmopolitas; pero no habría que olvidar que se trata de tres barrios degradados que se han ido regenerando a medida que eran vendidos al mejor postor de los flujos capitalistas, a las clases medias creativas y a un determinado concepto del ocio y el consumo a costa de despojarlos de sus habitantes originales, las clases bajas marginales.

Y, a pesar de todo lo expuesto… las ciudades contemporáneas, lejos de un campo de batalla o un lugar marginal, lucen más espléndidas que nunca. Entramos de lleno en la ciudad del espectáculo y lo hacemos de la mano de Jean Baudrillard y su reflexión sobre cómo la esencia de los hechos humanos ha desaparecido de las ciudades y la vida en ellas está exenta de experiencias auténticas y plagada de hábitos precodificados. «Ante la ausencia de naturaleza, el ciudadano posmoderno anhela bosques y cataratas; ante la ausencia de contacto social, añora pasiones y emociones».

En la ciudad esta exigencia ha inducido una enloquecida dinámica de simulaciones que ha desembocado en lo que Baudrillard denomina «el tercer orden de simulacros», el que irrumpe en el momento en que, tras ser duplicado una y otra vez por los medios de comunicación de masas, lo real desaparece y lo que queda es una copia exacta del original, una imagen hiperreal. Es lo que ocurre cuando la verdadera Litte Italy, con sus inmigrantes, sus penurias y sus carencias, es reemplazada por la imagen que la gente tiene de Litte Italy, con sus terrazas, sus camerieri y sus spaghetti alla siciliana, una imagen hiperreal que duplica la original y enfatiza hasta el artificio sus más pulcras esencias materiales.

Cuando este fenómeno se expande por el espacio urbano nace la ciudad del espectáculo, donde lo real ha dejado paso a lo hiperreal, a la pura materialidad, a la fría superficialidad. De ahí su vivacidad cromática y luminosa, un esplendor radiante e intenso que puede llegar a ser alucinatorio y desembocar en lo que Fredric Jameson ha denominado «euforia posmoderna». Y es que en la ciudad del espectáculo todo es táctil y visible, pero ha sido vaciado de cualquier significado profundo (lo que le interesa de Litte Italy son sus formas, no sus contenidos). Se desactivan así los grandes temas que acompañan al pensamiento negativo, característico de la visión sociológica: la segregación, la injusticia, la rebelión, etc. El habitante de la ciudad del espectáculo tan sólo está interesado en absorber por los sentidos, sin cuestionarse críticamente su situación en el mundo.

Jameson entiende que la euforia postmoderna ha generado una nueva forma espacial: el «hiperespacio». Los edificios de la ciudad del espectáculo funcionan como mónadas, envolturas que encierran un interior protegiéndolo del exterior. En su ensimismamiento, el edificio-mónada demuestra una gran indiferencia por la ciudad que le rodea, a la que no pretende transformar. En el interior, sin embargo, se cargan las tintas. Un envolvente despliegue de simulacros se dispone a conseguir que el visitante experimente la incapacidad de representarse en el espacio que le rodea, que flote en un estado de debilidad psicológica que le hace altamente vulnerable a los intereses comerciales que promueven el hiperespacio. La radical separación interior-exterior que representa la mónada, y el énfasis en la interioridad como ambiente fantástico y alucinatorio que representa el hiperespacio, confluyen en los edificios relacionados con la nueva industria del ocio, la cultura y el consumo. (p. 78)

Por supuesto, aquí entran los parques temáticos y no podemos obviar hablar de Disney y su ciudad Anaheim; pero tampoco de Las Vegas o de los muy edulcorados centros urbanos donde se pretende reconstruir un pasado que nunca fue real (Times Square, Covent Garden) o incluso los barrios donde se supone que se puede vivir una experiencia «real»: ya sea un barrio gay, ya se trate de Harlem, con sus góspel dominicanos repletos de turistas. «En todos estos lugares, lo que una vez fue verdadero y cotidiando está dando paso a lo simulado y lo superficial, es decir, la realidad está dando paso a la hiperrealidad.» (p. 82)

«La segunda actividad económica disneylandizada en la ciudad del espectáculo es la cultura.» Cultura entendida como centro cultural en el seno de la ciudad, ejemplificado por el Centro Pompidou pero también por el Guggenheim, el MoMa o tantos otros: un museo reconvertido en espacio social («hipermercado del arte», lo llamaría Baudrillard) y rodeado de salas de exposiciones, librerías y cafeterías. La tercera actividad es el consumo: los grandes centros comerciales.

El problema de concebir la ciudad como un espacio que forma parte de la red global es que, dado que el número de plazas en el ránquing es limitado, y los beneficios económicos enormes, las ciudades pasan a competir entre ellas. Los aspectos que valoran las empresas (buenas comunicaciones, buena calidad de vida para atraer a sus trabajadores, buenos restaurantes, etc.) pasan a ser los factores que la ciudad impulsa y en los que invierte; no tienen por qué ser, necesariamente, los factores más importantes para la mayoría de sus ciudadanos.

Las formas de publicitarse son múltiples, todas extraídas de los manuales de mercadotecnia del mundo de las empresas: grandes eventos, como unos Juegos Olímpicos o una Exposición Universal, aceptar publicidad, la creación de una gran infraestructura, parque tecnológico o edificio icónico, una gran inversión en «marca ciudad», etc.

Fueron Robert Venturi, Steven Izenour y Denise Scott Brown los primeros en celebrar la nueva dinámica del espectáculo con su famoso Aprendiendo de Las Vegas, donde analizaban la calle principal de la ciudad de Nevada como un hito de la modernidad, un nuevo fenómeno. No se alejaban en esto de, por ejemplo, Baudrillard; y luego Koolhas haría lo mismo con Delirio de Nueva York. Pero la diferencia entre el filósofo y los arquitectos es que «mientras que Baudrillard entendía que la ciudad del espectáculo era perniciosa, la «cultura de la congestión» de Koolhas la celebra y la reconoce como base de la sociedad contemporánea» (p. 88).

Y dicha espectacularización es un problema, además de por todo lo expuesto, por la narcotización a la que somete a sus ciudadanos. Seguimos aquí una «línea de pensamiento inaugurada por Baudelaire» pero seguida por otros como Simmel y Benjamin y, más tarde, Neil Leach (La an-estética de la arquitectura) que argumenta que, «cuando la ciudad se reduce a un reino estético, todo, incluso sus aspectos más crueles, se convierte en aceptable. Es lo que ocurre con las fotografías urbanas de última generación: nos fascinan las destartaladas fachadas del Kowloon de Honk Kong, y esto nos hace olvidar a las miles de personas que viven tras ellas en condiciones deplorables» (p. 88). O, como concluye García Vázquez: no hay que olvidar que, a pesar de su luminosa fachada, Las Vegas sigue siendo la capital mundial del crimen y la corrupción.

02

La cuarta capa de la visión sociológica de la ciudad es la ciudad sostenible.

La denominación «huella ecológica» mide la superficie natural necesaria para producir los recursos que demanda una ciudad determinada. Los datos derivados de este concepto demuestran que, a día de hoy, ninguna ciudad es sostenible en sí misma. Por ejemplo, la absorción del dióxido de carbono que emite Barcelona requiere una superficie forestal equivalente a 65 veces su término municipal; y el abastecimiento de agua, un lago de hasta ocho veces esa dimensión.

Si a estos hechos le sumamos que en 2025 la población urbana del planeta alcanzará los 5.000 millones de habitantes, está claro que hay que revisar la forma en que las ciudades consumen recursos. El concepto «desarrollo sostenible» se refiere a que las ciudades sean capaces de enfrentarse a las necesidades del presente sin comprometer la posibilidad de las futuras generaciones de enfrentarse a las suyas». O, en un lema un poco más actual que se está volviendo famoso, «No hay planeta B».

Teniendo en cuenta, además, que muy pocas de las ciudades más pobladas pertenecen al Primer Mundo, «el futuro medioambiental del planeta se está jugando en las megalópolis del Tercer Mundo» (p. 95). García Vázquez pone el ejemplo de Curitiba, en Brasil, ciudad de dos millones de habitantes que ha sabido reconvertirse tanto social como ecológicamente con su enorme flota de autobuses que atraviesan toda la ciudad.

Como apéndice para este capítulo, la ciudad elegida es Los Ángeles:

  • como ciudad global, en cuanto la ciudad decidió convertirse en buque insignia del Pacific Rim, como centro neurálgico y puerto esencial del Océano Pacífico;
  • como ciudad dual, por los grandes vacíos y barrios triunfadores de la globalización; Los Ángeles concentra algunos de los barrios más ricos pero también una enorme cantidad de zonas totalmente arrasadas por la pobreza; recordemos que es, también, la «ciudad del miedo» de Mike Davies;
  • como ciudad del espectáculo está Hollywood, claro, pero también todos los centros comerciales y parques temáticos de la zona;
  • como ciudad sostenible, y teniendo en cuenta que se halla en una zona propensa a las catástrofes y además dotada de una enorme cantidad de infraestructuras (su enorme red de autopistas, sin ir más lejos), existen por toda la ciudad iniciativas que buscan tanto el provecho propio (la moda del slow food sirvió para que algunos barrios exclusivos se blindasen ante la llegada de personas de menor nivel adquisitivo) como otras que realmente buscan el bienestar social y ecológico.

Variaciones sobre un parque temático (III): la ciudad como simulación

Y terminamos con los tres últimos artículos de esta recopilación editada por Michael Sorkin de la que ya llevamos dos posts (I y II).

El antepenúltimo artículo es uno muy conocido: «Fuerte Los Ángeles: la militarización del espacio urbano», de Mike Davis. En él se explica cómo la ciudad americana se ha dividido en dos espacios diferenciados: unas «celdas fortificadas» donde habitan los ricos, protegidos por servicios de seguridad privada, y «cercos del terror» «donde la policía lucha contra los pobres criminalizados» (p. 178). «La consecuencia más generalizada de esta cruzada para hacer que la ciudad sea segura es la destrucción de cualquier espacio urbano verdaderamente democrático.» Las gestiones urbanas se llevan a cabo en lugares protegidos, privados, controlados (recordemos: el centro comercial o bien su ampliación, como los puentes que crean una ciudad análoga en Calgary). Lejos queda la idea original con la que, por ejemplo, Freferick Law Olmted, el padre de Central Park, concibió dicho enclave: para que las clases se mezclasen en unos placeres (burgueses, sí) comunes. «Los templos del placer del elitista Westside dependen del encarcelamiento social de un proletariado de servicios tercermundista, ubicado en unos guetos y unos barrios cada vez más represivos».

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Biblioteca diseñada por Gehry en Los Ángeles que no esconde su inspiración militar, según Davis.

El penúltimo artículo es de M. Christine Boyer y se titula «Ciudades en venta: la comercialización de la historia en el South Street Seaport». Este barrio portuario de Nueva York sufrió una remodelación a fondo y pasó de muelles de descarga de mercancías y venta de pescados a simulación de puerto histórico lleno de restaurantes fast food, lugares donde sentarse y recreaciones de lo que el público mayoritario imaginaba que era un puerto elegante («paisajes del consumo simulado»). Sigue leyendo «Variaciones sobre un parque temático (III): la ciudad como simulación»