First We Take Manhattan (II): demandas y resistencias de la gentrificación

Si en la primera entrada del libro First We Take Manhattan, de Daniel Sorando y Álvaro Ardura, analizamos las fases que sigue la destrucción y posterior recreación de un barrio gentrificado (abandono, estigma y regeneración) desde el punto de vista de las autoridades y los promotores (la producción), lo haremos ahora con la última fase, la mercantilización, pero desde el punto de vista de los consumidores: los nuevos habitantes del barrio y sus visitantes.

El cuarto capítulo, Repostería para perros: Mercantilización detalla los procesos por los cuales los nuevos consumidores llegan a identificarse con el barrio “saneado”. El ejemplo es el barrio de Malasaña, más concretamente una zona específica, el triángulo formado por las calles Fuencarral, Corredera Baja de San Pablo y Gran Vía, adquirido casi en su totalidad por una única empresa inmobiliaria. De hecho, la propuesta es cambiar el nombre del barrio, o de esa zona específica, de Malasaña a TriBall (Triángulo Ballesta), completando así el círculo que ya vimos en la anterior entrada (el paso del Chino al Raval, o al SoHo, o TriBeCa: cambiar el nombre para evidenciar que el barrio también ha cambiado).

Pero ¿por qué las nuevas clases medias se sienten atraídas por los centros históricos? La respuesta a esta pregunta la ha ofrecido el principal exponente de las tesis de la demanda, el geógrafo David Ley (1996). Este autor explica que el perfil típico del pionero de la gentrificación es una persona menor de 35 años, soltera y sin hijos, residente en una vivienda pequeña de alquiler y habitualmente empleado en un sector avanzado de los servicios, con al menos una carrera universitaria, así como perteneciente al grupo étnico mayoritario. (…) No obstante, el perfil de las clases medias atraídas por los centros históricos va cambiando conforme avanza el proceso de gentrificación. En su etapa inicial, los pioneros son personas cuya formación es muy alta, pero cuyos ingresos pueden ser semejantes a los de los vecinos tradicionales de estos barrios. La razón es que los nuevos vecinos suelen estar empleados en sectores precarizados tales como la intervención social, las artes, los medios de comunicación y otros campos culturales. Además, su juventud los coloca en una posición débil dentro del nuevo marco de relaciones laborales. (…) los centros deteriorados ofrecen a estos grupos la oportunidad de aprovechar sus capacidades, muchas veces rehabilitando sus viviendas, para apropiarse del aumento del valor del uso que adquieren para otros profesionales. (p. 105)

Ya entrando en terreno sociológico, y a partir de los sesenta aproximadamente, se rompió la sociedad del hombre del traje gris, representada por un cabeza de familia trabajador en una rutina aburrida de oficina y una madre ocupada del cuidado del hogar y los hijos. A partir de los sesenta y con la progresiva aparición de nuevos modelos de hogar y diversidad cultural, la autoafirmación de la juventud, especialmente aquella formada pero que aún no ha encontrado su lugar estable en la sociedad, pasaba por una revolución contracultural contra los estándares formados, a menudo reclamando un rol creativo cuyo paradigma era el artista que necesitaba su espacio para producir. Debido tanto a su situación económica como a su necesidad de expresarse, a menudo buscaban lugares limítrofes, intersticios de bajo nivel económico que además les ofrecían la experiencia de unas relaciones sociales más fuertes como suelen ser habituales en los barrios obreros y más diversas, debido a la inmigración. Pronto les llegaron comercios de otro tipo destinados a satisfacer sus necesidades: productos reciclados, orgánicos, de segunda mano, frente al consumo estandarizado del querían huir.

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Fábrica textil reconvertida en estudio artístico reconvertida en hogar de lujo.

Finalmente, debido a que “las viejas organizaciones de masas como los sindicatos o las iglesias están en declive, el lugar de residencia adquirió un lugar destacado en la construcción de la identidad personal” (p. 108). Es lo que Savage et al (2005) han denominado elective belonging, la pertenencia electiva.

Sin embargo, estos pioneros no tienen suficiente capacidad económica para convertir el barrio en territorio burgués; sirven “como zapadores que construyen puentes para la llegada posterior de clases medias más adversas al riesgo que la mezcla social supone para sus inversiones” (p. 111) Sin embargo, tanto ellos como los comercios que se abren para satisfacerlos dotan al barrio de cierta distinción: sus demandas de seguridad e inversión pública tienen más calado que las emitidas por los vecinos anteriores, por lo que dotan a la zona de una primera pátina de civilidad. Sin embargo, pasado el tiempo y con las sucesivas oleadas de nuevos habitantes del barrio, estos pioneros deberán abandonarlo cuando la gentrificación sea completa, porque ellos mismos tampoco podrán afrontar el precio de los nuevos inmuebles y porque, además, se les habrá vuelto un barrio demasiado conservador.

El ejemplo es el SoHo de Nueva York, narrado por Sharon Zukin: a lo largo del siglo XIX se convirtió en el barrio de la industria textil de la ciudad. Sin embargo, tras la segunda guerra mundial la industria fue abandonando el centro y el barrio inició un proceso de declive urbano que lo convirtió en Hell’s Hundred Acres, los Cien Acres del Infierno. Sin embargo, en los sesenta hubo multitud de artistas que consideraron que esos espacios diáfanos eran perfectos para sus necesidades, puesto que podían combinar estudio con vivienda en lugares llenos de luz y plantas abiertas: nacieron los lofts. El barrio se convirtió en un reducto artístico que hasta cambió de nombre al de South of Houston Street: SoHo.

Tanto la estética de los lofts como la posibilidad de aprovechar el pasado industrial y urbano del barrio sirvieron para generar una zona artística, de excepción, que los medios no tardaron en retratar y que pronto se llenó de empresas inmobiliarias a la búsqueda de inversiones que rehabilitar y vender a precio de oro. Irónicamente, a medida que esta renovación inmobiliaria surgida a partir de la cultura se fue desarrollando, los artistas que inicialmente habían llegado al barrio a principios de los sesenta tuvieron que abandonarlo a principios de los ochenta. “Varias décadas más tares, en sus calles apenas se ven galerías de arte entre decenas de cafeterías, outlets y franquicias.” Irónicamente, a las fases iniciales de la gentrificación Zukin las denomina domesticación por el capuccino.

El quinto capítulo, Bansky Go Home!: Resistencias se centra precisamente en la forma que toman las luchas urbanas contra la gentrificación.

Las luchas de los desheredados solían organizarse en las fábricas, cuando estos se reunían bajo los tejados de sus naves. En cambio, en pleno siglo XIX la mayor parte de los marginados tan solo se encuentra en las calles de los barrios donde viven. En este contexto, no es de extrañar que el espacio urbano se haya convertido tanto en el lugar como en el motivo de las principales resistencias contemporáneas. (…) El motivo es que el territorio es indispensable para cualquier actividad humana y que, además, cada espacio da acceso a una configuración única de relaciones sociales que es fuente de comunidades con intereses compartidos. (p. 126)

Dichos valores son los bienes y servicios a los que el territorio da acceso, las redes informales de apoyo mutuo, la seguridad de la pertenencia a una comunidad, la identidad para sus residentes. “Y, en cada caso, la mercantilización de dicho territorio amenaza esos sentimientos al subordinar los valores de uso a los valores de cambio. Los orígenes de esta amenaza se remontan al siglo XIX, cuando el aumento de la población urbana y de sus necesidades de alojamiento permitió a la burguesía enriquecerse con las rentas que proporciona el territorio.” (p. 127)

Pero la división de las ciudades, antaño en barrios de distintos niveles, ha llegado a un punto más extremo: como los fractales a los que se refería García Vázquez en Ciudad hojaldre, cada barrio, en distinta medida y según el nivel de gentrificación en que se encuentre, presenta diversos frentes accesibles a distintos tipos de ciudadanos. “Vivimos en ciudades cada vez más divididas, fragmentadas y proclives al conflicto. La forma en que vemos el mundo y definimos nuestras posibilidades depende del lado de la barrera en que nos hallemos y del nivel de consumo al que tengamos acceso” (Harvey, Ciudades rebeldes)

Existen formas de luchar contra esta mercantilización del espacio urbano: por ejemplo, la alcaldía de París ha anunciado un listado de 257 edificios (algo más de 8 mil viviendas) sobre las que el Ayuntamiento se ha adjudicado un derecho preferente de compra. Es decir, si se ponen a la venta, primero se las tienen que ofrecer al gobierno metropolitano a un precio de mercado. Los edificios no han sido elegidos al azar, sino que forman una barrera contra la gentrificación que invade la ciudad, en calles que han empezado a llenarse de restaurantes y cafés con cada vez más jóvenes profesionales. O los mapas de la PAH, donde se observa que la mayoría de los desahucios se llevan a cabo en barrios en proceso de regeneración.

El ejemplo que más repercusión mediática tuvo fue el ataque a una tienda de cereales en el distrito de Shoreditch de Londres. Cereal Killer vendía boles de cereales a 4 euros en una zona donde muchos vecinos no llegaban a pagar el alquiler o la compra básica. El problema, claro, no es la tienda de cereales, sino lo que representa: la llegada de una nueva clase al barrio y la expulsión de sus vecinos originales, con grandes plusvalías para el capital privado por el camino. La manifestación que acabó en la tienda de cereales no tenía ese objetivo, inicialmente, sino quejarse por la gentrificación, por lo que primero atacó una inmobiliaria de una gran cadena, aunque luego identificaron en la tienda de cereales todo lo malo de la gentrificación, “ante la incredulidad de los consumidores de clase media, sin duda ofendidos ante una violencia que sí se ve“, frente a la que no es visible, como los desahucios o la imposibilidad de pagar el alquiler o llegar a fin de mes.

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En Berlín, especialmente, se identifica un nuevo problema: los nómadas digitales.

Se trata de personas que no buscan recorrer los principales atractivos turísticos de uan ciudad durante un período de tiempo breve. Por el contrario, el nuevo turista dedica largas temporadas a conocer la vida íntima de ciudades reputadas por ofrecer experiencias alternativas, lo cual compatibilizan con empleos que no requieren una localización estable, sino tan solo una conexión a internet. Dado que estos viajeros están más interesados en las cafeterías y en los parques que en los monumentos y los museos, sus pautas de comportamiento afectan a la cultura local a la que se aproximan. Entre otras consecuencias, quizá la más grave es su impacto sobre los mercados locales de la vivienda. En resumen, puesto que los turistas suelen proceder de ciudades más prósperas que la relativamente empobrecida Berlín, quienes los alojan han encontrado un nicho de mercado que explotan cada vez con más éxito. Quizás el ejemplo más elocuente lo ofrecen los usuarios de la plataforma Airbnb, los cuales obtienen rentas cada vez mayores por el alquiler de sus viviendas a estos nuevos turistas. (p. 140)

Ante estos hechos surgen resistencias, claro; pero, paradójicamente, las resistencias refuerzan el papel de experiencia que este tipo de turistas buscan, dotando al barrio de más autenticidad. Las pintadas contra la gentrificación, los graffitis, las manifestaciones, la lucha ante esta forma de ocupación se vuelve algo pintoresco que alimenta la bestia contra la que pretende luchar; las fotos de instagram del barrio “peligroso” quedan aún mejor.

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Como denuncia Harvey, al propio sistema capitalista le interesa que existan esas bolsas de rebelión, esos espacios limítrofes donde se gestan las semillas de nuevas formas de relación, vivencia, consumo. Se generan en barrios alejados de las inversiones oficiales y por lo tanto deshomogeneizados; sin embargo, están a la espera de que llegue el capital y los considere lo bastante alternativos como para generar plusvalía a partir de ellos. Sennett hablaba de un barrio de la India en Construir y habitar que se había formado de forma no oficial, de hecho era completamente ilegal, aunque las autoridades hacían la vista gorda por lo enorme que era. El autor reflexionaba sobre lo poco que tardaría alguna corporación global en encontrar el lugar y comprarlo, puesto que para un fondo de inversión la cantidad de dinero es irrisoria. No porque se trate de un lugar que vaya a ser un nuevo centro global, sino porque existe la posibilidad de que lo sea; y los fondos se pueden permitir comprar diez, doce, quince de estos lugares, puesto que, si uno sólo de ellos se convierte en foco (o son capaces de reconvertirlos en lugar atrayente), la inversión en todos ellos habrá resultado positiva.

El capítulo dedicado a las conclusiones, Then We Take Berlin, no tiene desperdicio. “La palabra gentrificación es el gran tabú de los urbanistas contemporáneos.” En cambio, los movimientos de resistencia la usan constantemente. Para los primeros pone el foco en el exclusión y el desplazamiento, cuando en realidad se trata de dinámicas inmobiliarias y capitalistas naturales: todo el mundo quiere vivir en el centro, y ese derecho hay que pagarlo. Los segundos usan precisamente el término para no pasar por alto con eufemismos una realidad social de expulsión y exclusión.

Hasta los setenta, consideran los autores, el pacto social se mantuvo más o menos estable: las clases dominantes de los medios de producción necesitaban mano de obra, la mano de obra podía vivir en las ciudades, cerca de donde era necesaria, por lo que todos deseaban que en ellas se mantuviese una cierta estabilidad y un potente estado del bienestar para que la fuerza de trabajo se reprodujese y continuar con el sistema. “La crisis económica de los setenta rompió el acuerdo: la redistribución de la riqueza dejó de ser una opción para las élites cuando sus beneficios empresariales empezaron a caer.” (p. 160) Se desmontó el pacto entre capital y trabajo, se desmontó el estado del bienestar y toda una serie de campos vedados al mercado comenzaron a ser privatizados: educación, sanidad, finalmente la vivienda, que se convirtió en un mercado ideal para las inversiones y la especulación.

Al proceso hay que sumarle la deslocalización generada por las TIC, que hizo decaer el peso obrero y sindical en las ciudades: los trabajadores debían aceptar que sus condiciones laborales fuesen devaluadas o perder el trabajo, era la amenaza del capitalismo de la época. “En suma, la clase trabajadora ha perdido sus derechos a la vez que ha perdido sus trabajos.” Algunos barrios obreros han sido readaptados para el consumo global, como hemos ido narrando en estas dos entradas; otros han sido abandonados, entregados sólo a la fase de destrucción, sin asomo, por ahora, de una posible fase de creación o regeneración.

Tal como explica Loïc Wacquant (Castigar a los pobres: el gobierno neoliberal de la inseguridad ciudadana, 2010), el neoliberalismo se caracteriza por la gestión punitiva de sus consecuencias sociales. De esta manera, la ciudad liberal del siglo XX es reemplazada por la ciudad revanchista del siglo XXI que describe Neil Smith (La nueva frontera urbana. Ciudad revanchista y gentrificación, 2012). Y, en consecuencia, allá donde la miseria dificulta la expansión de procesos de revalorización, la pobreza es redefinida como un problema individual de sujetos incompetentes que deben ser reeducados por las nuevas clases medias que habrán de salvarlas. En el proceso, las cámaras de seguridad, la presencia policial constante, el diseño restrictivo de los espacios públicos y su cesión exhaustiva a las actividades comerciales restringen cada vez más los usos de la ciudad. Al mismo tiempo, las llamadas a la tolerancia cero se han difundido a todas las ciudades del mundo desde que Rudolph Giuliani las promoviera en Nueva York. A partir de entonces, las personas sin techo, sin papeles o sin trabajo son objeto de vigilancia y represión, en lugar de protección. (p. 163)

First We Take Manhattan, de Daniel Sorando y Álvaro Ardura

En 1964, Ruth Glass empleó por primera vez el concepto “gentrificación” usando el término gentry (la pequeña nobleza rural británica) para referirse a la llegada de hogares de clase media, muchos de ellos retornados de los suburbios, a barrios tradicionalmente obreros del centro de Londres. En el proceso, los recién llegados promovieron obras de rehabilitación de las viviendas y los edificios de estas áreas, lo cual facilitó el incremento del valor inmobiliario, inicialmente solo de las propiedades reformadas, pero posteriormente también las del barrio en su conjunto. Como resultado, los hogares de clase trabajadora encontraron cada vez más difícil pagar la renta que los propietarios exigían por el alquiler de sus viviendas, de forma que, paulatinamente, tuvieron que abandonar el barrio donde residían. El carácter social de estos territorios cambió mediante la sustitución de las clases trabajadoras por las clases medias y altas profesionales, principalmente de piel blanca, que regresaban a los centros urbanos tras haberlos abandonado décadas antes por las comodidades de la periferia metropolitana. (p. 20)

Tal vez no sea la definición oficial de gentrificación, pero sin duda es una explicación clara del proceso. First We Take Manhattan. La destrucción creativa de las ciudades es un estudio publicado por Daniel Sorando y Álvaro Ardura, Doctor en Sociología el primero, arquitecto y profesor de Urbanismo el segundo, el año 2016. El estudio, que toma el nombre de una canción de Leonard Cohen, navega por barrios en diversos estados de gentrificación (desde algunos de Nueva York ya irremediablemente gentrificados hasta otros de Madrid o Berlín donde han aparecido resistencias) para ejemplificar las diversas fases del proceso. Además, estudia las dos visiones de la gentrificación: por un lado la de los promotores, es decir, la gentrificación entendida como un proceso llevado a cabo por las autoridades y los poderes inmobiliarios; y por el otro la de los ciudadanos, es decir, por qué ciertas clases medias tienen la necesidad de volver al centro y vivir en barrios reconvertidos a sus gustos.

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El primer capítulo se llama Bombardear la ciudad: abandono y explica la primera fase de la gentrificación: cuando las autoridades dan un barrio por perdido y renuncian a toda inversión en él, abandonándolo a su propia suerte y, normalmente, condenando a la mayoría a desplazarse a otro lugar para vivir. Los barrios que lo ejemplifican: SoHo, Chelsea, East Village y Lower East Sido, todos de Nueva York. Todos ellos tienen en común que, en los 70, pasaron a ser considerados barrios no rentables por la Home Owners Loan Corporation (la historia es algo más enrevesada), por lo que dejaron de concederse créditos a sus propietarios, los cuales, ante el hecho, dejaron de invertir en ellos. El Ayuntamiento, que por ejemplo poseía el 60% del Lower East Side, siguió una misma política: reducir la inversión de todos los servicios municipales. Por supuesto, la misma situación se vivió en multitud de barrios en multitud de ciudades.

El segundo capítulo, Aquí no vivirás ni tú ni nadie: estigma se centra en la forma como la propia sociedad (las autoridades, los medios) llevan a la convicción de que lo que sucede en estos barrios es causa, únicamente, de sus vecinos; y que por lo tanto renovarlos por completo es la mejor opción y además sólo le supondrá beneficios a la ciudad. Muchos barrios antaño industriales situados en la ciudad sufrieron este efecto; hablamos no hace mucho a propósito de Peter Hall del puerto de Londres y cómo tuvo que reconfigurarse; y también del de Boston y la rousificación.

Así, en torno al extremo empobrecimiento de estas comunidades, “los detractores sostienen que en su mayor parte se debe a la inutilidad de la gente que vive allí. Se equivocan. De un modo efectivo, los gobiernos han diseñado socialmente estas comunidades de clase trabajadora para que tengan los problemas que tienen” (Jones, 2012). (p. 58)

Ése es el estigma que arrastran estos barrios: el gueto, el chino, el barrio bajo, lugares donde nadie quiere estar que representan todos los males de la ciudad. Cuando se ha alcanzado este estado es también cuando el valor inmobiliario de la zona es el más bajo, y por lo tanto el posible rent gap (la diferencia entre lo que cuesta un lugar y lo que puede llegar a costar) está en su máximo nivel. Momento para pasar a la acción.

El tercer capítulo, El urbanismo exorcista: Regeneración trata precisamente de este paso, y el ejemplo elegido es el barrio chino de Barcelona. Perdón, el Raval, como se lo conoce hoy en día.

Una breve síntesis de las imágenes ligadas al Chino incluye a prostitutas, inmigrantes, mendigos, traficantes, asaltadores y anarquistas reunidos en las inmediaciones del puerto. Todos ellos eran emblemas de una insubordinación al orden establecido por la ciudad oficial que, no obstante, generaba un atractivo evidente sobre sus principales portavoces. Así, no era extraño el caso de los burgueses que por la noche experimentaban el vicio y el pecado del Chino para, a la mañana siguiente, expiar su culpa mediante encendidas columnas donde denunciaban sus intolerables excesos. Sin embargo, el Chino no era tan solo un barrio de excepciones morales. Además, su territorio era el lugar de residencia de importantes sectores de clase obrera de la Barcelona industrial, y en su seno fueron emergiendo diferentes formas de solidaridad procedentes de comunidades organizadas frente al abandono urbano. (p. 68)

El cambio que lleva del Chino al Raval empieza en 1985, cuando se aprueba el PERI, Plan Especial de Reforma Interior, que básicamente busca vaciar las zonas más densas del barrio y permitir la construcción de grandes avenidas y de enormes espacios públicos y culturales. La empresa responsable está compuesta en un 57% por capital público y el resto por capital privado (La Caixa, BBVA, Telefónica). Es decir, el Estado decide permitir que grandes empresas se hagan con una suculenta parte de la ciudad que además va a ver sus precios enormemente incrementados, expulsando a los ciudadanos de sus residencias por el camino.

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Ésta es la fase destructiva del proceso; la fase creativa llega cuando, con el barrio ya regenerado, las empresas arriba mencionadas venden los inmuebles que poseían y obtienen una cantidad desmesurada de beneficio. Por el camino, y para disimulo de lo sucedido, se usan expresiones como esponjamiento, regeneración o renovación (para la comprensión de las cuales era necesario publicitar enormemente los conceptos de gueto o estigma arriba mencionados). El MACBA, el CCCB, las Facultades de Geografía e Historia de la UB, la Escola Massana… van ayudando en el proceso. El ejemplo escogido es el de la Filmoteca: en los 80 se consideró que no podía estar en un lugar tan estigmatizado como el Chino y se la trasladó; años más tare, sin embargo, ha vuelto a su lugar de origen.

Pero no ha vuelto al mismo sitio. Huyó del Barrio Chino y ha vuelto al Raval. “Si el Barrio Chino era el territorio del abandono, el conflicto, la miseria y el peligro, el Raval, por el contrario, es un territorio regenerado, pacífico, pujante y atractivo. Las operaciones de destrucción creativa no terminan hasta que no cambian el nombre de la mercancía.” (p. 73; la negrita es nuestra)

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¡No me digan que no ha quedado chula!

Y, mientras tanto, los efectos sobre los vecinos son evidentes: pese a que los planes de “revitalización” de un barrio siempre vienen acompañados por viviendas de protección oficial y formas de ayudar a los residentes que serán desplazados, en la práctica estas respuestas nunca son suficientes y muchos habitantes de la zona acaban sin poder hacer frente a la subida de los precios o a los cambios de los comercios de la zona, ocupados por nuevos locales de moda para la nueva tipología residencial. Obreros, inmigrantes, personas mayores, deben abandonar la zona hacia otros barrios, a menudo en las afueras. Por el camino, sin embargo, la ciudad ha ganado un nuevo barrio que, a partir de ahora sí, disfrutará de todos los servicios otra vez, limpio, saneado y abierto para las hordas de barceloneses de clase media y de turistas que deseen visitarlo.

Los autores sitúan el origen de “la apropiación del centro urbano” en Haussmann, nada menos, aunque ponen como mejor ejemplo de la figura mesiánica que destruía el centro para dar paso a otras construcciones a Robert Moses, otro de los conocidos en nuestro blog. Otra de las causas de la gentrificación, sin embargo, es el espacio de los flujos que ha traído la globalización: las ciudades luchan a escala global por el capital; y la forma de atraerlo es seduciendo a la clase creativa (Richard Florida), los trabajadores cualificados que las principales empresas necesitan y que buscan, precisamente, lugares saneados y con una estética muy específica: la que se encuentra en los barrios gentrificados de todo el mundo.

David Harvey, geógrafo al que ya hemos reseñado, “es el principal crítico de este giro emprendedor del gobierno urbano, cuya participación en la competición global le pliega a los requerimientos de la disciplina del mercado”. Harvey destaca tres características en el nuevo modo de gobernar las ciudades:

  • la colaboración entre sectores públicos y privados: el gobierno se dedica a coordinar oportunidades de inversión, más que a redistribuir sus recursos;
  • el gobierno municipal es quien asume los riesgos de todas estas acciones especulativas; en caso de que alguna falle, el que asume las pérdidas es el gobierno, por lo tanto los ciudadanos, mientras que los beneficios son privados;
  • por último, la planificación municipal se ve centrada en proyectos parciales, un barrio a la vez, que “reciben una gran atención mediática y desvían los recursos de los problemas más amplios del territorio o región como un todo”.

Como consecuencia, el espacio se utiliza para crear negocio y determinadas partes de la ciudad se vuelven nodos con lo global, más que recursos accesibles al ciudadano de la propia ciudad.

El capítulo termina con una consideración hacia otras formas de renovación de la ciudad. El primer ejemplo es Bolonia, cuya rehabilitación recordamos de Ciudad hojaldre. En ella se tuvo en cuenta la historia e idiosincrasia de la zona y se concibió la ciudad como un todo; pero ya el propio García Vázquez nos explicó por qué dicho sistema, exitoso al aplicarlo a una ciudad pequeña, no era extrapolable a las grandes megápolis. La gentrificación es una elección, de las muchas que la ciudad podría haber tomado. Muchos de los argumentos que se esgrimen para ella son falsos, como el de que los vecinos recién llegados contribuirán a elevar la calidad de vida del barrio (lo harán, pero para otros vecinos como ellos, no para los que ya existían: “el elogio de la mezcla social olvida que la vecindad entre grupos socialmente distantes rara vez conlleva su interacción”, p. 90). La mezcla social, en definitiva, se usa como reclamo para la gentrificación, porque ¿quién va a estar en contra de la mezcla social? Nadie, como nadie se va a oponer al “saneamiento” de un barrio.

¿Otras opciones son posibles? Los autores citan la aproximación social (alternativa planteada por Bailey y Robertson en 1987): “cuyo objetivo principal es la redistribución de los recursos públicos a favor de los habitantes de los barrios deteriorados. En consecuencia, desde esta aproximación se sostiene que estos vecinos y vecinas, en cuyo nombre se inician los programas de regeneración urbana, deben ser los beneficiados. Esta aproximación nace de la preocupación por la rupturade las redes y las comunidades que componen la vida social de estos barrios y de las que dependen muchos de sus habitantes para satisfacer sus necesidades”.

Si en estos tres primeros capítulos hemos estudiado la gentrificación desde el punto de vista de sus promotores, en los dos siguientes lo haremos desde el punto de vista de los consumidores: por qué el ciudadano “demanda” (o acepta, escojan ustedes) barrios gentrificados.