La nueva frontera urbana (II): las causas de la gentrificación

Tras presentar el tema de la gentrificación a partir de los enfrentamientos en la plaza Tomkins y el barrio de Loisaida de Nueva York (lo vimos en la anterior entrada), Neil Smith entra de lleno en materia en la primera parte de La nueva frontera urbana. Ciudad revanchista y gentrificación y trata de buscar las causas por las que sucede dicho proceso.

La gran mayoría de autores de la época (los 80 y los 90 del siglo pasado) atribuían el peso principal de las causas de la gentrificación a sus consumidores: a los cambios sociales, «la tendencia a tener menos hijos, los matrimonios tardíos y una tasa de divorcio en ascenso, los jóvenes que compran y alquilan casas están reemplazando el sueño empañado de sus padres por un nuevo sueño, que viene definidos en términos urbanos más que suburbanos»; o la gentrificación rosa, con el auge de barrios de mayoría homosexual; o por la llegada de la ciudad postindustrial, con más trabajadores de cuello blanco (lo que hoy llamaríamos clase creativa) que dan primacía al consumo y al confort, una clase que quiere volver a las ciudades.

El problema de esta concepción, aduce Smith, es múltiple. Por un lado, ¿todos quieren volver a la ciudad al mismo tiempo?, ¿en Estados Unidos, Europa, Australia, ciudades donde ya se estaban dando casos de gentrificación? Y los propietarios, los prestamistas, las agencias gubernamentales.. ¿no juegan ningún papel en el asunto? Se habla del modelo de «filtrado», por el cual «las nuevas viviendas son ocupadas generalmente por familias de mejor posición económica, que dejan sus viviendas anteriores, menos espaciosas, para que sean ocupadas por inquilinos más pobres, y se mudan hacia la periferia urbana». Pero, de nuevo… ¿todas las clases buscan sólo mejores espacios residenciales?, ¿alguno de los de mayor posición no preferirá una casa en las afueras con jardín?

Smith introduce decididamente al capital en la ecuación. «La relación entre producción y consumo es más bien simbiótica, pero se trata de una simbiosis en la que es el capital en busca de beneficio lo que resulta predominante. La preferencia de los consumidores y la demanda de viviendas gentrificadas puede ser, y es, creada, de forma evidente, por la publicidad.» (p. 110). Es decir: no son los consumidores los que deciden mudarse a los barrios gentrificados, sino las inversiones que se hacen en esos barrios lo que empujan a que haya consumidores de sus inmuebles.

Se inicia aquí una argumentación compleja que no podemos reproducir entera, pero a la que invitamos al lector a consultar; sí que la resumiremos, pero tengan presente que los fallos que puedan darse en los argumentos son del resumen, no del original.

«En una economía capitalista, el suelo y los edificios levantados sobre el mismo se transforman en mercancías. En tanto tales, presumen de ciertas idiosincrasias, de las cuales tres son especialmente importantes para esta discusión.» (p. 111).

  • «los derechos de propiedad privada confieren a los dueños un control cuasi-monopólico sobre el suelo y sus mejoras». Existen ordenanzas, zonificaciones y regulaciones, pero pocas veces son lo bastante severas como para desplazar al mercado como la principal institución que «regula la transferencia y el uso del suelo».
  • «el suelo y sus mejoras están fijadas en el espacio pero su valor es todo menos fijo»; tanto el propio suelo como las mejoras del edificio tienen valores distintos; «dado que el suelo y las construcciones ubicadas sobre el mismo son inseparables, el precio de las edificaciones cuando cambian de mano también refleja el nivel de las rentas del suelo».
  • «mientras que el suelo permanece estable, no ocurre lo mismo con las mejoras construidas sobre el mismo»; entra en escena el deterioro físico de los edificios.

De aquí surgen dos conclusiones rápidas: por un lado, que el desembolso inicial para entrar en el mercado inmobiliario (hablamos de comprar un edificio, no un piso) es enorme, por lo que las instituciones financieras desempeñan un papel importante (Harvey, 1973); y dos, que «los patrones de deterioro de capital constituyen una variable importante en la determinación de las posibilidades y del grado en que el precio de venta de un edificio refleja el nivel de las rentas del suelo».

Esto explica que los centros de las ciudades, sujeto de grandes inversiones que debían verse amortizadas, se volviese un lugar de difícil acceso, por lo que las ciudades, a lo largo del siglo XIX, se fueron desplegando hacia sus exteriores: «durante el siglo XIX, los valores del suelo en la mayoría de las ciudades desplegaron una fisonomía que se aproximaba a la clásica forma cónica: el centro urbano estaba en la cima con un gradiente en disminución hacia la periferia». Esto explica que, a medida que la ciudad se iba industrializando y las fábricas se volvían mayores, las industrias se fuesen desplazando al exterior, donde el terreno era mucho más barato y tanto el automóvil como los distintos medios de transporte público ya permitían el acceso. Con el tiempo, y especialmente en Estados Unidos, los centros se fueron vaciando, salvo los CBD, Central Bussiness District, es decir, el centro económico de la ciudad, a menudo un punto neurálgico de día completamente abandonado durante la noche, a medida que sus usuarios se iban a los suburbios donde residían.

El exilio hacia los suburbios que se dio durante los años 40 a 60, sumado a otros factores como el red-lining, que impidió el acceso a la financiación a los habitantes marginales de los guettos en el centro de la ciudad (sobre todo por cuestiones raciales), acabó generando un «valle» en el diagrama de valor de las ciudades en relación con su distancia al centro.

Relación entre el valor del suelo y la distancia al centro en Chicago. El valle es la zona ideal para gentrificar (imagen del libro).

Hacia finales de la década de 1960, el valle de Chicago pudo haber alcanzado más de seis millas de ancho (McDonald y Bowman, 1979) y ser de un tamaño similar a la ciudad de Nueva York (Heilbrun, 1974: 110-111). Las evidencias de otras ciudades sugieren que esta desvalorización del capital y el consecuente ensanchamiento del valle en el valor del suelo ocurrió en las ciudades más antiguas de Estados Unidos (Davis, 1965; Edel y Sclar, 1975), dando pie a los barrios humildes y a los guettos que fueron repentinamente descubiertos como «problema» por la difunta clase media suburbana de la etapa de postguerra. (p. 115)

Ahora Smith introduce cuatro conceptos clave:

  • el valor de la vivienda: no su precio, sino el valor, en función tanto de la cantidad de «trabajo» para crear el edificio como la relación con las leyes de oferta y demanda que afectan sobre él;
  • el precio de venta, donde confluyen tanto el v alor del suelo como el del edificio que hay construido sobre él;
  • la renta capitalizada del suelo: el dinero que se obtiene por el uso del edificio, en función de si se alquila o se vende. Por ahora: precio de venta = valor de la casa + renta capitalizada del suelo.
  • renta potencial del suelo: el máximo valor que se podría llegar a obtener si todas las características que afectan al valor de la vivienda son las óptimas.
Evolución del valor de la vivienda (imagen del libro)

La diferencia de renta es la diferencia entre el nivel de la renta potencial del suelo y la renta actual capitalizada del suelo bajo el actual uso del suelo (gráfico anterior). (…) A medida que el filtrado y el deterioro del barrio tienen lugar, la diferencia potencial de renta se agranda. La gentrificación ocurre cuando la diferencia es tan grande que los promotores inmobiliarios pueden comprar a precios bajos, pagar los costes de los constructores y obtener ganancias de la restauración; así mismo pueden pagar los intereses de las hipotecas y los préstamos, y luego vender el producto terminado a un precio de venta que les deja una considerable ganancia. Toda la renta del suelo, o una gran proporción de la misma, se encuentra ahora capitalizada: el barrio, por lo tanto, está «reciclado» y comienza un nuevo ciclo de uso. (p. 126; las negritas son nuestras)

Y ahí está el verdadero problema de la gentrificación: el propio capital favorece dejar morir los barrios por falta de inversión, porque la cantidad de dinero que se podrá obtener luego es mucho mayor. De ahí el redlining, el acoso inmobiliario, los múltiples abusos a vecinos que llevan tiempo para que dejen los edificios libres; porque compensa económicamente. «Hoy es más común la gentrificación del mercado privado: una o más instituciones financieras modifican radicalmente una prolongada política de no concesión de créditos y promueven activamente un barrio en tanto mercado potencial para los préstamos e hipotecas a la construcción. Las preferencia de los consumidores serán inoperantes a menos que esta fuente de financiación, que ha estado largo tiempo ausente, reaparezca.» (p. 127)

La gentrificación forma parte de un proceso de redesarrollo más amplio, orientado a la revitalización de la tasa de beneficios. En este proceso, muchos centros urbanos se están convirtiendo en patios de juego burgueses repletos de pintorescos mercados, casas restauradas, hileras de boutiques, puertos deportivos para yates y Hyatt Regencies. Estas alteraciones sumamente visuales del paisaje urbano no constituyen en lo más mínimo un efecto secundario accidental de un desequilibrio económico temporal sino que están enraizadas en la estructura de la sociedad capitalista, de un modo tan profundo como la suburbanización. (p. 157)

Smith dedica el siguiente capítulo a analizar las relaciones entre la gentrificación y sus «sujetos», entonces identificados como los «yuppies» de los 80: jóvenes, con movilidad ascendente, completamente urbanos y «con un estilo de vida dedicado al consumo empedernido». Hoy los consideraríamos clase creativa, pero el concepto no ha cambiado demasiado. La conclusión del autor, tras analizar algunas variables, es que dicha relación es más cultural o publicitaria que real: la gentrificación es una serie de procesos compleja que no responde a un único factor, y atribuirla a la eclosión de los yuppies (o de la clase creativa, o colectivos específicos como los homosexuales, incluso relacionarla con la incorporación de la mujer, no al mercado laboral, sino al grupo de encargados y gerentes que lo gestionan) es simplificarla.

El corolario geográfico de este argumento es la afirmación de que «la ideología de la reforma urbana» de la nueva clase media, «la contraparte actual de la clase ociosa de Veblen», está configurando una ciudad postindustrial asociada a un paisaje de consumo, en lugar de a un paisaje de producción (Ley, 1980; también Mills, 1988; Warde, 1991; Caulfield, 1994). El mundo del capitalismo industrial es superado por la ideología del pluralismo de consumo, y la gentrificación es uno de los pilares de esta transformación histórica, inscrita en el paisaje moderno. Un sueño urbano viene a superar el sueño suburbano de las décadas pasadas.

(…) [Al observar la transformación de Glasgow en capital europea de la cultura o el postmoderno Hotel Bonaventure en el centro de Los Ángeles] nuestros sentidos nos indican que los tiempos ciertamente están cambiando y que, de hecho, algo similar a un patio de juegos burgués está en proceso de construcción en muchos centros urbanos. ¿Pero acaso es esto merecedor de la conclusión de que hoy en día la forma urbana está siendo estructurada por las ideologías de consumo y las preferencias de la demanda, en lugar de por los requerimientos de la producción y los patrones geográficos de la movilidad del capital? (p. 185)

En la segunda parte del libro, Smith analiza algunos casos concretos de gentrificación:

  • Society Hill, en Filadelfia;
  • Harlem, en Nueva York, un barrio profundamente decadente cuando se escribió el libro pero que ya empezaba a ser gentrificado;
  • Ámsterdam, Budapest y París (para comprender las diversas formas de la gentrificación y comprobar si, efectivamente, era un proceso global, y no local);

Y en la tercera y última parte, vuelve al tema del mito de la frontera con el que empezó, en Tomkins Square:

Más allá del brío cultural y del optimismo con el que se considera la ciudad en tanto frontera, el imaginario funciona, precisamente, porque logra expresar todos estos significados en un mismo lugar. Ese lugar es la frontera de la gentrificación. La frontera de la gentrificación absorbe y retransmite el destilado optimismo de una nueva ciudad, la promesa de la oportunidad económica, la ilusión combinada del romance y la voracidad; es el lugar donde se crea el futuro. Estas resonancias culturales crean el lugar, pero el lugar aparece como una frontera debido a la existencia de una línea económica muy afilada dentro del paisaje. Detrás de la línea, la civilización y el lucro se cobran su peaje; pasada la línea todavía campan la barbarie, la promesa y la oportunidad.

[…] La «frontera de la gentrificación» representa, en realidad, una línea que divide las zonas del paisaje urbano en las que se desinvierte, de aquella en las que se reinvierte. (p. 296)

Valor del suelo en el Lower East Side a medida que se iba gentrificando (imagen del libro).

Smith acaba el libro tratando el tema de la ciudad revanchista, la que expulsa a los pobres y a los sin hogar, la que permite el gobierno despiadado del capital sin oposición, la que incluso fomenta el miedo (él habla de casos concretos de los 90 en Estados Unidos, como el atentado en el World Trade Center, o del ascenso de Giuliano, el alcalde de Nueva York que hizo de la limpieza de la ciudad su política; pero nos serviría hablar, por ejemplo, de la publicidad antiokupas que se está dando en la actualidad en nuestro contexto). Y finaliza con una invitación:

Antes de 1862, la mayoría de los heroicos pioneros eran, en realidad, ocupantes ilegales que estaban democratizando la tierra. Tomaban la tierra que necesitaban para vivir, y se aliaban para defender sus reclamaciones ante los especuladores y los acaparadores de tierra, establecían grupos para proveerse de los servicios sociales básicos y estimulaban a otros ocupantes a establecerse, ya que la fuerza estaba en el número. La organización de los ocupantes era la clave de su poder político, y fue frente a esta organización y a la proliferación de las ocupaciones en la frontera, que se sancionó la Ley de Asentamientos Rurales de 1862.

Toda la fuerza del mito ha consistido en ensombrecer esta inscripción de clase en la frontera, en borrar la amenaza a la autoridad que la frontera suponía, envolviéndola en un romántico manto de individualismo y patriotismo. Si queremos ser fieles a la historia, si pretendemos, realmente, comprender la ciudad como una nueva frontera urbana, el acto más patriótico, y con el que debemos empezar, en tanto pioneros, es la ocupación de viviendas. Es muy posible que en un mundo futuro también lleguemos a reconocer a los okupas de hoy como aquellos que tenían la visión más inteligente de la frontera urbana. Que la ciudad se haya vuelto un nuevo Lejano Oeste puede ser lamentable, pero no cabe duda de que esto está fuera de discusión; lo que está en disputa es, precisamente, qué tipo de Lejano Oeste. (p. 355)

La era del vacío, de Gilles Lipovetsy: seducción y posmodernismo

La era del vacío es, probablemente, el libro más conocido del filósofo y sociólogo francés Gilles Lipovetsky (París, 1944). Los grandes temas que ha tratado el autor giran alrededor de lo que se ha dado en llamar la sociedad posmoderna y las nuevas formas de consumo y comportamiento en una sociedad dominada por la estetización, el individualismo y lo efímero. Recordemos: en 1986, por lo que la situación no ha hecho más que agudizarse.

Eso es la sociedad posmoderna; no el más allá del consumo, sino su apoteosis, su extensión hasta la esfera privada, hasta en la imagen y el devenir del ego llamado a conocer el destino de la obsolescencia acelerada, de la movilidad, de la desestabilización. Consumo de la propia existencia a través de la proliferación de los mass media, del ocio, de las técnicas relacionales, el proceso de personalización genera el vacío en tecnicolor, la impresión existencial en y por la abundancia de modelos, por más que estén amenizados a base de convivencialidad, de ecologismo, de psicologismo.

(…) La cultura posmoderna representa el polo «superestructural» de una sociedad que emerge de un tipo de organización uniforme, dirigista y que, por ello, mezcla los últimos valores modernos, realza el pasado y la tradición, revaloriza lo local y la vida simple, disuelve la preeminencia de la centralidad, disemina los criterios de lo verdadero y del arte, legitima la afirmación de la identidad personal conforme a los valores de una sociedad personalizada en la que lo importante es ser uno mismo, en la que por lo tanto cualquiera tiene derecho a la ciudadanía y al reconocimiento social, en la que ya nada debe imponerse de un modo imperativo y duradero, en la que todas las opciones, todos los niveles pueden cohabitar sin contradicción ni postergación. (p. 11)

«La edad moderna estaba obsesionada por la producción y la revolución, la edad posmoderna lo está por la información y la expresión.» Todos los medios de la vida se han vuelto lugares donde expresarse a uno mismo: Lipovetsky habla de los graffitis y las radios, pero podríamos añadir fácilmente las redes sociales a la mezcla, donde cada uno escoge no sólo lo que comparte sino lo que consume. «Cuanto mayores son los medios de expresión, menos cosas se tienen que decir, cuanto más se solicita la subjetividad, más anónimo y vacío es el efecto». La paradoja es que nadie está, realmente, interesado en esa expresión salvo el propio creador: de ahí el narcisismo, uno de los temas que se tratan en el libro.

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Nos suenan de fondo las tesis de El declive del hombre público, de Richard Sennett, que ya denunció la preeminencia de la personalidad en los tiempos modernos. La forma que adopta el capitalismo para aprovechar (¿generar?) esta característica es la seducción: mediante la oferta, se ofrecen tantas opciones que alguna de ellas, por necesidad, tiene que representar exactamente lo que el consumidor es; o lo que el consumidor quiere mostrar que es.

¿Por qué es importante la seducción para nuestro blog? «El proceso de personalización aseptiza el vocabulario como lo hace con el corazón de las ciudades, los centros comerciales y la muerte. Todo lo que presenta una connotación de inferioridad, de deformidad, de pasividad, de agresividad debe desaparecer en favor de un lenguaje diáfano, neutro y objetivo, tal es el último estadio de las sociedades individualistas.» Ya nos lo dijo Byung Chul-Han en La sociedad de la transparencia: «El mundo no es hoy ningún teatro en el que se representen y lean acciones y sentimientos, sino un mercado en el que se exponen, venden y consumen intimidades. El teatro es un lugar de representación, mientras que el mercado es un lugar de exposición. Hoy, la representación teatral cede el puesto a la exposición pornográfica.»

Y, como ya dijimos entonces: eso se refleja en los centros de las ciudades que se vuelven progresivamente o centros comerciales (higienizados, tranquilos, asépticos, entregados a un consumo amable que esconde otras realidades diversas del capitalismo) o ciudades análogas (desde los pasos elevados de Calgary, que sobrevuelan la ciudad y mantienen una temperatura agradable para que los trabajadores/consumidores no tengan que pisar el asfalto y, por lo tanto, abandonan la ciudad para aquellos que no pueden acceder a los pasos, hasta las ciudades disneyficadas o convertidas en parques temáticos donde la apariencia es lo relevante, independientemente de la condiciones que yazcan debajo; la Celebration de Florida o la copia de Venecia en Las Vegas; volvemos a la hiperrealidad de Baudrillard).

Gracias a su indiferencia por el tema, el sentido, el fantasma singular, el hiperrealismo se convierte en juego puro ofrecido al único placer de la apariencia y el espectáculo. Sólo queda el trabajo pictórico, el juego de la representación vaciado de su contenido clásico, ya que lo real se encuentra fuera de circuito por el uso de modelos representativos de por sí, esencialmente fotográficos. (p. 38)

Lipovetsky habla de la fotografía; estamos ya en la era del vídeo (TikTok y los youtubers). La seducción del primer capítulo da lugar a la indiferencia del segundo: «la indiferencia actual no recubre más que muy parcialmente lo que los marxistas llaman alienación, aunque se trate de un alienación ampliada. Esta, lo sabemos, es inseparable de las categorías de objeto, de mercancías, de alteridad, y en consecuencia del proceso de reificación, mientras que la apatía se extiende tanto más por cuanto concierne a sujetos informados y educados. (…) La alienación analizada por Marx, resultante de la mecanización del trabajo, ha dejado lugar a una apatía inducida  por el campo vertiginoso de las posibilidades y el libre-servicio generalizado; entonces empieza la indiferencia pura, librada de la miseria y de la «pérdida de realidad» de los comienzos de la industrialización.» (p. 42)

La seducción lleva a la indiferencia, la indiferencia, al narcisismo, a la «pérdida de sentido de la continuidad histórica, esa erosión del sentimiento de pertenencia a una «sucesión de generaciones enraizadas en el pasado y que se prolonga en el futuro» (Lipovetsky cita aquí a Christoper Lasch). «Cuanto más se invierte en el Yo, como objeto de atención e interpretación, mayores son la incertidumbre y la interrogación. El Yo se convierte en un espejo vacío a fuerza de «informaciones», una pregunta sin respuesta a fuerza de asociaciones y de análisis, una estructura abierta e indeterminada que reclama más terapia y anamnesia» (p. 56).

Desde hace más de un siglo el capitalismo está desgarrado por una crisis cultural profunda, abierta, que podemos resumir con una palabra, modernismo, esa nueva lógica artística a base de rupturas y discontinuidades, que se basa en la negación de la tradición, en el culto a la novedad y al cambio. El código de lo nuevo y de la actualidad encuentra su primera formulación teórica en Baudelaire para quien lo bello es inseparable de la modernidad, de la moda, de lo contingente, pero es sobre todo entre 1880 y 1930 cuando el modernismo adquiere toda su amplitud con el hundimiento del espacio de la representación clásica, con la emergencia de una escritura liberada de las represiones de la significación codificada, luego con las explosiones de los grupos y los artistas de vanguardia. Desde entonces, los artistas no cesan de destruir las formas y sintaxis instituidas, se rebelan violentamente contra el orden oficial y el academicismo: odio a la tradición y furor de renovación total. (p. 81)

Todas las grandes obras artísticas han supuesto alguna innovación, pero «el modernismo quiere romper la continuidad que nos liga al pasado, instituir obras absolutamente nuevas»; la novedad por el valor de la novedad. Pero el propio modernismo consume sus creaciones en búsqueda de la novedad perpetua en la «contradicción inmanente al modernismo», una «especie de autodestrucción creadora» (Octavio Paz).

03
La fuente, de Duchamp, que era un cachondo.

El modernismo es de esencia democrática: aparta el arte de la tradición y la imitación, simultáneamente engrana un proceso de legitimación de todos los sujetos. Manet rechaza el lirismo de las poses, los arreglos teatrales y majestuosos, la pintura ya no tiene un tema privilegiado, tampoco tiene que idealizar el mundo, un modelo puede ser pobre e indigno, los hombres pueden aparecer llevando chaquetas y levitas negras, un bodegón es igual a un retrato y más tarde al esbozo de un cuadro. Con los impresionistas, el antiguo esplendor de los personajes deja paso a la familiaridad de los paisajes de suburbio, a la simplicidad de las orillas de la Île-de-France, de los cafés, calles y estaciones; los cubistas integrarán a sus telas cifras, letras, trozos de papel, de cristal o de hierro. Con el readymare, importa que el objeto escogido sea absolutamente «indiferente», decía Duchamp, el urinario, el porta botellas entran en la lógica del museo, aunque sólo sea para destruir irónicamente sus fundamentos. Más tarde, los pintores pop, los Nuevos Realistas tomarán por tema los objetos, signos y desperdicios del consumo de masa. El arte moderno asimila progresivamente todos los temas y materiales, y con ello se define por un proceso de desublimación (Marcuse) de las obras, que corresponde exactamente a la desacralización democrática de la instancia política, a la reducción de los signos ostensibles de poder, de la secularización de la ley: el mismo trabajo de destitución de las alturas y majestades está en marcha, todos los temas están en el mismo plano, todos los elementos pueden entrar en las creaciones plásticas y literarias. En Joyce, Proust, Faulkner, ningún momento está privilegiado, todos los hechos valen lo mismo y son dignos de ser descritos; «quisiera qeu todo entrase en esa novela», decía Joyce sobre Ulises, la banalidad, lo insignificante, lo trivial, las asociaciones de ideas son contadas sin juicios jerárquicos, sin discriminación, en pie de igualdad con los hechos importantes. Renuncia a la organización jerárquica de los hechos, integración de cualquier tipo de tema, la significación imaginaria de la igualdad moderna ha incorporado el quehacer artístico.» (p. 88)

[…] John Cage invitará a considerar como música cualquier ruido de un concierto, Ben llega  la idea de «arte total» (…) Final de la supereminente altura del arte, que se reúne con la vida y baja a la calle, «la poesía debe ser hecha por todos, no por uno», la acción es más interesante que el resultado, todo es arte: el proceso democrático correo las jerarquías y las cumbres, y la insurrección contra la cultura, sea cual sea su radicalidad nihilista, sólo ha sido posible por la cultura del homo aequalis. (p. 90)

El punto de vista único desaparece: la novela de los años veinte no está dominada por la mirada omnisciente de un autor que lo ve todo; «la continuidad del relato se trunca, el fantasma y lo real se entremezclan, la historia se cuenta a sí misma según las impresiones subjetivas y casuales de los personajes» (p. 97). Lipovetsky concluye que esto lleva al eclipse de la distancia entre la obra y el espectador, creando una serie de capas entre ambos que diluye la univocidad de la primera. Del mismo modo que Jan Gahl (La humanización del espacio urbano) por una separación progresiva entre el espacio privado y el público con la creación de espacios progresivamente más públicos (de la casa al jardín comunitario, del jardín al barrio, del barrio a la ciudad), el arte modernista abole la separación clásica autor-espectador incluyendo muchos otros elementos en la ecuación. Por eso se vuelven necesarios los manifiestos y cada vanguardia va acompañada del suyo. «No es una contradicción, es el estricto correlato de un arte individualista liberado de cualquier convención estética y que requiere por ello el equivalente a un diccionario, un suplemento-instrucciones».

«Con el arte moderno ya no hay espectador privilegiado, la obra plástica ya no tiene que ser contemplada desde un punto de vista determinado, el observador se ha dinamizado, sino (sic) que es un punto de referencia móvil. La percepción estética exige del observador un recorrido, un desplazamiento imaginario o real por el que la obra es recompuesta en función de las referencias y asociaciones propias del observador. Indeterminada, modificable, la obra moderna establece de esta manera una primera forma de participación sistemática, el observador es «llamado de algún modo a colaborar con la obra del creador» se convierte en el «co-creador» (p. 102). Eso somos en las redes sociales y en las nuevas formas de comunicación: Netflix no viene por defecto como sí las otras cadenas de televisión; hay que llevar a cabo la elección.

La búsqueda perpetua por parte de las vanguardias de una actitud provocativa se ha filtrado en la sociedad y ya nadie defiende el orden y la tradición. «Entonces entramos en la cultura posmoderna, esa categoría que designa para Daniel Bell el momento en que la vanguardia ya no suscita indignación, en que las búsquedas innovadoras son legítimas, en que el placer y el estímulo de los sentidos se convierten en los valores dominantes de la vida corriente» (p. 105). En los temas que tratamos en el blog, el posmodernismo aparece en la arquitectura, por ejemplo, según el criterio de Peter Hall con Aprendiendo de Las Vegas, el estudio de Robert Venturi, Denise Scott Brown and Steven Izenour que analiza la ciudad de Nevada y sus hitos constructivos. El strip, la calle principal, está formada por estructuras de neón, carteles enormes y llamativos porque está concebido para ser visualizado desde el coche, y no andando.

04
El consumo, entrando por la puerta grande en la sociedad del XIX

La era del consumo, según Daniel Bell, fue la que dinamitó la ética protestante: la realización en la vida ya no llega sólo al alcanzar el éxito: cada producto lo promete, toda la publicidad va encaminada a dar a entender al consumidor que, escogiendo su producto, se estará realizando. Y el consumo funciona por seducción, por propia elección de sus consumidores convertidos en coparticipantes: no necesita ni de una gran burocracia ni de un sistema complejo, por ello también las grandes organizaciones que regían la vida en el siglo XIX han ido perdiendo poder y relevancia. El consumidor se ve obligado a escoger en todos los ámbitos: como el ejemplo que hemos puesto de Netflix, el televidente de finales del siglo pasado era un agente pasivo, encendía la televisión y recibía un determinado número de canales entre los que escogía. En la actualidad, uno escoge Netflix, o Disney, o HBO, con la idea, además, de que cada elección lleva aparejado su consiguiente posicionamiento en el mercado. Escoger una u otra indica las series de las que se podrá hablar con los compañeros, amigos, etc. El ejemplo puede parecer frívolo, pero es sólo uno de los innumerables que hay que llevar a cabo a diario, desde el tipo de champú hasta las opciones vacacionales. La responsabilidad de todas las elecciones, por supuesto, recaen sobre el consumidor.

Aquí se posiciona Lipovetsky en contra de Baudrillard y de Lyotard («no podemos suscribir las problemáticas recientes que, en nombre de la indeterminación y la simulación [Baudrillard] o en nombre de la deslegitimación de los metarrelatos [Lyotard] se esfuerzan en pensar el presente como un momento absolutamente inédito en la historia» (p. 114). Lipovetsky ve en el posmodernismo una continuación del proceso de personalización: «se pierde de vista que no hace más que proseguir, aunque sea con otros medios, la obra secular de las sociedades modernas democrático-individualistas». El posmodernismo iguala todas las medidas, pone en un mismo plano un best-seller y un premio Nobel, trata de igual modo los sucesos, hazañas y curvas económicas: «las diferencias jerárquicas no cesan de retroceder en beneficio del reino indiferente de la igualdad». La posmodernidad, por lo tanto, no es ruptura, sino continuación.

Un apunte para terminar: el humor, al que está dedicado el siguiente capítulo. No entraremos en él, sólo nos quedamos con la observación (que sigue al libro de Bajtin La cultura popular en la Edad Media y en el Renacimiento: el contexto de François Rabelais) de que el humor en la Edad Media era grotesco y una forma de burlarse del poder; se fue «refinando» en la edad moderna, con la aparición de la sátira, el cinismo, la burla, y cuando la risa salvaje, cruda, pasó a ser vista como algo primitivo, que esconder, que escamotear en público (como la propia personalidad) hasta llegar, en la era posmoderna, a un humor adolescente, desenvuelto, que huye de la crítica; un humor blando, que no critica, que no se burla, que busca sólo la efervescencia de crear un ambiente festivo y vacío.

[La era del vacío. Ensayos sobre el individualismo contemporáneo, Gilles Lipovetsky. Traducción de Joan Vinyoli y Michèle Pendanx, editorial Anagrama, publicado en 1986. Publicado originalmente en francés por Éditios Gallimard en 1983 con el título: L’ère du vide. Essais sur l’individualisme contemporaine.]

El declive del hombre público, de Richard Sennet

Richard Sennet es uno de los mayores sociólogos vivos. Nacido en Chicago, donde se licenció en 1964 (tuvo como profesora a Hannah Arendt, nada menos), luego ha pululado por las principales universidades del mundo mientras desentrañaba con su pluma, libro a libro, aspectos esenciales de la modernidad como la conformación de nuestras ciudades, la relación entre personas y trabajos o, el asunto que nos lleva a esta entrada, El declive del hombre público o la evolución de la visión del hombre de la calle desde el Antiguo Régimen hasta nuestros días.

Buscando información en internet encuentro esta entrevista en El País Semanal que le hicieron en 2018, cuando estaba a punto de publicar su más reciente obra: Construir y habitar. Ética para la ciudad. En ella descubrimos (además de un poco de salseo: que su esposa es nada menos que Saskia Sassen, habitual de este blog por su obra capital La ciudad global) algunas perlas:

En La corrosión del carácter describe la falacia de que la flexibilidad laboral mejora la vida. ¿Qué tipo de carácter van a producir Uber o Deliveroo? Vidas sin columna vertebral. Un carácter cuyas experiencias no construyen un todo coherente. Algo muy circunscrito a nuestro tiempo y preocupante porque los humanos necesitamos una historia propia, una columna vertebral.

[…]

Usted no parece un teórico. Como sociólogo se sirve del trabajo de campo, no de las estadísticas. Habla de personas con nombres y apellidos… Siempre me he sentido arraigado en la antropología de la vida cotidiana. Eso era sospechoso para la Escuela de Fráncfort de los años treinta, excepto para Benjamin, que usaba sus propias experiencias para tratar de entender el mundo. Por eso sufrió el desprecio de la Escuela de Fráncfort. La única persona que lo protegió fue Hannah Arendt.

[…]

¿Qué significó [Hannah Arendt] para usted? Fue una piedra de toque intelectual en mi trayectoria. Pero le enseñé un borrador de mi libro El declive del hombre público y lo odió. Fue ese tipo de relación… Ella tenía una conexión mejor con gente que era filosóficamente más sofisticada que yo. Por eso me da miedo que se sobrevalore esta relación. Me hubiera gustado ser su discípulo, pero no creo que lo sea. Creo que a la gente le resulta difícil entender que alguien pueda influirte profundamente sin ejercer un rol posesivo sobre ti.

El declive del hombre público está dividido en cuatro partes muy diferenciadas. La primera nos plantea el tema del libro, que es la evolución de la visión del hombre público (el hombre urbano, el cosmopolita, el ciudadano, si lo prefieren) durante los últimos tres siglos. Para ello, Sennett disemina algunos temas (las relaciones amorosas, eróticas, sexuales, los roles en la ciudad, la intimidad, las construcciones actuales) y prepara el camino para explorar estas cuestiones basándose en la evolución de la visión del hombre público desde el Antiguo Régimen (Ancién régime, el Londres y el París de 1750, aunque lo referiremos en castellano por pereza de ir poniendo cursivas), que abarca toda la segunda parte de la obra, hasta el Londres y el París de 1840 y 1890, lo cual ocupa toda la tercera parte. La cuarta son las conclusiones y la evolución del hombre público.

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El primer aspecto que trata es la modificación de la visión del erotismo desde la época victoriana a nuestros días («en cuatro generaciones el amor físico ha sido redefinido desde términos de erotismo a términos de sexualidad. El erotismo victoriano implicaba relaciones sociales, la sexualidad implica la identidad personal»; «actualmente nosotros no aprendemos del sexo porque esa circunstancia coloca a la sexualidad fuera del yo; en cambio, nos dirigimos, frustrada e interminablemente, en busca de nosotros mismos a través de los genitales»).

Pensemos, por ejemplo, en las diferentes connotaciones de la palabra «atracción» en el siglo XIX y el término moderno «asunto» [supongo que se refiere a «affaire»]. Atracción significaba que una persona despertaba en otra un sentimiento de tal magnitud que los códigos sociales eran violados. Dicha violación ocasionaba el entredicho temporal de todas las demás relaciones sociales de esa persona: el cónyuge, los hijos, los propios padres de la persona se veían involucrados tanto simbólicamente a través de la culpa como prácticamente si se descubría que se había producido la violación. El término «asunto» echa tierra sobre todos estos riesgos porque reprime la idea de que el amor físico es un acto social; se trata ahora de un problema de afinidad emocional que in esse permanece al margen de la trama de otras relaciones sociales en la vida de una persona. […] Podríamos decir que se trata de una cuestión de casos individuales, de factores de la personalidad y no de una cuestión social. (p. 21; el subrayado es nuestro)

Precisamente ésa es la tesis que defiende el libro: que el hombre público ha dejado de ser un ente social y ha devenido un ser ligado únicamente a su intimidad; como mucho, un espectador de la intimidad de otros.

A continuación habla de las nuevas edificaciones en Londres y París y cómo obvian, incluso ignoran, todo aquello que tienen a su alrededor (arquitectónicamente) y por lo tanto se podrían haber edificado en cualquier otro lugar: La Défense y Brunswick Centre son los ejemplos que usa. Oficinas con algunas tiendas, con los caminos pretrazados para los peatones que las cruzan (ojo, las cruzan, las transitan, no las habitan ni tienen nada que hacer en ellas salvo cruzarlas).

Ésa es precisamente la función que el automóvil ha imprimido a las calles: a diferencia del metro, el autobús o el tren, el coche lleva a uno a donde quiere ir, exactamente; y para ello, las calles son lugares que debe transitar, espacios con un único sentido: el de permitir el movimiento. La existencia de cruces, semáforos, peatones incluso, impide este movimiento fluido y por lo tanto pone nerviosos a los automobilistas.

En ambos conceptos existe la misma idea de aislamiento: el peatón de La Défense, como el automobilista, es alguien que va de A a B y que usa la calle como lugar de transición por el que desplazarse; pero además, esta idea de aislamiento tiene otra acepción, puesto que el conductor está solo en su coche y realmente el medio le es irrelevante, como a Brunswick Centre: es un lugar que podría haber sido erigido en cualquier otro, como una calle atravesada podría ser cualquier otra. El conductor, como el peatón transeúnte, se disocia de su ambiente.

Existe aún una tercera acepción del aislamiento: la eliminación de los muros, que por ejemplo se da hoy en día en las oficinas con el convencimiento de que los trabajadores estarán más aplicados a lo suyo si saben que están siendo observados desde todas partes. Lo mismo sucede en cafés y restaurantes que pueblan la ciudad: se derrumban las paredes y se llenan de cristales que permiten observar desde el interior el exterior y viceversa. Pero esto lleva a una paradoja:

Las personas son más sociales cuanto más barreras tangibles tienen entre ellas, del mismo modo que necesitan lugares públicos específicos cuyo único propósito es el de reunirse. En otras palabras: los seres humanos necesitan mantener cierta distancia con respecto a la observación íntima de los demás a fin de sentirse sociables. Si aumenta el contacto íntimo disminuye la sociabilidad. He aquí la lógica de una forma de eficiencia burocráctica. (p. 29; el subrayado es nuestro).

Pongamos un ejemplo muy sencillo: es más probable que nos sintamos inclinados a hablar con una persona sentada tras la esquina del muro del restaurante en el que estamos que con el viajero de metro que tenemos justo enfrente; porque si la comunicación no es fluida (recordemos a Goffman, por ejemplo), en un caso nos bastará con doblar el muro y volver a nuestra mesa, mientras que en el otro deberemos sufrir la incomodidad hasta el fin del trayecto.

«El espacio público muerto es una razón, la más concreta, para que las personas busquen en el terreno íntimo lo que se les ha negado en un plano ajeno. El aislamiento en medio de la visibilidad pública y la enfatización de las transacciones psicológicas se complementan mutuamente. Hasta el extremo, por ejemplo, de que una persona siente que debe protegerse, mediante el aislamiento silencioso, de la vigilancia que los demás ejercen sobre ella en el dominio público, y lo compensa descubriéndose ante aquellos con los que quiere establecer contacto.» (p. 30). Ésta es la tesis de Sennett a lo largo del libro.

Toda esta evolución va ligada a la aparición de la ciudad industrial. Por primera vez, el número de lugares donde los extraños podían llegar a relacionarse creció de forma desmesurada. Esto, ligado a la evolución de la visión de la familia, que «durante el siglo XIX dejó de ser, de forma cada vez más creciente, el centro de una región particular, no pública, y pasó a representar un refugio idealizado, un mundo en sí mismo, con un valor moral más alto que el dominio público» (p. 35) y a la aparición de los grandes almacenes y el consumo en masa, cuando por primera vez muchas personas empezaron a vestir de forma similar, llevó a lo que Marx denominó el «fetichismo del artículo de consumo», que no es otra cosa que el hecho de atribuir cualidades al objeto de consumo que éste no posee. Hoy lo llamaríamos márqueting o publicidad y lo damos por sentado, inextricable de nuestra sociedad capitalista, pero se desarrolló en el siglo XIX y sus orígenes tienen a ver, según Sennett, y entre otros, con la secularización progresiva de la sociedad cosmopolita de las ciudades y un cambio en la propia cosmovisión del ciudadano. Pero esta imaginación fue progresivamente saltando de los objetos de consumo a las personas, a las personalidades públicas, políticos, etc, que debían parecer simpáticos, fiables, organizados, más que demostrar que lo eran. De líderes organizando pasaron a líderes aparentando organizar.

Hablar del legado de la crisis de la vida pública del siglo XIX es hablar de grandes fuerzas tales como el capitalismo y el secularismo, por un lado, y aquellas otras fuerzas referidas a las cuatro condiciones psicológicas, por el otro: la revelación involuntaria del carácter, la superposición de la imaginación pública y privada, la defensa a través de la retirada, y el silencio. (p. 45).