Ciudad de cuarzo (II): fortificación y segregación del espacio

En la anterior entrada reseñamos los capítulos primero y tercero de Ciudad de cuarzo. Arqueología del futuro de Los Ángeles, de Mike Davis. El libro retrata la ciudad de California desde múltiples puntos de vista: en concreto, vimos la creación del imaginario de Los Ángeles (la novela negra, la anticiudad que vieron los exiliados europeos durante la Segunda Guerra Mundial por la carencia de un espacio público comunal donde se reuniese la civitas) y la arraigada tradición de defensa de la comunidad, entendiendo por tal concepto una zona homogénea de viviendas donde los propietarios comparten extracción social, raza y valor de sus inmuebles.

En los jardines cuidados con esmero del Westside de Los Ángeles brotan bosques de pequeñas señales ominosas que advierten: «¡Respuesta armada!». Incluso los vecindarios más ricos en cañones o colinas se aíslan tras muros protegidos por policías privados con pistolas y el último grito en vigilancia electrónica. En el Downtown, un «renacimiento urbano» financiado con dinero público ha construido la fortaleza empresarial más grande del país, separada de los barrios pobres que la rodean por una cordillera de arquitectura monumental. En Hollywood, el arquitecto estrella Frank Gehry, conocido por su «humanismo», alcanza la apoteosis del estilo asedio con una biblioteca diseñada a semejanza de un fuerte de la Legión Extranjera. En el distrito de Westlake y en el valle de San Fernando, la policía de Los Ángeles pone barricadas en las calles y clausura barrios pobres como parte de su «guerra contra las drogas». (p. 194)

De forma sucienta, la presentación del cuarto capítulo («La fortaleza LA») da una lista de los temas que va a tratar, que se pueden resumir del siguiente modo: la progresiva destrucción del espacio público en aras de la seguridad, provocando segregación y usando para ello el diseño urbano, la arquitectura y la maquinaria policial (p. 195). Esta coalición, destaca Davis, tiene dos efectos perversos: el primero, que la oferta de seguridad genera su propia demanda paranoica y va más ligada a la renta de cada familia y a las necesidades de seguridad que se le suponen que a una verdadera percepción del peligro. La segunda: el miedo es una construcción social y mediática. «Las encuestas muestran que los habitantes de las afueras de Milwaukee están tan preocupados por los delitos violentos como los del centro de Washington, a pesar de una diferencia de veinte veces en los niveles relativos de violencia.» (p. 196).

Una de las herramientas para el control en el espacio público pasa por el diseño urbano. Vimos ejemplos de ello al hablar de la arquitectura hostil, pero Davis da otros: los bancos cilíndricos de las paradas de autobús de Rapid Transit, donde uno se puede sentar (de forma incómoda) pero no puede dormir. O sistemas de riego que saltan de forma aleatoria por las noches, impidiendo dormir sobre el césped de los parques. Los restaurantes y mercados construyen estructuras de acero y hormigón para proteger sus entradas posteriores y las basuras, de forma que los vagabundos no puedan acercarse a saquearlas.

Otro modo: eliminar todos los baños públicos de la ciudad, así como las fuentes. Los buenos ciudadanos siempre podrán comprar bebida o consumir en un restaurante para poder usar el baño; pero es algo que está vedado a los pobres, que aún se sienten más alienados en el espacio urbano.

Del mismo modo, los espacios urbanos importante se convierten en fortalezas de fachadas agresivas, sin ventanas, que se cierran a la calle y donde todo lo importante sucede en el interior. Davis lo denomina «el efecto fortaleza, una estrategia socioespacial deliberada» (p. 200). El objetivo no es tanto «destruir la calle» como destruir la multitud, impedir que se reúnan grupos de personas heterogéneas o, siendo más directos, dejar claro a los negros, latinos y delincuentes que no son bienvenidos a ese espacio. Para ello se crean espacios amables, llenos de jardines, fuentes, plazas y arte, donde los consumidores de clase media son bienvenidos pero donde «los parias, ya sean latinos pobres, jóvenes negros o ancianas blancas sin hogar, sí que comprenden de inmediato su significado» (p. 196): que allí no son bienvenidos. A ellos se los contiene en espacios cada vez más pequeños y marginados, donde impera la ley del más fuerte.

Davis escoge el ejemplo de Frank Gehry y sus diseños. Por un lado, disimula las casas de lujo con fachadas que dan a la calle de aspecto vulgar (el Danziger, en Melrose) o crea cubos cerrados que disimulan su función (la Escuela Americana de Dana, Gemini GEI), cuando no crea construcciones barrocamente fortificadas, como la biblioteca Frances Howard Goldwyn de Hollywood, «un extraño híbrido de acorazado en dique seco y fuerte de guerra» (p. 208).

Biblioteca Frances Howard, invitando al desmadre.

Otra de las estrategias es el aumento de la vigilancia, sobre todo en los centros comerciales de la ciudad, cada vez más poblados de cámaras, rodeados de vallas y recorridos por seguridad privada, en un remedo del panóptico de Bentham.

Las comunidades, por otro lado, «se han convertido en ciudades fortaleza, con sus muros perimetrales, sus puntos de acceso restringido con puestos de guardia, el solapamiento de servicios de policía públicos y privados e incluso carreteras privadas» (p. 212). Las áreas exclusivas se cierran al público no residente (San Marino cierra sus parques públicos los fines de semana para impedir el acceso a las familias asiáticas y latinoamericanas que viven en las cercanías). Esta tendencia, que se creó como un reducto para los más pudientes, se ha ido filtrando y la demanda de comunidades cerradas triplica a la de espacios abiertos. No sólo es una herramienta de vigilancia y privacidad: también permite controlar qué tipo de residentes acceden al espacio, no sea que la llegada de indeseables baje el precio de los inmuebles.

El aumento de la seguridad privada, además, tiene otros efectos negativos. Por un lado, llevan a cabo tareas policiales básicas (vigilancia, patrullas vecinales, pequeños delincuentes, acceso a los recintos), pero su sueldo, sus contratos y su formación son menores que los de la policía. Por el otro lado, la policía se desentiende de dichas tareas y se dedica a los grandes enclaves (aeropuertos, sistema penitenciario, grandes respuestas contra el narcotráfico o el terrorismo).

Precisamente de ello trata el quinto capítulo: de la demonización del otro. En concreto, de las bandas callejeras de la ciudad.

Como el terror a los vagabundos en el XIX o a los rojos en el XX, el terror contemporáneo a las bandas se ha convertido en una relación de clase imaginaria, un terreno de seudoconocimiento y proyección de fantasías. Mientras la violencia real se mantuvo más o menos confinada en el gueto, las guerras de bandas despertaban también una emoción voyeurística en los ciudadanos blancos, que devoraban imágenes impactantes en los periódicos o en la televisión. (p. 232)

Algo similar a lo que hemos visto en España recientemente con los okupas, que de repente simbolizaban todos los males del mundo; y ningún medio habló, por ejemplo, del SAREB y la deuda millonaria que ha supuesto para los españoles para conseguir sanear los bancos de sus activos inmobiliarios tóxicos en 2008, por ejemplo.

Progresivamente durante la década de los 80, las bandas de Los Ángeles pasaron a simbolizar todos los males: la corrupción, la indecencia, la llegada de drogas, la debacle de la civilización de Occidente. Eran un enemigo tan terrible que no se concebía ni darles cuartes ni ceder empeño en su lucha; y por ello, los fondos para la policía cada vez aumentaban más. Se llegó al extremo de restringirles derechos, de proponer toques de queda sólo para las bandas o para quienes fuesen sospechosos de pertenecer a ellas (es decir: jóvenes negros y latinos), de denunciar que estaban más allá de toda salvación. En 1989, por ejemplo, se detuvo a la madre de un pandillero de 15 años por «no luchar de forma adecuada contra las tendencias de su hijo», es decir, por no tratar por todos sus medios de que su hijo no acabase delinquiendo. Se la presentó como una mujer oscura y violenta que no sólo permitía sino fomentaba las tendencias de su hijo y se clamó contra los padres de ese tipo. Unas cuantas pesquisas periodísticas mostraron que era una madre soltera con tres hijos y muy pocos recursos económicos, en vez de la «jefa de la banda» descrita por las autoridades.

Pero la gradación ya estaba hecha: de «miembros de bandas» a «padres de miembros de bandas» a «familias relacionadas con las bandas» a, finalmente, barrios de bandas o incluso toda una generación de bandas. «Como resultado de la guerra contra las drogas todos los adolescentes no anglosajones del sur de California son ahora prisioneros de la paranoia de las bandas y la demonología que las acompaña.» (p. 244). Davis cita casos de cantos corales de niños negros detenidos o de boys scouts latinos a los que se prohíbe acceder a determinados lugares con la excusa de las bandas. Se permite que la policía registre a quien sea con dicha excusa, como sucede hoy en día con el terrorismo, que valida todo atropello de los mínimos derechos legales del individuo.

Desde finales de los 70, todos los sectores importantes de la economía del sur de California, desde el turismo a la moda, se han reestructurado en torno al protagonismo creciente del comercio exterior y la inversión extranjera. El gran perdedor en esta transformación ha sido, como hemos indicado, el Southcentral de LA, ya que las importaciones asiáticas han cerrado fábricas sin crear oportunidades económicas alternativas para los residentes de la zona. El talento específico de los Crips ha sido su habilidad para introducirse en un importante circuito de comercio internacional. A través del crack han descubierto para el gueto una vocación nueva en la economía de LA como «ciudad internacional». (p. 269)

El cártel de Medellín en concreto, destaca Davis, funciona con «mentalidad de negocios» y ha tenido éxito al transformar «el tráfico de cocaína en una industria multinacional bien gestionada» (p. 270) no muy diferente a, por ejemplo, el tráfico de ingleses y holandeses con el opio de la India. Sin embargo, la persecución de las autoridades no ha ido contra estas enormes redes de narcotráfico de cocaína, la droga de las clases altas, sino contra el consumo de crack, una droga mucho más barata, con un margen de beneficio irrisorio y, en general, producida por grupos pequeños o por los propios camellos.

Al estudiar los casos de narcotráfico en la ciudad, se descubrió que sólo un 25 por ciento de los presuntos narcotraficantes formaban parte de bandas. Éstas, a menudo limitadas al entorno de un barrio o una zona reducida, no disponían de la capacidad ni la logística para llevar a cabo grandes operaciones de narcotráfico; por lo que, en realidad, la policía, al destinar tantos recursos contra ellos, no hacía más que demonizar pequeños delincuentes y dejar escapara a los grandes.

Mientras tanto, a medida que el propio Southcentral experimenta una histórica (y sorprendentemente pacífica) transformación étnica, de los negros a los nuevos inmigrantes latinos (mexicanos y centroamericanos), los hijos de los mojados contemplan con envidia el poder y la fama de los Crips. Si no se produce algún movimiento de justicia social, la contradicción social más explosiva de Los Ángeles puede llegar a ser la movilidad bloqueada de los hijos de estos nuevos inmigrantes. Como mostraba un estudio de UCLA de 1989, la pobreza crece más rápidamente entre los latinos de Los Ángeles, especialmente los jóvenes, que en cualquier otro grupo urbano de Estados Unidos. Mientras que sus padres aún pueden juzgar su calidad de vida en comparación con su antiguo país, con la pobreza de Tijuana o Ciudad Guatemala, sus hijos forman su propia imagen mediante los estímulos incesantes de la cultura de consumo de LA. Atrapados en el callejón sin salida de los empleos mal pagados, en medio de lo que parece un paraíso para los jóvenes blancos, también ellos buscan atajos y caminos milagrosos para la promoción personal. (p. 275)

El libro es de 1990. ¿Sorprende, por ejemplo, que en 1992 se diesen los famosos disturbios en la zona? El BlackLivesMatter del 2020, de hecho, es una continuación de todo aquello, que sigue sin resolverse.

Ciudad de cuarzo, Mike Davis

Ciudad de cuarzo. Arqueología del futuro de Los Ángeles (1990, editada en España en 2003 por Lengua de Trapo con traducción de Rafael Reig), de Mike Davis, es conocida por retratar la capital de California como una ciudad polarizada donde los ricos se encierran tras muros cada vez más altos (gated communities y centros comerciales) y los pobres son criminalizados y semiconfinados en los barrios marginales. Sin embargo, la lectura revela que se trata de algo más profundo: una disección de la ciudad de Los Ángeles desde múltiples puntos de vista, un repaso a su historia (e historiografía), imaginario, construcción política, social y económica y, sí, también urbana.

Mike Davis es un rara avis. Marxista, activista, escritor, profesor de teoría urbana, historiador… A menudo se critica a sus libros por ser demasiado catastrofistas y apocalípticos (lo cierto es que predice la destrucción de Los Ángeles en unas cuantas ocasiones en este libro de 1990). El libro tiene más de narración periodística que de estudio sobre la ciudad; las fuentes, que son abundantes, en ocasiones cojean y dejan algunos datos como opiniones o como faits accomplis. Finalmente, algunos de los capítulos se estructuran como cajones de sastre donde van diversas historias relacionadas con un tema común; en otros, sí que es cierto, existe un hilo conductor bastante claro.

El primer capítulo trata sobre la construcción del imaginario de la ciudad a partir, sobre todo, de los escritores, autores e intelectuales que han vivido o emigrado a la ciudad. El segundo, sobre la historia económica de la misma. El tercera bucea en las raíces del concepto de suburbio y cómo se formó en California; este, junto al cuarto, que trata la distribución geográfica de la ciudad, y el quinto, la culpabilización y persecución de los pobres, son los que más atañen a los temas del blog. Finalmente, el sexto capítulo analiza los credos de los habitantes de Los Ángeles y el séptimo, a modo de conclusión, explica la historia de Fontana como ejemplo y compendio de todo lo anterior. Sin más, entramos en él.

La polarización social ha aumentado casi tan rápidamente como la población. Un reciente estudio sobre las tendencias de la renta doméstica en Los Ángeles durante los ochenta indica que la riqueza (rentas superiores a los 50.000 dólares) se ha triplicado (del 9 al 26 por ciento), mientras que la pobreza (por debajo de los 15.000) ha aumentado en un tercio (del 30 al 40 por ciento). Al mismo tiempo, se han hecho puntualmente realidad los peores miedos populares de hace una generación con respecto a las consecuencias de un excesivo desarrollo urbano a remolque del mercado. Décadas de falta de inversión sistemática en vivienda e infraestructura urbana, combinadas con subsidios grotescos para los especuladores, una calificación permisiva del suelo para el desarrollo comercial, la ausencia de planificación regional efectiva y los impuestos ridículamente bajos sobre el patrimonio de los más ricos, han hecho inevitable la pérdida de calidad de vida para las clases medias en las antiguas áreas residenciales, así como para las clases bajas de las ciudades. (p. XIX)

«Si Los Ángeles se ha convertido en el arquetipo de la unánime y dócil subordinación de la intelectualidad industrializada a los designios del capital, también ha sido terreno fértil para algunas de las críticas más agudas contra el capitalismo tardío y, en particular, contra las tendencias degenerativas de sus estratos intermedios» (p. 3). El ejemplo más claro de lo anterior: el género negro, tan popular en la ciudad tanto en el cine como en la literatura, que presenta la ciudad tanto como «utopía y distopía para el capitalismo avanzado».

«Por mucho que el surgimiento de Los Ángeles en el desierto fuera el resultado de gigantescas obras públicas, la construcción de la ciudad se ha dejado por el contrario a merced de la anarquía de las fuerzas de mercado, con muy escasas intervenciones del Estado, los movimientos sociales o las figuras públicas.» (p. 6) Aquí Davis empieza una reflexión sobre la visión o el imaginario que desarrolló tanto el cine como la novela negros sobre la ciudad; por desgracia, no entraremos a fondo en el tema. El Marlowe de Chandler, por ejemplo, «simboliza del mismo modo el pequeño empresario atrapado en su lucha con los bandidos, la policía corrupta y los ricos parasitarios (que normalmente son también quienes le contratan); un simulacro romantizado de la relación del escritor con los magnates y guionistas de los estudios» (p. 22). En algunos casos, el cine suavizaba la crítica (El sueño eterno, la novela «más anti-ricos de Chandler» convertida en «un ambiente erótico para Bogart y Bacall» por Howard Hawks, por ejemplo); las Crónicas marcianas «giran en torno a las contradicciones entre la búsqueda de nuevas fronteras hacia el oeste, a lo Turner, y la conmovedora nostalgia hacia la América de los pequeños pueblos» (p. 24). Se citan la inevitable Blade Runner, con su acertada visión distópica, descarnada y con preponderancia asiática; o la Menos que cero de Breat Easton Ellis y a James Ellroy.

Otra de las fuentes que han regado el imaginario de Los Ángeles son los exiliados: Adorno (con su diario Minima moralia escrito durante su exilio en la ciudad), Horkheimer, Brecht, Huxley, Isherwood «se quejaban amargamente de la ausencia de una civitas a la europea (o incluso al estilo Manhattan), con lugares públicos, multitudes sofisticadas, aura histórica e intelectuales críticos» (p. 30) De este núcleo surgió la visión de Los Ángeles como una «anticiudad» y la concepción de Estados Unidos, para los europeos, de algo distinto al mito del cowboy y el emprendedor que se tenía hasta entonces. Adorno y Horkheimer, especialmente, se fijaron para su Dialéctica de la ilustración en las casas unifamiliares y los suburbs que se extendían hilera tras hilera, con una «concepción de lo urbano» que «expulsaba del escenario tanto a las masas (en su encarnación heroica, como «motor de la historia») como a la intelectualidad crítica» (p. 31). Davis habla, incluso de los precursores de las «aventuras en la hiperrealidad» de Eco y Baudrillard, como Anton Wagner con su Los Ángeles. La ciudad de dos millones de habitantes en el sur de California (1935) o el Shadows in Paradise de Erich Maria Remarque. Y, por supuesto, «prácticamente todos los europeos denostaron la proletarización de la intelectualidad por parte de Hollywood» (p. 35).

Luego se creó un enorme ecosistema económico con el objetivo de generar una cultura autóctona en la ciudad. El edificio que lo ejemplifica es el centro Getty, un enorme complejo con museo, biblioteca o fundación privada; y el artista, Edward Ruscha, «tal vez el mejor ejemplo del aburguesamiento de la generación de Ferus después de los sesenta» (p. 51), convertido en una colección de imágenes pop sin contenido ideológico agresivo. «Los grandes promotores y sus socios financieros, junto con unos pocos magnates del petróleo y del espectáculo, han sido la fuerza motriz de esta alianza público-privada para construir una superestructura cultural con vistas a la proyección de Los Ángeles como «ciudad internacional» (p. 53).

Toda esta visión cristalizó en la obra de Reyner Banham Los Ángeles. La arquitectura de las cuatro ecologías (1971), donde elogiaba todo lo que hasta entonces había sido desdeñado por los críticos tradicionales («los automóviles, las tablas de surf, las casas en las laderas de la colina y algo llamado la arquitectura de Los Ángeles», p. 55). Según Banham, «las arquitecturas y el paisaje polimorfo de Los Ángeles obtenían una unidad inteligible gracias a la red de autopistas en una metrópolis que hablaba el lenguaje del movimiento, no el del monumento» (p. 55). El libro «estableció los parámetros (vernáculo, descentralizado y promiscuo) que continúan siendo el marco para la visión que tiene el mundo del arte de lo que ocurre en California» (p. 56).

Davis acaba este primer capítulo hablando de la Escuela de Los Ángeles. Si la Escuela de Frankfurt se denominó así por su base y la de Chicago, por su objeto de estudio, la de Los Ángeles tiene un poco de ambas: «al mismo tiempo que estudian Los Ángeles de forma sistemática, los investigadores de UCLA se interesan más en sacar jugo a la metrópolis, al estilo de Adorno y Horkheimer, como laboratorio del futuro» (p. 64). En efecto, durante la década de los 80 y 90 se percibía la ciudad como un emblema de lo que estaba por suceder, un lugar enorme donde confluían los flujos de la globalización, el postfordismo, las grandes conurbaciones, la territorialización/desterritorialización, las inversiones llegadas desde Asia… Los dos grandes nombres de la Escuela son Edward Soja (del que leímos tanto Postmetrópolis como un artículo aparecido en Variaciones sobre un parque temático) como el propio Davis (otros nombres serían Dear, Scott o Storper, como vemos en esta introducción a la escuela en el blog multipliciudades de Álvaro Sevilla-Buitrago).

El segundo capítulo es una historia económica de la ciudad, que no reseñamos. El tercero empieza con tres hipótesis (prácticamente axiomáticas) sobre «la vida en las áreas residenciales de unifamiliares de Los Ángeles» (que nosotros denominaremos suburbios):

  • Hecho 1: «los propietarios de viviendas de Los Ángeles (…) aman a sus hijos pero aún quieren más al valor de sus bienes inmuebles»;
  • Hecho 2: en la ciudad, «comunidad significa homogeneidad de raza, clase y, especialmente, de valor de los inmuebles». Las denominaciones de lugares o los carteles que las identifican no tienen validez legal alguna.
  • Hecho 3: «El movimiento social más poderoso en el sur de California contemporáneo es el de los vecinos de clase acomodada que se organizan en nombre de comunidades o de barrios y que se implican en la defensa del valor de sus inmuebles y de la exclusividad del vecindario» (p. 126-127).

Todo lo cual, claro, eclosiona en las actuales gated communities, espacios cerrados de acceso exclusivo para sus habitantes con protección privada las 24 horas del día.

Davis sitúa la historia de estas primeras asociaciones de propietarios, que se unían con un fin común (a menudo, mantener los precios y la exclusividad de sus zonas, tanto económica como racialmente) en los años 20, cuando las primeras comunidades privilegiadas (el Westside) construían un «muro blanco» alrededor de la comunidad negra de Central Avenue (p. 134) con el objetivo de impedir a los negros comprar viviendas en su zona, no tanto por racismo estructural (o puede que sí) sino porque la llegada de estos negros haría bajar el precio de la zona.

En los años 50 existía otra herramienta: constituirse como pequeños ayuntamientos independientes. Esto permitía, sobre todo, manejar la poderosa herramienta de las calificaciones del suelo. Por otro lado, también implicaba la necesidad de financiar todos los servicios sociales necesarios para la población, por lo que sólo algunas zonas privilegiadas se lo podían permitir (Beverly Hills o San Marino). Pero pronto dieron con un método para quedarse con lo bueno y obviar lo malo: el plan Lakewood.

Para impedir el recorte de presupuesto y de mano de obra que acarrearía la autonomía, e igualmente en contra de cualquier forma de consolidación metropolitana, los supervisores del condado de Los Ángeles le permitieron a Lakewood contratar los servicios vitales (bomberos, policía, biblioteca, etcétera) a los precios de coste resultantes de la economía de escala del condado (es decir, indirectamente financiados por todos los contribuyentes del condado). Esto permitió a las comunidades residenciales de las afueras reclamar el control sobre la calificación y la determinación de zonas urbanas, sin tener que arrostrar la carga proporcional de gastos públicos. (p. 139)

Por si no fuese poco, luego se aprobó la Ley Bradley-Burns, en 1956, que «permitía a todos los gobiernos locales del estado recaudar un impuesto uniforme sobre las ventas del 1 por ciento». Es decir: las áreas de las afueras, donde a menudo se levantaban los centros comerciales, podían financiarse mediante un impuesto directo (y por lo tanto, regresivo, porque se aplicaba a toda la población por igual) en vez de mediante impuestos sobre el patrimonio, que son regresivos y penalizan a quien más tiene.

No hace falta decir que, al proporcionar una escapatoria tan atractiva para esquivar la ciudadanía municipal corriente, el Plan Lakewood alimentó la huida de los blancos de Los Ángeles, reduciendo al mismo tiempo la capacidad de la ciudad para responder a las necesidades de la creciente población con rentas bajas y en régimen de alquiler. (p. 139)

Lógicamente, estas decisiones políticas aumentaron la segregación residencial. Por ejemplo, la población negra de Los Ángeles en 1980 era del 13 por ciento pero 52 de las 83 ciudades (30 de la cuales, siguiendo el Plan Lakewood) tenían una población negra del 1% o menor. Análogamente, el condado de Orange (concebido como un Plan Lakewood a lo grande) tiene un 0.6% de viviendas negras. Davis denomina a este proceso un «derecho a marcharse» financiado con dinero público «así como una poderosa razón nueva para organizarse en torno a la protección del valor de sus inmuebles y sus estilos de vida» (p. 142).

La historia del activismo de los propietarios en el sur de California se divide en dos épocas: la primera, entre 1920 y 1960, consiste en el «establecimiento de la utopía burguesa: la creación del entorno residencial, racial y económicamente homogéneo para mayor gloria de la vivienda unifamiliar»; y el siguiente periodo, la defensa de estos enclaves frente a una serie de enemigos (p. 143), en ocasiones reales y en otras imaginarios. Por un lado, el nuevo urbanismo (nacido del racionalismo de Le Corbusier) pregonaba que edificios de apartamentos para la clase media. Por el otro, el propio desarrollo a gran escala amenazaba «las instalaciones al aire libre, que eran la base del estilo de vida y el valor de los inmuebles ricos»(p. 143). Esta lucha confluyó con el «movimiento medioambiental patricio» que trataba de defender los enclaves ecológicamente importantes de la ciudad, como las montañas de Santa Mónica, una serie de colinas donde se levantan la flor y nata de las mejores viviendas de la ciudad.

En definitiva, es una batalla, clásica en determinadas zonas de Estados Unidos, entre vivir en zonas unifamiliares, cada cual con su hogar y su espacio, algo ecológicamente muy contaminante, ya que requiere el vehículo para todo, entre muchos otros defectos, o vivir con una mayor densidad. A esta batalla se le fueron sumando, con el tiempo, otra gran cantidad de factores, como el hecho de que cada vez son necesarias mayores autopistas para absorber el desmesurado número de vehículos de la ciudad o que las depuradoras de agua de la ciudad no dan abasto para tal cantidad de personas repartidas en un espacio tan desmesurado (aquí es donde leemos al Davis más apocalíptico).

La forma actual que toma esta lucha ya la apunta Davis al final del capítulo: Not In My Back Yard, traducido como «en mi jardín, no»: la pataleta de los propietarios de que toda necesidad social que implique alguna posible molestia sea construida lejos de su hogar. Ya sea una depuradora, un vertedero, una sinagoga o incluso las líneas de un tren que hubiese facilitado el acceso al centro de la ciudad a los trabajadores de la periferia y que se acabó convirtiendo en un subterráneo, mucho más caro, para no molestar el descanso semanal del sabbath de una comunidad judía (p. 178).