Escuchar y transformar la ciudad

Ya hemos hablado largo y tendido en el blog de cómo el racionalismo arquitectónico llegó, de la mano de Le Corbusier y La carta de Atenas, con la intención de mejorar las ciudades y sus condiciones de vida mediante la zonificación. Ésta consistía en separar en diversos sectores las tareas que las personas llevan a cabo en las ciudades: la residencia por un lado, con grandes edificios rodeados de zonas verdes; el trabajo por el otro, el ocio en un tercero y un cuarto espacio para conectar los anteriores: la calle y las vías de tránsito, cedidas al tráfico rodado. Es decir: a los vehículos, mientras que los peatones quedaban relegados de la calle.

En cuanto esta teoría se fue volviendo realidad se convirtió, grosso modo, en zonas completas a las afueras de las ciudades dedicadas sólo a vivienda, sin nada que hacer en sus calles; los grands ensembles franceses o las ciudades del extrarradio españolas son un buen ejemplo. Para gestionar tanto tráfico del exterior hacia el interior de la ciudad, sin embargo, hubo que realizar grandes obras faraónicas que arrasaron barrios enteros.

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Jane Jacobs, de la que acabaremos poniendo todas las fotos disponibles en internet.

La primera en poner el grito en el cielo (o la que más levantó la voz, aunque de forma racional y sosegada) fue Jane Jacobs, neoyorquina considerada la urbanista más influyente de la historia. Con su Muerte y vida de las grandes ciudades, denunciaba la sistemática destrucción de las redes familiares, de amigos y vecinos que se habían formado en los barrios y que estos proyectos iban destruyendo sin tener en cuenta. El espacio público, defendía Jacobs, era un bien de todos: los que lo habitaban y los que lo transitaban. Además de generar algunos conceptos que han pasado a formar parte del lenguaje del urbanismo, como la diversidad de usos, que se opone a la zonificación pues propone que en un mismo entorno coexistan muy diversos tipos de edificios, para evitar que todos sus usuarios se concentren a la misma vez y dejen vacías las calles el resto del tiempo (lo que sucede, por ejemplo, en La Défense, como denunciaba Bauman, ocupada sólo de nueve a cinco los días laborables) o el ballet de las aceras, la coreografía imposible de seguir del trajín diario por las calles que es señal de un espacio público saludable. Jacobs se opuso a Robert Moses, el gran urbanista de Nueva York que quería derrumbar el bario de Greenwich donde ella habitaba para hacer sitio a una autopista, y consiguió ganar y proponer una nueva forma de gestionar las ciudades.

La otra piedra de toque en el cambio urbanístico fue la renovación de Bolonia, de la que hablamos a propósito de Ciudad hojaldre, de Carlos García Vázquez: una renovación respetuosa con la historia de la ciudad, su distribución en barrios, los usos que los ciudadanos hacían de las calles. No todas las ciudades son Bolonia, sin embargo, pero el hito que marcó su renovación dejó huella y es, de algún modo, a lo que aspira el urbanismo actual: a no ser intrusivo, a respetar el espacio urbano, el derecho a la ciudad de Lefebvre; la enésima iniciativa de París, la ciudad de los 15 minutos, abunda en esta dirección, proponiendo una ciudad fácil de recorrer a pie o en bicicleta donde todos los usos que el ciudadano pueda necesitar están a una distancia que se recorra en un cuarto de hora. Ecológica, agradable y dando prioridad al peatón o ciclista.

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De todo esto que les hemos hablado trata el libro Escuchar y transformar la ciudad. Urbanismo colaborativo y participación ciudadana, de Paisaje Transversal, una oficina de urbanistas creada en 2007 en Madrid que propone «procesos de transformación de ciudades y territorios desde una perspectiva integral y participativa». En vez de la participación ciudadana, proponen el método de «escuchar» a los residentes de la zona, concepto que consideran más amplio, amén de otros para fomentar la interacción entre urbanistas y ciudadanos. Sin embargo, algo erróneo debe de haber en un libro cuando, tras cuarenta páginas leídas, aún no se ha dicho mucho: abundan las palabras participativo, integral, propuesta, gestión, urbanismo; y se dan unos someros ejemplos de buenas propuestas que se han llevado a cabo; pero no aparece un verdadero plan sistemático capaz de generar ciudades distintas a las actuales, como por ejemplo lo hace Jan Gehl en cualquiera de sus libros (aunque citaremos el maravilloso Ciudades para la gente). Gehl y su estudio analizan los sentidos humanos, preparados para velocidades de 5 km/h en vez de las habituales de los vehículos, aproximadamente 60 km/h, y denuncian cómo las ciudades se habían ido vendiendo al tráfico rodado, con grandes carteles para ser legibles desde el coche y poca diversidad para un peatón que pasea. A partir de ahí, ofrecen una serie de consejos, extrapolables a cualquier ciudad del mundo, sobre cómo distribuir las calles para crear un espacio público agradable de transitar y donde las personas puedan hacer lo que las personas, en las ciudades, prefieren hacer: observarse unos a otros.

No hallamos recetas similares en este Escuchar y transformar la ciudad; nos parece más bien un panfleto elaborado, una exposición de la propia labor de Paisaje Transversal destinada más a una soirée en la que recaudar fondos y explicar, brevemente y sin apabullar, con una copa de champán en la mano, en qué consiste su labor; y nos parece una oportunidad perdida, porque una de las tareas mastodónticas que enfrenta la ciudad es la degradación progresiva de su espacio público, gentrificación y museificación mediante, por citar sólo dos ejemplos sangrantes.

Ciudad hojaldre, de Carlos García Vázquez

Volvemos a nuestro muy admirado Carlos García Vázquez, autor del indispensable Teorías e historia de la ciudad contemporánea del que hicimos gran cantidad de entradas y que nos sirvió como manual para el blog. Ciudad hojaldre. Visiones urbanas del siglo XXI, publicado dos años antes que el anterior, en 2004, sigue una estructura similar: ante la imposibilidad de abordar la ciudad desde un único punto de vista, García Vázquez lo hace desde cuatro: el culturalista, el sociológico, el organicista y el tecnológico. Además, cada uno de estos puntos de vista trata aspectos distintos, lo que nos da un total de doce ciudades posibles, a modo del Ciudades del mañana, de Peter Hall (al que recurre en alguna ocasión). Cada ciudad existente es, en una u otra medida, suma de las doce ciudades descritas. Vamos a por ellas.

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I. La visión culturalista

Siguiendo la definición dada por François Choay, García Vázquez entiende el «culturalismo» como un hilo intelectual que une a John Ruskin con William Morris, Camilo Sitte, Raymond Unwin y otros en su expresión de que la ciudad es un hecho cultural. Los culturalistas, a diferencia de los progresistas, defienden los valores espirituales de la persona, frente a sus necesidades materiales. No es difícil encontrar una vena nostálgica en esta visión, un retorno a lo primigenio, a la comunidad, el campo, la artesanía; es fácil hallar rastros, por ejemplo, de la ciudad jardín de Ebenezer Howard llevada a cabo luego por Unwin. Cuando la economía ha sido boyante, esta visión ha quedado soterrada; cuando la economía ha fallado y los modelos progresistas estaban en decadencia, el culturalismo resurgía con todo su esplendor.

La visión culturalista nos da tres ciudades posibles:

  • la ciudad de la disciplina (Aldo Rossi, la Tendenza y bolonia);
  • la ciudad planificada (o la adaptación de las teorías anteriores a la realidad de la ciudad de los 80);
  • la ciudad posthistórica (rousificación, new urbanism, ciudad simulada)

Junto con la reivindicación de la disciplina y la apelación al estructuralismo como método de análisis, el tercero de los pilares sobre los que se asentó el pensamiento urbano de Aldo Rossi fue el argumento de la identidad. Para la Tendenza, la tipología no era simplemente una cuestión formal, sino, también, la manifestación de una manera de vivir. En La arquitectura de la ciudad, el libro más emblemático de este movimiento, Rossi se refería a la ciudad como una expresión social, un producto de la colectividad, lo cual le llevó a hablar del «alma de las ciudades» al referirse a la esencia y el modo de ser que las particulariza. La ciudad de la disciplina cuadraba así su compromiso con la visión culturalista. (p. 9)

Resumamos los orígenes de la ciudad de la disciplina: siguiendo la estela de Gramsci, una serie de intectuales italianos se planteó la reformulación de un nuevo marxismo de izquierdas en los 70. Aldo Rossi y la Tendenza aplicaron el mismo principio al urbanismo; como única disciplina necesaria sobre la que apoyarse aceptaron la historia, pues la ciudad es un hecho en la historia; y como metodología, la predominante de la época: el estructuralismo. Establecieron que la unidad básica era el «tipo» («elemento urbano irreducible y permanente en una determinada continuidad histórica; es decir, una letra del texto urbano») y la morfología básica era la tipología residencial.

La piedra de toque del movimiento fue la crisis del petróleo, que supuso el paso de una ciudad que trataba desesperadamente de continuar creciendo a ciudades que buscaban permanecer y propiciaban un discurso más conservacionista. A ello hay que sumarle los discursos ecologistas; por todo ello, «las administraciones públicas europeas se aprestaron a facilitar recursos económicas, legales y técnicos necesarios para proteger la ciudad tradicional» (p. 10).

La ciudad que ejemplifica esta visión es Bolonia: a lo largo de los 70 fue estudiada desde todos los puntos de vista hasta que se configuró un plan que tenía en cuenta toda su idiosincrasia, reforzaba la recuperación del casco histórico y la dotaba de grandes entidades culturales pero al tiempo evitaba la creación de megacomplejos ajenos al tejido de la ciudad.

[Dejamos aquí un link de Urban Networks donde se explica cómo se llevó a cabo la renovación de Bolonia.]

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Pero Bolonia no era un ejemplo válido: se trataba de una ciudad pequeña, con una historia muy potente que la había dotado de gran personalidad, con monasterios, plazas y recodos. ¿Qué pasaría cuando se aplicase la misma doctrina a una ciudad contemporánea, fruto de la lucha de poderes económicos, repleta de autopistas, complejos industriales y centros comerciales?

Pues que se pasaba a la ciudad planificada, aquella donde el plan urbanístico, que había sido la biblia de los urbanistas, daba paso al proyecto urbano, que entendía la ciudad, no como un todo, sino como una suma de partes que podían ser acometidas de forma más o menos autónoma.

Los técnicos, encargados de hacer frente a la nueva realidad urbana, por tanto, seguían sin disponer de un corpus teórico eficaz desde el que actuar [ya hemos visto que la teoría desarrollada por la Tendenza sólo era válido para un tipo concreto de ciudad y situación]. Ello dio lugar a que, al reactivarse el crecimiento económico en la década de 1980, decidieran arrinconar los planos generales y las normas urbanísticas para lanzarse en brazos de los inversores privados. A partir de entonces, la ciudad empezó a proyectarse caso a caso, de manera parcial, flexible y a corto plazo. La figura del plan fue suplantada por lo que Hall denominó la «ciudad de los promotores». Comenzaba así el desmantelamiento del sistema de planificación heredado del movimiento moderno. La desregulazión tardocapitalista había llegado al urbanismo. (p. 15)

El ejemplo, en este caso, es Canary Wharf, la zona portuaria de Londres. Repleta de antiguos trabajadores de los estibadores, ahora casi sin empleo, necesitaba una regeneración urbana urgente; la ciudad la acometió con ayuda de las iniciativas privadas y hoy en día es el segundo complejo financiero de la ciudad.

Apoyada por el gobierno de Margaret Thatcher, la lógica empresarial de la ciudad de los promotores se extendió por toda Gran Bretaña. La consiga: market leads planning, es decir: «el mercado decide y la administración gestiona». Sin embargo, la propia experiencia de Canary Wharf demostró errores: por ejemplo, que la gestión de determinados servicios (el transporte público, en este caso) no podía quedar en manos privadas.

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Pero la teoría italiana, aunque algo desplazada, no había salido de la palestra. Bernardo Secchi publicó en 1984 un artículo titulado «Las condiciones han cambiado» para referirse a una serie de condiciones que se estaban dando en las ciudades europeas en la época: «fin del crecimiento urbano, descenso de la población, desmantelamiento industrial, terciarización» que cristalizaban en una nueva forma de comprender la ciudad: «La ciudad y el territorio donde viviremos en los próximos años ya está construido».

El 80% del territorio que ocuparían las ciudades europeas en el 2020 ya estaba construido; y los cambios que se iban a dar serían, sobre todo, para mejorar la calidad de vida de los ciudadanos y el valor de sus infraestructuras. Es decir, el urbanismo debía abandonar su plan maestro, concebido como forma de ordenación y organización del crecimiento de la ciudad, y adaptarse a esta nueva forma de reutilizar un territorio ya urbanizado. Frente a los términos usados por la Tendenza («tipo», «estructura», «monumento»), Secchi propuso hablar de «reglas» y «excepciones». «En la ciudad heredada era posible reconocer reglas, maneras de actuar repetidas -modos de asentamiento, subdivisiones del suelo, conexiones interior-exterior, tipos arquitectónicos, técnicas constructivas, etc.- que provienen de códigos sociales y culturales compartidos, es decir, que tienen su origen en la identidad y la tradición de las ciudades» (p. 19). El vocablo «regla» es mucho más flexible que «tipo» o «estructura»; además, la «excepción» permite incluir todos aquellos enclaves que, por su idiosincrasia, escapan a cualquier generalización.

Secchi denominó a los planes urbanísticos surgidos a la luz de esta concepción como «de tercera generación» (los planes de la primera generación, alrededor de 1950, tenían por principal objetivo la expansión urbana; los de la segunda, dotar a la ciudad de servicios sociales adecuados). Los planes de tercera generación tuvieron dos grandes factores adversos en su contra: el primero, el precio del suelo. Puesto que la ciudad ya no iba a crecer, el suelo se convirtió en un bien preciado que no dejó de aumentar su valor. Por otro lado, el tráfico urbano se demostró incapaz de absorber los nuevos volúmenes de movilidad urbana. El ejemplo, en este caso: Milán, cuyo plan tuvo que ser modificado en gran cantidad de ocasiones.

Para evitar los problemas que hubo en Milán, el plan urbanístico adoptó diversas formas, pero la que más éxito obtuvo y ha calado hasta nuestros días es la del Plan Estratégico. Mientras que el plan general es un producto cerrado en el tiempo, el plan estratégico es un documento en proceso, atento a las circunstancias; el primero propone medidas y normativas, el segundo, estrategias; uno atiende a la oferta del suelo e infraestructuras, el otro a la demanda de ciudadanos y empresas. Muchos de sus métodos, de hecho, provienen de la terminología empresarial; como apunta García Vázquez, «la ciudad de los promotores y la ciudad planificada parecen haber llegado a un punto de acuerdo» (p. 23).

Fue Jean-François Lyotard quien relacionó el fin de la modernidad con el «fin de la historia» o, al menos, con el fin de la Historia Universal de la Humanidad organizada como un metarrelato unitario donde los acontecimientos eran enlazados de un modo coherente a lo largo del tiempo. Frente a este impecable modelo histórico, los intelectuales postmodernos apelaban a una comprensión más problemática del pasado, a un discurso fragmentado en «pequeños relatos» no concatenables de un modo lineal. […]

Según el filósofo norteamericano Fredric Jameson, el fin de la historia supuso que el individuo peridera su capacidad para organizar pasado y futuro en una experiencia congruente, lo que derivó en una especie de esquizofrenia colectiva, en la quiebra de los vínculos de la cadena de significante que generaban sentido en los discursos. Para la ciudad histórica ello significó la deriva hacia un espacio donde miles de fragmentos heterogéneos y aleatorios flotaban sin arraigar, como significante sin significado ni vinculación entre sí. La catedral de Florencia no representa ya el poder de la Iglesia, el Palazzo Vecchio no representa ya el poder de la burguesía y la Via dei Calzaioli que los conecta no representa ya el equilibrio de poderes en la ciudad medieval. Catedral, ayuntamiento y calle no son más que tres fragmentos urbanos tan sólo unidos por la línea roja que los enlaza en los planos turísticos. (p. 26)

Se da paso así a la ciudad posthistórica, «escenarios teatrales codificados arquitectónicamente que anulan, reforman y homegeneizan las identidades y las tradiciones locales». El problema (Marie Christine Boyer, The City of Collective Memory) surge cuando los ciudadanos van pasando de estas islas donde se recrean diversos momentos históricos y apartan su atención de otras zonas menos favorecidas (guetos, tugurios), «inhibiendo su deseo de exploración por luchar por una sociedad más justa».

De hecho, la renovación de la ciudad posthistórica se lleva a cabo, la mayoría de las veces, siguiendo criterios de consumo. Los ejemplos abundan en Estados Unidos: «el principal factor que ha inducido la rehabilitación de los cascos urbanos norteamericanos ha sido el turismo, que ha impulsado fenómenos como la «rousificación» (término de Peter Hall que ya mencionamos).

New York Times Square

Un buen ejemplo de ello es Times Square. Durante las décadas de 1940 y 50, de la mano del cine, se convirtió en el corazón de Nueva York; pero en los 60 y 70 cayó en la decadencia y se volvió nido de locales de sexo barato y narcotráfico. Cuando fue renovada hasta convertirla en lo que es hoy, se recurrió a una recreación histórica de su época dorada, generando una «Times Square más Times Square que la original, una perfecta ciudad posthistórica, empaquetada y puesta a la venta como un producto turístico más de Nueva York» (p. 29). Cuando la historia no ofrece modelos válidos, se inventan: Battery Park. O, incluso, se aprovecha cualquier suceso para incluirlo en la recreación histórica: la Zona Cero, cargada de simbolismo.

Cuando la recreación posthistórica abandona la ciudad y se instala en suburbios, surgen zonas como Seaside, una colonia turística construida en Florida que tomó como modelo las ciudades norteamericanas pequeñas de 1920 y 1930. Seaside es conocida por ser el plató donde se rodó El show de Truman. Pero a lomos del new urbanism existen multitud de colonias distintas por todos Estados Unidos que recrean distintas formas arquitectónicas: Celebration, a pocos kilómetros de Orlando, gestionado por Disney, recrea un pueblo estilo «conquista de la frontera» donde todo está reglado: el estilo de las calles, de los edificios, la vegetación…

Celebration es un ejemplo químicamente puro de ciudad posthistórica, un entorno urbano cerrado en sí mismo donde la arquitectura, la forma urbana y el estilo de vida han sido diseñados y controlados para recrear un mundo de ensueño. Comparte objetivo con la visión culturalista: combatir el desarraigo postmoderno, generar sensación de historia, de identidad, de cultura; de habitar universos estables y seguros. (p. 37)

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Seaside, Florida

Cada capítulo del libro viene acompañado de un apéndice en el que se destaca una ciudad donde predominan las ciudades que se han comentado en él. El primer apéndice está dedicado a Berlín. Tras la Segunda Guerra Mundial intentó ser ciudad de la disciplina para gestionar su reconstrucción; fracasó y no tuvo más remedio que aceptar la intervención de las empresas privadas (el ejemplo canónica: el Sony Center de Potsdamer Platz) para volverse ciudad planificada; finalmente, aceptando sólo a medias su pasado y jugando con él (East Side Gallery, Judisches Museum, Check Point Charlie) se vuelve ciudad posthistórica.