Planeta de ciudades miseria, Mike Davis

Planeta de ciudades miseria (2006, leemos la edición de Akal de 2007 traducida por José María Amoroto), de Mike Davis, es un estudio abrumador sobre las consecuencias de la nueva organización urbana capitalista de las últimas décadas, especialmente en las ciudades de lo que antaño se conocía como Tercer Mundo y que hoy se denomina, de forma eufemística, países emergentes o el sur global. A Mike Davis ya lo leímos en Ciudad de cuarzo, un estudio heterodoxo sobre Los Ángeles que, además de ser uno de los pistoletazos de salida sobre los estudios de la ciudad y la Escuela de Los Ángeles (de la que hablábamos hace nada a raíz de la lectura de otro de sus componentes, Edward Soja) fue de los primeros en poner de manifiesto las consecuencias que la segregación cada vez mayor de la ciudad estaba teniendo sobre los pobres: más muros, más murallas, edificios que parecían fortalezas y una sobreabundancia de seguridad que, con la excusa de proteger, suponía un aumento desmedido del control.

Precisamente con Soja volvíamos a Lefebvre y a cómo el espacio se produce; algo que Harvey no ha dejado de repetir, que la estructura capitalista es espacial, lo que está generando que las distinciones entre campo y ciudad ya no sean viables; si acaso, sólo entre espacio explotable y espacio cuyos costes (distancia, inaccesibilidad) aún impiden que sea producido (y explotado).

El resultado de este choque entre el mundo rural y el urbano, tanto en China como en el sureste de Asia, India, Egipto y quizá África occidental, es un paisaje hermafrodita, un campo parcialmente urbanizado que para Guldin puede representar «un sendero nuevo en el desarrollo y los asentamientos humanos […] una forma que no es rural ni urbana sino una mezcla de las dos, donde una densa red de transacciones ata los grandes núcleos urbanos a las regiones que les rodean» [G. Guldin, What’s a Peasant to DO?]. El arquitecto y urbanista alemán Thomas Sieverts sugiere que este urbanismo difuso, que llama Zwischendstadt (in-between city/campo-ciudad) se está convirtiendo rápidamente en el paisaje representativo del siglo XXI, tanto en los países ricos como en los pobres y al margen de la trayectoria urbana anterior. A diferencia de Guldin, Sieverts considera estas nuevas conurbaciones como redes policéntricas sin el tradicional centro ni periferias reconocibles. (p. 20)

Un proceso que lleva a una frase demoledora: «El 80% del proletariado del que hablaba Marx vive actualmente en China o en cualquier otro lugar fuera de Europa Occidental y Estados Unidos» (p. 24). El primer capítulo del libro, de hecho, se centra en cómo las grandes concentraciones urbanas del mundo ya no están en Europa o Estados Unidos (o en países no emergentes, como Tokio-Yokohama), sino Lagos, Yakarta, Ciudad de México, Bombai, Shangai.

Las causas de este cambio son sencillas: los designios del Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional. Los Programas de Ajuste Estructural, destinados, en principio, a mejorar las condiciones de los países emergentes y a liberarlos de sus deudas (contraídas por los países que los habían colonizado, claro, que eran los mismos que les exportaban sus bienes de consumo), que recortaban subvenciones, mejoras en agricultura y el paupérrimo estado del bienestar que pudiese existir. Eso empujaba tanto a los agricultores como a los funcionarios despedidos a una miseria mayor y los forzaba a competir con las multinacionales globalizadas, contra las que siempre perdían, y generaba oleadas de pobreza que, incapaces de sobrevivir en el campo, emigraban a la ciudad.

A medida que las redes locales estables iban desapareciendo, los pequeños campesinos se volvieron más vulnerables frente a circunstancias externas: sequía, inflación, subida de los tipos de interés o caída de los precios de venta. (…)

Al mismo tiempo, la codicia de los señores de la guerra y los conflictos civiles, debidos al descalabro provocado por los ajustes estructurales impuestos para absorber la crisis de deuda o la rapacidad de intereses económicos externos (…) estaban provocando el abandono de regiones enteras. Las ciudades no hicieron otra cosa que recoger los frutos de esta crisis mundial del medio rural, a pesar del estancamiento o de la recesión económica que sufrían, y evidentemente sin realizar las necesarias inversiones en nuevas infraestructuras, en fomento de la educación o en sistemas públicos de salud. (p. 28)

Lo cual rompe con la teoría social clásica (de Marx a Weber) de que las ciudades se iban a convertir, una a una, en un nuevo Manchester, Berlín o Chicago. Algo que ha sucedido con Ciudad Juárez, Bangalore o Sao Paulo; «sin embargo, la mayor parte de las ciudades Sur Global se parecen más al Dublín victoriano», un ejemplo de ciudad «hiperdegradada en el siglo XIX» porque sus barrios pobres no eran producto de la revolución industrial. «Del mismo modo, Kinshasa, Jartum, Dar-es-Salaam (…) crecen de manera prodigiosa pese a la ruina de sus industrias de sustitución de importaciones, de la reducción de sus sectores públicos y de la caída de sus clases medias.» Ciudades que, en ningún caso, poseen los recursos ni las infraestructuras para acoger a estas enormes masas migratorias y de donde surgen todos los problemas que, uno a uno, enumera el libro.

Un slum (la definición original fue «acuñada por el presidiario y escritor James Hardy Vaux, que en 1812 escribió el Vocabulary of the Flash Language, donde es sinónimo de tráfico (racket) o comercio ilegal (criminal trade). Sin embargo, ya en la década de 1830 y 1840, los pobres, más que «dedicarse» a los «slums», lo que hacían era vivir en ellos», p. 34) es, igual que lo era en tiempos victorianos, un espacio donde se dan hacinamiento, vivienda pobre o informal, falta de acceso a la sanidad y al agua potable e inseguridad de la propiedad. Estimaciones conservadoras de la ONU situaban los habitantes de los slums en cerca de 1000 millones de personas (datos de 2005), pero hay países donde alcanzar el 99.4% de la población (Etiopía o Chad) o ciudades con 10 o 12 millones de personas viviendo en dichas condiciones (Bombay), o los 9 o 10 millones de Ciudad e México y Dacca.

Los slums incluyen, por supuesto, los barrios pobres, las chabolas, las favelas; pero también la Ciudad de los Muertos de El Cairo o hasta los habitantes de las calles, aunque la mayoría se sitúan en las periferias, alejados en ocasiones hasta decenas de kilómetros del centro de la ciudad. Son, además, el lugar donde se levantan los servicios que la propia ciudad rechaza: vertederos, vertidos ilegales, industria contaminante.

En la década de 1970 se produjo un matrimonio intelectual realmente sorprendente entre el presidente del Banco Mundial, Robert McNamara, y el arquitecto inglés John Turner. El primero había sido uno de los principales estrategas de la Guerra de Vietnam y el segundo había sido un señalado colaborador del periódico anarquista inglés Freedom. Turner abandonó Inglaterra en 1957 para irse a trabajar a Perú, donde quedó cautivado por el genio creativo que percibía en la construcción espontánea de viviendas en los asentamientos ocupados. No fue el primer arquitecto en entusiasmarse con la capacidad de la gente sin recursos para la autoorganización y el ingenio que mostraban a la hora de resolver los problemas de la construcción; arquitectos y planificadores colonialistas franceses, como el Grupo CIAM en Argel, habían elogiado el orden espontáneo de las bidonvilles por la «relación orgánica entre las construcciones y el lugar (reminiscencias de la casbah), la adaptación del espacio a diversas funciones y a las necesidades cambiantes de los usuarios». Turner, en colaboración con el sociólogo William Mangin, se convirtió en un divulgador y propagandista excepcionalmente efectivo que proclamaba que las áreas urbanas hiperdegradadas eran menos el problema que la solución. Al margen de sus orígenes radicales, el núcleo de su programa de autoayuda, de aumento de la construcción y de legalización de la urbanización espontánea, coincidía exactamente con la aproximación a la crisis urbana, pragmática y de coste controlado, que defendía McNamara.

En 1976 se celebró la primera conferencia de UN-Habitat (Programa de Asentamientos Urbanos de Naciones Unidas) y también fue la fecha de publicación del trabajo de Turner, Housing by People. Towards Autonomy in Building Environments. Esta amalgama de anarquismo y neoliberalismo se ha convertido en una nueva ortodoxia que «formula un abandono radical de la vivienda pública a favor de proyectos de “urbanización y servicios” y una reforma de las áreas hiperdegradadas in situ». (p. 98)

Por supuesto, la propuesta y su respaldo no surgen tanto de lo óptimo de su aplicación como de su imbricación directa con la ideología neoliberal o tardocapitalista: que los pobres no se conviertan en un problema que el Estado deba resolver. A raíz de estas propuestas, y de un plan piloto que se aplicó en Filipinas, ya se vio cómo iban a ser las «ayudas» que recibiría cada país: fondos destinados a las inmobiliarias e intermediarios que llegaban, de forma muy diluida, a los pobres (si es que acababan llegando) y que suponían el enriquecimiento de las clases dirigentes, anuncios a bombo y platillo de esas reformas y que se traducían en escasas intervenciones de muy poco calado. En los casos en que los proyectos sí que servían para mejorar una zona («sanearla»), al cabo de pocos años la mayoría de familias pobres que habitaban la zona habían sido substituidas por familias de poder adquisitivo más alto, abocando a los residentes originales, de nuevo, al problema de la carencia de viviendas pero ahora en un lugar probablemente aún más apartado.

El otro efecto que tenían las ayudas (financiadas por el Banco Mundial y el FMI y que luego, claro, suponían el aumento de la deuda del país sin haber beneficiado a la mayoría de sus habitantes) son las ONG, que se multiplicaron y crecieron durante la década de los 90, hasta el extremo de que Davis habla del «nacimiento de un imperialismo light con las principales ONG incorporadas a la agenda del Banco Mundial y los grupos sobre el terreno dependiendo de ONG internacionales» (p.104). No es que las ONG no tuviesen buenas intenciones, que seguro que las tenían; pero, a medida que crecían sus fondos, lo hacían también sus aparatos burocrácticos, destinando cada vez mayores recursos a esos apartados y menos a las zonas donde actuaban. Y, en éstas, las ONG se convertían en poderes de facto, monopolizando los recursos estatales cercanos, los promotores, los ingenieros y constructores de la zona, que dejaban de atender a los vecinos y pasaban a formar una red clientelar con los miembros de las ONG; de ahí que Davis hable de un nuevo imperialismo light.

La segregación urbana no es un statu quo congelado, sino más bien una incesante guerra social en la que el Estado interviene en nombre del progreso, del embellecimiento e incluso de la justicia social, para redibujar las fronteras urbanas en beneficio de propietarios de terrenos, inversores extranjeros, elites nacionales y clases acomodadas. Como sucedía en París en 1860, bajo el fanático reinado del barón Haussmann, el desarrollo urbano actual todavía se esfuerza para simultanear el máximo beneficio privado con el máximo control social. (p. 130)

Como ejemplo puntual de lo anterior, además de los numerosos casos que se podrían encontrar en ciudades de todo el mundo (con especial mención a «las élites poscoloniales» que han ido reproduciendo el rol de segregación de las ciudades coloniales, con ricos en amplios barrios centrales o periféricos de baja densidad y los pobres hacinados en el resto del espacio), Davis destaca eventos efímeros que tienen el mismo efecto sobre las ciudades: los Juegos Olímpicos, haciendo especial mención a los de Atenas, Barcelona, Ciudad de México o Seúl. En todos esos casos, los Juegos han servido como excusa para vaciar zonas enormes de la ciudad habitadas por clases de bajo nivel adquisitivo y substituirlas por los ricos, con zonas ajardinadas y barrios «saneados», generando oleadas de expulsión y segregación.

Es importante darse cuenta de que a lo que nos estamos enfrentando es a una reorganización fundamental del espacio urbano, que incluye una disminución drástica de las intersecciones entre la vida de los ricos y la de los pobres en un grado que trasciende la segregación social y la fragmentación urbana tradicional. Algunos autores brasileños han hablado recientemente de «la vuelta a la ciudad medieval», pero las implicaciones que tiene la ruptura de las clases medias con el espacio público y con cualquier forma de compartir un espacio ciudadano común con los pobres suponen un cambio más radical aún. (…)

Enclaves de fantasía convenientemente fortificados, edge cities desgajadas de sus propios paisajes sociales pero integradas en una etérea globalización al estilo californiano […] todo esto nos lleva directamente a Philip K. Dick. En este «dorado cautiverio», añade Jeremy Seabrooks, la burguesía urbana del Tercer Mundo «deja de ser ciudadana de su propio país y se convierte en nómada que pertenece y debe lealtad a una topografía del dinero, que es patriota de la riqueza y nacionalista de un no lugar exclusivo y dorado». (p. 155-6)

El último capítulo analiza los «mitos de la informalidad» tomando como punto de partida la ciudad industrial; pero no escoge Mánchester ni Dublín, sino Nápoles, la Nápoles del siglo XIX retratada por Frank Snowden, una ciudad donde la mano de obra era tan abundante que existía un enorme subgrupo de la población dispuesto a cualquier cosa a cambio de algo de dinero: desde «la estabilidad» de los vendedores de periódicos que disfrutaban de una remuneración estable hasta los «mercaderes gitanos», «auténticos nómadas de los mercados que cambian de actividad según dictaban las circunstancias. Había vendedores de verduras, de castañas y de cordones de zapatos; proveedores de pizzas, de mejillones y de ropa de segunda mano; vendedores de agua mineral, de mazorcas de maíz y de caramelos…» (p. 225)

Este sector informal genera trabajo, sí, pero no es un recurso estable porque el trabajo que genera no surge de nuevo cuño, sino que subdivide el anterior: es decir, repartir entre más personas la misma cantidad, creando un subgrupo que compite necesariamente unos contra otros. Las tradicionales redes vecinales y comunales que se dan en los barrios pobres, por lo tanto, se acaban erosionando (recayendo todo su peso sobre las mujeres, que son las que deben maniobrar para mantener a la familia cuando los hombres pierden el trabajo), hasta el punto de haberse extinguido por completo en los barrios más hiperdegradados.

El espacio para nuevas incorporaciones solo se puede producir por la disminución de los ingresos per cápita y/o por la intensificación del trabajo, al margen de la disminución de los retornos marginales. Este esfuerzo para «proporcionar a todos algún nicho, por pequeño que sea, en el conjunto del sistema» opera mediante el mismo tipo de sobresaturación y «elaboración gótica» de los nichos que Clifford Geertz caracterizó celébremente como «involución», tomando prestado el término de la historia del arte, al referirse a la economía agrícola de Java durante la época colonial. La involución urbana parece ser la mejor manera de describir la evolución de la estructura del empleo informal en las ciudades del Tercer Mundo. (p. 233-4)

Esta misma pugna se daba en las ciudades industriales de la Inglaterra victoriana, pero allí existía un último recurso: emigrar a América, Australia o Siberia, a nuevos mundos donde las opciones parecían más halagüeñas. Recurso que, claro, está vedado para los habitantes pobres de hoy en día, pues sólo podrían emigrar hacia lugares más ricos cuyas fronteras están permanentemente vigiladas y donde siempre serán parias (o como poco, sospechosos) debido a su origen.

De la situación anterior surge un nuevo recurso al que los habitantes de estos barrios destinan cantidades abrumadoras de dinero: las loterías y los juegos de azar, con la esperanza de que pueda suponerles una huida; asimismo, se hacen habituales el recurso a la religión y las creencias en todas sus variantes. Especialmente sangrante es el caso de «las pequeñas brujas de Kinshasa», la involución social que ha sufrido la ciudad de forma completa hasta el punto de acabar con todo rastro de redes sociales de ayuda o cooperación y, mezclada con una visión muy particular del cristianismo y la brujería, se llega a temer a los «niños brujos», una suerte de encarnación de demonios y brujos de todo tipo en niños pequeños que, a menudo, recae sobre los hijos menores de familias que ya cuentan con muchos niños y que acaban siendo abandonados o asesinados.

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