En torno a la posmodernidad (I)

Conocimos la postmodernidad (que escribimos con «t» en el prefijo «post-«, aunque respetamos los textos que no la llevan y mantenemos su grafía) gracias al quinto capítulo de Sociología Urbana, de Francisco Javier Ullán de la Rosa. En dicho capítulo hacía una clara distinción entre la sociedad postmoderna, en la que vivimos, y el paradigma postmoderno, una cosmovisión epistemológica. La sociedad actual es postfordista, postindustrial, informacional, basada en la acumulación flexible, tardocapitalista… y tantas otras formas en que ha sido denominada. Por otro lado, el paradigma postmoderno es una forma de ver el mundo que disputaba la tradicional preeminencia del proyecto ilustrado de la modernidad y venía a decir que los grandes relatos habían muerto, que la idea de progreso se había truncado e, incluso, que tal vez la modernidad ha fracasado.

La sociedad postmoderna (o, como preferimos en el blog, postfordista) eclosionó alrededor de los años 70 del siglo pasado, cuando ciertos cambios en la economía, la política y la sociedad derrumbaron el sistema tradicional de fábrica, trabajo estable y casa de clase media y lo sustituyeron por neoliberalismo, empresas deslocalizadas, auge del sector servicios y ciudades en competencia. Al mismo tiempo, sin embargo, estallaban las campanas (sobre todo, en ciertos autores franceses vinculados al postestructuralismo) que denunciaban la caída de los grandes relatos (Lyotard), el auge del simulacro y la hiperrealidad (Baudrillard, que nunca se consideró postmoderno pero fue una figura importante del proyecto), la deconstrucción de Derrida, la autonomía del significado de Barthes y, sobre todo, cualquier texto de Foucault con sus constantes denuncias del poder que rodea, acosa, azota y subsume al ser humano.

Pero esta distinción tan clara que se puede hacer hoy en día entre los cambios sociales (económicos, políticos, culturales) y esa cierta revolución (cultural, sobre todo, también artística y estética) que se dio en sectores intelectuales es fruto del tiempo que ha pasado. En su momento, sobre todo los años 80 y 90 del siglo pasado, hubo un enconado debate entre los defensores del proyecto de la modernidad, que argumentaban que dicho proyecto aún no se había consumado y, por lo tanto, mucho menos estaba superado; y los que defendían su superación, consumación o puro fracaso. Con el paso del tiempo, decíamos, el debate dejó de tener sentido y se superó; es evidente que la sociedad se ha modificado, y también es evidente que el postmodernismo ha dejado su huella, sobre todo como etiqueta pero también en la forma de abordar las ciencias sociales y hasta la cultura. Sin embargo, tuvo su importancia, además de por las huellas dejadas, por la avanzadilla estética que supuso en las artes. Se habló de arquitectura postmoderna, se habló de ciudades, geografías y espacios postmodernos (sin ir muy lejos, el Postmodern Cities & Spaces que leímos hace poco o las constantes referencias de Edward Soja) y, como tal, es un concepto que ha ido surgiendo en el blog.

Leímos en su momento La condición de la posmodernidad, donde Harvey argumentaba que el postmodernismo no era más que una nueva forma del capitalismo que él denominó «acumulación flexible» y que venía provocada por la expansión, geográfico-temporal, del ritmo de la producción. Leímos también al Jameson de El posmodernismo o la lógica cultural del capitalismo tardío, donde concluía, desde el lado opuesto de Harvey, que la cultura postmoderna era, simplemente, el resultado de las nuevas formas del capitalismo tardío. Y leímos Los orígenes de la posmodernidad, de Perry Anderson, que venía a decir que Jameson tenía razón y era el que mejor había entendido la postmodernidad.

En torno a la posmodernidad es un simposio alrededor del concepto llevado a cabo por Gianni Vattimo y diversos autores españoles, cada cual desde su punto de vista, y que da una idea bastante precisa de por dónde fueron los tiros mientras el tema estuvo candente.

En «Posmodernidad: ¿una sociedad transparente?«, Gianni Vattimo da el pistoletazo de salida con una defensa entusiasma de la postmodernidad: «la modernidad deja de existir cuando desaparece la posibilidad de seguir hablando de la historia como una entidad unitaria» (p. 10). La historia, entendida, tal como la vio Benjamin (Tesis sobre la filosofía de la historia) como la representación del pasado hecha por un grupo dominante, llega a una crisis asociada a la crisis del progreso: «si no hay decurso unitario de las vicisitudes humanas, no se podrá siquiera sostener que avanzan hacia un fin, que realizan un plan racional de mejora, de educación, de emancipación».

Parte de esa crisis de la historia viene por «el final del colonialismo y del imperialismo», pero otro factor importante es, a juicio de Vattimo, «la irrupción de la sociedad de la comunicación», los verdaderos causantes de la desaparición de los grandes relatos de que hablaba Lyotard. La radio, la prensa y la televisión (aún no internet, en ese momento) habían supuesto la multiplicación de los puntos de vista que una persona llegaba a conocer, la multiplicación de las concepciones del mundo a que uno tenía acceso. Y eso hizo que «en los Estados Unidos de los últimos decenios han tomado la palabra minorías de todas clases, se han presentado a la palestra de la opinión pública culturas y sub-culturas de toda índole» que, si bien aún no habían conseguido representación política efectiva, Vattimo consideraba, optimista, que acabaría sucediendo.

Como conclusión, Vattimo adelantaba que «en la sociedad de los medios de comunicación, en lugar de un ideal de emancipación modelado sobre el despliegue total de la autoconciencia (…) se abre camino un ideal de emancipación que tiene en su propia base, más bien, la oscilación, la pluralidad y, en definitiva, la erosión del mismo principio de realidad» (p. 15), algo que, a tenor del auge de las políticas de identidad y la división y segregación presentes en las redes sociales, fragmentación de la audiencia y similares, pocos visos de realidad tiene. Para Vattimo, la pérdida de ese «sentido de la realidad» podía convertirse en algo positivo, al permitir a todo ciudadano informarse de modo autónomo; el sueño de la Ilustración, paradójicamente. Pero no podía prever la enorme multiplicación casi exponencial de fuentes de datos, Big Data, fake news, etc, que no han disuelto ese principio de realidad: lo han fragmentado y han forzado, en el mejor de los casos, a escoger la opción preferida; en el peor, a tener sólo una visión parcial sin siquiera ser conscientes de la parcialidad de dicha visión.

El siguiente artículo, «El neo-conservadurismo de los posmodernos«, de José María Mardones, se plantea una cuestión que fue surgiendo en ocasiones como crítica al pensamiento postmoderno: si su negativa a reconocer la existencia de un discurso ocultaba, en el fondo, una postura conservadora. Como parte positiva, Mardones destaca que el postmodernismo supo captar «la reflexión de todo nuestro siglo. Se la puede llamar la revuelta contra los padres del pensamiento moderno (Descartes, Locke, Kant e incluso Marx) (Bernstein, 1983)» (p. 21), al igual que «la pérdida de peso de las grandes palabras que movilizaron a los hombres y mujeres de la modernidad occidental (verdad, libertad, justicia, racionalidad)». Lo «objetivo» se ve substituido «por la episteme más plaśtica y flexible de la diferencia, la discontinuidad, la deconstrucción o la diseminación».

Una auténtica crítica de la razón ilustrada que, según Deleuze, trata de «ilustrar la Ilustración» y que, según Habermas, amenaza con destruir la misma razón (1985).

Nos hallamos ante un juicio encontrado que señala dos estrategias metodológicas: la posmoderna o posilustrada, que sospecha de toda universalización, porque ve tras ella una razón al servicio de la coerción y el disciplinamiento generalizado; y la neoilustrada de los teóricos críticos, que quiere ser también crítica con la razón ilustrada, pero teme el estrechamiento posmoderno de la razón como una traición al proyecto ilustrado de la modernidad y una práctica neoconservadora. (p. 22)

«Se debate la posibilidad de si los humanos tenemos razones para aceptar que poseemos algún tipo de capacidad (razón) para determinar y fundar un comportamiento y una praxis con pretensiones humanas, justas, racionales y universales.» Es decir: encontrar una verdad más allá de los localismos o los distintos grupos de identidad, una verdad o «unos principios orientadores de nuestras convicciones y afirmaciones que trascienden los contextos locales». La prisión postmoderna es, para Mardones, y siguiendo a Lyotard, el habitar «en medio de una pluralidad de reglas y comportamientos que expresan los múltiples contextos vitales donde estamos ubicados y no hay posibilidad de encontrar denominadores comunes (…) válidos para todos los juegos». «Nos encontramos, no libres de las ataduras de lo universal y del sofocamiento de las diferencias, sino atrapados en el pequeño recipiente de nuestros contextos y localismos» (p. 24). Ante la misma evidencia donde Vattimo veía la liberación del principio de realidad, Mardones ve la opresión de la realidad del localismo; sin huida posible, porque «apelar a los valores occidentales es una llamada etnocéntrica y arbitraria». Argumento similar al que leíamos en Todo lo sólido se desvanece en el aire, de Marshal Berman (la más férrea defensa de la modernidad que se ha hecho, con permiso de Habermas) al criticar la obsesión de Foucault con el poder y la imposibilidad, según el autor francés, de existir fuera de las constricciones del sistema.

El sujeto postmoderno es, por lo tanto, débil, «entregado a la fruición del manantial de la vida, perdido el vigía crítico de la razón, es un ser peligroso por desmemoriado y acrítico» (p. 27), carente de solidaridad, incapaz de reconocerse en la historia.

Predomina el olvido de los otros y del sufrimiento de los vencidos de la historia. Un pensamiento de este género, más que un «sujeto débil», nos oferta un sujeto fatigado y decrépito. Y una cultura dominada por sujetos de este estilo es, como dice duramente Baudrillard (1987), «una cultura anoréxica: la de la desgana, la expulsión, la antropoemia, el rechazo. Característica obvia de una fase obesa, saturada, pletórica». (p. 27)

La descripción de los sujetos parece bastante acertada; pero un atisbo de las causas, a tres décadas de las palabras de Baudrillard, iría más por la fragmentación de las audiencias o nuestro papel como consumidores, antes que ciudadanos, que hacia las estructuras de pensamiento postmodernas.

No sorprende, por lo tanto, que la conclusión de Mardones sea que el proyecto postmoderno es conservador en su incapacidad de atisbar universalidades y que defienda, como inacabado y susceptible de seguir adelante, el proyecto de la Ilustración. Sin embargo, en este caso vuelve a Habermas y propone algunas soluciones, la primera de las cuales es «la pluralidad de juegos de lenguaje» como incentivo par el diálogo. Defiende así aprehender un lenguaje como paso previo a adquirir la competencia para la reflexión sobre un lenguaje o forma de vida, lo que permitirá y facilitará la comunicación. Pero el aprendizaje de un solo lenguaje no lleva necesariamente a dicha reflexión; ésta se da, sobre todo, cuando se aprenden dos lenguajes distintos y a uno no le queda más remedio que darse cuenta de las diferencias entre ambos y cómo usan caminos distintos para referir el mismo lugar. Un lenguaje, uno sólo, puede confundir a su hablante; puede llevarle a pensar que ésa es la forma natural de referir algo; mientras que, con dos, esa naturalidad es imposible y uno ve la artificialidad del lenguaje. En este sentido, las localidades postmodernas, que no dejan de pertenecer a espacios concretos, parecen mucho más acertadas para permitir el paso previo a un diálogo universal que la cerrazón en una supuesta verdad absoluta.

Dejamos aquí la primera entrada y seguiremos con el resto de artículos en la siguiente.

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