La arquitectura de la ciudad, Aldo Rossi

La Revolución Industrial cambió por completo las ciudades. Ante la modernización del campo y la necesidad de mano de obra en los nuevos nodos industriales, se dio un potente éxodo migratorio que supuso un crecimiento gigante en las ciudades pero también enormes problemas de hacinamiento, sanidad, suciedad, malnutrición, mortalidad infantil o alcoholismo. Las ciudades no estaban preparadas para tal avalancha y, más o menos, sobrevivieron como pudieron. No fue un acto programado, sino una especie de batalla campal.

Con el paso de las décadas, la sociedad bienestante fue consciente de las pésimas condiciones de vivienda de los proletarios, así como de lo nocivas que eran las fábricas en el centro de la ciudad, y surgió el movimiento higienista en Inglaterra (luego también en otros países de Europa, y finalmente generalizado), donde se trataba de buscar mejores condiciones de vida. Al acabar el siglo XIX y empezar el XX, ese impulso se recondujo hacia dos visiones distintas de la ciudad:

  • por un lado, la Ciudad Jardín de Ebenezer Howard, que se originó como una revolución social (los habitantes de la ciudad serían también los propietarios de la tierra), con una población limitada que viviría rodeada de naturaleza y cierta industria y que, al alcanzar el máximo de población, supondría la fundación de otra Ciudad Jardín, lo bastante alejada de la primera para mantener una densidad de población adecuada;
  • por el otro lado, la Ciudad Radiante de Le Corbusier (Ville Radieuse), que cristaliza y condensa todo el movimiento modernista. Para esta segunda corriente, de índole funcionalista, lo importante era entender las ciudades como objetos racionales (el objetivo era la eficiencia y la hipótesis, la racionalidad del sistema), por lo que se dividieron sus zonas según las determinadas funciones: habitar, descansar, trabajar, y la famosa cuarta función: transitar entre las tres anteriores. La zona de viviendas debía de estar rodeada de luz, aire y jardines; para ello, Le Corbusier soñaba con torres de hormigón enlazadas por autopistas.

Por avatares de la sociedad y el capitalismo (que, por ejemplo, encontrarán muy bien narrados en Ciudades del mañana, de Peter Hall, o en Teorías e historia de la ciudad contemporánea, de Carlos García Vázquez, pero que en general ha ido recorriendo todas las lecturas de este blog), ninguna de estas corrientes fue implantada como había surgido, sino que se fueron transformando:

  • la ciudad jardín se convirtió en hileras de casa unifamiliares, producidas al modo industrial (Levittown, cerca de Nueva York, sería su primera muestra), lo que acabaron siendo las «urbanizaciones» en Europa (situadas al exterior de las ciudades, casas con jardín para las clases medias y medio-altas) o los suburbios de Estados Unidos (hilera tras hilera de casas idénticas, ampliando la extensión de las ciudades y convirtiéndose en algo muy, muy poco ecológico) y hasta el Sunbelt;
  • la ciudad radiante se convirtió en ciudades satélite, en barrios dormitorios alejados de la ciudad donde las clases medias, medio-bajas, iban a dormir, pero de las que se desplazaban para ir a trabajar; lugares que, en general, no favorecían el día a día, sino sólo la necesidad de tener un lugar donde descansar.

De las dos corrientes, sin embargo, la que más fortuna tuvo en Europa fue, de largo, la segunda: el racionalismo de Le Corbusier, que, a caballo de los CIAM (Congresos Internacionales de Arquitectura Moderna, de los cuales es especialmente famoso el de 1933, celebrado en un barco con destino a Atenas y del cual surgió, redactado por el propio Le Corbusier, La carta de Atenas, manifiesto fundamental del movimiento), a caballo de los CIAM, decíamos, se convirtió en la nueva forma de la arquitectura moderna. Durante 30 años, los arquitectos se formaban en las universidad con el convencimiento, y el deseo, de que no había nada mejor en el mundo que levantar torre tras torre de hormigón, separadas entre ellas por sus buenas hectáreas de césped (léase: Brasilia), y someter a la ciudad a autopistas cada vez mayores para enlazar todos los movimientos que debían darse entre zona y zona, entre función y función.

A mediados de los 60 surgieron voces que alertaban de que eso no era una ciudad; de que una ciudad era algo más que una suma de sus funciones. Era también una imagen mental, escribió Kevin Lynch en su estudio La imagen de la ciudad; era también la vida en la calle, un espacio de sociabilidad, un ballet de las aceras, concluyó, de forma demoledora, la enorme Jane Jacobs en Muerte y vida de las grandes ciudades.

En esta línea se sitúa este La arquitectura de la ciudad, del arquitecto italiano Aldo Rossi. Publicado en 1966 en Padua (leemos la edición de 2015 de Gustavo Gili, traducida por Josep María Ferrer-Ferrer y Salvador Tarragó Cid), La arquitectura de la ciudad tiene dos objetivos declarados: el primero, tratar de establecer una ciencia urbana autónoma, no dependiente de la historia ni de la morfología urbana; y, el segundo, reivindicar el papel de la arquitectura en la ciudad más allá de su función. «Funcionalismo y organicismo, las dos corrientes principales que han recorrido la arquitectura moderna, muestran así su raíz común y la causa de su debilidad y de su equívoco fundamental. De este modo, la forma se despoja de sus más complejas motivaciones: por un lado, el tipo se reduce a un mero esquema distributivo, a un diagrama de los recorridos; y, por otro, la arquitectura no posee ningún valor autónomo.» (p. 32)

Así, Rossi descarta la categoría de «función» como la que permita articular las ciudades y sus edificios, así como la propia clasificación en ciudades comerciales, culturales, industriales, etc., que llevó a cabo, por ejemplo, Weber. Los hechos urbanos son algo extremadamente complejo que debe abordarse desde una multiplicidad de puntos de vista y que no pueden ser resumidos, so pena de dejar parte del análisis fuera del espectro.

Tomemos la Alhambra de Granada. Ya no aloja a los reyes moros ni a los castellanos, aunque si aceptáramos las clasificaciones funcionalistas deberíamos decir que ese hecho constituye la principal función urbana de Granada. Es evidente que en Granada experimentamos la forma del pasado de una manera completamente diferente a como la experimentamos en Padua (o si no completamente, al menos en gran parte). En el caso de Padua, la forma del pasado ha asumido una función distinta, íntimamente relacionada con la ciudad, que se ha modificado, y es correcto pensar que todavía podría modificarse. En el caso de Granada, la Alhambra está aislada dentro de la ciudad, por decirlo de alguna manera; nada puede añadírsele y constituye una experiencia tan esencial que no puede modificarse (en este sentido, podría considerarse que el palacio de Carlos V es un fracaso, y que podría destruirse con toda tranquilidad). Sin embargo, en ambos casos estos hechos urbanos son una parte imprescindible de la ciudad porque constituyen la ciudad. (p. 50)

Rossi recuerda, por ejemplo, la voluntad de Park y Burguess, de la Escuela de Chicago, por categorizar la ciudad y sus barrios, algo que ellos mismos reconocieron que no habían podido hacer. La primera división, en círculos concéntricos, era artificial; pero también la segunda, que seguía las líneas del ferrocarril y las principales arterias de la ciudad. De hecho, siguiendo los razonamientos de Rossi, acabaríamos por concluir que todo diagramar es imposible, puesto que cada ciudad es distinta, y tal vez llegaríamos a la precesión del mapa sobre el territorio de Baudrillard. Es, tal vez, una crítica que se le puede hacer a La arquitectura de la ciudad: que, tratando de buscar una ciencia, acaba pareciendo más un estudio de casos diversos. Eso, y lo embrollado de la exposición, repleta de constantes alusiones a temas que se desarrollarán luego, que se desarrollaron antes, que se podrían desarrollar pero no se hará por falta de espacio, confunde el estudio y, más que un libro fundacional, aparece como una serie de reflexiones, inconexas a veces, sobre un mismo tema. Algo que atribuimos, sin duda, a que ese tema es algo ajeno a este blog, y sin duda influye nuestro desconocimiento sobre él.

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