Cuando muera Chueca, Ignacio Elpidio Domínguez Ruiz

Ignacio Elpidio Domínguez Ruiz es un antropólogo español nacido en 1981 que ha centrado su tesis en los barrios gays de las ciudades. Lo leímos por primera vez en Barrios corsarios, donde aparecía su artículo de 2016 «A la sombra de Chueca. Alternativas a la visión dominante del Madrid LGTB». En él, explicaba el surgimiento de un segundo Orgullo (la celebración del Orgullo Gay) en Madrid, alternativo al World Pride cuyo epicentro se encontraba en el barrio de Chueca, barrio gay por excelencia de la capital española.

Cuando muera Chueca. Origen, evolución y final(es) de los espacios LGTBI (2018, editorial EGALES) se presenta como un estudio de los espacios de diversidad sexual: su origen, evolución y posibles finales, desde la antropología urbana y sin dejar de lado otras disciplinas como la geografía o la sociología. Y, sin embargo, y pese a las ganas que teníamos de leerlo, se convierte en una magna decepción. Se trata de un recopilatorio de las investigaciones académicas sobre barrios gays (o espacios de diversidad sexual, como insiste Domínguez), las posibles ideologías y disciplinas desde las que han sido analizados y, casi, como una especie de muestrario académico sobre el tema. Y, al llegar al final del libro, a los agradecimientos, entendemos el porqué:

El grueso de este ensayo se compone del marco teórico que fui produciendo para mi tesis doctoral. En un principio iba a centrarse en el estudio de los barrios LGTBI de Madrid –sobre todo Chueca y Lavapiés– durante el WorldPride, pensando claramente en la antropología urbana. Al no conseguir una beca para el doctorado tuve que pensar en conseguir en el futuro un trabajo en una universidad privada para acumular docencia y poder acreditarme más tarde en la ANECA. Al haber más centros de este tipo con estudios de turismo decidí cambiar el enfoque de mi tesis, centrándome en la promoción turística y el WorldPride. Me quedé sin excusas para un gran número de referencias y para un marco teórico que ya no me cabía del todo en la tesis, así que decidí hacer algo con ello. (p. 216)

Y ese «algo» es este libro: un compendio de marco teórico y bibliografía académica sobre el tema de los barrios gays. No es que no se trate de un libro interesante: al enumerar los principales temas que rodean a estos espacios (sus posibles orígenes, la gentrificación asociada, la turistificación, mercantilización de las reivindicaciones de la diversidad sexual) pone un foco sobre ellos; pero dicho foco nunca se centra en exponer el tema, sino en las diversas miradas que sobre esos temas se han aplicado. Así, los temas en sí quedan desenfocados, sin tener nunca la certeza de a qué tipo de lectores está dirigido el libro. Ésa es, tal vez, la mayor crítica que le podemos hacer: parece que Domínguez ha escrito el libro para sí mismo, para poner en orden sus ideas; y el único lector completamente acertado es alguien en su misma situación.

No ayudan ciertos dejes como el de colocarse en primera persona como una parte integrante del estudio, aunque sea como observador, ni la continua substitución y corrección de toda referencia a «barrios gays» por el actual «barrios LGTBI» sin tener en cuenta, por ejemplo, que en el propio artículo de 2016 Domínguez utilizó sólo las cuatro primeras letras, LGTB. A medida que aumenta el espectro, es lógico que lo hagan también sus letras; por eso sorprende la necesidad de corregir constantemente a autores que escribían hace sólo una década sobre «barrios gays» u «orgullo gay» y substituirlo por el actual (de 2018: tal vez ya haya quedado anticuado) «LGTBI»; o la necesidad de substituir a «personas homosexuales» por «personas no heterocisexuales».

Uno de los estudios pioneros sobre barrios gays (no el primero, sino el tercero, aclara Domínguez) fue el de Manuel Castells en La ciudad y las masas, que luego recuperó y reorganizó para la segunda parte de La era de la información, El poder de la identidad (1998). Además de sentar las bases de una forma concreta de entender dichos barrios, el estudio levantó críticas por dos aspectos: el primero, que dejó completamente de lado el estudio sobre la situación inmobiliaria en el barrio, algo esencial para entender su formación; y el segundo, que no tuvo en cuenta a las lesbianas, sólo a los hombres homosexuales.

El primer capítulo del libro se centra en los estudios sobre el origen de determinados barrios gays (Castro, Chueca, Le Marais, el Gaixample). El segundo, en la asociación entre gentrificación y barrios homosexuales (insistimos: Domínguez los llama «espacios de la diversidad sexual y de género», lo que probablemente sea un nombre mucho más acertado). Uno de los grandes aciertos del libro es que no suele concluir, sino dar a entender diversas posturas y los muy complejos procesos que suelen formarlo todo: Chueca, como todo espacio de diversidad, es un microcosmos complejo insertado en una estructura aún mayor.

Especialmente interesante nos parece el modelo de evolución de los barrios gays urbanos que Alan Collins propuso (en su caso, para Inglaterra) en 2004 y que consiste en cuatro etapas sucesivas a las que posteriormente Brad Ruting (2008) añadió dos más, dos posibles finales:

  • 1. Precondiciones: «se hace necesaria una zona decadente con actividades delictivas o marginales, y una abundante oferta de locales y viviendas asequibles» (p. 63), con al menos un local gay en el entorno.
  • 2. Emergencia. «Aglomeración de negocios de ocio, sobre todo clubes nocturnos»; renovación de los locales existentes y aumento de la población gay masculina.
  • 3. Expansión y diversificación. Aumentan la densidad social y, sobre todo, la visibilidad.
  • 4. Integración. El barrio se abre a un público masivo, se hace popular, llegan otros residentes (heterosexuales, mayor poder adquisitivo) y los «colonos» iniciales son expulsados o abandonan el barrio ante su renovación.
  • 5. Fragmentación. La población LGTBI se traslada a otros barrios más asequibles; en este caso surgen diversos espacios, aunque ninguno de tal centralidad.
  • 6. Desconcentración. «Dispersión residencial y comercial a través de diferentes espacios mixtos, virtuales y físicos, suponiendo la desaparición de los barrios clásicos» (p. 64)

En cuanto al tema de la gentrificación, Domínguez observa una multiplicidad de propuestas que hacen casi imposible definir el concepto, situando en un lado el «revanchismo urbano» de Neil Smith, que se enfoca en el retorno a la ciudad de las clases enriquecidas, y la «gentrificación por capuccino» de Sharon Zukin, para la cual los cambios vienen provocados por una evolución de las pautas de consumo. En este embrollo, Domínguez recurre a las palabras de Delgado para hallar un punto medio: «No se trata de denunciar como perversa toda transformación urbana, sino de señalar a quienes favorecen tales transformaciones, que no suele ser a la mayoría social». En el blog nos parece que hay un baremo más sencillo: si el Estado se niega a intervenir o, como suele ser habitual, forma parte del proceso, se habla de gentrificación. Formaba parte de la gentrificación del SoHo (el Ayuntamiento de Nueva York poseía el 60% de los inmuebles y los dejaron caer en el deterioro), formaba parte del paso del Barrio Chino de Barcelona al Raval, y tantos otros casos.

El tercer capítulo, la relación entre barrios gay y turismos, pone de relieve también la dificultad de concretar esos términos. ¿Quién es, y quién no, turista? Domínguez reflexiona sobre cómo la mayoría de ciudades no son unívocas, en el sentido de que se centre «sólo» en uno u otro tipo de público, sino que en todas coexisten servicios que sirven para todos ellos: el mismo metro que lleva a los habitantes de Chueca al trabajo lleva a los turistas homosexuales a tomar copas. Cuando este equilibrio se rompe (por ejemplo: el Cercanías que lleva a Barcelona, colapsado de turistas, impidiendo que los trabajadores que suben en él puedan sentarse) es cuando surgen los problemas, algo que, por ejemplo, ha sucedido en la Ciudad Condal con el exceso de turistas.

La emergencia de diferentes ciudades de muy distinta idiosincrasia relacionadas con el mundo gay hace que Domínguez hable de una «geografía de la diversidad sexual y de género». Estas ciudades se estructuran como una red que organiza eventos que tratan de no solaparse unos con otros, por ejemplo: pocas ciudades llevarán a cabo un Orgullo al mismo tiempo que Madrid, pues el suyo es multitudinario; así, se genera una jerarquía (en forma de red, no de escalera), en función del espacio, de las infraestructuras de que cada espacio disponga, de su capacidad de acoger y convocar turistas, etc., donde se procura que los eventos estén espaciados a lo largo del año pero que siempre haya alguno a la vista.

Este sistema turístico es:

  • multiescalar: porque implica a ciudades grandes, pequeñas, capitales, regiones…
  • multinacional: «un calendario de eventos que buscan no solaparse a un mismo nivel» y vinculados a marcas como EuroPride o WorldPride;
  • asimétrico: relacionando destinos, Orgullos y agentes totalmente diversos;
  • contextual: puesto que depende de la geopolítica y del sistema turístico concreto, es decir, el turismo LGTBI se apoya en la estructura del turismo «genérico» ya existente.

El cuarto capítulo ahonda en la relación entre el Orgullo y el barrio. El Orgullo (la conmemoración, el día 28 de junio, de los disturbios de Stonewall en Nueva York tras una redada de la policía en el bar gay del mismo nombre) empezó en España en 1977 (en Barcelona) y al año siguiente se celebró también en Madrid, Bilbao y Sevilla. En sus orígenes ni siquiera se llevaba a cabo en Chueca y era muy reivindicativo. Existe una segunda etapa, a partir de principios de los ochenta, cuando las asociaciones de gays ya habían sido legalizadas, en que el Orgullo fue decreciendo en asistencia y reivindicación; y luego se da una tercera etapa, a partir de 1996, cuando el Orgullo se vincula a entidades comerciales y se convierte en el tradicional desfile de carrozas que se da hoy en día.

A partir de ahí se da una mercantilización del Orgullo, hasta cierto punto lógica, en que se abren y debaten diversos frentes: si hay que celebrarlo el propio 28 de Junio o pasarlo al sábado más cercano (como se hace ahora, aunque no respete tanto la «celebración» pero permita mayor afluencia de gente), si debe ser festivo, reivindicativo, si debe celebrarse en un solo barrio o en múltiples… Esas cuestiones, claro, responden al debate de fondo de qué es el Orgullo en concreto; si es que existe una única respuesta. Probablemente existan múltiples, como aventura Domínguez, y la suma de todas ellas, un acuerdo tácito, incluso pírrico, entre los distintos grupos, actores, asociaciones, comercios, activistas, reivindicaciones, etc., acabe siendo el que decida cómo se celebra (o celebran) el Orgullo a cada momento.

El quinto capítulo vuelve sobre los posibles futuros de Chueca y lo hace desde una perspectiva materialista (Domínguez lo compara a la que toma Abraham León en su Concepción materialista de la cuestión judía, donde proclama «No hay que partir de la religión para explicar la cuestión judía. Por el contrario, la conservación de la religión o de la nacionalidad judía debe explicarse por el judío real, es decir, por el judío en su función económica y social.»). Se huye, por lo tanto, del recurso a la idea del «eterno homosexual», como si los barrios gays fuesen lugares que han surgido porque estos homosexuales sentían la necesidad de instalarse en ellos y les han dado vida. Desde ahí, las posibles fases finales de Chueca pueden ser, como ya se ha adelantado, la fragmentación y la desconcentración, quina y sexta etapas del proceso evolutivo de los barrios gays que vimos anteriormente.

Se habla también del concepto de Amin Ghaziani de «lo postgay» (o posgay): «la vida postgay está caracterizada por los impulsos gemelos de la asimilación de los gays en lo mayoritario […] y por una diversificación interna en aumento entre las comunidades lésbicas, gays, bisexuales y trans» (p. 158). Domínguez también cita las palabras de Shangay Lili, conocido activista español, quien en su último libro habló del «paso de la pedrada al gueto» para referirse a la huida, tal vez encarcelación voluntaria, en un barrio gay (el gueto), frente al peligro de la «pedrada ontológica», es decir, de cualquier forma de violencia hacia la diversidad sexual.

En el sexto capítulo, donde se plantea si el activismo acabará con Chueca, Domínguez habla, siguiendo a Gill Valentine, de una «geografía de liberación y de opresión» para referirse a la concepción mental de quienes viven sexualidades diversas al transitar uno u otro espacio y ser consciente del efecto que sus muestras de afecto en público, por ejemplo, puedan tener. Se forman así una gradación de lugares que va desde aquel donde todo está permitido o bien visto hasta aquel donde esas muestras de afecto o diversidad provocarán reacciones adversas, cuando no violencia; de nuevo, una red estratificada e imprecisa que todo aquel que forme parte de minorías acaba por conocer en su ciudad.

Nota más que interesante, algo alejada del tema en cuestión: «lo opuesto a lo necesario es lo contingente». Y, más adelante: «lo necesario sería lo que no puede no ser, frente a lo contingente, que sería lo que puede no ser.» (p. 181)

Al final del libro, en su «Edilia», Domínguez parafrasea a Harvey y toma de él dos conceptos: el de coherencia estructurada, que ya leímos, y el de ajuste espacial (spatial fix), que leímos, más o menos, como la expansión espacial que lleva a cabo el capitalismo durante el fordismo y que acaba eclosionando en la acumulación flexible. Mediante esa base, Domínguez acaba presentando tres posibles escenarios futuros para Chueca: I. Regresión y descongestión, II. Turistificación y polarización, y III. Polarización política y desaparición.

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