La ciudad de los ricos y la ciudad de los pobres, Bernardo Secchi

En 1972, Manuel Castells publicó un libro esencial que trataba de refundar la sociología urbana y que se situaba en la línea marxista (cuya lectura tenemos pendiente, claro), titulado La cuestión urbana. Se publicaba (en Francia) tres años después de Problemas de investigación en sociología urbana, donde Castells venía a decir que, más o menos, la sociología había ido dejando un poco de lado los datos y se había inventado temas sobre la ciudad que no eran propios de ella (algo que nos recuerda a la distinción entre la «antropologia de la ciudad» y la «antropología en la ciudad» de la que hablaba Homobono). Desde entonces, «la cuestión urbana» se ha convertido en un tropos común en la disciplina (por ejemplo, el libro de Andy Merrifield La nueva cuestión urbana).

El mismo concepto recupera Bernardo Secchi para La ciudad de los pobres y la ciudad de los ricos (publicado en Italia en 2013, leemos la edición de Libros de la Catarata, 2015, traducida por Teresa Arenillas Parra y Francisco López Groh). Secchi, gran urbanista italiano, sitúa como tema central del urbanismo la segregación creciente entre distintas clases sociales que se da en la ciudad de finales del siglo XX y principios del XXI. «La ciudad, lugar mágico, sede privilegiada de toda innovación técnica y científica, cultural e institucional, ha sido también máquina potente de diferenciación y separación, de marginación y exclusión de grupos étnicos y religiosos, de actividad y profesiones, de individuos dotados de identidad y reglas diferentes, de ricos y pobres» (p. 19). Secchi se refiere no sólo a las favelas, los slums o las gated communities, sino a toda una serie de «injusticias espaciales» que distribuyen a las personas en función de su nivel adquisitivo.

Secchi justifica, eso sí, su uso del concepto «nueva cuestión urbana»:

No es la primera vez en la historia occidental que una cuestión urbana destaca como un problema espinoso en el camino del crecimiento económico y social. Basta citar «la polémica del lujo» en el siglo XVIII (en realidad un debate sobre dónde debiera y pudiera producirse la primera acumulación capitalista), la «cuestión de la vivienda» en mitad del siglo XIX (un debate sobre las contradicciones implícitas en el paso de la producción a pequeña escala al sistema de fábrica, con la inevitable formación y concentración del proletariado en la ciudad industrial), la cuestión de la Grosstadt en la transición al siglo XX (argumento principal para Simmel, Kracauer y Benjamin, cuando, en el «desmesurado» territorio de la metrópoli, la sociedad se des-individualiza, la muchedumbre y el público se convierten en los nuevos sujetos políticos relevantes: Le Bon [La sociología de las masas, 1896], Tarde [La opinión y la multitud, 1901], Park [«La masa y el público, una investigación sociológica y metodológica», 1904], Riesman [La muchedumbre solitaria, 1948]). Finalmente, una nueva cuestión urbana basada sobre el «derecho a la ciudad» y estudiada, como es conocido, por Henri Lefebvre [El derecho a la ciudad, 1968], Manuel Castells [La cuestión urbana, 1972] y Michel de Certeau [La invención de lo cotidiano, 1980] sale a la luz en los años sesenta y setenta del siglo XX, cuando el modelo fordista de organización del trabajo des-individualizado decae y cuando, al mismo tiempo, la estructura de la sociedad se articula; cuando las clases medias crecen númericamente y en peso político, dando mayor importancia a la autonomía individual y, por tanto, a una nueva atención a lo que se refiere a la vida cotidiana y al «cuidado de sí mismo».

Cada una de las veces que la estructura de la economía y de la sociedad cambian –y aquí tenemos la segunda tesis– la cuestión urbana vuelve al primer plano: al inicio de la revolución industrial, al pasar la producción industrial del campo a la ciudad, de la manufactura al sistema de fábrica; cuando la organización del trabajo fordista-taylorista construye una sociedad de masas; a su término y, en fin, al principio de lo que Bauman asocia a la «sociedad líquida», Beck a la «sociedad del riesgo» y Rifkin a la «era del acceso». De estas crisis la ciudad ha salido, en el pasado, cada vez distinta: en su estructura espacial, en su modo de funcionar, en la relación entre ricos y pobres y en su imagen. (p. 22-23)

La primera tesis era que la nueva cuestión urbana giraba alrededor de la desigualdad social; la segunda, que las cuestiones urbanas surgen cuando la sociedad se modifica; y la tercera es «que el espacio, gran producto social construido y modelado en el tiempo, no es infinitamente maleable, no está infinitamente disponible ante los cambios de la economía, las instituciones y la política» (p. 28).

En este punto, Secchi inicia una disección de los dos grupos, ricos y pobres. No se anda con tonterías: es difícil precisar quién es rico y quién no, pero, como la distinción entre un valle y la cima, es algo que también entendemos todos de forma intuitiva (la comparación es suya, y muy acertada). Pese a que, en democracia, «el conjunto de los ricos es en principio un conjunto abierto», al que cualquiera puede acceder, sí que llevan a cabo «un principio indirecto de cooptación y exclusión selectiva: procura utilizar un conjunto de dispositivos, también de naturaleza espacial, para mantener a distancia a los que no forman parte de ellos, para obstaculizar la entrada de algunos y dar visibilidad a los miembros propios, definiendo reglas complicadas y a menudo redundantes de comportamiento interno del grupo» (p. 33).

Estas estrategias son muchas y muy variadas: incluyen el precio del suelo en las zonas donde habitan los ricos, la asistencia a clubes de campo o golf, restaurantes exclusivos, etc., (todo ello lo vimos tanto en La sociedad red de Castells como en Modernidad líquida de Bauman), pero también lo que Bordieu denomina «el capital cultural», es decir, la lista de conocimientos, aprendizajes, contactos, etc., de que disponen los ricos y que les permiten sobresalir en muchos más entornos.

Secchi sitúa a finales del siglo XVIII, primero en Inglaterra y luego en otros países con una creciente burguesía, el cambio en el «sistema de valores relativos al habitar y a la ciudad».

Lo doméstico comienza a asumir una importancia cada vez mayor por tres tipos de motivos: la presión de los movimientos evangélicos, para los cuales la casa se convierte en un microcosmos, núcleo de una sociedad ideal opuesta al mundo externo; los progresos tecnológicos y sanitarios, con la consecuente disminución de la mortalidad infantil y la mayor presencia de jóvenes en la familia; la separación, finalmente, de la familia y de la cada de las actividades profesionales u ocupacionales de las nuevas generaciones. El mundo burgués se separa en dos: en una especie de exterior, el mundo del trabajo y la ciudad, y en un interior, el mundo de la casa y de la familia» (p. 46).

Surgen la búsqueda del confort y el decoro, que se amplían desde el hogar hasta el teatro, la ópera, los parques y las calles arboladas. Aparecen los espacios «donde la burguesía se define como clase y construye, en los términos de Pierre Bordieu, el propio capital social y cultural. «El París haussmaniano, como el Londres victoriano, las áres del Ring de Viena y un poco más tarde el Milán burgués de Beruto son su escenificación plástica» (p. 47).

Un siglo después, a estas políticas de reconocimiento y expresión, al volverse el de los ricos un grupo más reducido, se les unen las de «separación y exclusión».

La gated community es la negación de la ciudad, pero se convierte, junto a las favelas y los barrios pobres que inevitablemente las acompañan, en representación espacial de las características de la nueva sociedad y de su política de distinción o, en otros términos, de inclusión/exclusión. Pero la gated community, como de forma más discreta el círculo, el club o los impenetrables beau quartiers y de manera más ambigua y adornada los numerosos ecobarrios europeos, es algo más: es un estado de suspensión del orden jurídico-institucional del Estado al que pertenece; es lugar de nuevas y específicas formas de gobernanza construida ad hoc y aceptada en un pacto de mutuo acuerdo por sus habitantes; es Estado dentro del Estado. (p. 50).

Palabras que nos recuerdan a los umbrales de que hablaba Stavrides, que proliferan por la ciudad como lugares de excepción y van ganando progresivamente espacio, aunque son lugares donde las leyes han quedado en suspenso, a menudo con la excusa de la seguridad necesaria. Pero también la selección histórica que llevan a cabo las ciudades no sólo al permitir la gentrificación (o hasta fomentarla) en sus barrios antaño obreros, sino también al escoger qué partes de su historia glorifican; y siempre suelen escoger la burguesa, la de los ricos, algo que no sorprende, si tenemos en cuenta que suelen ser miembros de dicha clase quienes hacen la elección (como nos explicaba Sharon Zukin al hablar de qué edificios de Nueva York son considerados históricos y cuáles no, o David Harvey al preguntarse cuál de las muchas historias de Barcelona escogía la ciudad privilegiar).

A pesar de su exclusividad y segregación, el grupo de los ricos no puede existir por sí mismo: «ninguna economía ha crecido solo gracias a la producción de artículos de lujo». Necesitan grandes masas de consumidores. Pero, como desde los años 70 las formas de producción se han modificado (el postfordismo o la acumulación flexible; o el espacio de los flujos, vaya), estamos «en una nueva fase de acumulación que requiere, aún más que en las épocas anteriores, la formación de grandes mercados».

El producto interior bruto del planeta aumenta, pero el crecimiento no se distribuye de acuerdo a la geografía tradicional, que privilegiaba las zonas de más antigua industrialización y desarrollo. Estamos asistiendo a una extraordinaria redistribución espacial de la producción y la creación de riqueza, que es acompañada por una igualmente extraordinaria redistribución de la población entre las diferentes partes del planeta, entre los diversos estados y dentro de los propios países. Gracias a esta redistribución algunos países logran emerger y alcanzar mayores niveles de bienestar; otros, los de más antiguo desarrollo, donde el welfare state fue originalmente inventado y experimentado, sufren las consecuencias en términos de desempleo, creciente dificultad de acceso al empleo de las generaciones más jóvenes y el aumento de la pobreza.

La urbanización violenta en América Latina, Japón, China, la India y varios países africanos –una urbanización que extrañamente no genera ahora las ansiedades que había producido entre finales del siglo XIX y principios del siglo XX en los países europeos y norteamericanos– es una de las formas a través de la cual se construyen grandes mercados espacialmente concentrados, homologados y globales. (…) Rara vez se quiere aceptar que la política urbana y del territorio son siempre parte ineludible de visiones y acciones de «biopolítica» más amplias; que la ciudad, imaginada desde siempre como el espacio de integración social y cultural por excelencia, se ha convertido, en las últimas décadas del siglo XX, en una potente máquina de suspensión de derechos de los individuos y de la colectividad. Esta política, como todas las políticas, ha requerido una ideología y una retórica: la ideología del mercado y la retórica de la seguridad. (p. 85-86)

Esta nueva cuestión urbana, concluye Secchi, nos brinda la oportunidad de replantear las relaciones entre la sociedad y el trabajo. El ejemplo que pone es el de los usuarios de transporte público de Los Ángeles, que se organizaron y presentaron una demanda contra la ATM de la ciudad cuando éstos pretendían abrir nuevas líneas que conectaban los suburbios (clase media, media-alta) con el centro (donde suelen trabajar estas clases) a costa de dejar a los barrios bajos sin servicio. Sin embargo, esta nota optimista final queda algo deslucida, pues depende de la voluntad de quienes sufren la segregación para ponerle solución o plantearle alternativa.

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