Smart cities. Una visión para el ciudadano, Marieta del Rivero

Llevamos desde los inicios del blog tratando de encontrar un libro que haga justicia al concepto de smart city o ciudad inteligente. Por ahora, el único que se le ha acercado, aunque era mucho más amplio que ese único apartado, era el Smart Cities. Big Data, Civic Hackers and the Quest for a New Utopia, del enorme Anthony M. Townsend, que nos dejó una frase de William Gibson que nos ha acompañado desde entonces: «The Street finds its own uses for things». Los demás suelen acabar convertidos en vulgares panfletos tecnológicos llenos de promesas y carentes por completo de profundidad.

El que nos sacó del engaño de que la smart city sería el nuevo revulsivo urbano fue Manu Fernández con «El surgimiento de la ciudad inteligente como nueva utopía urbana«, capítulo extraído de su libro Descifrando la smart city (que, por desgracia, aún no hemos podido encontrar para leer). En dicho artículo, Fernández situaba claramente el nacimiento del concepto de smart city: nada menos que en la empresa CISCO, en el año 2008, lo que evidencia que todo este tinglado se trata de un enorme montaje empresarial para obligar a las ciudades a adquirir tecnologías propietarias a las grandes empresas tecnológicas. El pastel se divide entre la implementación de toda la infraestructura necesaria para avanzar hacia la ciudad inteligente y la posterior gestión de todo ese aparato tecnológico, que tendrá que ser subcontratada… probablemente, a alguna de las grandes empresas que se hayan encargado de su fabricación o instalación.

Smart cities. Una visión para el ciudadano, de Marieta del Rivero (LID Editorial Empresarial, 2017), no esconde su propósito. El prólogo está escrito por José María Álvarez-Pallete, consejero delegado de Telefónica en dicho año. La autora es licenciada en Ciencias Económicas por la UAM y AMP por el IESE Business School, lleva 20 años trabajando para grandes tecnológicas como Amena, Nokia y Telefónica y en el momento de escribir el libro colabora con Ericsson Group o RocaSalvatella. Por supuesto: la mayoría de esas empresas aparecen en el libro como ejemplo de prácticas de smart city que siempre, siempre, van a beneficiar al ciudadano.

Mi propósito con Smart Cities. Una visión para el ciudadano es explicar a los lectores en qué consiste esta gran transformación digital de las ciudades de una forma sencilla para que pueda entenderse sin necesidad de ser un tecnólogo, abordando siempre los beneficios que se derivan del uso de esas nuevas tecnologías aplicadas a los servicios urbanos que utilizamos de forma cotidiana. (p. 18)

Como hemos dicho, al menos no mienten: sólo los beneficios. En ningún momento del libro se mencionan los posibles efectos negativos que puedan tener las smart cities o su implementación; ni el hecho de que la tecnología que controlará a los ciudadanos pueda ser de índole propietaria, es decir, que nuestros datos pertenezcan a empresas privadas (algo que, viendo el historial de Facebook, Google o Amazon, tal vez podría preocuparnos); ni una sumisión descarada a los recursos tecnológicos sin analizar si su uso es, o no, el adecuado; ni la complejidad de su implementación, dicho sea de paso.

En el anterior artículo ya comentamos que suena mejor la idea que su puesta en efecto. Es muy bonito prometer que los contenedores de basura tendrán sensores que informarán a la central de cuándo hay que vaciarlos; pero… ¿entonces, los trabajadores pasarán a tener un horario flexible? Si los contenedores no se llenan, ¿cobrarán por no trabajar, no cobrarán? Si se llenan de golpe, ¿tendrán que presentarse en el trabajo al momento? Y, sobre todo: ¿cómo, y quién, nos garantiza que esos sensores no estarán recogiendo los datos de la basura que generamos y usándolos para obtener provecho?

El despropósito de que toda tecnología es buena estalla cuando del Rivero elogia sin medida a una empresa disruptiva en el ámbito del e-turismo: Airbnb. Habla de lo inteligente de su creación, de su valor en bolsa, de cómo ha modificado el turismo e incluso aclara que ha habido ciertas reticencias a su modelo de negocio en algunas ciudades, pero en seguida añade que la empresa ha llegado a acuerdos con ciudades como Barcelona o San Francisco para enmendar esos problemillas.

Lo que del Rivero obvia es que los problemas no han sido por el cambio de modelo, sino porque Airbnb, que se las promete de economía colaborativa, está formado en su mayor parte por enormes propietarios de vivienda que han ocupado barrios enteros de las principales ciudades del mundo, aumentando el precio del alquiler, expulsando a los vecinos autóctonos, complicándoles la vida al hacerlos convivir con turistas que buscan otras experiencias; incluso homogeneizando las ciudades y forzando una estética del simulacro. Y del Rivero no puede argumentar que esos hechos eran desconocidos en el año de redacción del libro, 2017, porque sólo un año después, en 2018, Ian Brossat publicaba Airbnb. La ciudad uberizada, donde denunciaba todos estos hechos y algunos más.

Ya no es sólo que se trate de un panfleto a favor de la implementación tecnológica escrito por una ejecutiva de dichas empresas; ni siquiera es que obvie todos los posibles inconvenientes del tema que trata (con lo que deja de ser un estudio y se sitúa en la publicidad sin ambages): lo peor es el tufo neoliberal que se desprende de todas sus páginas. Los ciudadanos ya no son tal: son clientes. Que escogen sus ciudades. Y lo hacen en función de si sus ciudades son, o no, lo que ellos quieren. Y eso sólo es cierto para determinados ciudadanos. Los ejecutivos como del Rivero, por supuesto; los que están situado en la parte superior del nivel adquisitivo. Los que pueden trabajar indistintamente en Londres, París, Berlín o Bangkok.

Pero hay una gran parte de la ciudadanía que no puede escoger. Son todos aquellos que trabajan en la parte baja de la escala del sector servicios y que también forma parte de las ciudades. Son los que viven lejos del centro, los que no están preocupados por aparcar en la ciudad, porque llegan hasta ella en transporte público. Para ellos también es la ciudad. Y todas las propuesta que del Rivero defiende al final del libro (salvo su posición a favor de entornos open source, algo que se le agradece) están dirigidas a mejorar las condiciones de los ciudadanos de clase alta y de las grandes empresas tecnológicas, como todos los estudios al respecto no han hecho más que demostrar. Las colaboraciones público-privadas benefician a las empresas, no al ciudadano; sí que mejoran ciertos entornos, pero a costa de privatizar la calle y de empeorar las condiciones laborales de sus trabajadores, como nos explicó Sharon Zukin en The Cultures of Cities. Como toda ejecutiva, del Rivero da por sentado que el mundo iría mejor si funcionase bajo criterios de eficiencia empresarial y sumisión a la tecnología; lamentablemente, eso dejaría por el camino muchos otros criterios morales que, afortunadamente, aún no han quedado obsoletos.

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