Ciudad de cuarzo, Mike Davis

Ciudad de cuarzo. Arqueología del futuro de Los Ángeles (1990, editada en España en 2003 por Lengua de Trapo con traducción de Rafael Reig), de Mike Davis, es conocida por retratar la capital de California como una ciudad polarizada donde los ricos se encierran tras muros cada vez más altos (gated communities y centros comerciales) y los pobres son criminalizados y semiconfinados en los barrios marginales. Sin embargo, la lectura revela que se trata de algo más profundo: una disección de la ciudad de Los Ángeles desde múltiples puntos de vista, un repaso a su historia (e historiografía), imaginario, construcción política, social y económica y, sí, también urbana.

Mike Davis es un rara avis. Marxista, activista, escritor, profesor de teoría urbana, historiador… A menudo se critica a sus libros por ser demasiado catastrofistas y apocalípticos (lo cierto es que predice la destrucción de Los Ángeles en unas cuantas ocasiones en este libro de 1990). El libro tiene más de narración periodística que de estudio sobre la ciudad; las fuentes, que son abundantes, en ocasiones cojean y dejan algunos datos como opiniones o como faits accomplis. Finalmente, algunos de los capítulos se estructuran como cajones de sastre donde van diversas historias relacionadas con un tema común; en otros, sí que es cierto, existe un hilo conductor bastante claro.

El primer capítulo trata sobre la construcción del imaginario de la ciudad a partir, sobre todo, de los escritores, autores e intelectuales que han vivido o emigrado a la ciudad. El segundo, sobre la historia económica de la misma. El tercera bucea en las raíces del concepto de suburbio y cómo se formó en California; este, junto al cuarto, que trata la distribución geográfica de la ciudad, y el quinto, la culpabilización y persecución de los pobres, son los que más atañen a los temas del blog. Finalmente, el sexto capítulo analiza los credos de los habitantes de Los Ángeles y el séptimo, a modo de conclusión, explica la historia de Fontana como ejemplo y compendio de todo lo anterior. Sin más, entramos en él.

La polarización social ha aumentado casi tan rápidamente como la población. Un reciente estudio sobre las tendencias de la renta doméstica en Los Ángeles durante los ochenta indica que la riqueza (rentas superiores a los 50.000 dólares) se ha triplicado (del 9 al 26 por ciento), mientras que la pobreza (por debajo de los 15.000) ha aumentado en un tercio (del 30 al 40 por ciento). Al mismo tiempo, se han hecho puntualmente realidad los peores miedos populares de hace una generación con respecto a las consecuencias de un excesivo desarrollo urbano a remolque del mercado. Décadas de falta de inversión sistemática en vivienda e infraestructura urbana, combinadas con subsidios grotescos para los especuladores, una calificación permisiva del suelo para el desarrollo comercial, la ausencia de planificación regional efectiva y los impuestos ridículamente bajos sobre el patrimonio de los más ricos, han hecho inevitable la pérdida de calidad de vida para las clases medias en las antiguas áreas residenciales, así como para las clases bajas de las ciudades. (p. XIX)

“Si Los Ángeles se ha convertido en el arquetipo de la unánime y dócil subordinación de la intelectualidad industrializada a los designios del capital, también ha sido terreno fértil para algunas de las críticas más agudas contra el capitalismo tardío y, en particular, contra las tendencias degenerativas de sus estratos intermedios” (p. 3). El ejemplo más claro de lo anterior: el género negro, tan popular en la ciudad tanto en el cine como en la literatura, que presenta la ciudad tanto como “utopía y distopía para el capitalismo avanzado”.

“Por mucho que el surgimiento de Los Ángeles en el desierto fuera el resultado de gigantescas obras públicas, la construcción de la ciudad se ha dejado por el contrario a merced de la anarquía de las fuerzas de mercado, con muy escasas intervenciones del Estado, los movimientos sociales o las figuras públicas.” (p. 6) Aquí Davis empieza una reflexión sobre la visión o el imaginario que desarrolló tanto el cine como la novela negros sobre la ciudad; por desgracia, no entraremos a fondo en el tema. El Marlowe de Chandler, por ejemplo, “simboliza del mismo modo el pequeño empresario atrapado en su lucha con los bandidos, la policía corrupta y los ricos parasitarios (que normalmente son también quienes le contratan); un simulacro romantizado de la relación del escritor con los magnates y guionistas de los estudios” (p. 22). En algunos casos, el cine suavizaba la crítica (El sueño eterno, la novela “más anti-ricos de Chandler” convertida en “un ambiente erótico para Bogart y Bacall” por Howard Hawks, por ejemplo); las Crónicas marcianas “giran en torno a las contradicciones entre la búsqueda de nuevas fronteras hacia el oeste, a lo Turner, y la conmovedora nostalgia hacia la América de los pequeños pueblos” (p. 24). Se citan la inevitable Blade Runner, con su acertada visión distópica, descarnada y con preponderancia asiática; o la Menos que cero de Breat Easton Ellis y a James Ellroy.

Otra de las fuentes que han regado el imaginario de Los Ángeles son los exiliados: Adorno (con su diario Minima moralia escrito durante su exilio en la ciudad), Horkheimer, Brecht, Huxley, Isherwood “se quejaban amargamente de la ausencia de una civitas a la europea (o incluso al estilo Manhattan), con lugares públicos, multitudes sofisticadas, aura histórica e intelectuales críticos” (p. 30) De este núcleo surgió la visión de Los Ángeles como una “anticiudad” y la concepción de Estados Unidos, para los europeos, de algo distinto al mito del cowboy y el emprendedor que se tenía hasta entonces. Adorno y Horkheimer, especialmente, se fijaron para su Dialéctica de la ilustración en las casas unifamiliares y los suburbs que se extendían hilera tras hilera, con una “concepción de lo urbano” que “expulsaba del escenario tanto a las masas (en su encarnación heroica, como “motor de la historia”) como a la intelectualidad crítica” (p. 31). Davis habla, incluso de los precursores de las “aventuras en la hiperrealidad” de Eco y Baudrillard, como Anton Wagner con su Los Ángeles. La ciudad de dos millones de habitantes en el sur de California (1935) o el Shadows in Paradise de Erich Maria Remarque. Y, por supuesto, “prácticamente todos los europeos denostaron la proletarización de la intelectualidad por parte de Hollywood” (p. 35).

Luego se creó un enorme ecosistema económico con el objetivo de generar una cultura autóctona en la ciudad. El edificio que lo ejemplifica es el centro Getty, un enorme complejo con museo, biblioteca o fundación privada; y el artista, Edward Ruscha, “tal vez el mejor ejemplo del aburguesamiento de la generación de Ferus después de los sesenta” (p. 51), convertido en una colección de imágenes pop sin contenido ideológico agresivo. “Los grandes promotores y sus socios financieros, junto con unos pocos magnates del petróleo y del espectáculo, han sido la fuerza motriz de esta alianza público-privada para construir una superestructura cultural con vistas a la proyección de Los Ángeles como “ciudad internacional” (p. 53).

Toda esta visión cristalizó en la obra de Reyner Banham Los Ángeles. La arquitectura de las cuatro ecologías (1971), donde elogiaba todo lo que hasta entonces había sido desdeñado por los críticos tradicionales (“los automóviles, las tablas de surf, las casas en las laderas de la colina y algo llamado la arquitectura de Los Ángeles”, p. 55). Según Banham, “las arquitecturas y el paisaje polimorfo de Los Ángeles obtenían una unidad inteligible gracias a la red de autopistas en una metrópolis que hablaba el lenguaje del movimiento, no el del monumento” (p. 55). El libro “estableció los parámetros (vernáculo, descentralizado y promiscuo) que continúan siendo el marco para la visión que tiene el mundo del arte de lo que ocurre en California” (p. 56).

Davis acaba este primer capítulo hablando de la Escuela de Los Ángeles. Si la Escuela de Frankfurt se denominó así por su base y la de Chicago, por su objeto de estudio, la de Los Ángeles tiene un poco de ambas: “al mismo tiempo que estudian Los Ángeles de forma sistemática, los investigadores de UCLA se interesan más en sacar jugo a la metrópolis, al estilo de Adorno y Horkheimer, como laboratorio del futuro” (p. 64). En efecto, durante la década de los 80 y 90 se percibía la ciudad como un emblema de lo que estaba por suceder, un lugar enorme donde confluían los flujos de la globalización, el postfordismo, las grandes conurbaciones, la territorialización/desterritorialización, las inversiones llegadas desde Asia… Los dos grandes nombres de la Escuela son Edward Soja (del que leímos tanto Postmetrópolis como un artículo aparecido en Variaciones sobre un parque temático) como el propio Davis (otros nombres serían Dear, Scott o Storper, como vemos en esta introducción a la escuela en el blog multipliciudades de Álvaro Sevilla-Buitrago).

El segundo capítulo es una historia económica de la ciudad, que no reseñamos. El tercero empieza con tres hipótesis (prácticamente axiomáticas) sobre “la vida en las áreas residenciales de unifamiliares de Los Ángeles” (que nosotros denominaremos suburbios):

  • Hecho 1: “los propietarios de viviendas de Los Ángeles (…) aman a sus hijos pero aún quieren más al valor de sus bienes inmuebles”;
  • Hecho 2: en la ciudad, “comunidad significa homogeneidad de raza, clase y, especialmente, de valor de los inmuebles”. Las denominaciones de lugares o los carteles que las identifican no tienen validez legal alguna.
  • Hecho 3: “El movimiento social más poderoso en el sur de California contemporáneo es el de los vecinos de clase acomodada que se organizan en nombre de comunidades o de barrios y que se implican en la defensa del valor de sus inmuebles y de la exclusividad del vecindario” (p. 126-127).

Todo lo cual, claro, eclosiona en las actuales gated communities, espacios cerrados de acceso exclusivo para sus habitantes con protección privada las 24 horas del día.

Davis sitúa la historia de estas primeras asociaciones de propietarios, que se unían con un fin común (a menudo, mantener los precios y la exclusividad de sus zonas, tanto económica como racialmente) en los años 20, cuando las primeras comunidades privilegiadas (el Westside) construían un “muro blanco” alrededor de la comunidad negra de Central Avenue (p. 134) con el objetivo de impedir a los negros comprar viviendas en su zona, no tanto por racismo estructural (o puede que sí) sino porque la llegada de estos negros haría bajar el precio de la zona.

En los años 50 existía otra herramienta: constituirse como pequeños ayuntamientos independientes. Esto permitía, sobre todo, manejar la poderosa herramienta de las calificaciones del suelo. Por otro lado, también implicaba la necesidad de financiar todos los servicios sociales necesarios para la población, por lo que sólo algunas zonas privilegiadas se lo podían permitir (Beverly Hills o San Marino). Pero pronto dieron con un método para quedarse con lo bueno y obviar lo malo: el plan Lakewood.

Para impedir el recorte de presupuesto y de mano de obra que acarrearía la autonomía, e igualmente en contra de cualquier forma de consolidación metropolitana, los supervisores del condado de Los Ángeles le permitieron a Lakewood contratar los servicios vitales (bomberos, policía, biblioteca, etcétera) a los precios de coste resultantes de la economía de escala del condado (es decir, indirectamente financiados por todos los contribuyentes del condado). Esto permitió a las comunidades residenciales de las afueras reclamar el control sobre la calificación y la determinación de zonas urbanas, sin tener que arrostrar la carga proporcional de gastos públicos. (p. 139)

Por si no fuese poco, luego se aprobó la Ley Bradley-Burns, en 1956, que “permitía a todos los gobiernos locales del estado recaudar un impuesto uniforme sobre las ventas del 1 por ciento”. Es decir: las áreas de las afueras, donde a menudo se levantaban los centros comerciales, podían financiarse mediante un impuesto directo (y por lo tanto, regresivo, porque se aplicaba a toda la población por igual) en vez de mediante impuestos sobre el patrimonio, que son regresivos y penalizan a quien más tiene.

No hace falta decir que, al proporcionar una escapatoria tan atractiva para esquivar la ciudadanía municipal corriente, el Plan Lakewood alimentó la huida de los blancos de Los Ángeles, reduciendo al mismo tiempo la capacidad de la ciudad para responder a las necesidades de la creciente población con rentas bajas y en régimen de alquiler. (p. 139)

Lógicamente, estas decisiones políticas aumentaron la segregación residencial. Por ejemplo, la población negra de Los Ángeles en 1980 era del 13 por ciento pero 52 de las 83 ciudades (30 de la cuales, siguiendo el Plan Lakewood) tenían una población negra del 1% o menor. Análogamente, el condado de Orange (concebido como un Plan Lakewood a lo grande) tiene un 0.6% de viviendas negras. Davis denomina a este proceso un “derecho a marcharse” financiado con dinero público “así como una poderosa razón nueva para organizarse en torno a la protección del valor de sus inmuebles y sus estilos de vida” (p. 142).

La historia del activismo de los propietarios en el sur de California se divide en dos épocas: la primera, entre 1920 y 1960, consiste en el “establecimiento de la utopía burguesa: la creación del entorno residencial, racial y económicamente homogéneo para mayor gloria de la vivienda unifamiliar”; y el siguiente periodo, la defensa de estos enclaves frente a una serie de enemigos (p. 143), en ocasiones reales y en otras imaginarios. Por un lado, el nuevo urbanismo (nacido del racionalismo de Le Corbusier) pregonaba que edificios de apartamentos para la clase media. Por el otro, el propio desarrollo a gran escala amenazaba “las instalaciones al aire libre, que eran la base del estilo de vida y el valor de los inmuebles ricos”(p. 143). Esta lucha confluyó con el “movimiento medioambiental patricio” que trataba de defender los enclaves ecológicamente importantes de la ciudad, como las montañas de Santa Mónica, una serie de colinas donde se levantan la flor y nata de las mejores viviendas de la ciudad.

En definitiva, es una batalla, clásica en determinadas zonas de Estados Unidos, entre vivir en zonas unifamiliares, cada cual con su hogar y su espacio, algo ecológicamente muy contaminante, ya que requiere el vehículo para todo, entre muchos otros defectos, o vivir con una mayor densidad. A esta batalla se le fueron sumando, con el tiempo, otra gran cantidad de factores, como el hecho de que cada vez son necesarias mayores autopistas para absorber el desmesurado número de vehículos de la ciudad o que las depuradoras de agua de la ciudad no dan abasto para tal cantidad de personas repartidas en un espacio tan desmesurado (aquí es donde leemos al Davis más apocalíptico).

La forma actual que toma esta lucha ya la apunta Davis al final del capítulo: Not In My Back Yard, traducido como “en mi jardín, no”: la pataleta de los propietarios de que toda necesidad social que implique alguna posible molestia sea construida lejos de su hogar. Ya sea una depuradora, un vertedero, una sinagoga o incluso las líneas de un tren que hubiese facilitado el acceso al centro de la ciudad a los trabajadores de la periferia y que se acabó convirtiendo en un subterráneo, mucho más caro, para no molestar el descanso semanal del sabbath de una comunidad judía (p. 178).

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