Jóvenes, culturas urbanas y redes digitales, García Canclini, Cruces y Urteaga Castro

En el artículo “Antropología urbana: itinerarios teóricos, tradiciones nacionales y ámbitos temáticos en la exploración de lo urbano”, José Ignacio Homobono resumía la historia de la subdisciplina: desde la Escuela de Chicago con su ecología humana, pasando por el Rhodes-Livingstone Institute (del que hace nada leímos La selva de los símbolos) hasta el momento en que, según Ulf Hannerz (Exploración de la ciudad), la disciplina se dividía en dos:

  • la antropología en la ciudad, que se centra en las relaciones de parentesco, grupos, vecindad o tradiciones; ejemplos de esta visión serían los estudios sobre los suburbios en Estados Unidos, tribales en África, las favelas, los guetos, etc.
  • la antropología de la ciudad, por otro lado, estudia la ciudad en sí misma: las relaciones centro periferia, zonificaciones, la museificación, la sobrerepresentación de los centros, etc. El problema con esta visión es que, dado que el mundo se ha vuelto urbano y que en la ciudad confluyen la mayoría de los campos, los límites de la disciplina se vuelven difusos, abarcando la globalización, el consumo, la cultura y tantos otros temas de una enorme envergadura.

El libro que nos atañe, “Jóvenes, culturas urbanas y redes digitales“, editado por Néstor García Canclini, Francisco Cruces y Maritza Urteaga Castro Pozo, parte de la segunda visión, una antropología de la ciudad, pero cristaliza en una antropología en la ciudad. El objetivo era estudiar, en dos ciudades distintas, Madrid y México DF, los jóvenes trendsetters, los que marcaban tendencia y estaban muy implicados en la industria cultural. La hipótesis de partida era si el hecho de que en el contexto del estudio (2012) se cerrasen librerías suponía que la sociedad estaba dejando de leer; o si la caída de la asistencia a las salas de cine implicaba que cada vez se veían menos películas. Para responder a esta pregunta, dos grupos de antropólogos, uno en cada ciudad, afrontaron el estudio de diversos temas relacionados con cómo la juventud consume, usa y crea cultura; especialmente los creadores de contenidos.

Hay estudios sobre las nuevas formas de producir música, sobre el impacto de las nuevas tecnologías en todos los ámbitos culturales, se habla de tribus urbanas y hasta de lo que por entonces era un fenómeno incipiente: la publicación en las redes sociales primerizas de autofotos (aún no se había extendido el concepto selfie).

El estudio se podría haber convertido en una reflexión sobre la tecnología y sus early adopters, sobre los cambios en la forma de consumir y producir cultura y hasta en un posible atisbo de hacia dónde apuntaba la evolución de internet desde ese lugar salvaje, libre y brotado entre la contracultura hacker americana (recordemos a Castells en La sociedad red) hasta un entorno hipercontrolado por unas pocas empresas tecnológicas enormes. Sin embargo, la premisa del estudio ya impedía llegar a conclusiones similares: para empezar, sitúan el target en los jóvenes, de entre 20 y 34 años, en vez de, por ejemplo, en los productores de determinadas industrias culturales. En segundo lugar, el libro retrata lo que sucede en un entorno muy concreto: en Madrid y en México DF; en determinados barrios de cada una de esas ciudades; y en ámbitos culturales muy, muy precisos. En tercer lugar, el propio objeto del estudio es difícil de enfocar: ¿quiénes son, y quiénes no, creadores, trendsetters, early adopters? El libro escoge personas que hacen algo alternativo: montadores de imágenes en vez de DJs, por ejemplo, o empresarios que lanzan editoriales pequeñas o producen su propia música. Pero la distinción ya es algo artificial que, de hecho, no permite que el estudio trascienda sus propios límites.

Por todo ello, cae de lleno en lo que Homobono denominaba, siguiendo a Hannerz, antropología en la ciudad: algo que sucede en un espacio urbano pero que podría darse en cualquier otro lugar. En la ciudad confluyen más personas y la heterogeneidad se dispara, sí; pero eso fue en un momento puntual de 2012, que es de lo que trata el estudio. ¿Acaso hoy en día, apenas 9 años después, no existe un ecosistema de redes sociales y de producción de contenidos que se puede generar desde cualquier lugar? Los coolhunters han tenido que abandonar las calles y dedicarse a mirar el smartphone; tal vez, si caemos en el pesimismo, no existan ya cazadores de tendencia sino personas que la imponen mediante contratos con influencers y similares.

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