La sociedad red (III): cambios en el trabajo y las empresas

Llegamos a la tercera entrada de La sociedad red, primer volumen de la monumental trilogía de Manuel Castells La era de la información. Si la primera entrada trataba sobre Las nuevas tecnologías y la segunda sobre la nueva economía, en esta reseñamos los capítulos 3 y 4, centrados respectivamente en La empresa red y La transformación del trabajo y el empleo.

La tesis de partida de Castells en cuanto a la organización empresarial es que la nueva lógica organizativa está relacionada con el proceso de cambio tecnológico pero no depende de él; hay elementos comunes para todas las empresas, pero al mismo tiempo el factor cultural de cada lugar sigue siendo relevante.

Sean cuales fueren las causas, lo que es evidente es que durante los años 80 se produjeron una serie de cambios estructurales en las empresas. Algunos autores lo han atribuido al paso del fordismo al postfordismo, otros a las consecuencias de la crisis económica de los 70, que se podrían interpretar como el agotamiento del sistema de producción en serie; o una crisis de rentabilidad que sufría el proceso de acumulación de capital.

Cuando la demanda se volvió impredecible en cantidad y calidad, cuando los mercados se diversificaron en todo el mundo y, en consecuencia, se dificultó su control, cuando el ritmo del cambio tecnológico hizo obsoleto el equipo de producción de cometido único, el sistema de producción en serie se volvió demasiado rígido y costoso para las características de la nueva economía. (p. 204)

Las empresas fueron ganando flexibilidad, y esta flexibilidad vino por muchas rutas distintas: la subcontratación de empresas pequeñas y medianas, la deslocalización de la industrialización, el sistema de franquicias. Sin embargo, las grandes empresas, pese a volverse más flexibles y mucho más adaptadas a un mercado cambiante, nunca dejaron “el centro de la estructura de poder económico en la nueva economía global”.

Castells destaca el paso de las grandes empresas verticales de la época fordista a empresas de redes horizontales y pone el ejemplo de Cisco Systems, una empresa que a lo largo de los años 90 externalizó su producción industrial y creó una página web muy eficiente que conectaba directamente a los clientes con la red de empresas que manufacturaba el producto; la propia Cisco se encargaba de la gestión de esta línea de suministros y del desarrollo industrial del producto, no de fabricarlo. Nos vienen a la mente las palabras de Naomi Klein en No logo que citamos en Urbanalización de Francesc Muñoz: “Tommy HIlfiger se ocupa menos de fabricar ropa que de poner su firma. La sociedad está íntegramente dirigida por medio de acuerdos de explotación bajo licencia, y Hilfiger pasa todos sus productos a un conjunto de sociedades distintas: Jockey fabrica la ropa interior Hilfiger, Pepe Jeans London fabrica los Jeans Hilfiger, Oxford Industries fabrica las camisas Tommy, la Sride Rite Corporation fabrica su calzado. ¿Qué fabrica Tommy Hilfiger? Nada.”

Como hizo Max Weber al plantearse la ética bajo el capitalismo, Castells se pregunta: ¿cuál es la base ética del informacionalismo? “El capitalismo sigue operando como la forma económica dominante”, por lo que “el ethos empresarial de la acumulación y el atractivo renovado del consumismo, son las formas culturales impulsoras en las organizaciones del informacionalismo”. Pero ha surgido una nueva unidad: la empresa red.

Por primera vez en la historia, la unidad básica de la organización económica no es un sujeto, sea individual (como el empresario o la familia empresarial) o colectivo (como la clase capitalista, la empresa, el Estado). Como he tratado de exponer, la unidad es la red, compuesta por diversos sujetos y organizaciones, que se modifica constantemente a medida que se adapta a los entornos que la respaldan y a las estructuras del mercado. (p. 253)

Es una red tan extensa que no se apoya en una cultura común; ni en una serie conjunta de instituciones, porque abarca una gran diversidad de entornos. “Pero hay un código cultural común en sus diversas formas de funcionamiento.” “Es una cultura, en efecto, pero una cultura de lo efímero, una cultura de cada decisión estratégica, un mosaico de experiencias e intereses, más que una carta de derechos y obligaciones. Es una cultura multifacética y virtual, como las experiencias visuales creadas por los ordenadores en el ciberespacio mediante el reordenamiento de la realidad.”

El «espíritu del informacionalismo» es la cultura de la «destrucción creativa», acelerada a la velocidad de los circuitos optoelectrónicos que procesan sus señales. Schumpeter se encuentra con Weber en el ciberespacio de la empresa red. (p. 254)

Como es lógico, todos estos cambios que sólo parecen afectar a una elite superconectada acaban filtrándose hasta todas las capas de la sociedad, especialmente en la forma de la organización del trabajo. Muchos de los procesos que ya se estaban dando se agilizaron durante la llegada del informacionalismo, por lo que Castells acaba separando dos grandes épocas: 1920-1970, y 1970-1990. Tocamos el tema de forma sólo tangencial, pero, de nuevo, recomendamos la lectura del capítulo (y del libro) a todos los públicos.

Los rasgos generales que acaban conformando el “anteproyecto de la sociedad informacional” son:

  • los trabajos agrícolas se van eliminando;
  • el empleo industrial sigue descendiendo hasta convertirse en una mano de obra muy especializada de ingenieros y gestores;
  • los servicios de producción, así como la salud y educación, encabezan el crecimiento del empleo;
  • los puestos de trabajo en tiendas minoristas y servicios suponen las actividades de escasa cualificación de la nueva economía.

En contra de la creencia habitual de que se está pasando de una sociedad industrial a una sociedad de servicios, incluso de que es la evolución lógica del capitalismo el paso de la una a la otra, Castells destaca que el informacionalismo adopta formas distintas en cada país en función de su cultura y circunstancias; “en otras palabras, centrarse en el “modelo de economía de servicios” significa para un país que el resto está ejerciendo su papel como economía de producción industrial”. Es decir, la estructura de empleo de, por ejemplo, Estados Unidos o Japón (que Castells ha situado como dos ejemplos distintos de economía de servicios o bien modelo de producción industrial) “refleja sus diferentes formas de articulación en la economía global y no sólo su grado de ascenso en la escala informacional”. Dicho de otro modo, no hay una serie de pasos en la escala “industrial a informacional”, sino una serie de situaciones características que se plasman de modos distintos.

¿Existe una mano de obra global, por lo tanto? Existe una clara tendencia hacia la interdependencia: las empresas se han vuelto globales y también sus redes; el comercio internacional tienen un profundo impacto sobre las condiciones de empleo y trabajo; así como los efectos de la competencia global y el nuevo modo de gestión flexible. Muchos países en vías de desarrollo, por ejemplo, han experimentado una ola de industrialización enorme. Sin embargo, la imagen de fábricas enormes con sistemas en vías de desarrollo no se corresponde con la realidad; una fábrica de México y una de Japón funcionan con productividad similar, pero los costes de la mano de obra son completamente distintos. Por lo tanto, en una primera instancia, la deslocalización de las empresas no supone un cambio directo en las condiciones del empleo de los lugares donde se instala; sin embargo, “sus efectos indirectos transforman por completo las condiciones e instituciones laborales de todas partes”.

Cada vez será más difícil para las compañías japonesas continuar con las prácticas de empleo vitalicio para el 30% privilegiado de su mano de obra, si han de competir en una economía abierta con las compañías estadounidenses que practican el empleo flexible. El efecto entrecruzado de la globalización económica y la difusión de las tecnologías de la información está induciendo y posibilitando la producción escueta, la reducción de tamaño, la reestructuración, la consolidación y las prácticas de gestión flexible. Los efectos indirectos de estas tendencias sobre las condiciones laborales en todos los países son mucho más importantes que el impacto mensurable del comercio internacional o el empleo directo transnacional.

Así, aunque no existe un mercado de trabajo global unificado y, por lo tanto, tampoco una mano de obra global, sí hay una interdependencia global de la mano de obra en la economía informacional. Esta interdependencia se caracteriza por la segmentación jerárquica del trabajo, no entre los países, sino a través de las fronteras. (p. 294)

Dicho de otro modo: “El nuevo modelo de producción y gestión global equivale a la integración del proceso de trabajo y la desintegración de la fuerza de trabajo simultánemente.” Lo cual, como ya sabemos, supone elevar la polarización social, algo a lo que el propio Castells no es ajeno y alerta de que se puede redirigir con “políticas deliberadas”; pero, dejadas por su cuenta, las fuerzas de la competencia sin restricciones empujarían al empleo y la estructura social hacia la polarización. Surge un nuevo trabajador en la empresa red: el de tiempo flexible.

Uno de los resultados del paso al informacionalismo es la individualización del trabajador en el proceso de trabajo. Con los mercados personalizados en nichos cada vez más estrechos, se descentraliza la gestión, se segmenta el trabajo y también se fragmentan las sociedades. Esto se evidencia en cuatro grandes rasgos:

  • Jornada laboral flexible, no limitada a las 35-40 horas semanales;
  • el trabajo flexible está orientado a la tarea y no incluye el compromiso de empleo futuro;
  • localización: dada la multiplicidad de sedes y nodos que forman parte de la empresa, un número creciente de trabajadores lleva a cabo su tarea fuera del centro de trabajo principal; con la pandemia actual, esta cifra no ha hecho más que crecer;
  • contrato social: del trabajador se esperaba cierto compromiso con la empresa y sus valores o la disposición a realizar horas extras; de la empresa, estabilidad, un sueldo acorde, beneficios sociales y una carrera laboral predecible. Ese contrato queda cada vez más obsoleto.

De nuevo, estas tendencias encuentran caminos distintos en cada país (Castells cita los ejemplos de Holanda, donde una política de trabajos flexibles, contratos eventuales y a tiempo parcial fue respaldada por el apoyo del gobierno y la institución de la plena cobertura del sistema sanitario nacional; y Japón, donde se desarrolló una política de trabajos a tiempo completo con compensaciones sensiblemente inferiores a las del trabajo a tiempo completo que agravó la “lógica del mercado dual”).

El modelo prevaleciente de trabajo en la nueva economía basada en la información es el de una mano de obra nuclear, formada por profesionales que se basan en la información y a quienes Reich denomina «analistas simbólicos», y una mano de obra desechable que puede ser automatizada o contratada/despedida/externalizada según la demanda del mercado y los costos laborales. Además, la forma de funcionamiento en red de la organización empresarial permite el outsourcing y la subcontrata como formas de exteriorizar la mano de obra en una adaptación flexible a las condiciones de mercado. Los analistas han distinguido acertadamente entre varias formas de flexibilidad en los salarios, la movilidad geográfica, la posición ocupacional, la seguridad contractual y las tareas realizadas, entre otras. Con frecuencia, todas estas formas se agrupan en una estrategia interesada para presentar como inevitable lo que en realidad es una decisión empresarial o política. No obstante, es cierto que las tendencias tecnológicas actuales fomentan todas las formas de flexibilidad, por lo que, en ausencia de acuerdos específicos para estabilizar una o varias dimensiones del trabajo, el sistema evolucionará hacia una flexibilidad multifacética y generalizada para los trabajadores, tanto altamente especializados como no especializados, y las condiciones laborales. Esta transformación ha sacudido nuestras instituciones, induciendo una crisis en la relación entre el trabajo y la sociedad. (p. 337)

Las consecuencias son diferentes en cada país: por ejemplo, en Estados Unidos, epítome del nuevo trabajo flexible, supone la desigualdad de rentas y la caída de los salarios; en Europa, donde la presencia sindical es mayor, se traduce en un desempleo creciente debido a la entrada limitada de trabajadores jóvenes y la salida anticipada de los mayores, que suelen tener más antigüedad y mejores condiciones laborales y, por lo tanto, las empresas tratan de substituirlos. Hasta la mano de obra nuclear, “aunque mejor pagada y más estable, está sometida a la movilidad por la reducción del periodo de vida laboral”.

La pertenencia a grandes empresas o incluso a países ha dejado de tener privilegios porque la competencia global intensificada sigue rediseñando la geometría variable del trabajo y los mercados. Nunca fue el trabajo más central en el proceso de creación de valor. Pero nunca fueron los trabajadores (prescindiendo de su cualificación) más vulnerables, ya que se han convertido en individuos aislados subcontratados en una red flexible, cuyo horizonte es desconocido incluso para la misma red. (p. 334)

3 comentarios sobre “La sociedad red (III): cambios en el trabajo y las empresas

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