La condición urbana (y III): retorno a la ciudad ideal

La primera parte del libro de Olivier Mongin La condición urbana era un retrato de qué significa exactamente esa condición de ciudadano urbano, casi como concepto abstracto, ideal. La segunda partesegunda parte está dedicada a la evolución de dicho concepto a lo largo de los últimos tiempos, especialmente con la llegada de la tercera mundialización y el advenimiento de las nuevas tecnologías, un archipiélago de flujos económicos y migratorios y la aparición de nuevas formas de posciudad: megaciudades, metrópolis, ciudades globales, edgeless cities. Esta tercera parte que comenzamos ahora está dedicada al retorno de la segunda acepción a la primera, es decir, cómo conseguir que las ciudades inurbanas que tenemos hoy en día se vuelvan urbanas según la primera acepción. O, en palabras del propio Mongin:

Efectivamente, si uno imagina que la democracia no es un combate asegurado de antemano en nombre de no se sabe muy bien qué filosofía de la historia milagrosa, por fuerza debe devolverle a la “condición urbana” (entendida en el segundo sentido) su primer sentido, es decir, el del tipo ideal de la experiencia urbana, el de las exigencias corporales, escénicas, estéticas y políticas que son su resorte matriz. Confrontados como nos vemos hoy a economías de una escala inédita -en forma de archipiélago-, a desigualdades y disparidades nuevas que socavan y disuelven la ciudad del ayer, la invitación está cargada de consecuencias. Es necesario reconquistar sucesivamente el sentido de lo lo cal en un imaginario del no lugar y de la ciudad virtual que lo anula, reconquistar lugares, pero también reconquistar un lugar que aliente la formación de una comunidad política y no sea un espacio de repliegue. La condición urbana no se adquiere, tiene que ver con la creación de lugares, con la recomposición de lugares y con una lucha por los lugares democráticos.

[…] Mientras la globalización es un futuro que se conjuga en un presente insaciable, la cuestión urbana sugiere que la acción se realice en otros niveles además del espacio de decisión supranacional. Llámeselo comuna, conurbano o metrópolis, sea cual fuere la escala de acción privilegiada, la participación en el seno de un espacio colectivo es la principal condición de la acción democrática. (p. 272; la negrita es nuestra)

El primer paso es el retorno de los lugares. La conversión de la ciudad a lugar de tránsito de los flujos modifica el sentido de los lugares, los convierte en nodos, carentes de personalidad (o, mejor dicho: nodos cuya personalidad no es necesaria para su función, y que por lo tanto la economía de flujos tenderá a ignorar, pues no da beneficio directo, o incluso a voluntariamente dejar de lado). Pero si los lugares pierden sentido, la propia existencia de la red genera aún más nodos, conmutadores de mercancías, de personas, de capital, de flujos, que ya nacen sin personalidad ni capacidad para devenir lugares: aeropuertos, estaciones de ferrocarril, corredores, puertos enormes donde atracan cargueros y cruceros; nodos, hubs. “La red como forma espacial, los nodes y los hubs como no lugares, vale decir, como simples lugares de articulación de la red, y el nomadismo de las elites mundializadas son las tres características que permiten comprender los resortes de la ciudad virtual.” (p. 283)

El segundo capítulo, Por una cultura urbana de los límites, parte de una premisa básica de Henri Gaudin: “no sólo habitamos nuestros apartamento: también habitamos el portal, la calle y la ciudad hasta el horizonte”. Por lo tanto, promulga un retorno a una ciudad de dimensiones humanas, corporales, con límites medidos. El ejemplo a no seguir: Brasilia, ciudad arquitectónicamente cargada de hitos pero inhabitable para vivirla.

Aquí Mongin recurre a una distinción de Christian de Portzamparc sobre las tres edades de las ciudades:

  • la primera ciudad siempre ha estado ordenada por un mismo esquema único y sencillo: la calle. Desde las cuadrículas de las polis griegas hasta los bulevares de Haussmann, la calle ha sido el bastión desde el que se ha concebido la experiencia urbana;
  • con la llegada de la segunda edad, se invierte la visión: “ya no vemos según ese vacío de los espacios públicos, sino que lo hacemos partiendo de objetos llenos”;
  • la tercera edad “no es la síntesis dialéctica de las dos ciudades precedentes sino un resultado híbrido, al que corresponden numerosas ciudades contemporáneas de Europa.

El tercer y último capítulo, “Recrear las comunidades políticas”, propone una vuelta a los lugares partiendo de una base democrática que pasa por, pero no surge en, la política a nivel provincial y estatal. Los ciudadanos deben reclamar sus lugares como propios, potenciando las relaciones de proximidad del día a día, de ir al trabajo, a la escuela, al supermercado, al ocio libre, frente a las grandes dinámicas del capital.

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