Sociología clásica (II): Bernard Mandeville (1670-1733) y Adam Smith (1723-1790)

Segunda lección del curso sobre Sociología clásica impartida por Bart van Heerikhuizer, de la Universidad de Ámsterdam.

La fábula de las abejas. Adam Smith usó la expresión “división del trabajo” en la primera página de su primer libro publicado. Sin embargo, esa expresión no era suya, sino que provenía de Bernard Mandeville, un doctor de Londres (aunque nacido en Rotterdam en 1670), que la usó para su libro La fábula de las abejas (1714). En realidad, La fábula de las abejas eran centenares de páginas comentando un poema publicado por el propio Mandeville años antes, en 1703, titulado La colmena refunfuñona (The Grumbling Hive). En dicho poema se narra la historia de una colmena próspera y rica donde todos sus miembros funcionan. Sin embargo, en esa colmena también existen delincuentes, y pobreza, corrupción, ignorancia y maldades. Tanto, que sus abejas, pese a la prosperidad, no dejan de quejarse. Los dioses, hastiados de tanta queja, conceden un don a las abejas: todas ellas se vuelven buenas de un día para otro. Y, claro, desparecen las cárceles, los crímenes, los jueces y abogados y criminales y prisiones. Pero también los usureros, bancos, basureros (porque nadie ensucia las calles) y hasta los artistas, porque nadie necesita presumir de tener más que los demás. La colmena, pues, termina abandonada, empobrecida y triste, y sus últimas abejas se mudan a un tronco de árbol vacío, donde otros animales pasan de largo y se lamentan de cómo la colmena más próspera del mundo ha terminado así.

la fabula de las abejas 1724

La moral de la obra estaba publicada en la primera página: Private vices, public benefits. Vicios privados, beneficios públicos.

Los contemporáneos londinenses no se lo tomaron demasiado bien, y por eso Mandeville tuvo que publicar la obra de nuevo, extendiéndose más y abarcando centenares de páginas para explicar por qué consideraba que en toda sociedad es inherente cierta proporción de maldad, criminalidad o desacato. Es algo que todo estudioso de las ciencias sociales tiene asumido, en cierta medida.

La mano invisible. Lo interesante de la visión de Mandeville es que pone de manifiesto la discontinuidad entre la conducta del individuo y la conducta de la sociedad. Lo que es un comportamiento incorrecto o hasta criminal en el caso individual puede ser beneficioso para la sociedad como colectivo.

Esta forma de pensar no es inhabitual en sociología. La encontraremos, por ejemplo, en Merton en los años 50, y él lo llamará las funciones latentes, que pueden hasta no ser conocidas por los participantes de la sociedad, pero que ayudan a regularla.

Mandeville lo plantea en modo similar: no le preocupa tanto el actuar de modo pecaminoso, ni siquiera lo ensalza, pero se plantea cuáles son sus beneficios en términos sociales. El mismo argumento lo usará Adam Smith, aunque en palabras menos ofensivas.

Adam Smith no escribe del vicio o el pecado, sino del interés propio: de personas que actúan por su propio bien, no preocupándose del bien común sino del suyo y el de su familia. El panadero no amasa pan para alimentar al mundo, sino para ganar dinero con el que ser más feliz (o tener más cosas). A este proceso, Smith lo llamará la mano invisible: una enorme cantidad de individuos motivados por sus propias acciones y su interés que sin embargo forman una red que es provechosa para todos. El panadero hace pan para ganarse la vida, no por el bien común: pero precisamente por eso podemos confiar en que nos lo vende, porque no es un acto de bondad, no apelamos a sus sentimientos sino a una necesidad que tiene: la de vender el pan. Más que su necesidad, su propio interés.

Existe cierto cinismo tanto en Mandeville como en Smith, pero no es el cinismo del teólogo o filósofo que ha renunciado, sino el que se genera por la simple observación del funcionamiento del mundo. De un modo sorprendente e inesperado, la miríada de acciones egoístas repercute en un bien común para todos, de un modo que ni siquiera Smith entendía, por eso mismo lo denominó la mano invisible. De algún modo, Smith venía a decir que los procesos sociales son autorreguladores y que es mejor dejar que actúen sin interferir en ellos.

La divisón del trabajo. Una investigación sobre la naturaleza y causas de la riqueza de las naciones (conocido habitualmente como La riqueza de las naciones) fue publicado en 1776, y está considerado el primer libro moderno de economía. Es una interrogación sobre por qué Inglaterra se había convertido en un país tan rico en la época de Adam Smith, y su primer capítulo se titula, precisamente, la división del trabajo. Smith explica que un herrero puede fabricar, al día, entre uno y veinte alfileres, en función de su destreza. Diez herreros, por lo tanto, podrían fabricar entre diez y doscientos. Sin embargo, trabajando en una factoría, estos diez obreros son capaces de fabricar alrededor de cincuenta mil diarios. ¿Cómo se da este hecho? Mediante la división del trabajo: cada operario (que ya ni siquiera tiene que ser un herrero) se ocupa de una pequeña parte del proceso, de hecho de una parte tan pequeña que la puede llevar a cabo de forma repetitiva y mecánica, ganando, así, una gran destreza en su tarea, que además será capaz de mejorar (tras repetir el mismo acto cincuenta mil veces al día, ¿quién mejor que ese trabajador para proponer mejoras en el sistema?). Además, al no tener que desplazarse de una tarea a la otra, se ahorra el tiempo de desplazamiento.

En eso consiste el primer capítulo del libro: un recorrido por una fábrica de la época para explicarle al lector el funcionamiento y también para explicar por qué la división del trabajo genera tal eficiencia.

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Página de la Enciclopedia de Diderot y D’Alemberdt donde se muestra el diagrama de la fabricación de alfileres, que probablemente leyó Smith.

La riqueza de las naciones. Smith creía que el mismo proceso que se aplicaba en las fábricas de agujas podía ser aplicado a toda producción social. También creía que de ello se beneficiarían todas las capas de la sociedad: los ricos serían más ricos, pero los pobres también serían más ricos, beneficiándose de mejores ciudades con grandes avenidas, teatros y opulencia para todos.

No olvidemos que Smith era profundamente optimista, pero además vivió una época de la Revolución Industrial muy primera, donde aún no existían los barrios obreros sepultados por el carbón que eran el pan de cada día un siglo después, en la época de Dickens. Smith incluso tuvo en cuenta el aburrimiento que supondría para el trabajador realizar una tarea tan repetitiva, convirtiéndolo en un ser aburrido e ignorante, por lo que propuso que a cambio dispusiesen de educación en su tiempo libre o algún modo de compensar.

Smith se dio cuenta de un hecho, pero no lo desarrolló (para eso haría falta un siglo y la llegada de Marx, que también dio el nombre de trabajo alienador a lo que Smith llamaba aburrimiento): que el trabajador requería tan poca cualificación que hasta un niño podría llevarlo a cabo. Lo que supondrían, con el tiempo, que la balanza de poder entre empleado y empleador se movía unos cuantos grados en favor del empleador.

Intercambio e interés propio. En el segundo capítulo, Smith trata de indagar en los orígenes de la divisón del trabajo. Para el autor, no se trata del resultado de la acción humana, nadie lo planeó, nadie tuvo en cuenta sus beneficios: sucedió de forma natural a través de un principio que sólo se da en las sociedades humanas: la propensión a intercambiar, comerciar e incluso estafar una cosa por otra. Este argumento supone una visión concreta del ser humano (compartida por los filósofos morales escoceses, como Adam Ferguson): que el ser humano es un ser social que no puede sobrevivir en soledad. No podemos vivir unos sin otros, pero tampoco confiando unos en otros.

Alguien puede ser experto fabricando pan, otro ser experto fabricando cerveza; así que cada cual hace lo suyo, y luego lo intercambian. De ese intercambio surgen tanto la especialización que se da en las sociedades complejas como el resultado de que todo el mundo tiene al alcance de la mano aquello que desee, pues otro se esforzará en producirlo.

La estratificación social. Los seres humanos intercambian unas cosas por otras; en ese proceso, se van especializando, hasta llegar a la división del trabajo. Aquí es donde Adam Smith sorprende un poco, explicando el caso de un filósofo y un portador de maletas, ambos nacidos casi en la misma calle, similares en sus primeros años de vida; luego uno es enviado a la universidad, donde estudia y se especializa, y el otro sigue un empleo y termina como portador de equipajes. Se espera de Smith que diga que cada cual desarrolla sus virtudes, que los hay que nacen listos y dotados y otros menos (lo cual era más o menos el discurso en su época); sin embargo, Smith da a entender que, en una sociedad donde ya preexiste la división social, uno no tanto desarrolla su talento innato como ocupa una ranura que le permita la sociedad. No lo denuncia específicamente, pero tampoco se acomoda, como se podría esperar de él, que siempre ha sido considerado conservador y liberal; simplemente, explica que sucede, pero que en el fondo no hay mucha diferencia entre uno y otro más allá del camino que cada cual haya podido seguir.

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