Vida Líquida, Zygmunt Bauman

Título: Vida Líquida.

Autor: Zygmung Bauman.

Año de publicación original: 2005, Polity Press, Cambridge.

Edición leída: Paidós, 2006.

Traducción: Albino Santos Mosquera.

La vida líquida, como la sociedad moderna líquida, no puede mantener su forma ni su rumbo durante mucho tiempo. (p. 9)

El concepto de sociedad o modernidad líquida es conocido hoy en día. A diferencia de épocas anteriores, donde los cambios eran lentos y graduales, donde uno podía fácilmente llevar una vida similar a la de sus padres, salvo la ocasional irrupción, las progresivas revoluciones (¿a partir de la Revolución Industrial, digamos, con una aceleración exponencial?), tanto tecnológicas como urbanas y sociales han ido acelerando el ritmo de vida y socavando los cimientos de todo aquello que fuese permanente. Nuestros padres, nacidos a mediados del siglo XX, han trabajado fácilmente en un mismo puesto a lo largo de todas sus vidas, han vivido la mayor parte de ellas en un solo hogar, tras casarse y formar una familia. Nada de eso permanece.

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El cambio constante lleva a la incerteza, a la imposibilidad de predecir cursos y de trazar planes. “La vida líquida es una vida precaria y vivida en condiciones de incertidumbre constante.” (p. 10). “En una sociedad moderna líquida, la industria de eliminación de residuos pasa a ocupar los puestos de mando de la economía de la vida líquida. La supervivencia de dicha sociedad y el bienestar de sus miembros dependen de la rapidez con la que los productos quedan relegados a meros desperdicios y de la velocidad y la eficiencia con la que éstos se eliminan.” (p. 11). Con el desastre ecológico que ello conlleva; sin que nadie quiera responsabilizarse de las consecuencias de la compleja huida hacia adelante, hacia el siguiente paso, hacia el más y mejor, en una lógica clara que lleva a la obsolescencia programada y en la que todos podemos, con un acto mental sencillo, comprender la lógica tras cada decisión empresarial, pero en la que falta una lógica tras la totalidad del sistema.

¿Los triunfadores en este nuevo sistema? “…las personas que circulan en las proximidades de la cumbre de la pirámide de poder global, individuos para quienes el espacio importa poco y la distancia no supone molestia alguna; son personas que se sienten como en casa en muchos sitios, pero en ninguno en particular. Son tan ligeras, ágiles y volátiles como el comercio y las finanzas cada vez más globalizadas que las ayudaron a nacer y que sostienen su existencia nómada. Tal y como Jacques Attali las describió, <>. […] En diverso grado, todas ellas dominan y practican el arte de la <>: la aceptación de la desorientación, la inmunidad al vértigo y la adaptación al mareo, y la tolerancia de la ausencia de itinerario y de dirección y de lo indeterminado de la duración del viaje.” (p.12).

Un ejemplo claro: Jeff Bezos, fundador de Amazon, famoso estos días por haber superado en fortuna personal a Bill Gates. Amazon nació como intermediario entre editoriales y clientes directos, saltándose las librerías, y es el modelo de negocio que ha ido importando, ampliando cada vez más el rango de productos en catálogo. Sin entrar a valorar el negocio, ni el modelo, ni las quejas de los trabajadores, sólo una muestra: la reducción de un paso entre el acto de querer un libro y el hecho de poseerlo. Antes implicaba el traslado físico hasta la librería, con las consiguientes limitaciones: el tiempo necesario para el desplazamiento, los festivos y horas nocturnas en que iba a estar cerrada, la disponibilidad del producto a consumir. Amazon (el comercio electrónico, vaya) redujo esos pasos: lo quiero, lo compro desde casa. El smartphone sólo lo ha acelerado: lo compro desde el metro, la calle, el bus, el restaurante.

Sigamos con Bauman y la vida líquida. La reflexión del libro que más me marcó en su momento, tanto que la apunté en una libreta y, creo, fue lo que dio origen a este blog, al destello de interés sobre la ciudad, se da en la página 34:

Londres ocupa una superficie de 1.500 kilómetros cuadrados, pero, según cálculos del International Institute for Environment and Development, debe utilizar un territorio equivalente más o menos a la totalidad del terreno útil de Gran Bretaña para abastecerel consumo de sus habitantes y para almacenar los residuos que producen. […] Londres necesita un territorio 120 veces más extenso que el que ocupa la propia ciudad, mientras que Vancouver, por ejemplo, clasificada en primer lugar por su calidad de vida, no podría mantenerla sin un Lebensraum 180 veces mayor que ella misma.

Tras esa primera lectura (luego hubo otra, en la que subrayé prácticamente todo lo que incluyo en esta entrada) me quedaron algunas dudas, o puntos sobre los que volver. Imaginemos Londres situada en una cuadrícula, una hoja rayada plana. El espacio que necesita cada ciudad nos los da la tercera dimensión: podemos imaginar Londres como un monte que se alza, mayor en tanto más espacio necesite, o un peso que hunde la cuadrícula, hundiendo también el territorio que la rodea (en este caso, 120 veces mayor que la extensión de la ciudad). Cuando ese territorio anexo y necesario entre en contacto con otra ciudad que también “pese” (es decir, que necesite más espacio para existir del que posee), el peso se suma. ¿Qué sucede cuando el peso total hunda la cuadrícula, es decir, cuando lo existente necesite más espacio para sustentarse del que hay? ¿En qué grado sumar peso lo añade al peso ya existente, es decir, es mejor dos ciudades concomitantes que pesen 40 o una sola que pese 80? ¿Dónde se tiene en cuenta el peso del transporte de los recursos hacia la ciudad? ¿Existe el traspaso de peso, el robo de peso, pelearán las ciudades unas contra otras por los recursos?

Las ciudades y el miedo

Saltamos al capítulo 4, titulado “Refugiarse en la caja de Pandora o miedo y seguridad en la ciudad”. Bauman citando a Nan Ellin (p. 99):

(…) protegerse del peligro fue “uno de los incentivos principales para la construcción de ciudades, cuyos límites quedaban a menudo definidos por grandes murallas o vallas: desde los antiguos pueblos de Mesopotamia hasta las ciudades medievales, pasando por los poblados de los nativos americanos”. Las murallas, los fosos y las empalizadas marcaban la frontera entre el “nosotros” y el “ellos”, entre el orden y la naturaleza salvaje, entre la paz y la guerra: quienes quedaban al otro lado de la barrera sin que les estuviera permitida la entrada eran enemigos. Sin embargo, “de ser un lugar relativamente seguro” la ciudad ha pasado a ser más habitualmente relacionada “con el peligro que con la seguridad”, sobre todo en los últimos cien años, aproximadamente.

Notas varias: Nan Ellin, una búsqueda rápida da como primer resultado el Urbanismo restaurativo, parece una sección del urbanismo dedicada a buscar los puntos fuertes que hacen viva una ciudad. No en esos términos, pero están de fondo, y uno piensa en Jane Jacobs, claro, y enseguida ve al final que uno de los libros de Nan Ellin, de 2010, se titula The Tao of Urbanism,” What We See: Advancing the Observations of Jane Jacobs, Stephen A. Goldsmith and Lynne Elizabeth. Otras notas: el origen de las ciudades. Con Posmetròpolis de Soja volveremos a ello (y probablemente con Lefebvre, Harvey, Mumford… cuando lleguemos). Soja da otras razones, supongo que Lefebvre y los demás darán cada uno las suyas… probablemente sea una suma de todas. Otra nota: el miedo, pilar de la modernidad líquida, nacido de la incerteza, la velocidad, la apariencia (redes sociales, inmediatez, preponderancia de la imagen; el paso del ser al tener al parecer de Debord, puro espectáculo de consumo).

El propio Bauman profundiza en otro libro, Modernidad líquida, sobre el espacio público y lo que debería pasar en él (y Delgado, claro, ¡Delgado!), pero sigamos con Vida líquida. P. 99: “Los amigos, los enemigos y, sobre todo, los extraños (…) se mezclan actualmente en las calles de la ciudad y las comparten codo con codo. La guerra contra la inseguridad, los peligros y los riesgos, se libra ahora en el interior de la ciudad y es dentro de ella donde se definen campos de batalla y se trazan las líneas del frente.” Habla a continuación de las gated communities o zonas residenciales de acceso restringido, urbanizaciones (suburbia) cerradas y vigiladas constantemente, vecindarios supuestamente seguros donde seguridad significa estabilidad, falta de irrupción, de efervescencia, de posibilidad de aprendizaje; espectáculo cerrado e iterado ilimitadamente.

P. 100: “La arquitectura del miedo y de la intimidación se extiende a los espacios públicos urbanos y los transforma infatigable aunque subrepticiamente en áreas cerradas vigiladas y controladas las veinticuatro horas del día.” Pone como ejemplo los bancos a prueba de vagabundos de los parques urbanos de Los Ángeles, pero nos sirven también los bancos de las Ramblas de Barcelona, que pasaron de ser múltiples a individuales para que los vagabundos no pudiesen dormir en ellos. A consultar: unpleasant design, que puede parecer anecdótico pero revela una tendencia.

P. 101: “Las sedes de las grandes empresas y los grandes almacenes abandonan gustosas los centros de las ciudades y se van a entornos artificiales diseñados y construidos de la nada, en los que se incluyen ciertos elementos de la imitación de la parafernalia urbana como tiendas, restaurantes… y algún que otro espacio destinado a la vivienda con la intención de disimular la meticulosidad con la que han sido extirpados y exorcizados los principales atractivos de la ciudad: su espontaneidad, su flexibilidad, su capacidad de sorpresa y sus ofertas de aventura.” La Défense de París: “Su mensaje es claro e imposible de ignorar: quienes trabajan al servicio de las grandes compañías en el interior de esos edificios habitan el ciberespacio global. Su vinculación física con el espacio de la ciudad es puramente superficial, contingente y vaga. […] Los ocupantes de esos inmuebles están en el lugar en el que se han construido sus despachos, pero no son de allí. Sus intereses ya no coinciden con los de la ciudad en los que casualmente han plantado sus tiendas de campaña de forma temporal: el único servicio que exigen a los responsables municipales es que se les deje en paz. Siendo poco lo que piden, no se sienten obligados a dar gran cosa a cambio.”

Notas: Vilamarina, Roca Village, Esplau, Diagonal Mar; en fin. Otra: los ciudadanos que siguen al capital, que viven en ciudades anónimas o intercambiables; necesitan similitudes para no perderse (Starbucks, McDonald’s, Zara, supongo que además de centros comerciales y semáforos). Además, el amor por una ciudad en la que uno ha crecido permite cierta tolerancia, cierto respeto a lo que es de uno, sea bueno o malo; respeto que no suele existir, o no en tal medida, por una ciudad ajena. Además: la importancia que dan las ciudades a esas personas que rebotan sobre ellas como piedras sobre el agua. Si diez de esas personas nos darán una inversión o unos macroíndices más importantes que trescientas de las nuestras… ¿por qué no sacrificar ese barrio obrero del centro a la gentrificación y permitir que lo ocupen mil grandes inversores? La ciudad subsumida al capital, a las grandes corrientes, ofrecida como puerto donde recalar y espacio público (en el sentido despectivo de la palabra) que visitar y fotografiar; donde haber estado, más que donde estar. P. 102: “El espacio público fue la primera víctima colateral de la ardua batalla perdida de una ciudad contra el avance implacable del coloso global.”

 

Espacio público

Sigamos. P. 102: “El espacio público fue la primera víctima colateral de la ardua batalla perdida de una ciudad contra el avance implacable del coloso global.” Volvemos al miedo, generado por la diferencia, por la posibilidad de, por la otredad. ¿Solución viable? Eliminar la posibilidad de la otredad, de la novedad. “El problema, no obstante, es que cuando desaparece la inseguridad, también están condenadas a desaparecer de las calles de la ciudad la espontaneidad, la flexibilidad, la capacidad para sorprender y la promesa de aventuras, que son los principales atractivos de la vida urbana. La alternativa a la inseguridad no es el paraíso de la tranquilidad, sino el infierno del aburrimiento. ¿Es posible vencer al miedo y, al mismo tiempo, escapar al tedio?” (p. 103)

Notas al pie: Jane Jacobs y su descripción de una ciudad vida, de calles repletas de ciudadanos, observándolas e interactuando a todas horas. Los usos de las calles; llegaremos pronto a ellos. Recuerdo las clases de Antropología cultural de Manuel Delgado: siempre se burlaba diciendo que el modelo de ciudad pretendida por las autoridades era uno donde la gente, al encontrarse, se llevase la mano al sombrero, lo levantase y se saludasen, mecánicamente, uno al otro, con un recíproco “Buenos días, señor ciudadano”. No, no existen las ciudades así; y de serlo, qué aburrimiento. Existe la efervescencia, la posibilidad, la liminalidad completa, la carnavalización, el fingir y el pretender, el tratar de esconderse y el miedo a ser revelado; y la capacidad de surfear lo urbano, de desenvolverse en los entresijos de la ciudad. El miedo a aparentar menos de lo que se es; la posibilidad de alcanzar aparentar más de lo que se es.

“Desde el principio, las ciudades han sido lugares en los que personas extrañas conviven en cercanía sin dejar de ser extrañas las unas par alas otras. […] Toda concentración de extraños constituye un escenario de imprevisibilidad endémica e irremediable. […] El espacio es público en la medida en que los hombres y las mujeres a los que se les permite la entrada y tienen posibilidades de entrar no son preseleccionados. No se requieren pases ni se registra a quien entra ni a quien sale. […] Los espacios públicos son lugares en los que los extraños coinciden; constituyen, por tanto, compendios y versiones condensadas de los rasgos definitorios de la vida  urbana. […] Son, pues, lugares vulnerables, expuestos a arranques maniacodepresivos o esquizofrénicos, pero también son los únicos espacios en los que la atracción tiene alguna posibilidad de compensar o de neutralizar la repulsión. Son, por decirlo de otro modo, lugares en los que se descubren, se aprenden y se practican por primera vez las maneras y los medios de una vida urbana satisfactoria. Los lugares públicos son sitios en los que el futuro de la vida urbana (y, dado que una mayoría cada vez mayor de la población del planeta está formada por los habitantes de las ciudades, el futuro mismo de la convivencia planetaria) se está decidiendo en este mismo momento.”

“Lo anterior no se puede decir de cualquier espacio público, sino únicamente de aquellos que renuncian tanto a la ambición moderna de aniquilar e igualar las diferencias como a la deriva posmoderna hacia la osificación de las diferencias a través de la separación y el distanciamiento mutuos.” Dicho de otro modo, el espacio público debe permitir y ofrecer diversidad, si pretendemos que sea lugar de educación cívica del ciudadano. Un Born o un Raval gentrificados, donde el propio precio de los inmuebles o de los productos a consumir marca una barrera de entrada, es sólo público a medias: se ha erradicado una porción de la población. Un centro comercial: es público pero sólo atrae a aquellos que o consumen o pretenden consumir. Las plazas, vacías de bancos públicos o lugares de reunión y masificadas de terrazas donde pagar por reunirse.

“La exposición a la diferencia” (p. 105) es la que, con el tiempo, se convierte en el factor principal de una convivencia feliz, porque hace que, en ese caso, sean las raíces urbanas del miedo las que se consuman y sequen. […] Hoy podemos ya percibir la existencia de un peligro creciente de que el ámbito público quede reducido, como explica gráficamente Jonathan Manning”. Dicho de otro modo: si antes la diversificación de clases se daba por barrios (con Soja y Postmetrópolis entraremos en la descripción de la Revolución Industrial y cómo se estratificó la ciudad por barrios y clases), con barrios obreros en la periferia, barrios de clase alta algo más alejados, con jardines y más espacio, etc., la existencia de lugares sólo semipúblicos está formando archipiélagos por toda la ciudad, donde el significado de barrio se altera y donde existen islas de cada tipo: cerca de un centro comercial o de un centro cultural se arremolina una muralla de casas de alto nivel, profesiones liberales, gentrificación; en círculos concéntricos se va reduciendo a clase media, clase baja, antiguos vecinos que no han sido aún desalojados, hasta volver a remontar al acercanos a otro círculo renovado de la ciudad, otro equipamiento que se ha convertido en excusa para revitalizar esa zona. Cada ciudadano habita el entremuros que sus círculos permiten; el espacio ha dejado de ser público, sólo caminos predispuestos donde la diferencia sea o mínima o abismal.

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